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Este blog tiene el propósito de compartir mis ideas que estoy segura son las de muchos. Escribo sobre lo que me enternece, lo que me intriga, lo que me indigna o lo que me divierte. No me impongo fechas límite -escribo cuando quiero. El lector también puede elegir -hay relatos mas extensos, otros mas cortos. Entre cuando quiera. Vivo orgullosa de quien soy, de donde vengo y hacia donde voy, aunque no sepa como llegar... La imagen que lo acompaña es El Laberinto, de la serie Mandalas de Procesos, de Thalía Cuadrado, psicóloga clínica y artista, que me honra con su amistad. Me pareció apropiado para acompañar este blog sin dirección, porque son muchas las veces que me he sentido en un laberinto. Afortunadamente, siempre salgo…

martes, 29 de abril de 2025

Ciao, bravo uomo

 




CIAO, BRAVO UOMO

Yo me crié católica, pero con el tiempo me fui apartando de una religión que me parecía demasiado rígida, muy aferrada a los rituales que la mayor parte de las veces veía se hacían en automático.  La desvinculación final vino tras la muerte de mi madre, pero esa es otra historia.  Hace más de 20 años participé de un seminario de los llamados New Age, al cual asistieron varias personas de la iglesia Unity y me hicieron una invitación para asistir a su servicio del Domingo de Pascua.  Continué asistiendo a los servicios por varios meses, hasta que el ministro asignado a ese templo se fue y hubo una sucesión de oficiantes, sin estabilidad.  Dejé de asistir, pero al día de hoy me mantengo leyendo el folleto de La Palabra Diaria, lo que se ha convertido en una necesidad para mí.  De lo que ocurría en la Iglesia Católica no sabía mucho, pero sí me llamó la atención la elección del Papa que llegó de la Argentina y pasó a llamarse papa Francisco.

El hecho de que escogiese ese nombre, en honor a San Francisco de Asís, me llamó la atención.  San Francisco es un santo muy especial, con una visión integral del mundo, donde los seres humanos, los animales y la naturaleza son parte de un sistema integrado.  Su Cántico a las criaturas es evidencia de ello.  Visitar el área de Asís es entrar en el aura de paz que permanece en el área cuna del amoroso santo.  Y papa Francisco le hace honor al hombre cuyo nombre adoptó.  Comencé a ver transmisiones de las misas presididas por él, muchas veces en idiomas que no podía entender, con cánticos del África y otros lugares remotos.  Este hombre sencillo, tierno, sonriente, me cautivó, como cautivó a miles a través del mundo.  Su sonrisa enternece; no en balde habló de la revolución de la ternura.

Y esa revolución abarcó una apertura hacia sectores previamente rechazados: las personas divorciadas, los migrantes, los miembros de la comunidad LGBTTQ+ y abrió camino para una participación más activa en actividades relevantes por parte de las mujeres. Afrontó los graves señalamientos de abusos sexuales por parte de sacerdotes y pidió perdón a nombre de la iglesia por los crímenes cometidos.  Sus valientes posturas le ganaron enemigos, pero la revolución de la ternura ha resultado victoriosa.  Su humildad era evidente en su vestimenta y en el pequeño auto que utilizaba para trasladarse.  Vivió en un anexo del Vaticano, la Casa Santa Marta, un lugar mucho más modesto, donde incluso pidió ser velado en un sencillo ataúd de madera previo a partir para sus exequias en la Basílica de San Pedro.  Solía visitar las prisiones y varias veces llevó a cabo la ceremonia del lavado de los pies a los confinados, como señal de humildad y amor al prójimo.  De hecho, el pasado Jueves Santo visitó una prisión, aunque por su estado de salud no pudo llevar a cabo la ceremonia.

Papa Francisco era totalmente congruente en su conducta, que permaneció igual desde su paso como sacerdote hasta llegar al más alto puesto en la Iglesia Católica.  Disfrutaba de estar en contacto con el pueblo; decía que los sacerdotes tenían que ser pastores con olor a oveja.  Se le veía disfrutando un mate, aún en los vetustos recintos; era amante del fútbol, socio del club de San Lorenzo. Son incontables las historias de personas del pueblo que se le acercaban y él los escuchaba con atención. Su intercambio con un niño que lloraba en una sesión ante una muchedumbre es muestra de la gran capacidad para amar sin juzgar.  El niño no decía por qué lloraba, por lo que papa Francisco le pidió que se acercara y le dijera al oído.  Tras preguntar si lo podía revelar, nos dejó saber que el niño se angustiaba al pensar que su papá fallecido no iría al cielo porque aunque era un buen papá -o como dijo en italiano, un bravo papá que se ocupó de que todos sus hijos fueran bautizados, era ateo.  ¿Cómo Dios va a rechazar a un buen hombre, que fue un bravo papá? Esa fue una de varias escenas que me hizo llorar de la emoción.

