DUELO
El título de este escrito no
pretende comparar la pérdida de una costumbre, de un trabajo, de una tradición
cultural con la pérdida de un ser querido.
No obstante, identifico la desaparición de la versión impresa del
periódico El Nuevo Día como una pérdida que causa una tristeza que
tomará un tiempo manejar, como otras pérdidas que requieren transitar un
periodo de duelo, aunque a menor escala.
Para las personas de mi generación y de anteriores, leer el periódico
era parte de una rutina diaria que es más que rutina, un estilo de vida. Muchas de mis amistades y familia saben de mi
ritual de sentarme a desayunar con el periódico, el cual suelo leer a plazos
cómodos, sobre todo el del domingo. Esa
rutina comenzó viendo a mis padres, luego mientras estuve casada y desde hace
como 32 años, después de mi divorcio.
Calculo que entre periodos llevo como 40 años suscrita al
periódico. Sé de personas que tienen una
variante del ritual. Salen a comprar el
periódico y se sientan en la panadería a tomar el café con algo sólido; se
encuentran con conocidos y conversan sobre los últimos acontecimientos.
La desaparición de la versión
impresa se veía venir. Cada vez el
periódico venía más enclenque y el bombardeo digital era intenso. En mi caso, accedía a la versión digital para
enterarme de los últimos acontecimientos tras la publicación de la versión
impresa. En ocasiones, cuando llegaba la
versión impresa -cada vez más temprano, a eso de las 2 am, ya yo sabía la mayor
parte de las noticias por haberlas leído en mi teléfono. No es que yo me levantara a las 2 am, sino
que a veces sentía cuando caía el periódico frente a mi puerta. No obstante, no abandonaba mi ritual, porque
me encanta pasar las páginas y si en algún momento me tenía que levantar de la
mesa, el periódico se quedaba en la página donde lo dejé; no se iba una
pantalla en negro. Tampoco se resistía a
que yo me detuviera más tiempo, ni cambiaba de formato cuando presionaba una
pantalla de forma equivocada.
Yo tenía rituales dentro de los
rituales. Cuando veía que había una
columna de Luis Rafael Sánchez, aunque disfrutar su lectura es un gozo, no iba
directo a la página de su columna, sino que leía el periódico en orden,
anticipando el placer de esa lectura -algo así como un preludio al gozo supremo. Y cuando llegaba a esa página, la saboreaba
poco a poco, deteniéndome en aquellas frases que demostraban dominio y la
habilidad suprema que sobre la palabra tiene este escritor. A veces recortaba esa página o me la enviaba
yo misma a mi correo electrónico a través de la versión digital. Los intentos de enviarla a amistades
resultaban frustrantes, porque los que no estaban suscritos no podían accederla
y tenía que recurrir a otros medios.
Disfruto columnas de otros
escritores y detestaba la de uno en particular por la arrogancia de su estilo y
su insistencia en utilizar palabras tan rebuscadas que me obligaban a hacer una
búsqueda en el Diccionario de la Real Academia. También demostraba una hostilidad
enfermiza hacia la figura de Luis Muñoz Marín que me repelía. Muñoz era un ser complejo, que juzgar ahora
resulta injusto cuando se hace mirando solo el lado negativo, aparte de que
juzgar ahora, desde un lado más o menos cómodo y distante de la década del '40,
luego de muchos logros, resulta bajuno. Hace tiempo que no veo una columna de
ese escritor y honestamente, no lo echo de menos. Al resto los leeré, del lunes en adelante o
incluso desde mañana si el periódico no llega, en la versión digital. No es lo mismo, pero del lobo un pelo, como
dicen.
Yo tengo la fortuna de que me he
ido acercando a la nueva tecnología. Sin
duda, tiene enormes ventajas -al instante se puede reportar una noticia, se
logra reducir la tala de árboles y no me cabe duda de que para la empresa
representa una economía. Distribuir un
periódico a través de la isla tiene que ser costoso. Sostener una suscripción a los hogares más
aún, ya que requiere de un(a) porteador(a) que vaya casa por casa, apartamento
por apartamento, entregando periódicos.
En el complejo donde vivo es aún más complicado, ya que es tipo walk-up,
es decir que no hay elevador para acceder a los pisos superiores. En ocasiones el periódico no llega, como hoy,
porque el porteador no logra acceso a través del guardia en la entrada, si
está, porque ese es otro servicio que ha tenido que ser recortado.
Cuando el periódico no llega,
reacciono resignada a tener que leerlo digital.
