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Este blog tiene el propósito de compartir mis ideas que estoy segura son las de muchos. Escribo sobre lo que me enternece, lo que me intriga, lo que me indigna o lo que me divierte. No me impongo fechas límite -escribo cuando quiero. El lector también puede elegir -hay relatos mas extensos, otros mas cortos. Entre cuando quiera. Vivo orgullosa de quien soy, de donde vengo y hacia donde voy, aunque no sepa como llegar... La imagen que lo acompaña es El Laberinto, de la serie Mandalas de Procesos, de Thalía Cuadrado, psicóloga clínica y artista, que me honra con su amistad. Me pareció apropiado para acompañar este blog sin dirección, porque son muchas las veces que me he sentido en un laberinto. Afortunadamente, siempre salgo…

miércoles, 13 de marzo de 2019

¿VOLVER?









¿VOLVER?

El domingo pasado estuve en un concierto de Pro Arte Lírico que disfruté plenamente.  Es una entidad sin fines de lucro que fomenta la buena música, mediante la celebración de conciertos con intérpretes de gran calibre.  La música de ópera, operetas, zarzuelas y clásicos de la música popular internacional integran su repertorio.  En esta ocasión, entre otros, interpretaron el tango Volver. El presentador aportaba interesantes comentarios con respecto a cada canción.  En el caso de Volver, comentó que la tan trillada frase de que “20 años no es nada” es relativo, ya que no es lo mismo 20 años para una persona de 30, que para una de 50 o más.  No le dí mayor pensamiento a esto, hasta un intercambio que tuve con una amiga a raíz de relatar mis experiencias en torno a mi último cumpleaños.

Como plasmé en un escrito anterior, quise tener una celebración especial para de algún modo paliar el golpe al ego que representaba este cumpleaños.  Decía mi amiga –y estoy de acuerdo, que llegar a cierta edad es un privilegio.  Si alguien está consciente de eso soy yo – tuve una hermanita que murió de año y medio; mi mamá murió de 49 años y mi papá de 61.  No miento sobre mi edad, pero tampoco ando anunciándola.  Para mí es un gran misterio el porqué un mero número me afecta.  La mayor parte de la gente me asegura que no represento la edad que tengo y de hecho, a mí misma me cuesta trabajo pensar que tengo esa edad. 

Como poseo una mente analítica, la reflexión sobre el tango Volver del pasado domingo me hizo pensar si como le ocurre a muchos, hay un deseo oculto de volver atrás en el tiempo, cuando era más joven.  Hay gente que añora tiempos pasados.  Yo no.  Por alguna razón, los que añoran ese pasado tienen una memoria selectiva.  Incluso, hay quienes quieren escudriñar vidas pasadas, pensando que en otro tiempo serían reinas,  faraones o ricos hacendados, sin querer pensar que pudieran haber sido esclavos, mendigos o víctimas de crímenes horribles.

No quiero volver al pasado, sea este cercano o remoto.  Dice Gardel en el famoso tango: volver, con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien; sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada…Y termina Vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que llora otra vez.  Sí, el tango es tal vez el género mas cortavenas que existe.  Por mi parte, afortunadamente no tengo aún la frente marchita, aunque las nieves del tiempo platearían mi sien si no fuese por el tinte que aplico de vez en cuando.  Lo que ciertamente no hago es aferrar mi alma a un recuerdo.  Rebusco en mi mente y no quiero volver al pasado.

Cierto es que tengo hermosísimos recuerdos.  Pero también los tengo muy dolorosos: mi divorcio, la muerte de gente muy querida, las angustias del entorno laboral.  Sin lugar a dudas no tengo ansias de retornar al pasado.  A raíz de la muerte de mis padres tuve pesadillas muy similares, aunque en momentos distintos.  Volvían a la vida, pero pensaba que se morirían de nuevo y no podría soportar ese dolor nuevamente.

Pensé también en la canción Volver a los 17, de Violeta Parra. He escuchado a mucha gente decir que quisiera volver a tener 15 años o incluso, regresar a la niñez.  Cuando era niña, no tenía mayores responsabilidades ni me tenía que preocupar de dónde provendría mi sustento, pero tampoco tenía libre albedrío.  A los diecisiete, esa edad de la que hablaba la Parra, yo asumí parte del cuidado de mi mamá ya enferma y me enfrentaba al comienzo de una vida universitaria que añadía más ansiedad a mi vida. No, no quisiera tener diecisiete años.  No obstante, hay algo en la letra de la canción que me hizo pensar en las posibles razones para esta desazón provocada por el último cumpleaños, aunque debo decir que ya estoy mas reconciliada con la idea.

No le había prestado tanta atención a la letra de la canción, que habla sobre la fragilidad de tener diecisiete; de sentir profundo, pero más que todo, la transformación que opera el amor, que con sus esmeros al viejo lo vuelve niño y que convierte sus años en diecisiete.  Creo que a esto es a lo que aspiran los que dicen querer volver a su juventud.  No es a la edad en sí –es a sentirnos llenos de ilusión, a sentir plenamente la experiencia de vivir.  Para eso no tenemos que volver a los 17.

Mi celebración de este último cumpleaños iba en esa onda – disfrutar plenamente, no como si tuviera diecisiete, porque con las experiencias  que he vivido creo que lo disfruté aún más.  El tiempo pasado jamás regresará, pero sí podemos usar las experiencias como peldaños, añadiendo más gozo, más sabiduría, sin olvidar el elemento indispensable, a mi modo de ver, para disfrutar plenamente y que se me había perdido y ando en su busca: la ilusión.