En una de las tantas escenas de documentales que se hicieron sobre su vida, se ve a papa Francisco en su papa móvil, frente a las multitudes empobrecidas que le aclamaban, mientras se escucha una de las canciones que Mercedes Sosa, esa gran cantante argentina hizo famosa: Solo le pido a Dios, que la guerra (el dolor, lo injusto, el engaño) no me sea indiferente…  Y para este hombre sencillo nada de lo que nos causa dolor le era indiferente, así como no le era indiferente, atisbar a lo lejos una monja que conoció desde sus años en Buenos Aires y pedir que detuvieran el papa móvil, para él bajarse a saludarla con un abrazo.  Fueron muchos los abrazos que prodigó a la gente sencilla.  No se sentía cómodo en lugares lujosos, por eso escogió vivir en la casa-hotel de Santa Marta.  Siguió usando sus zapatos ortopédicos negros, los que nosotros conocemos como bodrogos, en lugar de los sofisticados zapatos rojos que calzan los papas.  Y como si lo necesitara -él que aparte de olor oveja tiene olor de santidad- pedía que no nos olvidáramos de rezar por él.

Papa Francisco falleció el lunes después del domingo de Resurrección, tras una prolongada enfermedad.  El  domingo de Pascua se asomó y saludó a los fieles congregados y más tarde salió en un pequeño recorrido por la Plaza San Pedro en el papa móvil.  Sería su último recorrido en vida.  Su sencillo féretro fue expuesto en la misma casa donde vivió y su cuerpo vestía la túnica roja distintiva para la ocasión. Al mirar a sus pies, se veían sus bodrogos negros, los que pudo haber cambiado en ese momento por los vistosos rojos característicos de los papas, porque después de todo, ya no iba a caminar, pero eligió seguir siendo él. 

Fueron muchos los gestos que me enternecieron el sábado pasado, cuando me levanté a las 3:30 am para algo totalmente inusual en mí -presenciar una misa.  De algún modo sentía que debía despedirme de este hombre.  Su féretro fue llevado a la Basílica de San Pedro, a la que asistirían miles a desfilar frente a su cuerpo, pero contrario a otros papas, él quiso ser sepultado en la Basílica Santa Maria Maggiore.  Allí acostumbraba acudir a venerar la Virgen, frente a un cuadro que se conoce como Salus Populi Romani, particularmente a su salida y regreso de un viaje.  Solía llevar flores y rezar por un momento frente al cuadro.  Como hay una distancia considerable entre ambas basílicas, el féretro tenía que ser transportado en un vehículo.  Me causó mucha emoción ver que el papa móvil desde el que tentas veces saludaba a las multitudes, ahora llevaba su féretro.  Me parecía ver la figura de papa Francisco saludando, como si su esencia siguiera allí.  La multitud apostada a lo largo de la ruta lo despedía con aplausos.

Al llegar a su último lugar de reposo, los encargados de cargar el féretro se detuvieron a la entrada, mientras fieles presidiarios, inmigrantes y miembros de la comunidad LGBTTQ+ le precedieron, en un ejemplo más de lo que significa el verdadero amor que no juzga.  Los desposeídos se despedían de su más fiel defensor. Al entrar, se escuchaba el coro de la basílica y 4 niños colocaron flores frente al cuadro que tantas veces papa Francisco veneró, como si lo hicieran por él.  La tumba solo llevará un simple nombre: Franciscus y una reproducción de la cruz que solía llevar al pecho.  Con esos gestos, se puso fin a una vida coherente, a un hombre que demostró ser siempre el mismo.  Nos ha dejado un ejemplo de amor y alegría de vivir.  No sé si volveré a ver un hombre dentro de una organización con la capacidad de influir sobre millones de personas con su sensibilidad y profundo amor al prójimo.

Me siento bendecida de haber vivido en este tiempo, para presenciar la figura de un hombre tan singular, capaz de inspirar a quienes somos un tanto ariscos a las ceremonias y los dogmas.  Ojalá su influencia motive a otros seres humanos a seguir su ejemplo. Ciao, bravo uomo e non dimenticare di pregare per noi.