Admito que eso de salir a comprar el periódico no se hizo para mí. Cambiarme de mi bata de casa y salir en busca
del periódico no es para mí. Me gusta
estar comodita, sobre todo si está lloviendo y regodearme leyendo el periódico. Hoy no me quedó más remedio que leerlo
digital, lidiando con buscar un tamaño mayor de letra sin que se cambiara de
formato. Pierdo el interés y me salto
muchas páginas porque no se me antoja leerlas. Por suerte hay una hermosa
columna del talentoso Cezanne Cardona y otras que vale la pena leer. Mañana espero deleitarme con alguna columna o
reportaje de Benjamín Torres Gotay, a quien considero excelente periodista,
poseedor de una sensibilidad exquisita. Las noticias en general se leen lo más rápido
posible en un ejercicio de masoquismo porque con el asunto Power Expectations/C3PPO/LUMA/Genera/Domenech/DDEC/Rivera
Schatz/Jennifer se deprime cualquiera. Y
lo enjereto to' porque es un mismo asunto: una incapacidad
manifiesta de gobernar por y para el pueblo.
Hace tiempo que noto una
maripilización de los aspectos relacionados con entretenimiento. Hay pocas reseñas de buen teatro. Muchas veces las noticias se limitan a dejar
saber que habrá una obra teatral nueva, pero luego no se reseña la función. Los
conciertos que se reseñan son los de los artistas más reconocidos del género
urbano. El Festival Casals, los
conciertos de la Sinfónica quedan ignorados.
El público recibe más de lo mismo, sin una opción más amplia del
entretenimiento. En una ocasión comenté
que la sección Flash y Cultura tiene más de Flash que de cultura. Y no hay nada malo con reseñar los nuevos
géneros, pero el público debería tener más opciones para conocer sobre las
distintas facetas del arte.
En estos días el periódico ha
bombardeado las redes y los anuncios radiales, anunciando todas las nuevas
opciones que hay: podcasts, transmisiones de noticias a cierta hora por
el canal del periódico y yo me siento sobrecargada. No puedo con tanta cosa junta. De vez en cuando podré ver algo que me llame
la atención, pero es como una sobreestimulación. Después de todo, no puedo
verlo todo a la vez. Los anuncios
radiales bordean la insensibilidad. Escuché
uno que decía: “para ti, que nunca has leído el periódico en papel”. Sentí que era como hacer a un lado a tod@s
l@s que hemos sostenido fielmente al periódico durante tantos años. Algo como cuando el gobierno inició una campaña
para lograr que más gente se retirara y así ahorrar dinero, sin pensar en que
luego no habría gente preparada para hacer los trabajos. Llegué a ver una oficina de unos 6 empleados
en la que quedó una sola empleada -la supervisora que ahora no tendría a quien
supervisar. La oficina se llamaba Oficina de gerencia, sin nada que
gerenciar. En los pasillos se colocaban
carteles de una empleada sonriente, que leían: “Yo me retiro. ¿Y tú?”
Y yo me sentía como que estaban locos por salir de mí.
Y me siento como que el periódico
digital nos descarta, pero lo disimula, tratando de decir lo fácil que es
acceder a la versión digital. Para
alguien que nunca lo ha hecho no es tan fácil.
Para mí, que lo hago con regularidad, a veces me saca de quicio cuando
en las últimas semanas no lograba entrar y recibía el mensaje de que ya había
alcanzado el número máximo de artículos gratis, cuando tenía incluida la
versión digital con la suscripción impresa.
Unas 3 semanas antes del anunciado retiro de la versión impresa, llamé y
me dijeron que había problemas con los teléfonos androides, pero el problema
seguía sin resolverse. Entonces llegó el
día del anuncio final, que se sintió como la novia que se entera por terceras
personas que el novio la dejó. En lugar
de producir una hoja de papel e incluirla con el periódico, anunciando a los suscriptores
el fin del periódico en papel, publicaron, primero en la versión digital y al
otro día, la noticia en la versión impresa, que ya había corrido por todos los
noticiarios. Me enteré como se enteró
todo el mundo. Dolió.
Y si a mi me dolió, imagino como habrá sido para los que se quedaron sin trabajo, o para los que no tienen posibilidad de acceder la versión digital porque la tecnología les dejó atrás. La tecnología puede ser más que valiosa, pero la sensibilidad no se puede descartar como desechos envueltos en las páginas de un periódico. La campaña de publicidad es intensa para hacer ver lo fácil que es el acceso a la versión digital. Dígale eso a quien solo tiene el teléfono y no puede leer bien una columna en una pantalla reducida. La publicidad llega al ridículo, al mostrar la imagen de una mujer menos joven balanceando una laptop sobre su brazo, pretendiendo demostrar lo fácil que es.
¿Quién
rayos agarra una laptop en un solo brazo, a riesgo de que se vaya de lado y
termine hecha cantos en el piso? Aparte
de que operar una laptop en esa posición no es nada cómodo. Parece que quien diseña esta campaña es de la
escuela del publicista de la gobernadora -todo pantalleo.
Sé que poco a poco me iré adaptando
a no tener mi periódico en las mañanas y pasar las hojas poco a poco. El duelo es un proceso. Ya lo superaré. Para otros, sin embargo, el proceso será más
difícil.
26 de septiembre de 2026









