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Este blog tiene el propósito de compartir mis ideas que estoy segura son las de muchos. Escribo sobre lo que me enternece, lo que me intriga, lo que me indigna o lo que me divierte. No me impongo fechas límite -escribo cuando quiero. El lector también puede elegir -hay relatos mas extensos, otros mas cortos. Entre cuando quiera. Vivo orgullosa de quien soy, de donde vengo y hacia donde voy, aunque no sepa como llegar... La imagen que lo acompaña es El Laberinto, de la serie Mandalas de Procesos, de Thalía Cuadrado, psicóloga clínica y artista, que me honra con su amistad. Me pareció apropiado para acompañar este blog sin dirección, porque son muchas las veces que me he sentido en un laberinto. Afortunadamente, siempre salgo…

sábado, 30 de noviembre de 2019

Mesa para una









MESA DE ACCIÓN DE GRACIAS PARA UNA

Desde hace más de 35 años, cuando mi vida era muy distinta, he disfrutado de preparar un almuerzo de Acción de Gracias para mi entorno más íntimo, que en la mayoría de los casos se componía de tres personas.  Esta celebración se inició tras la muerte de mi mamá –nunca fue parte de nuestros ritos familiares.  Papi decía que no le gustaba el pavo.  Luego que me casé, como suelo experimentar en la cocina, decidí hacer un pavo e invitar a mi papá, quien disfrutó el almuerzo.  De ahí en adelante seguí confeccionándolo casi  todos los años.  Tras la muerte de Papi y mi divorcio, llegué incluso a transportar el pavo y todos sus acompañamientos a casa de su viuda, para que ella pudiera disfrutar  de esta tradición.  Algo en mí me impulsa a querer preparar este almuerzo especial.  Es el mismo impulso que me requiere preparar el pescado en escabeche para Semana Santa; el coquito y el majarete en Navidad.

Este impulso es tan fuerte, que aún cuando me repito que es demasiado esfuerzo para mi menguado grupo familiar, lo sigo haciendo, salvo cuando me invitan al almuerzo de Acción de Gracias a casa de alguna amistad y decido ir.  Cuando no preparo el pavo, siento que me falta algo.  De hecho, el año pasado ya lo había comprado, pero celebré en otro lugar y lo preparé  luego para compartir con unas amigas en fecha más cercana a la Navidad.  Y por supuesto, soy consciente que no es el pavo- es la sensación de que estoy conectada a otras personas, aunque no me unan lazos de sangre.  Para alguien cuya familia se ha reducido sustancialmente y que vive sola, esto es esencial.

Este año decidí modificar el plan y comprar sólo una pechuga, porque tengo varias amigas vegetarianas y un amigo que no come  pavo porque insiste que esta es una tradición impuesta y propiciarla es el equivalente a una traición a la Patria.  Mis amigas estaban indecisas y el amigo atrincherado en su oposición pavística –que incluye un ataque verbal a lo que considera ataduras en términos de horarios y fechas para celebrar, así que tras una complicada planificación mental para incluir platos vegetarianos, al final terminé sabiendo que el almuerzo sería sólo para mí.  Debo confesar que el jueves en la mañana me sentí triste, cuestionando todas mis decisiones en torno a la celebración.  No obstante, continué los preparativos.  Decidí que yo iba a celebrar mi almuerzo de agradecimiento.

Este almuerzo no es la única demostración de agradecimiento a Dios/Universo.  Tengo un diario en el que todos los días, en un ritual matutino,  plasmo palabras de agradecimiento por lo grande o lo pequeño que me haya ocurrido el día anterior. Celebrar el Día de Acción de Gracias es algo especial –como el día del cumpleaños o Navidad.  Me encanta hacer un alto en la rutina y celebrar de manera singular. Me involucré en los preparativos.  Puse mantel, una copa de las que saco una o dos veces al año y un plato de la vajilla de mi mamá.  Una vela que me regaló una amiga completaba la sencilla mesa.

Puse la pechuga de pavo que había adobado el día anterior al horno, preparé un relleno que es una denominación incorrecta, ya que no iba a rellenar nada, pero en fin, es una receta que encontré hace unos años y me encanta por su sencillez y sabor: relleno de croissants y setas -por supuesto, usé setas del país.  Preparé unas batatas mameyas con malvavisco, lo cual provocó risa en mi Buddy cuando le conté, porque claro, solemos llamarlos marshmallows, pero ciertamente la palabra en español es más linda.  De postre, serviría un pastel de calabaza que preparé el día anterior, variando la receta para utilizar una corteza de nueces pecanas que descubrí hace un tiempo en el supermercado.  Era un acto de fe, porque después de todo no sabía cómo iba a resultar, pero decidí arriesgarme.  Total, no habría nadie más a la mesa. Una vez me enganché en los preparativos, me entusiasmé y hasta me sentí contenta.  Me arreglé con colores de los llamados otoñales y seleccioné la música para acompañar el almuerzo.