13 de marzo de 2019







sábado, 9 de marzo de 2019

UN CUMPLEAÑOS ESPECIAL








UN CUMPLEAÑOS ESPECIAL


Pese a ser una mujer muy segura de mí misma, me ha tomado tiempo congraciarme con el número de años que tengo.  Sí, ya sé que la edad es sólo un número, que lo que importa es cómo nos sintamos, pero no puedo negar que ese número me causa un cierto grado de disgusto.  Para aplacar de algún modo esa incomodidad, este año planifiqué dos eventos.  El primero, sería el que acabo de culminar y el segundo está en proceso.  Ese último pretende paliar las incomodidades conjuntas de mi Buddy y yo.  Ella cumple en noviembre una edad que a mí me causó incomodidad en su momento y yo paso por un proceso similar, con el agravante de que son más años.  En algunas semanas nos iremos juntas a Disney, para celebrar como niñas todos estos años de amistad y aliviar el escozor que nos producen 
nuestros respectivos onomásticos.  


El evento que acabo de culminar fue una celebración privada –privadísima, ya que se trataba de una estadía para mí sola en el hotel Royal Isabela.  No me malinterpreten –me gusta celebrar en compañía y de hecho, tuve varias celebraciones pre y post cumpleaños con amistades muy queridas, las que disfruté inmensamente.  No obstante, había una necesidad de estar en soledad, para meditar, contemplar los hermosos paisajes de esta isla en la que he tenido el privilegio de nacer y de estar a solas con misma.  El lugar no pudo ser más apropiado.


Había pensado ir a otro resort que me encanta, pero estaba mucho más allá de lo que resulta prudente dada la situación económica actual.  Y no es que Royal Isabela sea una ganga – es sin lugar a dudas un lujo, pero la ocasión lo amerita.  Cierto es que pude haberme ido en un crucero de esos por las islas, o hasta una escapada a la República Dominicana por ese precio, pero yo quería estar aquí, en mi tierra, en el lugar al que pertenezco.  Como dice la canción de Pablo Milanés, amo esta isla, soy del Caribe, jamás podría pisar tierra firme, porque me inhibe…Bueno, he pisado tierra firme, pero sólo de visita, porque como dice otra canción, mamá, Borinquen me llama...

Escoger Royal Isabela resultó una decisión más que acertada.  Parece que un angelito me iluminó, porque no conozco a nadie que haya estado allí.  El lugar es de ensueño.  Tiene una estructura como una torre en el centro, que alberga la recepción y el área de restaurante, que operara como una concesión en el hotel.  Las habitaciones son “casitas” individuales, que quedan escondidas por la vegetación, pero ofrecen una espectacular vista al mar, en algunos casos -como el mío- a lo lejos, pero aún podía divisarlo e incluso escucharlo en la lejanía. 




Al llegar a la casita designada, la número 17, quedé impresionada con el tamaño de lo que era propiamente habitación, la sala y el baño, en el cual fácilmente podía hacerse un party. La terraza tenía una pequeña piscina y a lo lejos se divisaba una franja azulísima de mar.  















Solté los motetes y me fui al restaurante a comer alguito liviano, ya que eran mas de las 3 de la tarde y no había almorzado, pero tampoco quería llenarme mucho, para poder disfrutar de una buena cena.  Me atendió una encantadora chica de nombre Pamela.  Ordené unos taquitos de ropa vieja con salsa de guayaba, -la cosa más mona  y estaban exquisitos- con una copita de Chardonnay.

Tras el amuse bouche, me fui a explorar. Divisé una bajada rodeada de vegetación que parecía dar al mar.  De hecho, podía divisarlo al fondo y escuchar su sonido con más intensidad.  Tras descender no sé cuantos escalones de piedra y madera, así como un camino de tierra, me topé con un portón cerrado con una enorme cadena mohosa, como si la hubiese puesto Colón al llegar en una de las carabelas (sí, ya sé, que no fue por Isabela por donde entró, pero es la imagen).  Giré y ascendí poco a poco, dejando en evidencia mi pobre condición física.  Otra ventaja de haberme ido a celebrar sola –nadie, hasta ahora que lo relato, se enteró.


Seguí explorando hasta que regresé a la casita para darme un baño y prepararme para la cena.  Confieso que me metí en la enorme bañera, aunque no la llené del todo porque me sentí culpable del desperdicio de agua, dado que esa zona está ahora en racionamiento.  Espero los espíritus del agua me perdonen –juro que fue solo una vez y el resto del tiempo tomé cortos duchazos.  Me vestí con un traje de tonos naranja, con mangas, por si hacía frío.  Me senté en la parte de afuera del restaurante, para seguir apreciando la hermosa vista.  El silencio era envolvente, un bálsamo para mis atribulados oídos expuestos al alboroto de los visitantes de la gasolinera detrás  de mi apartamento, que hablan duro y a veces ponen esa música con sonsonete que tanto me disgusta.

Pedí mi cena- mofongo de yuca con filete de bacalao, camarones y mejillones.  Esta vez, una copa de Pinot Grigio.  Este era un mofongo con caché –nada de pilón, sino una especie de cama donde reposaban los mariscos.  En eso, comenzó una música de un joven que no divisaba, pero escuchaba su dulce voz, acompañado por su guitarra.  Interpretó canciones de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Robby Draco Rosa y otros.  En fin, disfruté de un banquete para mi boca y oídos.  Para coronar la noche, podía divisar el cielo estrellado, actividad que hacía meses no podía hacer, desde los tiempos de María.

