Datos personales

Mi foto
Este blog tiene el propósito de compartir mis ideas que estoy segura son las de muchos. Escribo sobre lo que me enternece, lo que me intriga, lo que me indigna o lo que me divierte. No me impongo fechas límite -escribo cuando quiero. El lector también puede elegir -hay relatos mas extensos, otros mas cortos. Entre cuando quiera. Vivo orgullosa de quien soy, de donde vengo y hacia donde voy, aunque no sepa como llegar... La imagen que lo acompaña es El Laberinto, de la serie Mandalas de Procesos, de Thalía Cuadrado, psicóloga clínica y artista, que me honra con su amistad. Me pareció apropiado para acompañar este blog sin dirección, porque son muchas las veces que me he sentido en un laberinto. Afortunadamente, siempre salgo…

lunes, 19 de octubre de 2020

A las millas

 




A LAS MILLAS

A mí me gusta disfrutar de las actividades de temporada –eso a lo que nos acostumbramos por tradición: coquito y pasteles en Navidad; ensaladas frescas y vinito blanco bien frío en verano, pavo y postres a base de calabaza en noviembre.  No quiere decir que no los coma en otra época, pero en temporada es como algo que me hace sentir cómoda.  Después de todo, soy bastante predecible y le encuentro su encanto a la rutina, a lo esperado, pese a que he hecho cosas que algunas personas nunca han hecho, como por ejemplo, viajar sola.  Pero esa es otra historia.

Hoy había decidido que desayunaría en un restaurante familiar de esos de cadena norteamericana y tenía antojo de panqueques de calabaza.  Después de todo, estamos a 19 de octubre y puedo recordar aquélla canción de primaria cuando llega el mes de octubre, corro al huerto de mi casa y busco con alegría, tres o cuatro calabazas… En mi casa nunca hubo un huerto ni mucho menos había calabazas sembradas.  Sí había pimientos de cocinar, recao, limones y acerolas.  Mi mamá no hacía postres con calabaza, pero compraba pedazos que usaba para añadir a las habichuelas o la hacía en tortitas.  Yo sí comencé a experimentar con ese vegetal y he hecho pan, cheesecake, arroz con calabaza, sopa de calabaza y vamos, no sigo porque me pongo como el amigo de Forrest Gump y su lista de platos con camarones.  Por fortuna, aquí no tenemos que esperar una temporada para encontrar calabaza.

Llegué al restaurante y al entrar, me topé con un árbol de Navidad completamente decorado.  Ese árbol allí era como estar en uno de esos ejercicios de identificar algo que no cuadra.  Yo hubiera imaginado que tal vez tendrían adornos de calabazas, gatos negros, brujas voladoras, hasta pavos, pero ¿qué hacía un árbol de Navidad en la entrada del restaurante un 19 de octubre? ¿Y dónde estaban las calabazas, que es lo que yo hubiese esperado ver?  Cuando me trajeron el menú, no había ni rastro de algo con calabaza, así que pedí unos panqueques de harina integral con canela, que no estuvieron nada mal.  Mientras esperaba por el desayuno, me fijé que más arriba, frente a mí, habían colocado un gigantesco Santa Claus inflable, que parecía burlarse de esta mujer que osaba cuestionar su presencia cuando esperaba ver calabazas y no su rechoncha figura.



Desde hace tiempo me inquieta este afán de apresurar los acontecimientos, sin que nos detengamos a disfrutar del presente.  ¿Cómo que ponemos árbol de Navidad y un Santa Claus el 19 de octubre –sabe Dios desde cuándo está puesto y yo no lo sabía- si todavía no nos hemos comido los maicitos de dulce, esos tan empalagosos y mucho menos el pavo en noviembre? La vida se nos escapa y no nos damos cuenta, ni siquiera en estos tiempos de pandemia, cuando hemos estado encerrados y poco a poco vamos saliendo.  ¿Será que han cancelado épocas y yo no me enteré? ¿Será que ahora es solo verano en la playa o Navidad?  Vamos a las millas y me siento como Mafalda con su petición de que paren el mundo para poderse bajar.