29 de abril de 2025

 

 


martes, 15 de abril de 2025

La felicidad

 



LA FELICIDAD DE UN BREVE INSTANTE

 

El sábado pasado tuve otro de esos encuentros fugaces que tanta alegría me producen y a los que he aludido en otros escritos.  El último había sido hace poco menos de dos años.  El mes pasado anticipé que podría darse otro encuentro, pero tras pasar un sustito colectivo se aguó la posibilidad de tener un breve intercambio de palabras.  De hecho, el sustito nos dejó a varios de nosotros preocupados por la salud de mi adorado profesor y causante de esta última felicidad.  El Municipio de Caguas le dedicaba la Feria del Libro a Luis Rafael Sánchez, nuestro laureado escritor y yo me propuse asistir.  De un tiempo a esta parte los encuentros fugaces son más predecibles porque ocurren en actividades que se anuncian -es decir, que no se dan por casualidad en una librería, el aeropuerto, Broadway.  Este último ocurrió hace más de 30 años y todavía lo recuerdo como algo muy especial, mágico.

Cuando el encuentro es totalmente inesperado es como ver una estrella fugaz, porque ocurre de forma espontánea, sin esperarlo.  Algo así como los peces voladores que vi mientras me desplazaba por el paseo que da a la bahía y rodea el Morro o el vuelo insólito de un trío de guacamayos luciendo su plumaje azul y amarillo que se materializaron justo frente al auto de una amiga cuando nos dirigíamos a casa por la autopista tras un día estupendo en el Viejo San Juan.  Algo así queda grabado en la memoria, aunque haya durado tan sólo unos segundos. Cuando el encuentro es anticipable, hay algo de planificación involucrada.  Decido qué ropa me voy a poner, a qué hora saldré de casa e incluso escojo el lugar para sentarme de forma tal que pueda ir a saludarle si las circunstancias lo permiten.  Había quedado de encontrarme con una amiga -por cierto, la misma del trío de guacamayos- en el lugar.  Ella llegó un poco más tarde, por lo que me dijo si íbamos a tomar un café.  Ya era mediodía, así que le dije que estaba lista para almorzar y así hicimos. Mi apetito no cede ante nada -ni siquiera la anticipación de ver a Luis Rafael Sánchez.

Regresamos al salón donde se llevaría a cabo la actividad.  Quise sentarme lo más al frente posible, aunque no pude sentarme justo al borde del pasillo, pero calculé que luego de la presentación que precedía la de Luis Rafael Sánchez podría cambiarme de lugar.  Le advertí a mi amiga que una vez llegara el momento de la tan esperada presentación, yo me movería al asiento disponible, que lamentablemente no tenía otro al lado.  Le advertí también que mi foco de atención estaría sólo en mi profesor.  Ella me aseguró que no había ningún problema.  La presentación que le precedió fue la de Magali García Ramis, otra destacada escritora, también parte de ese grupo singular de profesores universitarios.  La lectura del prólogo invita a la lectura del libro que lamentablemente no llegó a tiempo para la venta en ese momento.  Finalizada la presentación me acomodé, lista para ver y escuchar a Luis Rafael Sánchez.

Al rato divisé a mi adorado profesor, quien se veía muy bien.  Me alegré mucho de verle.  Subió al escenario acompañado de una estudiosa de su obra y otro caballero cuyo nombre no recuerdo, también escritor.  Poco después subió el alcalde para ofrecer un breve mensaje y leer una proclama, para lo cual Luis Rafael Sánchez se puso de pie.  Luego de entregar la proclama, el alcalde le entregó un obsequio consistente en una talla que contenía una representación de momentos significativos en la vida del escritor, quien la recibió con evidente emoción.  La estudiosa de la obra procedió a leer su aportación, la cual debo confesar que no me entusiasmó, porque sentí que daba unos giros que no entendí para dónde iban, en los que intercalaba citas de la obra del homenajeado que no parecían propios para la ocasión. Le siguió una presentación muy apropiada, elogiosa de la obra sin excesos que pudieran incomodar al homenajeado y llegó el momento de escucharlo.