Una vez estuvo todo listo, me senté a disfrutar, en primer lugar, lo hermoso que resultaba el plato que se ofrecía a mi vista.  Los colores se veían en armonía – hasta el vino francés que seleccioné aportó a la hermosa composición visual.  La música era un festín en sí misma, comenzando con Mercedes Sosa en un disco que incluye –mais bien sur Gracias a la vida.  El grupo Chambao aportó dos canciones que contienen frases que me han hecho reflexionar a través de los años. La primera, Pokito a poko le da nombre al disco y dice algo que nos debemos grabar en la mente: poquito a poco entendiendo, que no vale la pena andar por andar, que es mejor caminar pa’ ir creciendo… La segunda, Te la creí’o tú, es como un bofetón de realidad para todos aquell@s con un espíritu controlador:                                                       
 Tú y tú, sí tú lo tendrás to’ pensa’o
la familia y el trabajo
 el plan de jubilación [ouch!]
lo tienes to’ controla’o  
te la creí’o tú
que sí, te la creí’o tú

Dos discos de Yo-Yo Ma me han acompañado por años: el primero Classic Yo-Yo, incluye una canción que se llama Butterfly’s Day Out, sobre la que he dicho que casi puedo ver la mariposa volando.  El segundo, Yo-Yo Ma & Friends – Songs of Joy and Peace, es un disco que compré hará tal vez 12 años para Navidad y que disfruté tanto que regalé varias copias.  Yo-Yo Ma se reúne con amigos de diversas partes del mundo a celebrar la vida.  Hay una canción que me encanta –This Little Light of Mine, de las denominadas Afro-american spiritual, que repite: this little light of mine, I’m gonna let it shine…Completaba el concierto el eterno Pavarotti, con su magistral Nessun dorma y con un aria que me hizo dejar salir una lagrimita –por supuesto, Una furtiva lagrima.

El almuerzo resultó exquisito.  La carne de pavo quedó tan jugosa que la salsa resultó innecesaria.  El relleno mmmmmm exquisito y las batatas hicieron su trabajo, todo acompañado con el vinito que le iba de show. El pastel de calabaza con corteza de nueces me hizo decidir que de ahora en adelante, esa es la corteza que voy a utilizar. 




Mi pancita estaba feliz y  también mi espíritu.  Mientras comía, reflexionaba que después de todo, paso la mayor parte del tiempo sola, pero no en soledad.  Esa tarde me acompañaba el recuerdo de tantas experiencias maravillosas y el disfrute de una música extraordinaria.  Me acompañaba también la conciencia de que mi soledad era momentánea, porque afortunadamente tengo familia y amistades a quienes puedo acudir en otros momentos.  Esa no es la realidad de muchos, que no sólo viven solos, sino que están solos, porque no tiene a quien acudir.  En algunos casos, ni siquiera tienen alimentos y cada día representa despertar a una triste realidad.

Este jueves me recordé algo que siempre he sabido, pero que a veces olvido: que la vida me ha dado tanto; que es muy poco lo que puedo controlar; que mi imaginación puede evocar lo que no veo; que hay belleza en las lágrimas y que siempre debo dejar que mi luz brille, aunque otros no estén ahí para verla.  Después de todo, siempre habrá otros.  Este jueves, sola en mi casa, me sentí bendecida y una vez más, dí gracias por ello.

30 de noviembre de 2019












miércoles, 30 de octubre de 2019

Lecciones inesperadas






LECCIONES INESPERADAS DE LATÍN

El viernes pasado se efectuó el velatorio de Juan Alfredo, el esposo de mi prima Socorrito.  Fue una muerte inesperada –un derrame cerebral masivo lo sorprendió el  sábado de madrugada, seguido por unos días en coma hasta su deceso el martes en la tarde.  Todo ocurrió muy rápido, sin tiempo para prepararnos para lo que deberíamos estar preparados, ya que ninguno de nosotros es eterno.  Sabemos que vamos a morir, aunque no el momento exacto, lo cual es una ventaja.  No puedo imaginarme la angustia si viviésemos -como la leche de cajita- con fecha de expiración.  Sin embargo, para la familia es un jamaqueón demasiado fuerte enfrentarse a una muerte que no viene precedida de una enfermedad más o menos prolongada, que ofrece la oportunidad de “prepararnos”.

En el caso de mi prima, esta es su segunda experiencia desgarradora, porque su hija Carla falleció cuando sólo tenía 35 años, en circunstancias similares.  Otras muertes, aunque dolorosas, habían seguido el curso “normal” de vejez, enfermedad y deceso. Y yo sé que mi prima es fuerte, pero no sé si estos y otros golpetazos la habrán aflojado.

Acudí a la funeraria temprano en la mañana y la vi tan fuerte como siempre.  Poco a poco fueron llegando amigos y parientes y nos sentamos a contemplar las fotos que resumen la vida de esta pareja: la boda – en la cual yo fui dama; los hijos, los viajes, los nietos. Un reflejo de una vida bien vivida. Tras unas dos horas, decidí ir a almorzar, para luego regresar a la misa.  Soy algo alérgica a las misas, por aquello de que pueden ser monótonas y pro forma, dependiendo de la personalidad y formación del sacerdote.  Me encontré con mi otra prima Mayi, a quien hacía tiempo no veía y tuvimos un momento muy agradable de compartir experiencias, previo al comienzo de la ceremonia.  Ya había conversado con su hermano y su esposa en la mañana, en otro agradable intercambio de esos en los que una se alegra de tener la familia que tiene- cosa que no todo el mundo puede hacer.

La ceremonia comenzó y el sacerdote leyó como carretilla pasajes usuales en estos casos.  Para colmo, insistía en referirse a José Alfredo, en lugar de Juan Alfredo, por lo que comencé a exasperarme y debí repetirme mentalmente que Dios debía estar claro que se trataba de Juan Alfredo y no José Alfredo.  Cuando subieron dos personas a hacer lecturas, rogué que alguna sacara al hombre del error, pero el sacerdote continuaba refiriéndose a José Alfredo, hasta que en un pequeño intercambio, creo que la misma Socorrito lo corrigió.  El sacerdote se disculpó y procedió a llamar por su nombre a Juan Alfredo. Para ese momento ya yo estaba resignada a una perorata, hasta que la homilía tomó un cariz más profundo.

