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Este blog tiene el propósito de compartir mis ideas que estoy segura son las de muchos. Escribo sobre lo que me enternece, lo que me intriga, lo que me indigna o lo que me divierte. No me impongo fechas límite -escribo cuando quiero. El lector también puede elegir -hay relatos mas extensos, otros mas cortos. Entre cuando quiera. Vivo orgullosa de quien soy, de donde vengo y hacia donde voy, aunque no sepa como llegar... La imagen que lo acompaña es El Laberinto, de la serie Mandalas de Procesos, de Thalía Cuadrado, psicóloga clínica y artista, que me honra con su amistad. Me pareció apropiado para acompañar este blog sin dirección, porque son muchas las veces que me he sentido en un laberinto. Afortunadamente, siempre salgo…

domingo, 31 de diciembre de 2017

OTRO AÑO




OTRO AÑO

Se supone que mañana comienza un nuevo año, pero eso, por supuesto, depende de cuándo decidamos comenzar  a contar el paso de esos 365 días que se han designado como constitutivos del tiempo que tarda nuestro planeta en dar la vuelta al sol.  Y esto es algo que tomo por auto de fe, porque no me he puesto a hurgar en cómo se hace el cálculo.  Tampoco voy a indagar cómo se inició la costumbre de que el 1ro de enero es el comienzo de año.  Yo aprovecho para mirar cómo transcurrió mi vida –a nivel individual y colectivo y hoy he pensado que el conteo de ese año podría haberlo iniciado el 8 de enero, fecha en que en el 2016 decidí iniciar mi retiro.  Para celebrar esa fecha, tendría que esperar unos días.  Me cuesta creer que hace casi dos años mi vida cambió.

Hace casi dos años que no me siento limitada por horarios; que no tengo que asistir a reuniones para discutir lo que se discutió en incontables reuniones anteriores; que no tengo que preparar informes para cumplir con un requisito, pero que nadie lee; que no tengo que manejar asuntos que podrían relatarse en una obra de teatro del absurdo; que no tengo que pedir fondos que no me van a dar.  Tengo la ventaja de ir a mi antiguo lugar de trabajo como visitante –saludar a quienes quiero ver y ofrecer una sonrisa plástica a los que no.  He logrado dedicar mi tiempo a escribir sobre lo que me interesa, no porque tengo, sino porque quiero. 

También podría contar un nuevo año a partir de mi cumpleaños.  En mi caso, 63 no es poca cosa – mi mamá no llegó a cumplir 50 y Papi murió a los 61 años de edad.  Más allá de contar años de vida, prefiero contar experiencias  –retos superados, viajes realizados, afectos compartidos.  He tenido muchos retos a través de mi vida –ahora le llaman oportunidades, pero el balance es hacia lo positivo.
Algunas personas que han superado enfermedades serias como el cáncer, escogen celebrar su vida a partir de la fecha que superaron ese reto -me resisto a llamarle oportunidad, porque cualquiera  que haya tenido un familiar cercano con esa enfermedad sabe que verlos estremecerse de dolor y finalmente caer vencidos sabe que es una experiencia desgarradora, que usando palabras de ahora, es algo verdaderamente cabrón.  Recientemente vi un reportaje sobre el Doctor Johnny Rullán y me estremeció saber que nuevamente se enfrenta a esa enfermedad.  Mi mejor deseo es que emerja victorioso y pueda celebrar un año más como el guerrero que es.

Nuestro país podría celebrar colectivamente la fecha de este año en que tomamos conciencia de que la fuerza está en nosotros.  Primero, la fecha en que se descorrió el velo que ocultaba la verdadera relación colonial con los Estados Unidos.  En segundo lugar, la fecha en que enfrentamos el Huracán María.  De hecho, muchos cuentan los meses que llevan sin luz y no sería extraño, dado lo que hemos visto, que algunos lleguen a conmemorar un año sin luz.

El balance del año que contamos desde enero parece inclinarse a lo negativo, particularmente para aquéllos que han perdido su hogar –que son las paredes, el techo, el espacio en que nos dimos besos y abrazos; los documentos que será necesario reponer tras filas interminables en diversas agencias, las figuritas que atesoramos, las fotos familiares, los juguetes preferidos de los niños; el traje o zapatos favoritos.  Son aquéllas cosas que hemos olvidado, pero que de repente recordamos y revivimos el dolor de la pérdida. Para ellos, la pérdida es -como el dolor del cáncer, cabrón.  Pero aun  con una pérdida de esa magnitud, muchos no han perdido la sonrisa, ni el agradecimiento por estar vivos.