Una vez terminé el desayuno, le pregunté a la mesera por qué no había nada en el menú a base de calabaza y me respondió que la temporada no había llegado.  True story – no miento. Es como si fuera un chiste.  La temporada de las calabazas no ha llegado, pero Navidad sí.  Anden list@s, que nos desparecen el Día de Reyes, San Valentín, las madres, los padres y si se enteran, hasta el día del cumpleaños.

19 de octubre de 2020


martes, 13 de octubre de 2020

Santa Claus

 




SANTA CLAUS

Últimamente tengo mucho tema sobre qué escribir, gracias a las actuaciones de las ramas ejecutiva y legislativa de la actual administración. Lamentablemente, no ha sido para bien.  Lo más reciente son los salarios de empleados de legisladores que terminan ganando más que ellos.  Ya dos cayeron bajo la investigación del FBI que culminó en el arresto de Tata Charbonier y Nelson del Valle.  Es un esquema que refleja el grado de esmayamiento de estos dos seres, una de las cuales se hace llamar cristiana.  El esquema consiste en que el legislador le paga un salario que resulta ser  por encima de lo que gana el propio legislador y de ese salario, el empleado le paga una tajada al legislador.  Es el colmo de la bajeza, que alguien con poder, prestigio y un salario que supera lo que la mayoría de los asalariados en este país reciben, se preste para esto.

Ahora están saliendo como cucarachas los contratos de personas que los legisladores seleccionan para hacer ciertas tareas.  El problema no es la contratación; es la falta de justificación para las tareas que las personas van a realizar y la tarifa que se les pagará.  De lo que ha trascendido, el más reciente caso es el de un tal Manuel Matos Pacheco, que sin tener un bachillerato, contrató con dos legisladores a razón de $100 la hora por unos servicios que parecen algo así como los de un soplapote - es decir, para aquéllos que recuerden el personaje de Don Remigio Rodríguez que hacía Don Cholito, un Moralito de la vida.  Para el último año, indica el reportaje del periódico que el contratista suscribió contratos con un tope de 51 horas mensuales por cada legislador. Saque cuenta para que vea lo que el contratista recibiría si facturara el tope de horas, que con los ejemplos que se ofrecen, no dudo que así fuese.

Según el reportaje, facturó $800 en un día por acompañar al legislador en un mensaje del entonces gobernador, la misma cantidad por asistir a una actividad en dos escuelas y $900 por actividades de repartición de cajas de juegos a niños y ancianos.  Otra factura de $900 involucra reportar cuántos focos no estaban funcionando en Orocovis. Hay otros ejemplos de actividades en Navidad y San Valentíín que hacen a una calcular cuántos soplapotes presentes en las actividades de repartición de you name it que vemos, estarán cobrando cantidades similares y es como para que la cabeza nos gire como a la de la película del Exorcista.

El contratista pretende justificar este recuento de tareas simples, que no requieren de una especialidad que respalde que se le pague a razón de $100 la hora, con la afirmación de que es un fajón, que tiene que facturar por lo que hace.  Esto es un insulto a todas las madres solteras fajonas, que lo que tienen es un trabajito de salario mínimo en Burger King,  en Walmart, en una cafetería, que se tienen que fajar de verdad levantándose al amanecer, haciendo malabares para llevar sus niños a cuidar y a veces tienen que suplementar sus ingresos vendiendo Avon, o haciendo bizcochos, pastelillos, limbers o lo que sea para sobrevivir.  Esas sí que son fajonas y me quito el sombrero ante ellas.