Me marché feliz a mi casita, lista para dormir en la enorme cama.  Me dormí seguida, pero luego me desperté -algo que me ocurre cuando duermo fuera de casa.  Al otro día quería disfrutar de un brunch, pero sería más tarde, así que colé café en la habitación.  Lleve al café a la terraza, con  unos pedazos de un queso manchego que había llevado y mi Palabra Diaria, la cual leí en esta paz infinita, luego de contemplar la salida del sol.  Hice algo de yoga y me alisté para ir a la piscina.  Estaba muy tranquila –solo una pareja que ya se iba y luego llegó una mujer como india, con su hija.  Observó que yo estaba leyendo la autobiografía de Michelle Obama y me preguntó qué tal era.  Muy buena – le dije.

Le pregunté de dónde era y me respondió que Virginia, si no me equivoco.  Pensé en el frío pelú que hace por esos lares y me dijo, que en efecto, su esposo le había dicho que quería venir a un lugar donde no necesitaran abrigo.  Quise saber si estaban disfrutando y me contestó en la afirmativa, cosa que me alegra infinitamente.  Me encanta que los turistas tengan una experiencia memorable de su visita a esta tierra que tanto amo.  Me metí un ratito al agua, que estaba algo fría y salí a leer y secarme un poco.



Más tarde me fui al brunch, que estuvo bueno, particularmente el churrasco, que es algo que no me encanta, pero en verdad estaba delicioso.  Me extrañó  que no tuvieran salmón, porque prefiero más los mariscos o pescados, pero una mimosa me ayudó a paliar la  decepción.  De hecho, pregunté por un lugar de sushi del cual había leído.  Pamela me explicó la ruta y me aseguró que era fácil llegar, pero claro, ella no conoce mi habilidad para perderme.  Dorcas también me aseguró que era fácil.  Ya veremos, pensé.  Ellas estaban fascinadas con el hecho de que me estuviese celebrando yo misma el cumpleaños.

Tras el brunch, fui a preguntar por el árbol emblemático del hotel.  Ismael me indicó que el árbol existe, me lo señaló, pero yo no podía verlo.  Me indicó que después de las 2 de la tarde podía ofrecerme un tour por el lugar, a lo que respondí que sí con entusiasmo.  Quería regresar temprano para completar mi plan de ir al lugar de sushi temprano, ya que no quería estar en la carretera de noche.  Me pierdo de día, así que ir de noche, por una oscura carretera desconocida no era mi idea de diversión.  Salí a intentar encontrar el camino a la playa, pero no lo logré.  Al rato me fui al tour por los terrenos del hotel, en un carrito de golf - después de todo, el hotel es reconocido por esta actividad que hasta ahora no me ha interesado para nada.  La belleza del paisaje, sin embargo, impresiona al más indiferente.

Fuimos a ver el icónico árbol, que sobrevivió al huracán como tantos en el lugar.  Me recuerda una cola de caballo de esas que algunas mujeres se hacen al lado. Según lo que leí en la página de internet del hotel, el árbol, un roble, es símbolo de resiliencia, palabra que está de moda luego del huracán María.  Este árbol ha resistido el viento desde siempre, porque en esa área se siente muy fuerte.  Tanto así, que yo sentía cómo el viento me empujaba. No puedo ni imaginar cómo sería durante los embates del huracán.  Este árbol tiene mucho que enseñarnos a todos en términos de cómo hacernos flexibles, de forma tal que las fuerzas que nos enfrentan no nos destruyan.  El árbol aprendió a cambiar su forma.  No es lo usual, pero  tiene una belleza muy singular.  Este árbol tiene mucho que enseñarme en esta nueva etapa de mi vida.


En el camino nos detuvimos porque encontramos unos golfistas en el proceso de hacer lo suyo y la regla es permitirles hacer su juego, en silencio.  En ese punto, no tengo idea cómo pensaban enviar la bola a algún punto razonable.  Si el viento me movía a mi, ¿qué no haría con una pequeña bolita? Desde allí se supone la enviaban  a otro lugar que quedaba muy distante, con un acantilado de por medio.  Se montaron en su carrito de golf, camino al área donde se supone fue a parar la bola.  Nosotros proseguimos a un área donde puede apreciarse un hermoso acantilado, que tiene la cara de indio que se supone es la inspiración para la que aparece al inicio de la carretera que conduce hacia Isabela.  El lugar no sólo es hermoso por las formaciones rocosas y el embate de las olas, pero también por los hermosos tonos azules de sus aguas.  En varios momentos me emocioné ante tanta belleza.





Ismael me explicó que en ocasiones pueden verse ballenas cruzando el área.  Yo no tuve tanta suerte.  Sin embargo, me sentí extremadamente afortunada de presenciar la hermosura del paisaje que vi.  Hacía tiempo que no tenía la oportunidad de presenciar tanta belleza concentrada en un solo lugar, con un silencio sobrecogedor y un cielo tan azul como el mar.  Regresé al punto de partida sintiéndome extremadamente afortunada y me preparé para la expedición hacia el restaurante de sushi en la playa de Jobos.

Salí como a eso de las 4:30, porque no quería que me sorprendiera la noche y el lugar estaba al menos como a 20 minutos del hotel.  Claro, eso es para una persona que sabe para dónde va.  Me habían indicado que el trayecto era directo, salvo por un tramo dentro del pueblo en que me debía desviar, pero que supuestamente la misma carretera me mostraría el camino.  Por alguna razón el sistema de GPS no estaba funcionando con voz, así que dependía exclusivamente de las indicaciones que recibí.  Todo iba bien hasta que me topé con un letrero de No Entre.  Terminé en una playa, pero no era la de Jobos.  Llamé al restaurante para indicaciones y me dirigieron hacia la carretera correcta.