Durante esos meses post María, salvo algunas excepciones,  nuestro pueblo ha dado muestras de una solidaridad ejemplar.  Nos hemos cuidado los unos a los otros y hemos descubierto que nuestro concepto de lo que es necesario se modificó.  Nuestro país cambió de un día para otro.  De la devastación ha ido emergiendo una naturaleza exuberante y del desasosiego ha ido surgiendo un puertorriqueño fortalecido.  La mayoría se enjugó las lágrimas, se sacudió, recogió lo que pudo y se encamina a hacerle frente a lo que venga.  María puso al descubierto una pobreza que ya estaba ahí; una incompetencia gubernamental –de aquí y de allá- que ya estaba sembrada, pero que emergió como un hongo que amenaza con cubrirlo todo.  Pese a ello, es tan evidente que no queda de otra que hacerle frente.  No me cabe duda que será una batalla dura y larga, pero habremos de vencer. Ese es el balance positivo.

Como decía Martin Luther King en su último discurso, he escalado la montaña y he visto la Tierra Prometida.  Tal vez yo no llegue (no tengo planes de morirme en el futuro inmediato, tranquilos), pero sé que este pueblo habrá de salir adelante, más fortalecido que nunca.  No importa la fecha que usen como punto de partida, feliz Año Nuevo.


31 de diciembre de 2017

lunes, 25 de diciembre de 2017









¿FELIZ NAVIDAD?

Para los que adornan el alma aun en tiempos difíciles...

Este año nos ha puesto a prueba.  Se dice que este es el país más feliz, donde se celebran las navidades más largas del mundo – esas navidades que son una mezcla de tradición jíbara; música inspirada, festiva, pícara; excesos de comida y bebida; fervor religioso; compras desmedidas; luces por doquier.  Pero vino María –el huracán, no la Virgen y nos cambió la vida.  A más de tres meses del huracán se estima que la mitad de los  puertorriqueños  todavía no tiene luz en sus hogares o comunidad, incluyendo los pequeños negocios.

Antes del huracán ya teníamos una economía en crisis, así que María ocasionó que nos sumiéramos en un hoyo más profundo –algo que jamás imaginamos.  Nosotros, que somos los primeros en salir a ayudar al mundo con sus catástrofes, ahora seríamos los recipientes de ayuda.  Causa dolor ver los vídeos y fotos de casas destrozadas, puentes colapsados, personas con la mirada perdida, naturaleza devastada.  Causa indignación ver la reacción humillante de Trump –me resisto a llamarle presidente- y los torpes esfuerzos de este gobierno que no sale de su marasmo porque se niega a ver la realidad.

Todos hemos tenido más gastos, aún los que como yo no poseen una de esas tan codiciadas “plantas”.  Me acostumbré a beber el agua caliente y  usaba leche de “cajita” para mi café, lo que se convirtió en un reto porque debía buscar cajitas de verdad, de las que sólo tienen ocho onzas, ya que al no tener refrigeración desperdiciaría una completa.  Estas, por supuesto, son mucho más caras.  Compraba alimentos que normalmente no compro.  Antes de María comía salchichas quizás tres veces al año; luego de María se convirtieron en un alimento regular.  Mi gusto por la cocina me llevó a crear platos interesantes con este alimento: sancocho con salchichas, pasta con salchichas y cocido de garbanzos con salchichas.

Me sobrepuse al miedo que me causaba la pequeñísima estufita de gas de una sola hornilla para preparar mis alimentos.  Las familias que no poseyeran una planta ni una estufa de gas gastarían horrores en comidas preparadas.  Otros, los que ni siquiera tenían casa, dependerían de que alguien les proveyera alimento.  Ese alguien, muchas veces fue un vecino, una organización comunitaria, algún empresario con conciencia social.  Las historias de grupos comunitarios que salieron a ayudar son tan abundantes como las historias de dolor.

Después de María nuestra vida giró alrededor de asegurar la subsistencia: buscar agua, comida, asegurar nuestras pertenencias.  Con el paso del tiempo fuimos logrando lentos avances y se acercaba la época festiva.  Parecería que no hay motivo para celebrar en medio de tanto sufrimiento, particularmente de aquéllos que perdieron su hogar y viven en condiciones precarias.  Para algunos oír Feliz Navidad puede generar coraje o desesperanza, porque su vida en estos momentos no es nada de feliz.

Hace poco más de una semana asistí a la misa de aguinaldo que se celebra en el Centro Gubernamental Minillas.  Solía ir cuando trabajaba allí y luego de retirarme quise mantenerme conectada a esa tradición.  La ceremonia sencilla, oficiada por un sacerdote que emana humildad y apego a nuestras tradiciones, que incluyen trovadores, me emocionó y me hizo pensar una vez más en la importancia de volver a lo básico.  Ayer vi un vídeo de una señora que perdió sus pertenencias porque aparentemente el huracán se llevó el techo, adornando con latas, gomas vacías y otros desechos, porque en medio de todo, hay que celebrar la Navidad.  Y ese es el verdadero espíritu de la Navidad –no son los adornos costosos, ni lo regalos que se ofrecen por cumplir, sino los adornos que  ponemos para alegrarnos el alma –que hasta los psicólogos recomiendan que cuando estamos deprimidos y sin deseos de nada, nos animemos a pintarnos la cara y salir a interactuar con otros.