En mi caso, yo también fui fajona en mi trabajo, aunque reconozco que es otra manera de fajarse, hasta cierto punto más cómoda, usualmente en oficina.  Yo trabajé como abogada, tras culminar mis estudios y pasar una reválida.  Me enfrenté a situaciones difíciles de discrimen velado –de ese que no se puede demostrar.  Tuve que lidiar con las tensiones que produce supervisar un personal que no siempre entiende la importancia de cumplir con los reglamentos y los jefes que en muchas ocasiones no les importaba o ni siquiera sabían lo que se hacía en mi oficina.  Hace más de 4 años me retiré.  Al leer el reportaje de este que cree ser merecedor de recibir $100 la hora, fui a buscar mis talonarios de pago, para ver cuál era la tarifa por hora que se me pagaba.  Dice el talonario $32.97, que no está mal, pero es un tercio de lo que le pagan a este señor que no tiene ni bachillerato y cuyas tareas puede hacer casi cualquiera que piense.

Sin embargo, hay una justificación que él ofrece cuando se le cuestiona sobre la factura por repartición de dulces.  Dijo que él a veces no detalla las facturas, así que omitió especificar que en esa ocasión se vistió de Santa Claus.  Ah, bueno, siendo así…

13 de octubre de 2020

 

 


lunes, 12 de octubre de 2020

Basura

 


BASURA

La primera acepción de la palabra basura en el diccionario de la Real Academia alude a suciedad.  Me parece muy apropiado para la suciedad que nos arropa, a veces sin que de veras nos percatemos de ello. En fecha reciente salió a la luz una basura, que resulta ser un reciclaje para producir un nivel más asqueroso de basura.  El personaje de La Comay fue obligado a salir del aire hace unos años tras haber aludido al asesinato de un hombre de manera malsana haciendo alusiones sexuales y arrojando dudas sobre sus relaciones y reputación.  Tras un receso, el programa se recicló y apareció en otro canal de televisión que honestamente ni siquiera sé cómo se consigue.

Este oscuro personaje interpretado por un hombre que a todas luces no está bien cobró muchísima fama al hacer énfasis en el bochinche – ese perverso placer que provoca en algún@s escudriñar en la vida privada de la gente para averiguar indiscreciones, pecadillos y pecadotes, amoríos, desgracias financieras, debilidades y fealdades que nadie quiere sean expuestas.  Todas estas revelaciones iban acompañadas de risas burlonas y la fracesita de ¡qué bochinche! o de una indignada censura de actos que alguien con techo de cristal finitito no debía señalar.  El programa atraía a personas de toda extracción social, particularmente cuando anunciaba que haría una divulgación de algo impactante.  Hasta yo llegué a ver porciones del programa, intrigada por la revelación de algún escándalo de determinada figura pública, pero no soportaba ver el programa completo.  Siempre pensé que yo podía ser víctima de ese ser nefasto, porque no se conformaba con señalar figuras públicas, sino que también se mofaba de cualquiera que fuese blanco de críticas de algún vecino.  El dúo Santarosa-Travieso era un verdadero asco, como lo es la versión reciclada.

Previo a que el programa reciclado saliera al aire, en una movida que pienso era de utilidad para ambos bandos, el trapero Bad Bunny utilizó la figura de La Comay para promocionar su nuevo disco, dando la impresión de que el personaje retornaría, como en efecto lo hizo.  No puedo dejar de comentar sobre el mote de trapero que utilizo  para Bad Bunny, que acabo de descubrir tiene más significado de lo que yo creía. Me refiero a él de ese modo, porque es exponente del género trap, que se deriva del reguetón, pero tiene letras mucho más fuertes, ofensivas hacia las mujeres y violentas.  Pues resulta que la primera acepción de la palabra trapero en la definición, es “Persona que tiene por oficio recoger trapos para comerciar con ellos”.  Pues sí, me parece muy apropiado pensar que Bad Bunny acumula todos estos trapos de conductas antisociales para comerciar con ellos.