Comenzó por expresar que él no conocía a los presentes, como tampoco lo conocíamos a él, pero que como hijos de Dios, éramos, en efecto, hermanos, así que estábamos allí para celebrar la vida de ese hermano que iba ahora a la casa del Padre. Expresó lo usual en estos casos, en torno a la alegría que eso representa, pero tuvo –en esa y en otras instancias, la sensibilidad de recalcar que respetaba el dolor por la pérdida de la presencia física.  Logró captar plenamente mi atención cuando  aludió a la etimología de la palabra difunto, palabra harto conocida –de hecho, hemos tenido demasiada exposición a ella, pero debo confesar que desconocía el origen de la palabra, que proviene del latín defunctus. El significado original no estaba ligado a la muerte, sino a la persona que había pagado su deuda o cumplido su misión.

En este punto, el sacerdote preguntó cuántos hijos tenía Juan Alfredo y habló sobre la misión que cada uno de nosotros trae, como la misión que trajo Jesús al mundo.  Nos hizo reflexionar sobre el hecho de que la imagen más conocida no es la del niño en brazos de María o de cuando se perdió en el templo, sino de su muerte en la cruz, porque nos recuerda los sacrificios que un padre hace por sus hijos.

La imagen que yo tengo de Juan Alfredo es la de un hombre bueno –un buenazo, como decimos.  Desde mi perspectiva, siempre me pareció -y puedo estar equivocada- que la instigadora de embelecos en esa pareja era Socorrito y que Juan Alfredo era el apoyo que siempre estaba allí para asegurar que los proyectos se llevaban a cabo.  Y eso no es poca cosa.  Todos nosotros necesitamos alguien en quien apoyarnos –alguien que sabemos va a estar ahí siempre animándonos, ofreciendo consejos.  Juan Alfredo podía hacer cuentos interminables de los proyectos y a veces, cuando había alguna complicación de negocios, hacía una defensa férrea de Socorrito.  Si algo había resultado injusto para ella, él lo tomaba personal.

Mientras el sacerdote hablaba de la misión que todos traemos, yo pensaba en la misión de Juan Alfredo, aunque a veces el cura le volvía a cambiar el nombre y lo llamaba José Juan.  No importa – yo sabía de quien hablaba.  Pensé también que había una lección subyacente en las palabras que este sacerdote pronunció.  Mi impresión original fue negativa y me formé un juicio sobre él por su lectura apresurada y los equívocos con el nombre.  Más tarde, me di cuenta que una impresión negativa no debe cerrar nuestro entendimiento sobre una persona. Lo que este hombre dijo ese día trascendió el momento y me hizo reflexionar sobre mi propia misión, que por momentos pienso se queda corta.

Juan Alfredo se fue luego de haber vivido una vida plena, en la que dio lo mejor de sí a su familia y a su comunidad –con gozo, con entrega, con entusiasmo. Yo me siento honrada de que Socorrito, junto a él, me ofrecieron albergue en su casa durante el huracán María.  Allí estuve recogida como un pajarito al que le dan albergue en un nido amoroso.

Yo tenía pendiente recibirlos para unos garbanzos con patitas cuando encontrara los ingredientes de calidad, porque mi mamá decía que las cosas se hacen bien o no se hacen.  No se pudo, pero cuando nos volvamos a ver, considéralo hecho Juan Alfredo.  Y descansa, que tu misión ha quedado más que cumplida.

30 de octubre de 2019






sábado, 19 de octubre de 2019

CONFUSIÓN








CONFUSIÓN PRECIOSA

En días recientes ha habido una discusión sobre la propuesta nueva Ley de Armas, que está pendiente de la firma de la gobernadora.  No me he adentrado demasiado en el análisis, porque no es un asunto que me interese mucho.  No obstante, a base de lo que he leído, parece ser que el objetivo es liberalizar los procesos para obtener licencia para la tenencia e incluso portación de armas, con miras a que los ciudadanos “decentes” puedan protegerse de los delincuentes que están armados hasta los dientes.  Las armerías y los que tienen o aspiran a tener armas legalmente están muy a favor de estos cambios –los primeros por razones obvias y los segundos, porque necesitan aferrarse a un falso sentido de seguridad que les brinda tener un arma a su alcance.

Digo que es un falso sentido de seguridad, porque hay personas, como la fiscal asesinada hace unos años, cuya arma dentro de su cartera no le sirvió de nada.  Del mismo modo, un arma no va a servir de nada al pasar por una concurrida vía pública cuando se desata una balacera.  Son varias las personas inocentes que han caído víctimas de esta guerra entre dueños de los llamados “puntos”, que utilizan rifles de asalto, ametralladoras y otras armas potentes.  He visto este tipo de armas en fotografías de armerías y me pregunto: ¿para qué un ciudadano “decente” necesita un rifle de asalto? Porque vamos, no es que usted pueda andar con eso mientras va al supermercado, por más grande que sea su cartera.  Más aún, pienso que tener un arsenal en la casa se presta para que esas armas sean robadas y sean “recicladas” por los maleantes.  No podemos perder de vista que se robaron armas  de  nada más ni nada menos que el depósito  de éstas en la Policía.