Celebrar la Navidad en los tiempos post María no quiere decir que no vamos a denunciar los errores que haya que denunciar en el manejo de esta crisis, ni que vamos a olvidar a los que menos tienen.  Quiere decir que nos vamos a adornar el alma para ayudar a otros y a nosotros mismos a ver lo que es esencial en la vida: el amor de familia y amigos.  Ya preparé coquito, majarete que me recuerda a Madrinita junto a  unos polvorones de nueces que me enseñó a hacer mi amiga Elena y comencé a repartir, como hacía mi mamá con sus vecinos.  Tengo un pequeño arbolito en una mesa –ya hace varios años que no me embarco en el proyecto de comprar un árbol grande que requiere estar horas adornando y un retablo que me regaló mi amiga de la niñez Carmencita, con quien compartí una sencilla, pero elegante- que María no se llevó el caché- cena que preparé con mucho amor.

Con todas las bendiciones que tengo, he tenido momentos en que me deprimo –la situación del país no es para menos, pero he escogido adornar mi alma para esta Navidad y hacer que lo verdaderamente importante esté presente, como estuvo presente en aquél pesebre hace miles de años.  Feliz Navidad.


25 de diciembre de 2017

Me puedes escribir a: anaolivencia.1954@gmail.com

#Navidad


viernes, 1 de diciembre de 2017











UNA GARITA, UNA BANDERA, UN SAXOFÓN

Hace dos semanas estuve en el Viejo San Juan, como parte de una actividad de la asociación Puerto Rico Historic Building Drawings Society. Esto cubrió el  compromiso que hice conmigo misma de visitar el Viejo San Juan al menos una vez a la semana, para patrocinar los negocios que están sufriendo a causa del impacto del Huracán María.  La primera vez que fui al Viejo San Juan luego de María me angustió ver sus calles desiertas –muy limpias, pero sin el movimiento usual de visitantes.  Había muchos comercios cerrados y los pocos que estaban abiertos operaban con generadores o con algo tan básico como una linterna. Me partió el alma cuando entré a una oscura tienda de artesanía que suelo visitar por la calidad de su oferta y la joven que nos recibió me entregó una linterna para poder ver la mercancía.

Se me hace difícil ver el Viejo San Juan en este estado, como se me hace difícil ver vídeos o fotos de las condiciones en que quedaron muchos de nuestros pueblos y sus habitantes: puentes colapsados, casas sin techo, con las pertenencias semejando las casas de muñecas a las que se les podía cambiar los muebles porque se podía desprender el techo o no tenían la pared de fondo.  La gente se muestra resignada, agradeciendo que en medio de todo el desastre, tienen vida, que después de todo, es lo único que no se puede reponer.

Pese al espíritu de lucha, nos va a tomar mucho tiempo curar todas las heridas que nos dejó María.  Estoy segura que muchos de los que han asumido una actitud de aceptación, tienen momentos en los que les arropa la angustia, la incertidumbre, la impotencia, el coraje.  Lo sé, porque aunque María me provocó pocas pérdidas, he tenido otros momentos de grandes pérdidas –de esas que no son reemplazables y me sorprendo, años después, con emociones que creí superadas.

En la visita al Viejo San Juan hubo tres imágenes que me infunden esperanza y la certeza que nos habremos de recuperar –con cicatrices, con tropiezos, con recaídas, pero habremos de levantarnos.  La primera imagen es de una garita que según nos informó Andy, que nos sirvió de guía, es la única que permanece inalterada, sin restauración.  Está en la calle Norzagaray.  He pasado por allí miles de veces y jamás la noté.  Pensar que ha resistido tantos embates, incluyendo el de María, que no fue Cáscara’e coco, me hizo cruzar la calle y tomarle una foto.  Ella está ahí, resistiendo, aunque no la noten, asida tan sólo de su propia fuerza y de la calidad de su creación.

La segunda imagen fue un cartel en la fonda Manolín –un puño pintado con nuestra bandera, que afirma con decisión que nos levantaremos más fuertes que nunca.  Hay quien propone que no nos levantamos, porque siempre hemos estado de pie.  Eso es una manera de verlo, pero pienso que no hay nada malo en admitir que nos hemos caído.  El fuerte no es sólo el que no cae, sino también aquél que cae, toma fuerza desde su interior y se levanta.

La tercera es una imagen auditiva.  Cuando regresaba al estacionamiento que suelo utilizar, el Doña Fela, escuché una melodía interpretada en saxofón por un músico callejero, a la usanza de la ciudad de Nueva Orleans.  La melodía era Preciosa, de nuestro Rafael Hernández.  He escuchado esa canción en innumerables ocasiones, pero ese día me llenó de una emoción particular.  Tras el paso de María, nuestra Isla quedó fea -maltrecha, derrumbada, desnuda, quemada.  Ahí es que entonces la miramos con los ojos del alma –esos ojos que ven la belleza interior–la que vemos porque esta islita es nuestra casa, nuestra cuna; los brazos amorosos que nos arrullaron en la infancia y nos vuelven a recibir cuando volvemos abatidos.