Retorno al nefasto programa.  En fecha reciente, el ser despreciable usó la foto de la hija de la licenciada Alexandra Lúgaro, candidata a la gobernación,  para hacer una crítica enérgica a la colocación de la foto que muestra a su compañero Manuel Natal sujetándola por una de sus piernas y brazos, en un evidente juego.  Como resultado del juego, la niña queda en una pose como de estrella, igual que cualquier persona que hiciese este ejercicio quedaría. Nadie, salvo una mente enferma, vería algo sexual en esto y menos se le ocurriría poner un parcho sobre el área genital en la foto, cuando evidentemente no estaba expuesta, como tampoco lo está en el caso de gimnastas y bailarinas que pueden exhibir la misma imagen en el instante que se toma la foto.  Al parecer,  no sólo puso la foto, sino que despotricó contra Lúgaro y Natal, acusándolos de exponer a la niña y hasta insinuando actos turbios con respecto a éste.

 El asuntó desató una ola de críticas en las redes por parte de otros candidatos, figuras de la farándula y ciudadanos en general.  Algunos cayeron en la trampa de criticar a la madre, como queriendo decir que ella tenía la culpa de que se usara la imagen de la niña y que falló en su deber de protegerla.  Es el mismo argumento de que las mujeres son víctimas de hostigamiento sexual por la forma en que se visten o de ser asesinadas o violadas por andar solas de noche.  El argumento de la alegada provocación lo escuché decenas de veces en mis talleres sobre hostigamiento sexual y siempre respondí de la misma manera.  La provocación es algo muy subjetivo – lo que provoca a una persona no necesariamente provoca a otra.  No es lo que yo tenga puesto, que dicho sea de paso siempre fue vestimenta profesional, sino lo que usted pueda tener en su mente cochina y refleje en palabras o gestos.

Entre los que salieron a criticar, se destacó Bad Bunny, quien de inmediato quiso desligarse de la figura de La Comay, diciendo que él no trajo al personaje de vuelta y que no lo asociaran con la basura que diga en su programa.  Sí, claro.  Bajo esa premisa, yo podría utilizar un vídeo de Donald Trump o de Adolfo Hitler para promocionar mi próximo blog y después decir que no tengo nada que ver con las ideas de estos individuos, por no decir una palabra que Bad Bunny diría sin rubor.  Todo se entrelaza, de un modo u otro.  No podemos ir por ahí exigiendo que salga el programa de La Comay y al mismo tiempo haciéndonos de la vista larga con las asquerosas letras de las canciones de Bad Bunny.  Las redes sociales tienen un alcance que la televisión y la radio no tienen y nuestr@s niñ@s están expuestos a eso todo el tiempo.

Hace unos días escuché una de esas canciones que provenía de una pequeña área de juegos contigua a mi apartamento.  Eran dos niñ@s de no más de 10 años, escuchando unas letras espantosas en sus celulares.  Y no me vengan conque en toda época han existido esas letras, que yo jamás escuché que a una mujer se le dijera pu** en una canción, ni que se amenazara con volarle la cabeza al contrario, ni vi vídeos en una cancha de un residencial repleta de niños, observando a sus ídolos simulando disparar con metralletas.  Que no me cabe en la cabeza que los padres le compren mochilas con el logo de Bad Bunny a sus hij@s, o que suelten a sus hij@s adolescentes en el Choliseo a escuchar la bazofia que sale de la boca de este joven.

Tenemos que adecentar nuestros mensajes si queremos una mejor sociedad.  Patrocinar el programa de La Comay es patrocinar faltarle a la dignidad de los seres humanos, del mismo modo que lo es callar ante las letras de las canciones de Bad Bunny y otros, por no parecer anticuad@s o tal vez por no tomarnos el tiempo de entrar a los canales de video para constatar que esas letras no son meramente algo risqué, sino que son reflejo de lo más podrido de nuestra sociedad.  ¿Cómo pretendemos reducir la violencia, enseñar respeto a toda persona y combatir el tráfico de drogas, si al mismo tiempo patrocinamos o miramos para otro lado ante lo que se muestra en las canciones de Bad Bunny o lo que dice La Comay?