Además del problema de las armas, hoy hay una discusión en el periódico sobre el número de balas que se adquieren, para lo que la Policía dice quiere crear un registro, pero que los dueños de armería dicen tal registro existe.  De hecho, la propia Policía ha dicho que hay personas que compran hasta 300,000 balas, lo cual abona a lo dicho por los armeros de que el registro existe porque si no, ¿cómo lo sabrían?  Que conste, que puedo pensar que haya gente que practique el tiro al blanco que les requiera comprar muchas balas –no sé si tanto como 300,000.  Hubo una deportista que se expresó en el reportaje, a quien se le identifica como vicepresidenta de las Damas de la Segunda Enmienda. Tengo una imagen de un escuadrón de mujeres uniformadas de rosita, rifle al hombro, marchando al compás del Battle Hymn of the Republic.  Ella se opone a que se limite el número de balas que pueda adquirir.

Dice esta dama de la segunda enmienda –a quien me imagino enfundada en un atuendo rosa, por aquello del toque femenino –gorra, guantes, protectores para los oídos- que ella ha gastado hasta 1,000 balas en un día de entrenamiento, por lo que ella entiende- y créanlo o no, estoy citando textualmente: “limitar eso es como limitar la cantidad de palabras que puedo leer en un libro. Es un derecho fundamental”.

En estos tiempos, ya pocas veces me quedo anonadada con la falta de mesura y cordura en lo que la gente dice.  Equiparar la cantidad de balas que puedan adquirirse con las palabras que puedan leerse es tan absurdo como la afirmación de que comprar balas es un derecho fundamental.  Me parece que debe acudir al  Diccionario de la Real Academia y buscar la definición de fundamental. En tiempos post María y post Junta, donde todavía hay gente sin techo; donde peligran las pensiones de miles de empleados públicos; donde está en riesgo la educación universitaria de nuestros jóvenes; donde nuestros viejos tienen que decidir si compran el medicamento o pagan la luz; donde miles de niños no tienen las herramientas adecuadas para el tratamiento a sus condiciones y sí, donde hay balaceras en las que se disparan hasta mil balas a plena luz del día -para matar, no como deporte- las palabras de esta mujer son una afrenta.  Debería comprar menos balas y leer más palabras; palabras que aludan a la solidaridad, a la empatía, a la comprensión de la complicada situación política y fiscal que nos ha llevado a donde estamos.

Tal vez, si esta dama lee más de estas palabras, salga de eso que un ex profesor mío llamaba, irónicamente,  una confusión preciosa.

19 de octubre de 2019

viernes, 11 de octubre de 2019

Los tres chiflados















RECORDANDO A LOS TRES CHIFLADOS

Antes de compartir mis impresiones sobre los sucesos de las últimas dos semanas, quiero dejar establecido que reconozco que la tarea que la gobernadora tiene ante sí es harto complicada.  En primer lugar, ha asumido una responsabilidad que no buscó.  Para más, tiene que lidiar con el desastre que le dejó su inmaduro antecesor (sin contar a Pierluisi el breve), que ha hecho palidecer el desastre anticipado que dejó su mal recordado padre.  Pese a que Rosselló hijo se fue, permanecen ahí unos personajes nada recomendables –el secretario de Salud, el secretario de Obras Públicas y el de Agricultura, así como más recientemente el de Educación, el comisionado de la Policía y la directora de ATM -el personaje de reparto que puso de manifiesto de manera patente  los faux pas de esta administración,.  Eso sin contar todos los personajes secundarios que administran asuntos menores en las agencias, que en muchos casos son seleccionados –por la administración que fuera- en procesos que constituyen una burla al sistema de mérito.

Tras los últimos sucesos de la saga de intriga protagonizada por Mara y el comisionado Escalera, muchos claman porque la gobernadora les destituya, así como a los otros que ya he mencionado.  No obstante, el asunto no es tan sencillo.  Reclutar un personal altamente capacitado, competente y de reputación intachable es de por sí complicado.  Para los puestos en cuestión no puede ponerse ahí a cualquiera –eso precisamente es lo que ha generado el  descalabro que tenemos.  No podemos perder de vista que falta tan sólo un año y un mes para las elecciones.  No hay muchos profesionales que tengan la preparación necesaria y estén dispuestos a asumir tanta responsabilidad, sabiendo que estarán en la mirilla pública, sus vidas se alterarán durante este período y tal vez más allá.  No puedo imaginarme las horas angustiosas que deben haber pasado la gobernadora y Zoe Laboy, a quien su cabello parece haberse rebelado en medio de este desbarajuste, tras su desafortunado recorte.  Se le revoluciona el pelo a cualquiera.

Establecido que esto no está nada fácil, paso a decir que pese a que creo que la gobernadora está haciendo unos grandes esfuerzos y que ciertamente hay un cambio de estilo con su antecesor, ya va siendo hora de que deje saber qué es lo que está ocurriendo, porque el pueblo no aguanta más incertidumbre y ya a nadie le creen la mitad de lo que dice.  Empecemos por el episodio de Mara, quien alegó haber sido secuestrada en Vieques, por lo que llamó a ese paladín de la seguridad y el orden en Puerto Rico, el flamante comisionado de la Policía Henry Escalera.  Esto generó que se le solicitara a un piloto de FURA que saliera en helicóptero en una operación de “emergencia”.  El piloto se negó. Los detalles han salido a relucir poco a poco.  En resumen, no había tal “emergencia” que requiriera despachar a un helicóptero cuyo uso está altamente regulado.