Poco tiempo después del huracán hablaba con una conocida norteamericana que vivió aquí por diez años - dice que quiere mucho a Puerto Rico y le duele verla en estas condiciones porque nunca será lo mismo.  Y lo dijo, no porque pensara que nos recuperaríamos fortalecidos, sino como alguien que lamenta perder algo de forma irremediable.  Me enojé mucho porque esta Isla sigue siendo hermosa –no será igual, pero hay belleza en su transformación.  No quiero que me digan que nada será igual de forma derrotista.  Nada es igual de un día para otro, pero tengo la certeza absoluta que habremos de salir adelante fortalecidos y luciendo con orgullo nuestras cicatrices de batalla. 

Nuestros bosques están diezmados, las estructuras lucen destruidas, los habitantes pasan penurias, pero nuestra esencia, la que vemos con los ojos del alma, está intacta –sigue siendo preciosa, “sin banderas, ni lauros, ni glorias”.  Vivo convencida de que no importa el tiempo que tome, vamos a trabajar para que esta bendita Isla sea tan preciosa a los ojos del rostro, como lo es para los ojos del alma.


1 de diciembre de 2017

sábado, 18 de noviembre de 2017




DISTRACCIÓN

Se fue, cuando lo debieron haber ido, el que ocasionó la madre de las distracciones.  El personaje de Ricardo Ramos, hasta ayer Director Ejecutivo de la Autoridad de Energía Eléctrica es, por si solo, como un circo de esos que ofrecen espectáculos simultáneos –lo que se conoce en ingles como un three ring circus. Por varias semanas, nos mantuvimos como espectadores horrorizados –con una mezcla de incredulidad, vergüenza e indignación- ante este circo de múltiples pistas que protagonizó Ricardo Ramos.

En una de las pistas, apareció el cuento de que no pudo contactar a la entidad que agrupa organizaciones estatales de energía eléctrica, conocida por sus siglas en inglés APPA, porque no tenía comunicación telefónica ni de internet, mientras que en el Centro de Operaciones de Emergencia (COE), a los dos o tres días tenían toda una operación montada y luego se descubre que los contactos con la firma privada se establecieron en algún momento entre Irma y María.  Y esa operación privada es la pista principal del circo donde Ricardo Ramos es el maestro de ceremonias, con chistera, frac y ademanes rimbombantes.

En la pista central – la firma Whitefish Energy Solutions, una oscura compañía del lejano estado de Montana, que antes de ser contratada por la AEE, tenía solo dos empleados.  Su operación, pues, estaría montada sobre subcontratación, lo cual encarece sustancialmente la operación –al son de nada más ni nada menos que de (redoble de tambores) ¡300 millones! – los mismos que no tenemos y que FEMA no va a pagar. Según lo informado por la prensa, hubo un contrato inicial, por una cuantía menor, que luego fue enmendado.  Surge también que el contrato tenía cláusulas que resultan inoficiosas por ser contrarias a la ley, como disponer que el mismo no podía ser auditado y que de tener que pagar impuestos, sería aumentado para compensar por lo que tuviese que pagar por ese concepto.

Tras posponer una función, el circo trasladó su espectáculo principal al Congreso federal, ante el cual compareció Ricardo Ramos a dar las explicaciones que ni el mismo creyó. El público observa el espectáculo con muestras de una vergüenza cósmica, sabiendo que no es sólo que el espectáculo es un fracaso a nivel de esa función, sino que habrá de costar en el futuro porque pone en entredicho nuestra capacidad de administrar los fondos que pudiesen asignarse.

Esta semana se incorporó otra pista al circo, al divulgarse que Ricardo Ramos contrató a su amigo como asesor, al son de $99,000 anuales.  El problema no es que lo contratara, es que esa contratación no tuvo el aval de la anterior Junta de Directores cuando Ramos intentó nombrarlo subdirector, por cuestionamientos debido a la participación del amigo en los líos de otro circo –el de De Castro Font.
Mientras todo este circo está en funciones, hay pueblos enteros que todavía no tienen luz.  Los comercios languidecen –algunos jamás podrán recuperarse de esta.  En la zona metro, las interrupciones del servicio son frecuentes.  Yo todos los días recito mi oda a la nevera, para que resista esta intermitencia y no tener que acudir a comprar otra, porque no tengo el beneficio, a mucha honra, de trabajar en uno de estos circos.  También me apresuro a escribir, porque en cualquier momento -¡puf!, se va la luz.