Lo que se ha destapado con el último programa de La Comay puede resultar en algo positivo.  Debe provocar un proceso de introspección en cada un@ de nosotr@s.  ¿En qué medida este programa o las canciones de trap contribuyen a la sociedad que yo digo aspirar? ¿Por qué me tengo que quedar callada ante algo que no conduce a hacer de este un mundo mejor? Tanto Bad Bunny como Santarosa tienen la capacidad de transformar lo que hacen y mantenerlo dentro de los límites de lo que es aceptable.  ¿Por qué permitimos que sigan produciendo lo que no lo es? En la medida en que no somos capaces de cambiar esta realidad, somos responsables de lo que tenemos.

12 de octubre de 2020

 


viernes, 2 de octubre de 2020

Inspirada

 




INSPIRADA

Yo me crié en un hogar con un fuerte apego al Partido Popular y  en cierto sentido, la filosofía que allí imperaba es cónsona con mi personalidad.  Tiendo a ser de pensamiento liberal, con una fuerte ética personal y profesional y me disgustan las posturas  extremas, que no ponderan detalladamente las consecuencias de lo que se dice y hace.  Mi primer voto a los dieciocho años fue para Hernández Colón, bajo el régimen en aquél entonces de Luis Ferré que pese a su imagen de benefactor, permitió el inicio de un descalabro gubernamental que desde entonces ha ido de mal en peor.  Crecí oyendo los discursos de Don Luis Muñoz Marín y supe de sus luchas para sacar a Puerto Rico de la miseria, a través de los programas de industrialización, educación y desarrollo cultural.  Fue como la época de Camelot en Estados Unidos bajo John F. Kennedy.

Sobre el proceso del establecimiento del Estado Libre Asociado, nunca escuché en mi casa que fuera un  plan deliberado de Muñoz para engañar al pueblo.  No lo creía entonces y no lo creo ahora.  Que el gobierno de los Estados Unidos  tuviera un  interés oculto en que el pacto en realidad no lo fuera son otros veinte pesos.  El desarrollo de los últimos años ha puesto en evidencia que no hay tal pacto y que Estados Unidos no tenía intenciones de brindar una mayor autonomía a Puerto Rico.  Pero eso no lo vislumbraba en mis años de universidad, cuando los grupos independentistas en la YUPI llamaban momia a Muñoz, lo cual me molestaba y aún me sigue molestando.  Tal vez Muñoz no logró lo que hubiésemos querido, pero creo que obró de buena fe.

Mi papá fue servidor público de carrera y llegó a ocupar un puesto de confianza justo cuando ganó Ferré.  En aquél tiempo, los empleados de confianza renunciaban, no se quedaban atornillados, por lo que Papi, muy a su pesar, abandonó el servicio público por primera vez, aunque luego retornó.  Gran parte de la ética que aprendí, la aprendí de él, mucho antes de que existiera una Ley de Ética Gubernamental y lo puse en práctica durante mis 30 años como servidora pública de carrera.

Con el pasar del tiempo, vi cómo el servicio público se deterioraba cada vez más.  Trabajé bajo administraciones populares y penepés y sin lugar a dudas, las experiencias más nefastas fueron bajo las últimas.  Nunca me he podido identificar con el pensamiento penepé y estadista.  Siempre he tenido una conciencia clara de que Puerto Rico es mi nación, pero me disgustaron los estilos del Partido Independentista, con unos líderes que destilaban prepotencia.  María de Lourdes Santiago y Fernando Martín lo ejemplifican.