En una conferencia de prensa luego de que saliera a relucir el asunto, el secretario de Seguridad Pública Elmer Román, quien creo o creía que era una persona competente, anunció que respaldaba la acción de Escalera al decir que los actos del piloto constituían una insubordinación.  Ahí quedaron los dos más enredados que mi pelo tras un paseo por la playa y de las explicaciones que siguieron ni se diga –que si era un traslado a Morovis; que si era una medida cautelar; que si luego se revirtió el traslado físico, pero se le quitaron las funciones de piloto.  En todo esto se evidencia que parece que nadie allí sabe un divino de administración de recursos humanos.  Para empezar, los traslados no pueden ser medidas disciplinarias.  No se siguió proceso alguno de notificación del alegado “traslado” y cuando se hizo, fue de forma escueta.  No hay un ápice de fundamento para la acción.  Luego, se modifica la acción para dejar al piloto en su área, pero sin funciones de piloto, como medida “cautelar”.  El vocablo cautelar implica que es algo preventivo, pero ¿qué es lo que se intenta prevenir, si él es piloto y lo que motivó el suceso es precisamente que no piloteó el helicóptero?

En vistas ante el Senado, tanto Román como Escalera ofrecieron sus versiones por separado, en algo que produce vergüenza ajena.  Es evidente que Escalera metió la pata hasta el ñu, pero no es menos cierto que Román debió haber investigado más a fondo el asunto.  Tal parece que en la Policía hay un desconocimiento craso de la administración de personal o peor aún, que alguien hizo las advertencias necesarias y optaron por ignorarlas.

Mientras todo esto sucedía, la gobernadora dijo que relevaba a Mara de todo asunto relacionado con Vieques y Culebra, para en la misma ocasión decir que le relevaba de lidiar con los residentes de las islas municipio.  Esas gestiones las haría ella personalmente, o su jefa de gabinete, Zoe Laboy, en lo que constituye un ejemplo claro de micro management.  Si usted tiene que atender personalmente lo que se supone que atiendan los funcionarios a cargo de las agencias, usted está en problemas. Hay que recordar además, que cuando Mara asumió el puesto, designaría a un subdirector para hacerse cargo de la operación de día a día, debido a su desconocimiento del área de transporte marítimo.  Es decir, que sigue limitándose en sus funciones.  Me sospecho que no ha recibido limitación en su salario.  ¡Se indigna cualquiera; qué no serán los residentes de Vieques y Culebra!

Luego de esto, salió a relucir que la gobernadora había referido a Justicia al secretario de Agricultura, por alegados actos impropios, whatever that means.  Acto impropio puede ser interrumpir con ruidos un concierto de Bach en la sala sinfónica (que supongo el secretario no hará porque pienso que tal vez ni sepa quién era Bach), dejar sonar el celular, tratar con excesiva confianza a altos dignatarios, hacer chistes de mal gusto -en fin, vaya usted a saber.  Pero claro, al referirse a Justicia tiene que tratarse de actos que pudiesen constituir delito, así que no estamos hablando de cualquier cosita. Y a este señor, que se le paga con fondos públicos, se le refiere a Justicia y no tenemos la más mínima idea de por qué.  Él, como cualquier ciudadano, está cobijado por la presunción de inocencia.  No obstante, como funcionario de confianza no está cobijado por un derecho propietario a su empleo.

Si la gobernadora no quiere separarlo del puesto, pudo haber tomado una medida “cautelar”, como se hizo con el piloto de FURA, pero cómo es que nos enteramos de todo lo que se hizo contra ese empleado de carrera y con el de confianza no sabemos ni por qué se le refirió a Justicia, lo cual puede ser hasta peor, porque se especula cuál puede ser el posible delito, así que su reputación está en entredicho de todos modos.

Poco después sale a relucir que el gobierno federal ha congelado unos fondos del Departamento de Educación y el secretario -con explicaciones cantinflescas- ha dado pa' tras y pa' lante con esto, así como con la reducción a los fondos de educación especial mientras se aumentan partidas administrativas. Y last, but not the least, ahora resulta que a estas alturas -a dos meses de la fecha para su pago, no se sabe dónde habrán de aparecer los $70 millones necesarios para el pago del bono de Navidad a los empleados públicos.  Esto sin contar la fiesta de contratos en la legislatura, con personas sin competencia conocida, a quienes se les paga sin pedirles cuentas, mientras muchos están desempleados o tienen ínfimos sueldos. Nada, que en dos semanas hemos tenido un repertorio completo de intrigas y evidencia de cuán enredado está todo lo relacionado la administración pública en nuestro país.  De lo que ocurre en Estados Unidos no hablo, porque no acabo.

A los que sean de mi generación o disfruten de ver antiguos programas televisivos famosos en su tiempo, les dejo saber que he tenido grabadas en mi mente escenas frecuentes de un programa de comedia norteamericana que en ese tiempo se transmitía -como otros- doblado al español.  El programa se llamaba Los 3 chiflados (The 3 Stooges en inglés).  Se trata de las peripecias de tres personajes –Curly, Larry y Moe, cuya torpeza les creaba divertidas situaciones.  En las escenas que recuerdo, los personajes comenzaban a dar vueltas alocadas en círculo mientras permanecían en el mismo lugar y se iba enredado hasta Moe, que era el que supuestamente imponía el orden.  Pues así veo las acciones de esta administración: un grupo de tontos dando vueltas en el mismo sitio, sin que la persona al mando sea capaz de dar un alto a las alocadas vueltas.