Los puertorriqueños usamos el humor como válvula de escape. Esto es como un circo, pero es un asunto muy serio.  Una distracción es, obviamente, según el Diccionario de la Real Academia, el efecto de distraer, que en sus primeras dos  acepciones  significa desviar, divertir o entretener.  Ricardo Ramos no nos está desviando de la atención que tenemos a todos estos asuntos. Más bien, está incurriendo en actos contenidos en una acepción que no conocía de la palabra distraer: “apartar a alguien de la vida virtuosa y honesta”.  Se apartó él mismo y parece ser que al dueño del circo también, si no es que ya estaba apartado.


18 de noviembre de 2017

domingo, 12 de noviembre de 2017




¿DE QUÉ ESTAMOS HECHOS?

La canción El wanabí, del grupo Fiel a la Vega tiene un estribillo pegajoso que reza “ dame un momento pa’ probar de qué estoy hecho…” y lo tengo enredado en la mente hoy. El vocablo inventado alude a la persona que aspira a ser – en inglés want to be ; en el argot wanna be y de ahí el wanabí.  Ese wanabí quiere ser alguien; aspira a más de lo que conforma su presente y a veces, como dice la canción, echa todo hacia un lado, el familiar y la amistad, cambiando el suelo de tantos años por un estudio que paga mas.

En estos momentos miles de puertorriqueños estamos en una encrucijada que nos marca.  Algunos hace tiempo que sienten que la isla les queda chiquita –que sus sueños necesitan mayor espacio para que su talento alce vuelo.  De eso dan fe los Ricky Martin, los Lin Manuel Miranda, los Yadier Molina y Carlos Correa, como en un momento lo fueron Antonio Paoli, los hermanos Figueroa y nuestro inolvidable Roberto Clemente.  Es algo casi innato querer aspirar a ser lo mejor que podamos ser.  En el caso de los que menciono han alcanzado fama internacional, pero nunca olvidaron sus raíces y continuaron - a veces al regreso, a veces desde la distancia-  aportando sus energías para el beneficio del resto de la población.

Tras el paso del Huracán María muchos han tenido grandes retos de salud y de vivienda que les obliga a abandonar el país en busca de mejores condiciones de vida.  Otros no han podido continuar operando sus pequeños negocios que eran el sustento de sus familias y de dos o tres empleados. La situación les ha forzado a tomar una decisión que tal vez bajo otras circunstancias no habrían tomado.  Por otro lado, hay muchos que no han sufrido grandes pérdidas, pero su vida se les ha hecho algo incómoda, aunque tienen la facilidad de tener un generador eléctrico y cisterna.  Les incomoda, como nos incomoda a todos, que hay más tapones, más filas y menos opciones en los comercios.  Sin embargo, su nivel de tolerancia es muy bajo para estas incomodidades.  En lugar de agradecer todo lo que tienen, se lamentan de lo que carecen.

Hay otro grupo de puertorriqueños que salen del país desesperados, sin un plan de vida y deslumbrados por unas ofertas de asilo temporal en casa de amistades o familia.  No conocen el idioma, no tienen reservas de dinero y se lanzan en una huída desesperada, sin saber que del otro lado pueden terminar peor de lo que estaban, al dejar todo lo conocido –la red de apoyo de la familia y amigos, por perseguir ese sueño de una “vida mejor”.  ¿Qué es una “vida mejor”?  Como todo, eso es relativo.  Lo que sí es una realidad es que ninguna vida puede ser mejor cuando se reniega de quien se es.  No importa a dónde vayamos, ni si lo admitimos o no, siempre seremos puertorriqueños.  En este momento, demostramos de qué estamos hechos cuando decidimos si incluimos o no el bien colectivo en el propio; cuando miramos o no la desgracia ajena y hacemos algo para aliviarla; cuando apoyamos a los que están dando el todo por el todo para recuperar el país, o nos limitamos a criticar con saña a los que señalan los errores cometidos.

Es el momento de probar que estamos hechos de una raigambre que luchó en otros momentos contra la miseria; que se irguió apoyándose los unos en los otros.  No se trata de si te quedas o te vas; se trata de si buscas tu bienestar –aquí o allá- sin olvidar tu familia y amigos, o si te vas a la huída,  sin mirar atrás. No le fallemos a los que nos precedieron –que se sepa que somos hijos orgullosos de esta noble tierra que ahora necesita nuestra ayuda. 

12 de noviembre de 2017



sábado, 4 de noviembre de 2017

Luz










LUZ
Sin duda la vida después de María ha cambiado para todos en nuestra querida isla. Opera la ironía de que los que menos tienen son los que más sufren, pero todos nos hemos afectado en mayor o menor grado.  Para algunos, el huracán les altera su rutina diaria – tienen que salir a buscar combustible para alimentar una planta -de metal, no de las vivientes.  Tienen que hacer trámites con la aseguradora para reclamar daños; ven interrumpido su trabajo, aunque saben que retornarán a el. Tal vez pasan mucho tiempo buscando un restaurante donde comer y al principio hacían largas filas para obtener dinero en efectivo.