Para cuando logré salir, ya eran poco más de las 5 y me topé con un tapón agravado por una delegación de Jeeps. Se veía que  la carretera no tenía alumbrado y me empecé a poner ansiosa.  Miré el reloj y ya eran como las 5:15.  Calculé que todavía me quedaban como 15 minutos de camino.  Pensé que no iba a tener una cena tranquila, por la preocupación de que cayera la noche y se me hiciese más difícil encontrar el camino de vuelta. Decidí abortar el plan de una cena de sushi frente al mar y regresar al hotel.  Al entrar al pueblo, me volví a perder.  Ví una patrulla de Policía Municipal y les pregunté como llegar. Por fortuna, me dijeron que los siguiera y me llevarían a la entrada del hotel.  Al llegar, les di las gracias y los bendije.  Fue como un déjà vu que me recordó la perdida monumental que me había dado  hace más de veintiocho años cuando quise tener una experiencia inolvidable en Atenas y terminé cenando en el hotel.  Bueno, fue una experiencia inolvidable, como esta, sólo que no la que imaginé.  Por lo menos estaba feliz de regresar al hotel, como si hubiese vuelto a casa.

Me senté en el restaurante y me recibió Jessica.  Revisé el menú y estaba entre no recuerdo qué plato y un filete.  No soy tan fanática de la carne, pero hace semanas que estoy en un ejercicio de soltar el control y hacer cosas distintas.  Pedí una sopa de pana para empezar, con un Chardonnay y luego pedí el filete, con un Cab, como le dice Jessica, que deduje, correctamente era un Cabernet Sauvignon de California.  De postre pedí soufflé de chocolate y le pregunté a Jessica si tenían fósforos.  ¿No me digas que es tu cumpleaños? Sí le dije y entonces me dijo que tenían velitas y yo le dije que había llevado mi propia velita con estrellita, cortesía de mi Buddy.

Jessica trajo el postre, con la velita colocada en una nube de malvavisco.  Pedí mi deseo y soplé.  Al terminar, Jessica me trajo una copa de espumante por la casa.  Se despidió deseándome muchas felicidades y me brindó un cariñoso abrazo.  Salí hacia la casita sintiendo que no podía comer más, así que de nuevo me vi forzada a cambiar los planes.  Había llevado una media botella de Laurent Perrier, regalo de mi Buddy, con unos chocolates que pensaba degustar al final de mi cena, en la habitación, pero había comido tanto que no los iba a disfrutar, así que decidí serían mi despedida al día siguiente, previo a emprender el camino de vuelta. Me limité a contemplar el cielo estrellado que esa noche parecía aún más hermoso.

A la mañana siguiente solo puede tomar tostadas y café, tras la opípara cena.  Debía abandonar la casita a eso de las 12:30, así que el pregunté a Dorcas si podían preparar algo para llevar.  Ella me dijo que me podían llevar algo al área de la piscina.  Le dije que tenía una botella de champán, que si tenían una cubeta de esas desechables.  Me dijo que no la tenían desechable, pero que yo podía devolverles la que tenían.  Revisé el menú y encontré un tartare de atún que resultaría perfecto para acompañar el champán.  Di un recorrido por los terrenos, a modo de despedida y procedí a cambiarme de ropa con un vestido naranja sin mangas.  Me acomodé en la piscina, con mi botella de champán, a esperar que me trajeran el atún.  Ví un rótulo que decía no se permitían objetos de cristal en el área de la piscina y muy contrario a mi apego a las reglas, decidí romperlas.  Esta era mi celebración y sería extremadamente cuidadosa para no romper nada.



 

Finalmente llegó el atún, que me llevó un amable mozo.  Procedí a acomodar todo y a abrir el champán, que hizo su característico sonido y rogué no me delatara como una violadora de las normas, ya que ese sonido inconfundible no proviene sino de una botella de cristal.  Afortunadamente nadie apareció para estropear mi celebración ultra privada.  Procedí a probar el atún y mmmmmmm –estaba delicioso.  Lo comí despacito, acompañado por sorbos de champán.  Al final, dos chocolates de Loíza Dark cerraron con broche de oro la ocasión.  Ya había llevado la maleta al auto, así que sólo me restaba recoger los rastros de la celebración y devolver la cubeta al restaurante. 


Salí del lugar con tristeza, pero al mismo tiempo satisfecha con todas las experiencias hermosas que tuve.  En primer lugar, ver otro ángulo de la hermosura que ofrece esta tierra –cielos estrellados en la noche, cielos límpidos de día, mar azulísimo; el gozo del silencio, el trato amable de los empleados, la comida sabrosa, aderezada con las atenciones de quienes la servían.  Unas instalaciones a todo lujo –por tres días y dos noches jugué a ser rica. Una vez más soy consciente de cuán bendecida he sido.  Este cumpleaños resultó inolvidable – un antídoto ideal para la desazón producida por el número de años cumplidos.


9 de marzo de 2019


miércoles, 6 de marzo de 2019

Krippy






KRIPPY


Mi ausencia de sentido de dirección es notoria.  El pasado fin de semana me volví a perder, pero no es de esa perdida de la que voy a hablar –es de mi sensación de estar perdida en este laberinto de contradicciones de nuestra realidad actual.  Leí que el gobernador regaló entradas a estudiantes para asistir al concierto de Bad Bunny.  No me lo estoy inventando.  Vean la página 53 del periódico El Nuevo Día de hoy miércoles 6 de marzo.  Para abundar a la sensación de estar más perdí’a que el hijo de Lindbergh, como diría el gran Demetrio Fernández, hay una cita del gobernador en el artículo que me dejó eleta, pasmada y patidifusa.

Según un comunicado de prensa que cita el periódico, el gobernador dijo que “en esta ocasión, esta oferta musical también apela a un mensaje para nuestros jóvenes, por parte de alguien quien hace unos años cursó estudios también en Vega Baja y en nuestro sistema público de enseñanza.  El esfuerzo rinde frutos y con dedicación y esmero, las metas son alcanzables”.  El mensaje muy bien puede ser que el esfuerzo rinde frutos, pero hay que ver en qué consiste el esfuerzo y cuál es la meta.