Con el paso del tiempo me fui desligando del Partido Popular, aunque nunca fui fanática.  Cada vez me desilusionaban más sus posturas y comencé a votar por candidatos independientes, como Vargas Vidot.  Una cosa tenía clara –no quería que bajo ningún concepto ganara el PNP, aunque soy consciente que hay sus honrosas excepciones.  Para las elecciones del 2012, no me entusiasmaba la candidatura de Alejandro García Padilla, pero era preferible a que ganaran Fortuño y Pedro Pierluisi.  Los resultados ya los sabemos.  Lo que no sabíamos es que el 2016 nos traería algo muchísimo peor.  El caso Ricky debe ser estudiado como un manual sobre cómo no cometer tantos errores en tan corto tiempo.  Y el problema es que el sistema está tan dañado, porque hay empleados populares y penepés que no llegaron precisamente por ser los mejores, que lograr reconstruir el aparato gubernamental fácilmente toma una década o más.

Decidir entonces a quién favorecer no es tarea fácil.  Pedro Pierluisi –alias Pedro El Breve tras su corta estadía en Fortaleza- está descartado de plano, así como César Vázquez con su mentalidad ultra conservadora.  En el Partido Popular ninguno de los candidatos que se presentó a a primarias me complacía del todo.  Los últimos traspiés de Charlie Delgado, pese a que me parece un buen ser humano, me producen vergüenza ajena. Lúgaro es una mujer brillante, con buenas intenciones, pero su estilo me parece demasiado impulsivo y un tanto arrogante.  Eliezer Molina es como una pistolita sin inscribir y entonces miro a Dalmau.

No voy a negar que me trabaja el discurso de “un voto para Dalmau u otros es darle la victoria al PNP” porque reduce las posibilidades del PPD, pero lo cierto es que Delgado no me parece el mejor candidato.  Aunque la posibilidad de que Pierluisi gane es real, lo cierto es que si gana Charlie no me parece que pueda llevar a cabo la transformación que él vislumbra.  Hay demasiados empleados populares en gobierno con una visión particular que van a tratar de imponer sus agendas y ni se diga de los grupos de penepés que torpedearán cualquier iniciativa de cambio.  Para lograr mover todo ese aparato gubernamental se necesita un líder que inspire y lo tristemente cierto es que Charlie no inspira.  Los otros que comparecieron a primaria tenían sus propios problemas, pero eso ya es académico.

He estado observando a Juan Dalmau y lo cierto es que lleva un mensaje coherente.  Ha dicho algo que tiene toda la lógica del mundo –hemos tenido gobernantes estadistas y la estadidad no está ni un ápice más cerca, así que el ridículo pensar que un voto por Dalmau es un voto por la independencia. Hace unos días hablaba yo con una amiga sobre cómo me sentía en torno a las primarias en el Partido Popular, con unos líderes que no inspiran, mientras que Juan Dalmau sí inspira.  Todas me han dicho que es el mejor candidato, pero que no va a ganar.  Caramba, si toda persona que piensa que es el mejor no vota por él, ciertamente no va a ganar.  Escuché a alguien decir que ya hemos votado por candidatos en los cuales confiábamos a medias y nos han fallado, así que por qué no intentar un candidato que a todas luces es el mejor. Si nos falla, ya tenemos la experiencia del verano pasado.

Mi voto para la gobernación será para Juan Dalmau, porque no puedo seguir escogiendo el menos malo, por temor a que gane el candidato PNP. Y si así ocurre, no me sentiré responsable, porque todo el mundo tiene la misma información que tengo yo. Cada quien que asuma su propia responsabilidad de si prefieren seguir votando asidos del miedo, en lugar de asidos de la esperanza, de la ilusión y el convencimiento de que se selecciona al mejor. Doña Inés decía con vehemencia ¡sin miedo! Yo digo que aun con miedo, tomemos una decisión a conciencia, por el bien de esta patria tan maltrecha e iniciemos el proceso de hacerla brillar como nueva.