11 de octubre de 2019

lunes, 30 de septiembre de 2019

CRISIS DE IDENTIDAD









LA CRISIS DE IDENTIDAD DE GIGI

No lo digo yo –lo dice ella misma en una entrevista que aparece publicada en la edición dominical de El Nuevo Día : “Yo a veces tengo una crisis de identidad. ¿Soy puertorriqueña o americana? Somos las dos cosas. Pero tenemos que decidir.”  Creo que ella siempre ha tenido una crisis de identidad, que no es un caso aislado en este país caribeño, hispanoparlante, con una relación sui generis con los Estados Unidos que nos hace personajes shakespirianos en el ser o no ser parte de esa nación que no parece tener mucho interés en que seamos parte de ella.  Muchos norteamericanos ni siquiera saben dónde estamos y mucho menos que somos ciudadanos americanos.

El drama de miles de puertorriqueños ha sido transitar a los Estados Unidos en busca de mejores oportunidades.  Muchos añoran regresar; otros, deciden que por allá están mucho mejor y en algunos patéticos casos, reniegan de su origen y se integran totalmente al llamado melting pot. Gigi lleva años residiendo en Estados Unidos.  De hecho, muchos habíamos olvidado su existencia hasta que Mónica Puig ganó su medalla de oro olímpica y Gigi se picó cuando se dijo que era la primera puertorriqueña en alcanzar dicho galardón.  Según Gigi, la primera fue ella, pero claro, no ganó para Puerto Rico, sino que ganó para Estados Unidos.

El asunto de los atletas que se van a Estados Unidos para perfeccionarse no puede ser censurado.  Cada quien tiene derecho de  buscar superarse personal y profesionalmente.  Roberto Clemente, Alex Cora, Cheyenne Vassallo y muchos otros, han competido o formado parte de equipos estadounidenses.  No obstante, siempre se mantuvieron ligados a la isla, incluso residiendo –de verdad- aquí.  Ese no es el caso de Gigi.

La tenista con crisis de identidad lleva mucho tiempo residiendo fuera de la isla y al menos en mi caso, no tengo conocimiento de que haya hecho grandes aportaciones por nuestro país, como han hecho tantos otros que residen fuera –como lo son Ricky Martin, Lin-Manuel Miranda, Esmeralda Santiago y hasta la jueza Sonia Sotomayor.  Ellos no tienen que hacer demostraciones de que son puertorriqueños –ellos, como Mónica, viven su puertorriqueñidad.

Una de las cosas que más me molestó de la antes citada entrevista, es la aseveración de Gigi de que iba a divertirse con los cuestionamientos que le hacían de si era puertorriqueña, por lo que comenzó a colocar vídeos “haciendo cosas puertorriqueñas, como comer mallorcas”.  En primer lugar, quien es verdaderamente puertorriqueñ@ no tiene que andar por ahí demostrándolo –sus actos lo evidencian, al hacer algo productivo, al demostrar su amor por el país.  Por eso es que la gente adora a Mónica.  En segundo lugar, “hacer cosas puertorriqueñas” es mucho más que comer mallorcas, alcapurrias, bacalaítos o pasteles.  Podrías comer todo esto, Gigi y se te sale el refajo de que en verdad, te sientes más de allá que de acá.

Creo que este embeleco de formar parte de la “Comisión de la igualdad” fue algo gestado en el grupo estadista y que vieron en la figura de Gigi a alguien que con su cierta prominencia en el ámbito deportivo, podía adelantar la causa.  A mí se me hace difícil creer que alguien que nunca se vinculó a la política vaya -de la noche a la mañana- a tener un súbito interés en el futuro de nuestro país.  Cada quien tiene derecho a creer en lo que quiera como alternativa para Puerto Rico.  Los que quieren legítimamente la estadidad, no como un ejercicio en conveniencia, creen que lo mejor es la anexión y eso incluye la total inmersión en esa cultura que es distinta.

Lo que uno cree a conciencia no se puede discutir.  Tampoco se puede discutir el sentimiento de una persona que se siente parte de una nación, independientemente de dónde haya nacido.  Tony Croatto es un excelente ejemplo de alguien que sin haber nacido aquí, se sentía puertorriqueño. El hecho de sentirse parte de determinada nación, no implica negar su origen. Si Gigi se siente estadista, eso es lo que siente, pero que no me trate de disfrazar esto; que salga ya de su crisis y se declare americana a lo Myriam Ramírez, que no tiene ninguna crisis.  Con ello no niega su origen, como de hecho, no creo que lo haya hecho.  Hay miles de ciudadanos de otros países viviendo en Estados Unidos, que se sienten americanos, con orgullo de sus raíces. A mi modo de ver, Gigi en verdad se siente americana, pero no se ha atrevido a admitirlo –tal vez no se lo ha admitido a sí misma.  A mí como a muchos, no se nos ha formado crisis alguna.  Somos puertorriqueños.

30 de septiembre de 2019

lunes, 16 de septiembre de 2019

Mirar a la cara






MIRAR A  LA CARA


Hoy fui a una cita médica con un doctor que no conocía.  Desde hace un tiempo asistía a la consulta con un especialista que me parecía competente y que me trataba con amabilidad, pero no veía mejoría en la condición.  Decidí acudir a otro especialista en busca de la posibilidad de otro tratamiento que resultara exitoso.  Pensé acudir en la tarde, para evitar esas esperas de pesadilla, pero en la mañana me llamaron que había pocas personas en la oficina, por si quería llegar más temprano.  Aunque dudé, ya que no sabía si en lo que llegaba a la oficina la encontraría atestada, decidí salir.  Afortunadamente, sólo había una persona esperando.