Creo que Bad Bunny tiene talento, carisma y una habilidad para rodearse de genios en mercadeo.  Pablo Escobar, el Chapo Guzmán y muchos dueños de puntos en Puerto Rico también, así como varios ejecutivos dizque respetables que logran agenciarse jugosos contratos en el gobierno.  El mensaje no está nada claro para mí.  O tal vez si lo está y estoy en negación. Hace unos días se reportó el éxito que tuvo Bad Bunny en Viña del Mar, una plaza tan difícil de conquistar que la han llamado “el monstruo”.  Decía el reportaje que Bad Bunny cerró el concierto con las canciones Krippy Kush y Chambea. Sobre esta última, ya había opinado, pero baste decir que es una oda a la violencia, salpicada con comentarios denigrantes hacia la mujer.

Como no opino de lo que no sé, busqué en You Tube el vídeo de Krippy Kush, que resulta ser una oda a la marihuana, a hacerse millonario con su venta y cómo se recibe hasta por Fedex.  Para colmo, la letra dice que los maleantes quieren Krippy (del inglés creepy, que quiere decir escalofriante, refiriéndose a una marihuana manipulada genéticamente y tratada con químicos) y las babys/ pu… quieren Kush, que es una marihuana orgánica.

Yo no tengo mayores problemas con que una persona adulta se fume un motito de vez en cuando o que la use para propósitos medicinales.  Con lo que sí tengo problemas es con que a jóvenes que no tienen su mente aún formada se les invite a  escuchar canciones que fomentan el uso y distribución de drogas, la violencia y el trato denigrante hacia la mujer.  Estas canciones no tienen absolutamente ningún socially redeeming value; no son canciones que pinten una realidad negativa para demostrar el daño que todo esto hace.  Todo lo contrario; el mensaje que llevan las canciones es que si vendes droga harás mucho dinero y tendrás muchas mujeres a tu alrededor, que te dejarán que las llames pu… si quieres.  Que el gobernador regale boletos para escuchar esta aberración me parece de espanto.

El mensaje es bieeeen krippy.

6 de marzo de 2019

Control








CONTROL

No, no voy a hablar de la Junta, ni del lío de Venezuela, aunque sin lugar a dudas ambos temas inciden sobre el tirano que nos habita en nuestras respectivas cabezas.  Todos, en mayor o menor grado, padecemos sus efectos.  En mi caso, he sido acusada en múltiples ocasiones de poseer una personalidad controladora.  Admito que hay algo de eso, pero no siempre lo soy, particularmente en estos tiempos, donde me reconozco y recojo velas.

A modo de ilustración relataré tres incidentes que ilustran mis reacciones a sucesos recientes en los que se puso de manifiesto mi respuesta al hecho de no tener control de ciertas situaciones.  El primero se suscitó con el anuncio de la puesta en venta de boletos para el concierto del chelista Yo-Yo-Ma.  Hace unos tres años vino a Puerto Rico, como parte del Festival Casals.  Demoré en acudir a comprar los boletos por dejadez y cuando acudí a la boletería, ya estaban todos vendidos.  Me recriminé a mí misma  y por varios días me fustigué por no haber hecho las gestiones a tiempo.

Desde el mes antes pasado empezaron a colocar anuncios en la página de Pro-Arte Musical, anunciando que pronto estarán en venta los boletos para un concierto de Yo-Yo.  Me mantuve pendiente y resultaba desesperante que aunque ya tenían la fecha, no ponían los boletos a la venta en una página que nunca he utilizado.  Finalmente anunciaron que la venta iniciaría de forma exclusiva, un sábado a las 10 de la mañana.  Yo no tenía claro si esa venta exclusiva significaba que no se venderían en la boletería de Bellas Artes, donde pensaba acudir con una amiga a comprar mi ansiado boleto.  Llamé para verificar y en efecto, exclusivo quería decir precisamente eso – Bellas Artes no vendería los boletos -había que hacerlo a través de la entidad que yo nunca había usado.

El plan con esa amiga se desarticuló. En el proceso había hablado con otra amiga y pensábamos adquirir varios boletos, pues se unirían otras.  Luego pensé comprarlos yo misma a través de internet y de esa forma podía controlar el proceso. Me aseguraría de estar unos minutos antes en línea.  Ya ahí se me activaron todos los miedos, porque había intentado comprar boleto para Hamilton y no lo había logrado.  Supe después que esos se podían adquirir de otro servicio, pero las filas eran de sobre 4 horas, cosa que no estaba dispuesta a hacer. Para el concierto de Yo-Yo la segunda amiga me había dicho que podía comprar los boletos, pero sólo de cierto precio.  Luego, me llamó otra amiga, quien me aseguró que otra amiga a su vez tenía una hija chelista e iba a ir personalmente al lugar de venta a adquirir los boletos.  Pensé que tal vez esa era la mejor opción, aunque de todos modos me aseguré de entrar a la página a la hora designada, por si había algún problema.  Le pedí a mi amiga que me avisara si había alguna dificultad. 

En vista de que podía acceder al diagrama de los asientos, comencé a tener ansiedad al ver como poco a poco, iban desapareciendo los asientos disponibles en cuestión de minutos. La película que se repetía en mi cabeza era una mezcla de desilusión con recriminación, mientras me repetía que nunca debí dejar que otra persona -en este caso una desconocida amiga de la amiga, fuese a comprar el boleto que tanto ansiaba.  Es decir, estaba en un ataque agudo de controlitis.