2 de octubre de 2020

 

 

  


miércoles, 30 de septiembre de 2020

Dulce

 



DULCE RECUERDO

En estos días he estado un tanto nostálgica.  Recientemente escribí sobre mi cafetera vieja, lo cual me hizo evocar imágenes, sonidos, olores, texturas y sensaciones vinculadas al proceso de colar café.  Los recuerdos comienzan en la niñez y se extienden a lo largo de mi vida.  Una vez la cafetera que me acompañó por décadas culminó su ciclo de vida, decidí retirarla al tope del gabinete de cocina, donde coloco objetos decorativos o que rara vez uso.  Cuando miré en esa dirección descubrí que la casita de dulce no estaba.  Una vez me trepé en la escalera, pude ver que se había deslizado del borde irregular hacia adentro y por eso no la veía.  Con tristeza, vi que el techo se había roto. Probablemente se deslizó con los temblores de principio de año sin que yo me diese cuenta.

Con cuidado, descendí la escalera con la casita en mis manos, teniendo la precaución de que no se fuera a caer.  La casita es un envase de cerámica que simula las famosas construcciones de dulce tan evocadas en los cuentos infantiles –un objeto barato, sin mucha sofisticación, que todavía dice en el fondo Made in Japan.  El fondo muestra que se cuarteó un poco y el techito que hace las veces de tapa evidencia que esta no fue la primera vez que se rompió y ya había sido reparado anteriormente.  Afortunadamente, tenía remedio, así que lo volví a pegar y contemplé la casita con satisfacción.  En el proceso, vinieron a mí los recuerdos.

Esa casita fue un regalo del Día de las Madres que mi papá me acompañó a seleccionar,  No puedo recordar la tienda – tal vez Gem o Woolworth’s, que eran las tiendas de objetos baratos.  Para ese tiempo teníamos limitaciones económicas que le pondrían trabas al presupuesto de Papi, pero yo no distinguía entre un objeto sin abolengo hecho en Japón de un Lladró. Dicho sea de paso, nunca me han gustado los Lladró. La casita estaba en una tablilla de cristal a mi alcance –tendría yo unos cinco años y cuando la vi, supe que era el regalo perfecto para mi mamá, quien solía hacer dulces que muy bien cabían en ella, como mantecaditos o besitos de coco.  Mi mamá ya no está, pero esa casita se he quedado conmigo y encierra todo un mundo de recuerdos.

Una vez arreglé la casita, se me pegó un antojo de hacer mantecaditos, pero tenían que ser con la receta original, que está en el libro Cocine a gusto, el cual también se ha mudado conmigo a todos los lugares que he vivido y está mucho más maltrecho que la casita, debido al uso intenso.  Todavía lo uso de vez en cuando, sobre todo cuando quiero hacer una receta de nuestra rica tradición culinaria, así que acudí a él en busca de la receta de mantecaditos.  Después de todo, ellos fueron la inspiración para comprar la casita.

Hacía años que no hacía mantecaditos, por lo que no recordaba la receta, aunque sí el hecho de que la versión original llevaba manteca de cerdo.  Las últimas veces que la hice, la hice con manteca vegetal, pero esta vez quería entrar de lleno en el recuerdo, así que decidí hacerla con manteca de cerdo.  Para los tiempos en que mi mamá los preparaba, la marca de la manteca era El cochinito y el empaque era rectangular, de cartón, aunque había otros tamaños en otros envases.  El paquete semejaba los empaques de la mantequilla en barra y tenía un papel encerado, del cual Mami separaba la porción que fuera a usar.

Con tristeza comprobé que ya no existe la marca El cochinito.  Me tuve que conformar con un tarro de manteca Goya, pero es manteca de cerdo -la mera, mera esa que es como el anticristo para los cardiólogos y ni se diga de los vegetarianos, veganos et al. Probablemente no vuelva a hacer mantecaditos en buen tiempo, por lo que no creo que media taza de manteca para toda la receta me vaya a producir un daño adicional al que  ya hayan hecho las morcillas, perniles y cuerito que he consumido en esta vida.