Se acercó al podio y pude -pudimos todos, pero yo estaba concentrada en él y no percibía más nada, como si mis ojos y oídos tuvieran una de esas aplicaciones que enfocan en un punto y lo demás queda difuminado.  Escuché su voz todavía fuerte, aunque unos grados más débil, pero siempre cálida, envolvente, con esos matices que nos sumergen y nos elevan por los sinuosos caminos del relato, disfrutando del viaje.  El recorrido se centró en la pregunta que le hicieran en Buenos Aires hace varios años: ¿por qué Puerto Rico es rico?  Y su expresión en unión a todo lo que expresa a continuación es el Exhibit A  que constituye la respuesta.  Un ser humano como él es evidencia de riqueza y vamos, ricura también.  Lo primero, su orgullo evidente de ser puertorriqueño, cosa que afirma varias veces con vehemencia, contundencia y deleite.  Lo segundo, su identidad como caribeño, mezcla de razas donde el ADN africano tiene un papel prominente, tanto así, que aludió con afecto a Titi África.  Le sigue el ritmo en su decir, que es un reconocimiento a ese gusto que tenemos todos y todas los que nos llamamos Boricuas por la música, el baile, el disfrute del cuerpo, eso que nos hace poseer una ricura natural.

Al mencionar la música confiesa que “escribe con la oreja”.  Ha relatado con frecuencia que escucha las conversaciones que le rodean en una guagua o algún lugar, que son representativas de lo que somos.  Yo me he enfrascado en ese escuchar -que no es atisbar lo que no se supone que se oiga, porque tal y como menciona mi profesor, somos muy dados a hablar en tono alto.  Si lo sabré yo, que tengo una vecina que le da con hablar hasta las dos o tres de la madrugada, con otra que habla igual de estridentemente, para mi disgusto y frustrante interrupción del tan necesario sueño.  Hace unos días escuché una conversación en otro apartamento que guardé en mi archivo mental para escribir sobre algo que motivó una profunda reflexión.  Pero bueno, no se trata de mí -se trata de la experiencia de haber estado en contacto con este caballero singular que he tenido el privilegio de conocer.

Su disertación entrelazó elementos de nuestra historia, con referencia a destacados escritores, evidencia no sólo de su amplísima reserva de lectura, sino también la generosidad de reconocer la genialidad en otros. Hubo gozo en el decir; orgullo de su puertorriqueñidad, aspecto que subrayó en el 2016 en ocasión de la Conferencia Internacional de la Lengua Española, que contó con la visita del Rey de España.  Allí afirmó que la palabra puertorriqueñidad no estaba incluida en el Diccionario de la Lengua Española, mientras que el vocablo argentinidad sí lo estaba, lo que constituía una contradicción, porque “lo que es igual no es ventaja”.  Poco después, la palabra Puertorriqueñidad fue incluida, aunque ya Luis Rafael Sánchez la proclamaba con evidente orgullo a los cuatro vientos, como hacemos   quienes sentimos orgullo de haber nacido en esta tierra tan hermosa, a excepción de aquel grupúsculo del infame chat que obligó a renunciar a un niño-hombre a quien el puesto le quedaba más que grande.

La voz se le llenaba de emoción y alcanzaba los tonos de hace unos años, como si la mera mención de la palabra Puertorriqueñidad le insuflara energía y pasión adicionales; esa Puertorriqueñidad a la que alude al final de sus palabras, “que nada ni nadie puede acallar”.  Muchas gracias, dijo y supimos que había terminado su alocución. Nos levantamos como resorte a aplaudir con entusiasmo todos y en mi caso con emoción, orgullo, alegría y amor, que es lo mismo que siento ante mi puertorriqueñidad. Yo no tenía noción de lo que ocurría a mi alrededor, ni siquiera dónde estaba mi amiga, que minutos después llegó a mi lado y tomó mi cartera.  Tomé el teléfono sin saber para qué, porque era incapaz de tomar una foto con los nervios como estaban.

 Comencé a divisar cómo acceder a la tarima para saludar al objeto de mis afectos, pero alguien me cerró el paso con un “no puede pasar” y un gesto inequívoco en mi hombro que por el impulso que llevaba al subir tres escalones y encontrarme de frente con la palma extendida en el hombro se sintió casi como un leve empujón, por lo que le reclamé al dueño de la palma que no pasaría, pero que no me empujara, a lo que me dijo que no me estaba empujando.  No iba a iniciar una discusión que me desviara de mi objetivo, así que di media vuelta para buscar otra ruta.