Al otro extremo está la mayoría, que no tiene que salir a buscar combustible porque la única planta que tienen es la que sobrevivió en el patio tras el huracán.  Y dentro de esa mayoría hay también gradaciones.  Unos hemos sido afortunados - tenemos techo, recursos para atender las necesidades básicas y más.  Otros están todavía en refugios,  en casa de familiares o amigos.  La lentitud de la recuperación es alucinante.  Todavía hay comunidades apartadas – y no tan apartadas- que no tiene agua y luz ni se diga.  El asunto de la luz se perfilaba más que complicado por el deterioro del sistema, producto de años de abandono.  Nadie esperaba que iba a haber una recuperación rápida, así como nadie – ni aun los que tratan de justificar lo injustificable, esperaba esta comedia chifladesca de los ejecutivos de la AEE.

La trama novelesca de la contratación de la empresa Whitefish se desarrolla como una serie televisiva en la que cada día salen nuevos elementos que nos siguen asombrando.  Algunos, que son como el peor ciego, tratan de justificar los traspiés del director ejecutivo y la Junta de Gobierno (la que brilló no por su luz, sino por su ausencia dos semanas después del huracán) alegando que la emergencia justificaba las acciones rápidas.  Tratan de convencerse a sí mismos de que la historia del director ejecutivo de que no podía comunicarse es creíble. Muchos están convencidos de que no importa el gasto exorbitante, porque FEMA lo va a pagar.  Como dijo el jíbaro: unjú. Lo que no saben o pretenden no saber, es que si los contratos no están acorde con las normas de FEMA, no van a pagar y adivinen a quién le toca –a nuestro boyante presupuesto.  Otros, los más cínicos, alegan que puede haber chanchullo, pero que eso siempre se ha hecho, bajo todas las administraciones y lo que importa es que se haga obra; que llegue la luz y la ayuda salvadora del gobierno federal.

Frente a todo esto, nuestro pueblo ha dado cátedra de solidaridad. Miles se tiraron a la calle a abrir camino, a repartir comida, a salvar vidas humanas y animales.  Miles están haciendo lo indecible para reconstruir sus casas y restablecer sus negocios, con luz o sin luz eléctrica.  Habremos de echar adelante este pueblo porque estamos imbuidos de otra luz –la luz que nace de adentro, del corazón noble de esta tierra y se proyecta hacia afuera, como reflejo de la brillante estrella que adorna la bandera que tantos nos hemos visto impulsados a enarbolar con orgullo.  Bendita sea la luz de este noble pueblo.


4 de noviembre de 2017



jueves, 2 de noviembre de 2017

Sin saber










SIN SABER

Escribo a 43 días del paso del Huracán María por Puerto Rico.  Había intentado escribir antes, pero ocurrió algo muy extraño –al no tener electricidad, sentía que las palabras no fluían de la misma manera a manuscrito.  La tecnología me ganó, silenciándome por todos estos días, o tal vez es que aun no estaba lista para dejar salir todo lo que siento. Ya había sufrido un anticipo de la angustia, a través del Huracán Irma, el que no tuvo los efectos devastadores de María.  Para este último decidí refugiarme en casa de mi prima Socorrito, porque está mas cerca que la de los amigos que me refugiaron para Irma.

La ejecución de los planes para preparar mi apartamento me tomó un tiempo considerable.  Intuir que esto era mucho peor que Irma le añadía un nivel de ansiedad conmensurable a la intensidad del huracán que se perfilaba como algo inescapable.  El ejercicio de envolver las lamas de  las ventanas se convirtió en una tarea extenuante –llegó el momento que me sentía harta de tanto esfuerzo, al tiempo que pensaba que este monstruo se podía llevar las ventanas completas.

Finalmente salí para casa de mi prima, con ropa para dos noches –la del martes 19, ya que se perfilaba que los vientos de tormenta comenzarían en la madrugada del miércoles y esa noche, ya que los vientos de tormenta soplarían hasta temprano en la noche.  Por supuesto, me llevé a Estrellita y esta vez cargué hasta con Matita, mi querida planta que no tuve corazón para dejarla encerrada por dos noches, a riesgo de que se asfixiara, o que quedara destrozada si María decidía entrar a inspeccionar mi apartamento.

Socorrito y su esposo Juan Alfredo estaban preparados con generador, cisterna y tenían la nevera surtida con toda clase de cortes fríos, quesos, carnes, dos docenas de huevos; en fin,  abastos para varios días asegurados por el generador, que luego estuvo a punto de desfallecer.  Nos tomamos una botella de buen vino que llevé, acompañado de algo que Socorrito preparó y no me puedo acordar qué era.  Finalmente, nos acostamos.