La oficina me impresionó.  La entrada es en cristal escarchado, con puerta que requiere control desde adentro. Tiene una sala de espera amplia, con cómodas butacas y un mostrador con tope de granito.  La joven que me atendió al llegar fue muy amable.  Como a los 40 minutos, me llamaron.  Atravesé un largo pasillo, con varias puertas  y temí perderme al salir, pero la joven que me acompañó me condujo a una sala de examen con una inmensa e intimidante butaca.  Me dijo que soltara las pertenencias en una silla y me acomodó en la butaca.  Subió la misma y me dijo que el doctor me vería pronto.

Mientras esperaba por el doctor, me puse a contemplar el entorno.  Había una lámpara enorme sobre mi cabeza, como esas que se ven en las salas de operaciones.  A mi izquierda, una bandeja con muchas jeringuillas pequeñitas.  A mi derecha había otra bandeja en una repisa, con más jeringuillas.  No pensé que nada de eso fuera para mí, porque el motivo de mi visita no parecía necesitarlo, sobre todo porque entendía que era una visita con fines diagnósticos.

Pasaron varios minutos y comencé a inquietarme, Como había subido a la inmensa silla con ayuda, no me atreví bajar a buscar el libro que acostumbro a llevar cuando ando en esos menesteres, así que la espera se hizo larguísima.  Finalmente entró el que tenía que ser el doctor, aunque no se presentó, acompañado de una mujer que no sé si era otra doctora porque tampoco se presentó y una asistente.  El doctor me miró de refilón y se dirigió de inmediato al expediente.  Leyó, me imagino, lo que yo misma había escrito, porque era la primera visita y me preguntó, sin mirarme a la cara ¿en cuál uña es la condición?  Cabe señalar que la condición en la uña era la menor de las preocupaciones, por eso la puse en segundo lugar.  Apunté a la uña en cuestión y allá enfocó su vista.  Luego me preguntó sobre la otra condición y luego de examinar el área me dijo, moviéndome en esa dirección: “a ver su cara”.  Me miró y procedió a escudriñar mi cara bajo la lámpara esa tipo platillo volador. 

Yo, que había ido por algo sencillo que no tenía que ver con mi cara, le pregunté el porqué de la inspección a la cara y me dijo, de forma clínica y fría, que el mira la cara de todos sus pacientes, para evaluar la posibilidad de cáncer en la piel; que casi todos los especialistas en su campo lo hacen.  Procedió entonces, sin más explicaciones a hacer marquitas, inyectar un anestésico -ah, ya se explican las mini jeringuillas-  y proceder a tomar las muestras para la biopsia.  Después de esto, la doctora, asistente o lo que fuera me dio a firmar una hoja que decía que me había sido explicado el procedimiento para una biopsia y sus riesgos.  Quede tan anonadada que no dije nada y firmé.

Yo sabía que iba a hacer una biopsia, porque me lo dijo tras mi pregunta del porqué examinar mi cara, pero no recibí explicación sobre los riesgos, sino hasta después, cuando ya se había hecho y me entregaron la hoja para firmar.  La hoja en verdad no era para que yo me informara; era para cubrir sus espaldas en caso de complicaciones.

Y vamos, estos consentimientos en realidad valen el papel en que están escritos.  Como abogada sé que yo puedo consentir a un procedimiento, pero eso no quiere decir que consiento a que se haga de forma negligente.  A través de mi vida he firmado decenas de esos consentimientos, previo al procedimiento que fuese y la verdad es que si una lo analiza no se somete a ellos, sobre todo esos que dicen que puede haber todo tipo de complicaciones, hasta la muerte, que no era el caso hoy.

El doctor procedió a hacer la receta.  Le pregunté cuál medicamento me había recetado para la condición primaria, ya que había tomado algunos anteriormente sin resultado.  Como el nombre no me resultó familiar, me sentí esperanzada de que un nuevo medicamento pudiese resultar exitoso.  Le pregunté qué podía causar la condición y me indicó lo mismo que el especialista que había visitado anteriormente –herencia, edad, o causas desconocidas.

Salí de la oficina al mostrador para pagar y el joven que me atendió ni me miró y mucho menos se sonrió  Me dijo el total que debería pagar y me dio una fecha para la próxima cita.  Ya en este punto, me sentí tan molesta y apesadumbrada con el trato impersonal, que le dije que salvo la chica de recepción, todos los demás, incluyendo al doctor, debían intentar ofrecer una sonrisa y mirar a la cara al paciente que tienen en frente.  El joven  me dijo –y le creí- que iba a tomar conciencia de eso, al menos para él.

Salí de la oficina más que molesta, decepcionada con el trato que sé no es exclusivo de este médico, sino de muchos.  Detrás de la oficina a todo lujo, bien jai joyetin, hay un trato frío, impersonal, porque lo que se está tratando no es la persona, sino la condición.  Yo no soy la condición en mi uña, ni en cualquier otra parte de mi cuerpo, que dicho sea de paso, no es en mi cara, sino una persona con una condición.  Para colmo de males, cuando fui a recoger la receta en la farmacia, el medicamento que tanto esperaba resultó ser el mismo que me recetó el especialista anterior, pero que no reconocí por el nombre.

Se podrán imaginar el nivel de decepción, que no es sólo por mí, sino por los miles de pacientes que reciben un trato deshumanizado por parte de aquéllos a quien van a confiarle lo más preciado: su vida.  Hay médicos extraordinarios y no dudo que éste lo sea en términos de sus conocimientos, pero en bedside manners se colgó.  Cuando verdaderamente miró mi cara fue para hacer una prueba de diagnóstico que no era el propósito de mi visita.  Y que conste, que creo importante que se haga ese examen, porque muchos están expuestos a padecer cáncer de la piel, pero es imprescindible que l@s pacientes reciban una información  antes de iniciar cualquier procedimiento.