Eventualmente llamé a mi amiga y me aseguró que ya su amiga tenía los boletos.  Respiré. A las dos semanas más o menos, se presentó el otro episodio.  Una amiga (sí, soy afortunada; tengo muchas amigas) muy ingeniosa del grupo de voluntarias al que pertenezco, planificó una excursión a la Hacienda Muñoz en San Lorenzo.  Me anoté en seguida, ya que he estado en el lugar antes y me encanta. Ella indicó que había solicitado los servicios de un chofer con una guagua, en la que iríamos 10 personas,  Se acordó el precio y listo.  La hora de salida se fijó a las 9 am., lo cual consideré muy temprano, pero decidí fluir.  Ese día llegué unos minutos más tarde, debido a que la organizadora había indicado que citaba a las 9 para salir a las 9:30.  Ya estaban todas en el lugar.  Me dio mucho gusto verlas, sobre todo porque se unió una compañera de recién ingreso al grupo de voluntarias. 

El viaje fue muy placentero.  Íbamos charlando, compartiendo experiencias.  Llegamos a la Hacienda, algunas tomaron café e hicimos un leve recorrido por el hermoso lugar.  Una de ellas repartió el menú del restaurante y yo empecé a hacer cerebrito con unas costillas en salsa de café.  Lamentablemente, varias del grupo no estaban inclinadas a almorzar allí, así que nos fuimos, sin tener una idea clara de a dónde nos dirigíamos. Mi incomodidad iba en aumento –eso de no tener un plan me pone ansiosa.  Y que conste, que salir sin rumbo definido puede ser un plan, pero eso no fue lo que yo entendí. El chofer se detuvo en un lugar que jamás supe el propósito, pero aparentemente en los asientos delanteros se fraguaba alguna alternativa.

Mientras esto ocurría, la nueva integrante del grupo produjo una botella de vino blanco.  No estaba tan fría, pero vamos, una no se puede poner muy exigente en una guagua que en la semana opera como carro público.  Otra compañera repartió unos riquísimos sandwichitos de atún, apareció queso y unos cheetos de queso blanco que llevé, por aquello de entretener la tripa.  Poco a poco me entregué al placer de la compañía, de los relatos alegres y dolorosos de algunas compañeras, que me hacían admirar, una vez más, la extraordinaria valía de la mujer puertorriqueña.

Llegamos al pueblo de Gurabo y en una esquina de la plaza, entramos a una cafetería que ofrecía almuerzo buffet – El Buffet de Víctor, se llama. Una larga fila y un espacio de mesas reducido se presentaba a nuestra vista.  “No vamos a caber, comenté”.  Algunas estuvieron de acuerdo y otra afirmó categóricamente, “si, vamos a caber”.  Esta última tenía razón – nos apretujamos en dos mesas luego de buscar los respectivos platos.  Cónsono con el concepto de buffet, un encantador hombre, que presumo era Víctor, se encargaba de servirnos todo lo que se nos antojase.  Yo opté por fajitas de cerdo, con carne de pavo, majado de yuca y ensalada.  Víctor preguntaba amablemente “¿quiere tomate; quiere sopita?” Respondí si a ambos y decliné el postre.

La comida, servida en modestos platos de melamina y acompañada de la botellita de agua no tenía la elegancia de lo que hubiese comido en la Hacienda Muñoz, pero tampoco tenía el precio de lo que hubiese pagado allí.  La cuenta sumó algo como $8.50, atenciones amorosas de Víctor incluidas. La comida estaba muy buena, aderezada con la conversación en la mesa. Decidí abrir mi mente y dejar a un lado las expectativas que originalmente tenía.  Como elemento adicional, una amable chica nos recomendó que fuésemos a la Universidad del Turabo, fundada por Ana G. Méndez (no voy a entrar en las nociones pre-concebidas que su nombre evoca), ya que allí tenían un museo.

Allí nos dirigimos.  Los terrenos son hermosos.  Hay una casa que se utiliza como oficinas administrativas y otra, que era la casa que utilizaba por temporadas la Sra. Méndez y es ahora museo.  Contiene mobiliario de la época, así como memorabilia de la familia, incluyendo una colección de abanicos que le regaló Doña Felisa.  Ya habíamos entrado a la casa, pero llegó Ivette a recibirnos y nos explicó que usualmente las visitas se programan (es decir que no se acostumbra que lleguen chulas y presentás como nosotras), pero que gustosamente nos mostraría la casa.  Sin asomo de molestia por nuestro presentamiento, nos ofreció una visita guiada, contestó nuestras preguntas y mostró interés en saber de dónde veníamos y qué hacíamos.  Ivette, evidentemente, se había entregado también a la experiencia.  Salimos de allí felices y agradecidas.

Hace semana y media se produjo el otro episodio que me provocó ansiedad y pone de manifiesto que es muy poco lo que controlamos y en ocasiones, la realidad resulta mucho más positiva de lo que nuestra mente puede fabricar.  Mi computadora estaba actuando extraña- prendía cuando se le antojaba- así que llamé a mi experto en estos menesteres.  Diagnosticó que el problema era la batería, así que procedió a traer una sustituta.  No hizo más que salir por la puerta, cuando ya la computadora decidió apagarse y se negó a prender nuevamente.  Me sugirió cotejar si el equipo estaba aún en garantía, cosa que dudé, pero en efecto, le quedan como tres semanas.  Me dio los teléfonos del fabricante y me comuniqué; mientras tanto, mi mente producía esta película en la que todos mis datos, documentos y fotos se perdían irremediablemente.  Me fustigué por no haber hecho back-up hace más de un año.  Tras sufrir por dos días, llegó el técnico de Dell, reemplazó una pieza y ya.  Todo ese sufrimiento por nada.