 Apunto que todo este empeño por lograr saludar a mi profesor no es característico en mí.  Bajo otras circunstancias me habría marchado, pero para mí era importante poderle saludar; que él supiera que yo estuve allí; que yo pudiera manifestarle mi afecto.  Me situé de frente al escenario, mientras el profesor hablaba con otras personas y esperé el momento apropiado para exclamar “Profesor”. Él escuchó el llamado y buscó con la mirada, hasta que me divisó.  Enfocó, como buscando reconocer y de repente, con alegría, exhibiendo una de sus deslumbrantes sonrisas, verbalizó: “¿Ana?, Ana”.  Sí, soy yo, le dije.  “¿Cómo estás?”, preguntó, inclinándose hacia mí.  Feliz de verle, contesté, tras lo cual le planté un sonoro beso en la mejilla.  Y ese feliz de verle tenía muchos matices.  En primer lugar, me alegraba verle bien tras el sustito del mes pasado; en segundo lugar, siempre me da una inmensa felicidad verlo; si a eso se añade escuchar una brillante ponencia en la que se combine disfrutar de su intelecto brillante con la sensualidad y ricura -en todo sentido- de su voz y presencia, se produce el éxtasis. 









Tengo un vago recuerdo de mi amiga entregándome mi cartera y me preguntó si íba a ver algo más.  Lo cierto es que yo ya había logrado mi objetivo y me sentía totalmente satisfecha; nada me llamaba la atención después de haber tenido la experiencia de ese banquete intelectual y el breve intercambio con mi adorado profesor. Mi amiga tenía otro compromiso, así que nos despedimos.  Yo me dirigí a mi carro, sintiendo como si levitara.  Encendí el radio y sonaba una música del programa Rumba Africana, en Radio Universidad, lo cual me pareció más que apropiado.  Lo que venía después no me interesó, así que cambié de estación y sonaba una canción de Gilberto Santa Rosa, titulada Pueden Decir.  Antes que todo, debo aclarar que no estoy desvinculada de la realidad, ni viendo relaciones que no existen, pero sí siento que por alguna inexplicable razón, tras más de 50 años, hay algo que me une a Luis Rafael Sánchez, que hace que nos reconozcamos mutuamente; tal vez es algo de otra vida o de simplemente reconocer algo en el otro que va más allá de haber sido profesor y alumna, sin poder darle nombre.  Es, al menos de mi parte, una forma muy singular de amor.

La canción que menciono es una de un hombre recordando una relación amorosa del pasado, pero con lo que sentí conexión fue con los siguientes versos:

Pueden hacer lo que quieran con mi corazón

Arrancarlo de mi pecho y no, nunca voy a negarte

Pueden pasar cuatro siglos y una eternidad

Y yo seguiré en mi soledad cada día esperándote

Pueden hacer lo que quieran conmigo

Que yo nunca, nunca, nunca voy a olvidarte

 

Ok, soy una irremediable romántica y me engancho en estas letras que pueden parecer cursi, pero es una realidad que Luis Rafael Sánchez permanece en mi memoria como una presencia y por lo que experimenté el sábado, aunque yo no permanezca en la suya como algo frecuente, por un brevísimo espacio habito algo de su prodigiosa mente.  Con eso me basta.  Este ha sido el más reciente encuentro fugaz en una cadena que abarca varios años.  Atesoro cada uno de estos momentos como algo muy especial.  No por breves dejan de tener una importancia vital en mi vida. Aparte de la emoción que me produce verle, escucharle y compartir unas breves palabras, es como recargar baterías en estos días difíciles como habitante de esta nación puertorriqueña, mientras aguardo el próximo encuentro fugaz.

15 de abril de 2025

 

 

miércoles, 2 de abril de 2025

Callar

 





CALLAR NO ES OPCIÓN

                                                                                          Primero vinieron por los socialistas y guardé

       silencio  porque no era socialista.

Luego vinieron por los sindicalistas y

no hablé porque no era sindicalista.

Luego vinieron por los judíos

y no dije nada porque no era judío.

Luego vinieron por mí

y para entonces

ya no quedaba nadie

que hablara en mi nombre.