A través de mi vida he recibido cuidado de calidad profesional y humana por parte de médicos de familia y especialistas.  Unos son más conversadores que otros, pero siento que he sido atendida como merezco por la mayoría de ellos. Unas oficinas son más cómodas que otras, pero analizando bien, comienzo a sentir que mientras más jai joyetin la oficina, menos me van a mirar como a una persona.  Yo quiero que me miren a la cara, no buscando algo que tratar y facturar al plan médico, sino para reconocer a una persona que necesita recibir un trato humano con respecto a una condición que requiere tratamiento.  Lo demás, es secundario.

16 de septiembre de 2019
 


jueves, 22 de agosto de 2019

Aliciente







ALICIENTE

Hace un rato tuve un intercambio interesante con una persona que aprecio mucho. Le había enviado un escrito de hace tan sólo dos  semanas, pero tras este verano en que ha pasado tanto, parece como si fuera de hace mucho tiempo.  Ella elogió el ensayo, particularmente porque disfrutó de un humor sutil, que se escondía detrás de las denuncias hechas.  En respuesta, le dejé saber que sus comentarios me servían de aliciente.  Ella, que es un ser luminoso a quien no le avergüenza admitir que no sabe algo, me expresó que “aliciente” era una palabra nueva, por lo que debía acudir al diccionario.  Me reí, pero su comentario me hizo reflexionar sobre la manera en que me expreso y me retrotrajo a una reflexión que tenía pendiente tras los comentarios de dos personas desconocidas, hechos de forma no muy halagüeña que digamos.

Utilizo la red de Facebook porque me permite estar al tanto de acontecimientos que de ordinario pudieran pasar por desapercibidos.  A través de esa plataforma comparto muchos de mis escritos y en ocasiones, comento en páginas que me son de interés.  Debido a los sucesos históricos que hemos vivido las últimas semanas, hice un comentario sobre la canción Afilando los cuchillos, que me parece muy bien hecha, con la participación de Calle 13, a quien le reconozco un talento extraordinario, Ilé y Bad Bunny.  Hice un breve comentario de que para ser consistente, no compartiría la canción, porque pienso que Bad Bunny ha contribuido a propiciar lenguaje violento, machista y promotor del uso de drogas.  Eso no tiene que ver con su talento, ni con la denuncia que hace de los actos de Ricky, sino que como una expresión muy personal mía, no puedo aplaudir por un lado su protesta y por el otro criticar el mismo lenguaje que utilizó Ricky en su chat.

Una persona comentó “tanta palabrería para decir que no vas a compartir la canción” y otra que “Bad Bunny hace más que tú con tus palabras”. Esto me hizo detenerme a pensar.  Hay mucho de cierto en que Bad Bunny logró movilizar miles de personas con su participación y ayudó a crear conciencia sobre los actos del hasta hace poco gobernador, mientras que yo soy una total desconocida que salvo dos o tres personas que puedan haberse motivado con mis escritos, no movilicé a nadie.  Pero yo no soy figura pública.  Hago lo que está a mi alcance, de acuerdo con mis principios.

El otro comentario, también me hizo analizar si mi uso del lenguaje sea tal vez muy sofisticado para algunos lectores y que conste, que no me considero una intelectual.  Por el hecho de que soy una ávida lectora, he aprendido mucho vocabulario.  Es interesante que he criticado a un autor por el uso excesivo de palabras rebuscadas, cuando una palabra más conocida estaba accesible.  Dicen que cuando uno señala a una persona, tres dedos apuntan a uno mismo.  El inocente comentario de mi amiga me ha hecho reflexionar sobre las palabras que utilizo para comunicar, ya que creo firmemente que quien escribe busca de algún modo conectar con otras personas, no alejarlas.

El asunto no es tan sencillo, porque no se puede dejar de ser quien se es para complacer a los demás, como otra amiga que me pidió que no hiciera escritos tan largos, lo cual me incomodó, porque a fin de cuentas, yo escribo lo que sienta.  Sería como pedirle a un pintor que usara menos colores o a un escultor que hiciera estatuas más chiquitas.  Es una cuestión de gusto, lo cual no se puede imponer.  El hecho de que no me guste la pintura  El grito, de Munch, no quiere decir que yo vaya a sugerir que la debió pintar de otro modo, o como escuché decir a un ingeniero que criticó la escultura Mujer reclinada, de Botero, que se instaló en la plazoleta de Minillas “¿pero por qué la tiene que hacer tan gorda?”

Sí, he pensado mucho sobre cómo me expreso y cómo escribo, porque después de todo, lo hago para acercarme más a la gente, no para alejarlas.  Vamos, que tampoco soy una escritora famosa y no pretendo compararme con grandes autores.  Pero hoy el comentario honesto y sin ánimo de crítica de una amiga me hizo reflexionar mucho sobre cómo me expreso y me ha servido de aliciente para profundizar aún más en las palabras que escojo.  Debo reconocer que hay veces que escojo una como “aliciente”, porque me parece más bonita que “incentivo” o más precisa que “estímulo”.  Las voy a mirar con más detenimiento y al final, usaré las que me mantengan fiel a quien soy, sin alejarme de aquéllos a quienes pretendo llegar.

22 de agosto de 2019