Y así vamos por la vida, sufriendo por lo que quizás ni siquiera va a ocurrir, privándonos de disfrutar el presente y pensando que tenemos el control de todo, cuando la realidad es otra.  Viene a mi mente una canción del Grupo Chambao, que tiene unas líneas geniales:

Tú y tú, si tú, lo tendrás to’ pensa’o
la familia y el trabajo
el plan de jubilación
lo tienes to’ controla’o
te la crei’o tú
que sí te la crei’o tú

Somos muchos los que creíamos que lo teníamos to’ controla’o y no.  Tenemos que hacer ajustes día a día, estar abiertos a la posibilidad de que lo que vislumbramos, planificamos, temíamos o ansiamos, puede cambiar de un momento a otro.  Soltar el control nos libera y nos hace más felices.  He practicado esto varias veces, aunque admito que a veces regreso a mi Control mode. Pero la vida me ofrece oportunidades de hacer ajustes todos los días, como me ocurrió el fin de semana pasado, pero esa es otra historia…

6 de marzo de 2019

viernes, 15 de febrero de 2019

Latas





LATAS

Hace unas semanas una amiga hizo referencia al pollo enlatado que viene desmenuzado y me retrotraje a mi viaje misionero a Haití en el 2011.  Fue una experiencia sobrecogedora, que me puso en contacto con la miseria extrema y me mostró toda la bondad de la que puede ser capaz el ser humano, así como la capacidad de adaptación que poseemos.  Esa capacidad de adaptarnos se puso de manifiesto a la hora de comer o preparar alimentos.

Uno de los días más intensos fue el dedicado a una clínica.  Acudieron cientos de personas a recibir ayuda médica, con unos casos más complicados que otros.  Yo estaba asignada a repartir pastillas para desparasitar, pero veía otros casos que llegaban, el más dramático de ellos el de una mujer con quemaduras en su pecho.  Estuvimos trabajando por varias horas sin parar, hasta que mis tripas comenzaron a protestar.  Si alguien puede hacer una demostración de resiliencia, esas son mis tripas.  No importa lo que esté pasando –sea algo doloroso, estresante, motivo de coraje you name it, mis tripas van a reclamar comida.

Pues ese día no fue la excepción.  Tras varias horas de intenso trabajo, comenzó el reclamo, con el agravante de que no había a dónde ir.  Había que comer lo que se hubiese llevado, con el agravante de que no podía hacerlo delante de toda esa gente que podían ofrecer seminarios de lo que era pasar hambre de verdad, no este episodio pasajero que yo experimentaba.

Me fui al área donde estaban los alimentos –eran galletas u otras cosas empaquetadas y latas de spaghetti. No había posibilidad de calentarlos. Creo que previo a ese día había comido como dos o tres veces de esa variante de pasta, porque creo que lo que único que tiene en común con la versión genuina es la forma y el color de la salsa.  Mi ex marido disfrutaba de ellos, mezclado con cebolla picada y salsa adicional.  Nunca le encontré el atractivo a esa mezcla ni a la versión original y el hecho de que tuviera que comerlos fríos lo hacía aún más difícil para alguien como yo, que le gusta la comida bieeeeen caliente.

En vista de que mis opciones eran muy escasas y las tripas estaban montando un piquete en mi abdomen, opté por comerme los spaghetti directo de la lata.  No puedo decir que los encontré deliciosos, pero cumplieron su objetivo.  No he vuelto a comerlos y espero no tener que volverlo a hacer, pero ese día recibí una gran lección, proveniente de una lata.  No hay exigencias cuando de verdad hay hambre.

En aquél  entonces nos hospedamos en una casa que la organización Iniciativa Comunitaria tenía alquilada.  No había agua potable -era de cisterna que se suplía de un pozo cercano.  Debíamos preparar nuestras comidas, así que junto a otros acudí a la cocina para ver qué había disponible.  Había arroz, habichuelas, salchichas, salsa de tomate, todo de distintas marcas.  Con lo que había y a veces huevos que traían de sabe Dios qué mercado, preparábamos los alimentos.  La mayor parte de nosotros éramos féminas, pero también Juan, un entusiasta español - boricua con alma de niño se unía al grupo de cocineros aficionados.  Recuerdo un arroz que preparó que quedó exquisito.  Yo no soy buena con grandes cantidades, porque estoy acostumbrada a cocinar para pocos.

En una ocasión se me ocurrió guisar pollo enlatado, ya que habían varias latas, los ingredientes para sofrito, papas y zanahorias.  Lo cierto es que aquel pollo enlatado quedó riquísimo –tanto así que ya de vuelta en casa lo he hecho en varias ocasiones.  Es un resuelve, como la consabida lata de corned beef que tantas veces nos ha sacado de apuros a muchas de las que nos hemos visto obligadas a producir un plato luego de un largo día de trabajo.

La referencia de mi amiga al pollo enlatado me trajo a la memoria toda mi experiencia haitiana –algo así como una memoria enlatada.  El recuerdo fue tan vívido que procedí a guisar una lata de pollo que tenía en la alacena.  A esta versión le añadí una cucharada de jerez mientras se cocinaba y la serví sobre arrocito blanco. El olor que emanaba era exquisito.  Sobre el recuerdo de aquél plato elaborado con alimentos enlatados donados construí años más tarde un plato exquisito que disfruto, sobre todo, porque me recuerda lo que es verdaderamente esencial –la solidaridad, la conciencia de que necesitamos muy poco para sobrevivir y el gozo de las cosas simples.