Martin Niemöller

 

Estos son días difíciles.  Llevamos poco más de dos meses de la presidencia de Estados Unidos de una persona que cuesta creer que haya podido alcanzar esa posición, pese a su estilo dictatorial, falta de empatía y en general ajustarse a la definición de un patán.  No es necesario entrar en los detalles de sus actuaciones, las cuales son descritas diariamente a través de los noticiarios y las cuales much@s hemos denunciado varias veces.  El domingo leí dos instancias del periodista Benjamín Torres Gotay, cuya lectura disfruto por su habilidad para ponerle rostro al sufrimiento. Primero leí su reportaje sobre l@s viej@s viviendo sol@s. Claro, pienso en misma, que vivo sola y me resisto a autodenominarme vieja a mis 71 abriles, pese a que el sábado el joven que me cobraba los boletos para la entrada de una amiga de 50 y pico y yo  al Museo de las Américas ni preguntó y procedió a cobrarme uno regular y uno senior. Evidentemente la senior era yo y debo haber tenido una cara bastante sosita al hallarme descubierta.  Superficialidades aparte, soy consciente de que pertenezco a un grupo que mi papá llamaba seres privilegiados, no como comentario arrogante, sino como una conciencia de que son much@s más l@s que tienen carencias y no podemos darles la espalda. A través de los años he buscado la forma de contribuir de algún modo a la vida de quienes menos tienen, sobre todo validando su existencia, que es algo que much@s no hacen, como evidenció nuestra realidad post María. El reportaje, una vez más, le pone rostro a esas vidas que desconocemos, pero que están ahí,  sobreviviendo.

Más adelante, leí su columna sobre el desmantelamiento de la democracia y quedé angustiada, sobre todo luego de leer el artículo que cita sobre el autoritarismo.  Confieso que me vi tentada a no seguir leyendo. Desde hace un tiempo, decidí que me mantendría informada sobre lo necesario, pero sin entrar demasiado en lo que constituye nuestra nueva realidad, porque añade a mi angustia, sin resolver el problema. Es como me ocurría con un dentista al que mi mamá me llevaba de niña, que pienso pudo haber sido discípulo de Mengele, pues hurgaba en mis muelas con ese instrumento que parece un mini garfio. Una vez encontraba una caries, no se contentaba con haberla encontrado,  sino que seguía escarbando, halando, mientras me increpaba por no haberme cuidado. Y yo, una niña de unos 9 o 10 años me preguntaba por qué seguía escarbando, si ya sabía que la caries estaba ahí.  Pues así me siento cuando me expongo demasiado a lo que ya sé: que el gobierno de Trump es uno dispuesto a todo con tal de engrandecer la figura de un tirano que nos demuestra cada vez más cuánto se asemeja al regimen nazi.

Hago mi parte, escribiendo de vez en cuando en mi blog para señalar estas ominosas señales, con la esperanza de que quienes no se hayan dado cuenta, se asomen fuera de su burbuja y al menos vean las señales de peligro. Comparto los escritos en Facebook y recientemente un amigo me hizo un comentario que nace de un profundo miedo. Me dijo que tuviera cuidado con estar poniendo pendejaces en Facebook.  Y claro, no son pendejaces, son cosas muy serias, pero puedo entender su miedo, que nace de sentirse mucho más vulnerable de lo que me siento yo. El miedo impera en tantas personas hoy día.  Se me estruja el corazón de pensar en la angustia de todas las personas que viven aterradas de escuchar que tocan a la puerta o de sentir que alguien les sigue en la acera.  Los reportajes de estudiantes que se han llevado a la fuerza, porque han estado en protestas son espeluznantes.  Entiendo el miedo y que no todo  el mundo puede protestar porque están muy vulnerables, pero para mí es imperative expresar mi indignación.

Y hoy pienso en la persona detrás del perodista, que por su oficio tiene que informarse hasta el tuétano de los recovecos de esa profunda e insondable caries que es el gobierno trumpista y me pregunto cómo lo maneja. Espero que él y otr@s como él estén bien, que logren mantener el balance en sus vidas, sabiendo que después de todo, nos tenemos l@s un@s a l@s otr@s y como dice la famosa frase, "esto también pasará".  Mientras tanto, nos toca a tod@s l@s que vemos las señales de peligro, denunciar los abusos, en la medida que nuestras cirunstancias lo permitan.  No tod@s podemos hacer lo que hizo el senador demócrata Corey Booker, quien habló durante 25 horas en el senado federal denunciando las despiadadas acciones del gobierno de Trump, pero podemos expresarnos en las redes sociales, o en conversaciones con amistades, llamando la atención sobre todo aquello que es patentemente injusto y vaya en contra de las más elementales normas de decencia.  El mundo nos necesita.

2 de abril de 2025