La casa tenía ventanas de seguridad, así que había un sentido de estar protegidos.  Temprano en la mañana los vientos arreciaron.  Socorrito y Juan Alfredo dormían profundamente.  Yo desperté con la puerta doble de mi habitación vibrando.  Caminé hasta la sala y sentía un ruido de algo azotando levemente, sin saber de dónde provenía el sonido.  Conozco los  de mi casa, pero estos no los conocía.  La puerta doble del  family room también vibraba. Decidí despertar a Juan Alfredo, lo que me costó bastante esfuerzo.  Le dije del ruido, hasta que el identificó un pequeño panel de cristal en  la parte de abajo de un ventanal de cristales regulares, que estaba suelto.  Logró prensarlo con periódicos, que me pareció algo frágil, pero afortunadamente resistió.  Más tarde Socorrito se levantó y ambos se percataron que entraba agua por las ventanas de su cuarto.   Comenzamos a sacar el agua por una puerta corrediza que se veía más frágil que las mías.

Regresé a mirar la puerta doble del family y me percaté que no solo vibraba, sino que la manija se movía.  Yo estaba aterrada de que la puerta se abriera de un momento a otro, pero Juan Alfredo afirmaba que no ocurriría.  Afortunadamente así fue.  Ya él había logrado controlar la vibración de la puerta de la habitación que yo estaba utilizando, atándola a la puerta del baño.  El día transcurrió entre sacar agua, inspeccionar constantemente las áreas de la casa, escuchar la radio - que no permitía  entender con claridad por dónde andaba el monstruo.  Pienso que yo debo haber tenido una cara de terror contenido.  No suelo expresar mis miedos de forma histérica -es como si de forma inconsciente me obligara a mantener una fachada de calma.  Ahora, 43 días después, pienso en esto y me doy cuenta que es algo que hago en medio de las grandes crisis de mi vida –es mi modo de afrontar las hecatombes y a algunos puede darles la impresión de que estos sucesos no me afectan.

Me afectan y mucho, pero cada quien lo maneja a su manera.  Me doy cuenta que hice lo mismo cuando el Huracán Hugo; con las muertes de mis padres; con mi divorcio y otros rompimientos.  Pues durante el huracán, pensaba de vez en cuando si mi apartamento habría resistido.  Esa noche no podía apartar de mi mente las imágenes que me atormentaban, de las puertas corredizas de cristal de mi apartamento y las ventanas cediendo, dando paso a un viento que se llevaba gabinetes, y el agua que arruinaba mis pertenencias.  A la mañana siguiente Socorrito y Juan Alfredo salieron a despejar ramas y a hurgar en el generador que parecía haber sufrido desperfectos.  Yo me sentía inútil, aparte de que estaba desesperada por regresar a casa. 

Insistí en preparar un desayuno –después de todo había dos docenas de huevos en la nevera.  Además, en medio de toda suerte de crisis nunca pierdo el apetito.  Mientras Socorrito y Juan Alfredo recogían ramas y atendían el asunto del generador rebelde yo preguntaba si hacía el desayuno.  Creo que finalmente Socorrito me dijo que sí como la mamá que cede a la pataleta de un niño.  Desayunamos y yo me uní tímidamente a los esfuerzos de los vecinos en abrir camino –las ramas de los árboles obstruían la salida.

Temprano en la tarde anuncié que me iba –no podía resistir el no saber.  Me llevé a Estrellita, pero dejé a Matita, por si tenía que regresar.  No había señal de teléfono.  Como se anunció un toque de queda, le dije a Socorrito que si a las 5:30 no había regresado, quería decir que el apartamento había resistido. Ambas compartimos nuestros respectivos miedos y lloramos un poco.  Salí atemorizada.  En el camino había árboles y postes en el suelo; por momentos había que transitar por el carril contrario, porque el camino estaba totalmente obstruido.  Iba guiando tensa, mirando a todos lados para evadir obstáculos y evitar un accidente.  El camino semejaba las imágenes que recuerdo ver en fotos de lugares arrasados por el napalm en la guerra de Vietnam.  Era como estar en otro país.

Me acercaba a mi área.  La estación de gasolina detrás de casa lucía  desvencijada –no podía determinar si las bombas estaban en pie.  Al arribar al complejo, el carril de entrada estaba obstruido por árboles, por lo que había que entrar por el carril de salida.  Observé que parte del techo de la cancha de racquetball estaba arrancado.  Me estremecí, no porque se dañara una cancha que nunca uso, pero me aterrorizaba pensar lo que pudiese haber pasado en mi apartamento.  Al llegar al estacionamiento, me sentía  temblar como una hoja.  Una vecina salía de su apartamento y se dirigía a la casa de su hija.  Me dijo que no había sufrido daños.  Yo salí del carro sobre unas piernas que apenas me sostenían –es como si fuesen de goma.  Sollozando le dije que tenía mucho miedo de enfrentarme a lo que pudiese encontrar.