15 de febrero de 2019




jueves, 14 de febrero de 2019

Esparciendo amor






ESPARCIENDO AMOR

El martes pasado decidí llevar un brazo gitano relleno de crema y fresas a mi encuentro semanal del grupo de voluntarias de la Fundación Muñoz Marín, como celebración anticipada del Día de San Valentín.  Sí, ya sé que el coro de cínicos dirá que esto es un pretexto capitalista para forzar a los pobres incautos a gastar dinero, que el verdadero amor no necesita de flores, chocolates, joyas para ser expresado y que incluso hay quien regala para intentar aplacar su sentido de culpa.  Todo eso puede ser cierto, pero yo expreso el amor cuando, como y con quien me da la gana, así que el Día de San Valentín es tan bueno como cualquier otro.  No tengo problemas para expresarlo ese día, como de hecho lo hago aunque no haya una celebración especial.

La celebración de San Valentín me ofrece el pretexto perfecto para embarcarme en una de mis maneras favoritas de expresar amor: a través de la cocina.  Cuando preparaba el brazo gitano pensaba en que la acción de esparcir el relleno sobre el bizcocho era como esparcir amor.  A través de ese postre, con cada fresa que piqué en trocitos y luego coloqué amorosamente sobre la crema batida, estaba entregando pedacitos de mi amor, como suelo hacer con los platos que preparo.

He sido afortunada en tener mujeres en mi vida -todas excepto una ya fallecidas- que me han mostrado este camino de ofrendar amor a través de la cocina: mi mamá, mi madrinita, Titi Leo, mi amiga Leila y mi amiga Elena, que ahora enfrenta retos de salud que le impiden dedicarse a la cocina. A través de la preparación de los alimentos pienso, de forma inconsciente, en las personas a quienes habré de ofrecerlos.  Es una manera de ofrendar algo de mí, en cierto modo retribuyendo el amor que me han brindado.

Yo he sido bendecida en esta vida con mucho amor, a pesar de que muchos ya no están físicamente.  En el caso de las parejas que he tenido, aunque ya han dejado de serlo bendigo su presencia en mi vida, porque cada uno aportó algo valioso.  Contrario a muchas mujeres, no conozco en carne propia el maltrato –siempre tuve parejas que me demostraron afecto y respeto –unos más que otros.  A pesar de que en este momento no tengo pareja, sigo creyendo fielmente en el amor.  El amor proviene de diversas fuentes: familia, amigos, pareja, Dios, la Patria. Dicen que uno brinda lo que tiene –pues yo brindo amor porque lo he recibido.

El martes esparcí amor sobre el interior del brazo gitano. Ayer entregué unas galletitas en forma de corazón (no las hice yo) a una amiga y su mamá.  Hoy llevaré chocolates hechos en Puerto Rico a las empleadas de mi oftalmólogo que con tanto amor atienden a los pacientes.  Ya he enviado y recibido varios mensajes de amistades.  En la  tarde comeré un asopaíto de camarones que me brindaré a mi misma, independientemente de si aparece otro comensal.

Les deseo que tengan un día repleto de amor hoy, mañana y siempre; que puedan ver todas las bendiciones recibidas, independientemente de los momentos amargos que tengan o hayan tenido.  Ah, y si alguien les prepara un plato exquisito, mejor todavía, pero si no, ofréscanse ustedes mismos una exquisitez y ocúpense de seguir esparciendo amor, de la manera que les brinde felicidad.

Feliz Día de San Valentín.




14 de febrero de 2019

miércoles, 6 de febrero de 2019

Manos










MANOS

Ayer hubo otro junte para celebrar el Año Nuevo Chino.  Desde hace varios años me han invitado a este grupo de mujeres talentosas y sensibles que se reúnen para dar la bienvenida a un nuevo ciclo.  Nos llevamos regalitos sencillos, procuramos comer algo que se aproxime a lo que asociamos con los chinos y nos esforzamos por  llevar algo rojo en la vestimenta.  El rojo en la cultura oriental se asocia con abundancia. En estos tiempos de deuda de COFINA, contratos millonarios de dudosa validez, escasez de fondos para lo verdaderamente esencial –como entregar los muertos a sus familias antes de que se descompongan, por ejemplo-  y pensiones reducidas, la mayoría del país se siente alejado de la abundancia.

Anoche, en el sencillo, amoroso y acogedor hogar de una de las celebrantes del ritual anual chino, fui testigo de la manifestación de la abundancia.  Había abundancia de comida que aportamos ya bien fuere hecha por nosotras o por las manos de otros, incluyendo la hija de una de las celebrantes, que es chef. Había abundancia de solidaridad. Había abundancia de talento. Todas escribimos.  Una de ellas, además, pinta; otra tiene habilidades para desarrollar proyectos en la web; otra organiza eventos que motivan a otros a lograr balance en sus vidas; yo me precio de producir platos ricos; otra diseña y cose  piezas de ropa novedosas.  Eso, sin contar los malabares que todas hacemos o hemos hecho en nuestras vidas para salir adelante y sostener un hogar.  Todas menos yo tienen hijos, lo cual añade al reto, porque deben velar no solo por su subsistencia, sino también por las de otros.

En torno a la mesa había abundancia de amor, manifestado de diversas formas.  Sobre todo, había un deseo genuino de apoyarnos las unas a las otras en sus proyectos o visión de vida.  Lo del Año Nuevo Chino es en realidad un pretexto.  Lo importante del ritual anual es reencontrarnos para celebrar la vida y reconocernos mutuamente como seres valiosos.  Es apoyar a las otras y al mismo tiempo, darnos cuenta de la abundancia que tenemos individualmente, porque no importa cual sea la situación del país, hemos demostrado que salimos adelante.  Nuestras manos, individual y colectivamente producen, literalmente, a manos llenas.

6 de febrero de 2019