ROJO PUNZÓ
Antier hablaba con una amiga y de
momento, usó una palabra que hacía años que no escuchaba, para referirse al
color rojo: punzó, que es en realidad una palabra francesa: ponceau. Sólo le escuchaba ese vocablo a mi mamá y
madrina. Madrinita -que era como yo le
llamaba- y su esposo, a quien le decía Padrinito – aunque en realidad no lo
era- tenían una tienda en pleno pueblo de Corozal. Se llamaba Bazar Sulín, en honor a Madrinita
y era una mezcla de tienda de artículos de costura, implementos de cocina,
juguetes y chucherías variadas. El lugar
era parada obligada para todas las mujeres que cosían su propia ropa y la de su
familia. Allá podían encontrar telas,
botones, zippers, hilos de coser o tejer, en fin, todo lo
necesario para confeccionar sus vestidos.
Las mujeres de mi familia materna eran excelentes costureras, habilidad
que no heredé.
Solía visitar la tienda en compañía
de Mami y Papi. Ella tenía la costumbre
de preguntar por hilo punzó tan pronto pisaba la entrada del Bazar. Yo adopté la costumbre de hacer lo mismo
luego que Mami falleció y ya sabía que el color punzó es rojo, aunque no tengo
claro cuál rojo es. Siempre me han
gustado los tonos de rojo: rojo sangre, rojo tomate, rojo ladrillo, rojo vino,
por lo que estoy segura que me gustaría el rojo ponceau. Tengo muchos recuerdos de la tienda:
Padrinito y Madrinita tras el mostrador ayudando a las clientas que acudían a
comprar, siempre atentos a sus solicitudes.
Recuerdo las telas envueltas en una especie de tabla rectangular, que se
colocaba sobre el mostrador, se le daba vueltas, lo que producía un ruido
sordo, hasta llegar a la medida: una, dos, tres yardas -lo que la clienta
pidiera y Padrinito enfilando hábilmente la tijera para realizar el corte. Me
gustaba mirar los juguetes, pero estaba advertida que no podía tocarlos y mucho
menos pedir alguno.
En la trastienda se calentaban
alimentos y colaba café, el que se hervía en una cacerola de porcelana que
exhibía las heridas del uso y luego se pasaba por un colador de tela al que le
llamamos “de media”, que con el tiempo se teñía, por supuesto, de color
café. De algunos alambres colaban
ristras de peladuras de china que no sabía para qué se usaban, pero presumo que
eran para preparar algún té. El lugar
retenía un olor mezcla de borra de café, humedad y un olor indefinible, pero no
desagradable, que no he vuelto a sentir, pero sé que si lo sintiera, me
llevaría a ese lugar que recuerdo con tanto cariño. Hay también un recuerdo que
no es agradable. Fue en la tienda que
presencié el ataque de epilepsia que sufrió Papi y las gestiones de Padrinito y
otros para procurar que él no se golpeara al caer. No recuerdo más nada de ese día, pero la
imagen de Papi en el piso se me quedó grabada.
Padrinito y Madrinita eran dos de
los seres más amorosos que he conocido.
Recuerdo la primera casa que visité, de madera con el balcón en cemento
y el piso con losas de colores. Era una
casa modesta, pero llena de amor. De la
cocina salían exquisiteces, entre ellas el majarete que preparaba Madrinita y
que aunque me queda excelente, nunca he
podido igualar. Tanto en esa casa, como
en la construida en cemento luego, siempre fuimos recibidos con cariño y alegría. En años más recientes nos sentábamos en el
mostrador de la cocina, primero con mis padres y luego yo sola. Padrinito salía a comprar pan y queso de papa
mantecosito que venía envuelto en papel – evidencia que venía de un trozo
enorme cortado en la panadería.
Madrinita preparaba el café que colaba en la media y lo disfrutábamos
como un tentempié en lo que estaba el plato fuerte, dependiendo de lo que se
cocinara.
Siempre he sido buen diente, así
que no tenía reparos en devorar cualquier exquisitez que me presentaran, hasta
que casi iba a reventar. Terminado el
almuerzo, Padrinito me preguntaba si quería más, a lo cual yo respondía que no
podía comer más y él me decía “pero si no has comido nada”. Quienes me conocen saben que comer poquito
nunca ha sido una característica mía. Disfruto
comer, bien sea en restaurantes -finos o modestos, cafeterías, o preparar yo
misma diversos platos que pueden ser tradicionales o de nuevas recetas. Me encanta brindar comidas a mis amistades o
familia y suelo servir porciones generosas, incluyendo ofrecer algo para
llevar. Tal vez heredé esa costumbre de la familia materna de asegurar que haya
comida en abundancia. Me parte el alma
saber que tanto aquí, como en otros lugares del mundo haya gente que no tiene
suficiente para comer y procuro hacer mi parte para aliviar esa carencia.
Todas estas memorias vinieron a mi
mente con la sola mención de la palabra punzó. Soy bendecida de haber tenido una familia
tan especial, para la que era esencial confeccionar buenos platos de comida
para alimentar el cuerpo. En el proceso, me alimentaron el alma y contribuyeron
a que en mi corazón habite un recuerdo color rojo ponceau.
22 de diciembre de 2025