Ella y su hija me acompañaron hasta mi apartamento en un trayecto que me pareció eterno.  Abrí la puerta temblorosa.  Miré al interior y mis esfuerzos de proteger las ventanas no me permitían ver el estado del apartamento.  Fui habitación por habitación, con una lámpara de baterías, mirando, buscando los objetos conocidos que había movido para proteger.  Salvo agua en algunas áreas, no veía daños.  La vecina me expresó que nunca me había visto fuera de control –una vez más, mi modo de operar le da la impresión a la gente de que las cosas no me afectan.  Les agradecí el haberme acompañado y a solas en la sala del apartamento y entre lágrimas, me arrodillé y le di gracias a Dios por haber salvado mi casa.

Poco a poco fui restableciendo los objetos en su lugar.  Todavía hay cosas que no encuentro.  El agua retornó a las dos semanas y media y la luz antier, aunque ayer se volvió a ir y hoy escribo pensando que puede volverse a ir de un momento a otro.  Las emociones han fluctuado –unas veces el solo hecho de estar a salvo, con un techo y los recursos para resolver las situaciones son suficiente motivo para mantener la calma.  Me angustia la cantidad de gente sin techo, entre ellas, Wanda, que me entrega el periódico bien temprano y a quien ni aun ahora, veo molesta o angustiada.  Ella y su esposo son ejemplo de tantos Boricuas que no se amilanan.  Otros días me indigno ante la figura de un Donald Trump, arrogante, insensible, ninguneando a este pueblo; me indigno ante la incompetencia manifiesta de unos funcionarios – de aquí y de allá- que no han sabido estar a la altura de las circunstancias y que dan unas explicaciones que nadie creería.

Fueron muchas las veces que me conmoví con las llamadas de la gente a la radio –la única comunicación viable por varios días –que llamaban desesperados porque no sabían de sus hijos; de sus padres, primos o hermanos.  Ese no saber les desgarraba el alma. La gente llamaba desesperada de los Estados Unidos, porque contrario a nosotros, podían ver las noticias y todo el horror que nosotros mismos no podíamos ver.  Hubo una llamada que me emocionó hasta las lágrimas, de una nicaragüense, que llamaba porque se enteró de la tragedia y expresó que tenía que ser solidaria con nuestra isla, en recuerdo de la gesta de nuestro Roberto Clemente hacia su país.

Han sido incontables las muestras de solidaridad de aquéllos que menos tienen.  Hubo varias historias que me hicieron dejar a un lado el periódico y echarme a llorar.  Una de ellas es el relato de un cuartel de Policía que se inundó, obligándolos a tener que subir al techo.  Uno de los policías que se quedó atrás suplicaba, con el agua al cuello, que no lo dejaran morir.  Por fortuna, los compañeros lo lograron sacar.  Pudieron salir y quienes acudieron a su auxilio fueron, entre otros, residentes de un residencial cercano.  Otra historia es de un matrimonio en el centro de la isla, que no podían salir de su terreno porque el camino estaba obstruido y llevaban creo que semanas sin ver a su hija y nieto.  Mientras el periodista hacía el reportaje, la hija logró llegar a la casa de sus padres y su madre abría los brazos para recibirla, mientras repetía mi hija, mi hija.

He recibido agua de Marta y tanquecitos de gas de mi Buddy, que también me trajo gasolina cuando era casi imposible conseguirla. El guardia de seguridad del complejo y Wanda me consiguieron tanquecitos en un gesto que me conmovió profundamente.  Ramón me dio una demostración de su amor incondicional al día siguiente de yo haber regresado, que es una de las expresiones mas inequívocas de lo que significa la palabra incondicional.  Antes del huracán me había dicho que el viernes tras el paso de María vendría a verme – aunque no hubiera comunicación y sin saber la hora, pero que estaría aquí. Aunque estaba consciente de que Ramón me había dicho que llegaría hasta casa, pensé que con todas sus buenas intenciones el trayecto desde Aibonito pudo haber estado bloqueado.

Ese día esperé como hasta las 11 de la mañana, pero me tuve que ir porque debía a ver el estado del apartamento de Papi.  Temía se hubiese inundado y fuese a causar daños en los pisos inferiores.  Le dejé a una vecina unas velas, por si Ramón venía y le pedí que le explicara que tuve que salir. Al llegar al condominio donde vivía Papi no había luz y el generador no estaba funcionando, así que tuve que subir las escaleras hasta el octavo piso.  Afortunadamente solo había algo de agua.  Exprimí las toallas y frisas que había dejado para recoger el agua y me fui.  Al regreso, entré a casa de Socorrito a buscar a Matita y una ropa que había dejado, por si tenía que regresar.  Regresé a casa y la vecina me entregó una nota de Ramón.  Sí llegó, tal y como me había dicho.  Me dio mucha pena no haberlo visto.  Al otro día, sentí que alguien tocaba a la puerta.  Pensé que era un vecino, pero era Ramón.  Sin saber si yo estaría; sin saber los tropiezos que tendría, cumplió su palabra.  Y así vivimos ahora todos, sin saber cuándo ni cómo nos habremos de reponer, pero con la certeza de que saldremos adelante.


2 de noviembre de 2017