Para completar la lista de ingredientes, necesitaba grageas –esas bolitas de colores que se usan para decorar dulces y que Mami colocaba encima de los mantecaditos como una corona de joyas preciosas.  Pues no había grageas – lo que había era azúcar con color.  Me vi tentada pero no – los mantecaditos tenían que quedar como los que hacía Mami.  Fui a otro supermercado y no encontraba las dichosas grageas, que venían en un frasco de cristal finito.  Seguí mirando y finalmente vi que una compañía que creía española, las empaca en sobres plásticos.  La compañía no es española, sino que fue fundada por un cubano que se estableció en la Florida, pero esa es otra historia.  El punto es que conseguí el ingrediente que me faltaba para hacer los mantecaditos.

Esta mañana finalmente preparé la ansiada receta, la cual probé y quedó tal y como la recordaba.  Mientras la hacía, pensaba en todas las veces que Mami hacía postres o dulces para agradarnos a Papi y a mí, además de vecinos y allegados.  De momento pensé que este ejercicio era  un acto amoroso que de cierto modo dulcificaba su recio carácter, que después de todo, es lo mismo que yo hago.  Mami, entre otras formas, me expresaba su cariño a través de estas dulces creaciones, las que tal vez endulzaban su propia vida de carencias en la niñez y posterior enfermedad.  Esas creaciones de algún modo reciprocaban el amor que le profesaba mi papá – un amor que parecía coronarse con los toques de algo tan sencillo como unas grageas de colores - insignificantes para algunos, pero que para mí, coronan el dulce recuerdo que afloró por medio de una sencilla casita de dulce.

30 de septiembre de 2020

 

sábado, 19 de septiembre de 2020

Luz

 





LUZ INTERMITENTE

Un día como hoy hace tres años, terminaba los preparativos en mi apartamento para refugiarme en la casa de mi prima Socorrito ante el paso del huracán María.  Estaba extenuada de tanto reforzar puertas y ventanas en un ejercicio que parecía fútil ante el poderío que se anunciaba tenía este huracán.  Tenía mucho miedo, porque durante el huracán George permanecí sola en el apartamento y contemplé horrorizada cómo las puertas corredizas de cristal, a pesar de las tormenteras, se inflaron como un globo con los vientos y todavía me pregunto cómo resistieron.  No me quería quedar aquí a probar mi suerte. Terminé los preparativos y me fui, rogando a Dios que cuidara mi espacio.

Esa noche comenzó la lluvia y algo de viento. Nos retiramos a dormir y de madrugada arreciaron los vientos.  Mis recuerdos son como retazos de imágenes y de sentimientos – miedo, ansiedad, preocupación. Y ni se diga el angustioso trayecto de regreso a casa el día después del huracán, cuando pude ver los destrozos en el camino.  Mi mente imaginaba mi apartamento con puertas y ventanas derribadas, lo cual afortunadamente sólo fueron imágenes producto de la ansiedad.  Tristemente, no todo el mundo corrió la misma suerte.

Recuerdo los relatos en la radio, de gente llamando desesperada preguntando por el paradero de sus familiares o solicitando ayuda.  Yo estaba a salvo –tenía techo, comida y agua almacenada.  El agua tardó dos semanas y media; a luz 41 días en retornar, que es muchísimo menos que los meses que tuvieron que esperar miles de puertorriqueños.  Y poco a poco fuimos descubriendo el horror que dejó María con su furia y el que develó por la incompetencia e insensibilidad del gobierno, empecinado en negar lo que era evidente: había miles de personas que fallecieron a causa de la falta de acción gubernamental.  Hubo gente que hasta tuvo que dejar a sus muertos en un auto o vivir con el horror de saber que estaban sepultados en el interior de una vivienda, cubiertos por un alud de lodo.

María nos dio lecciones a todos –lo malo es que unos pocos que estaban en el poder no fueron capaces de aprender.  Todavía hoy hay gente que vive bajo los toldos azules que tardaron semanas o meses en llegar.  El sistema eléctrico que se anunció como robusto y listo para afrontar esta nueva temporada de huracanes es un chiste de mal gusto. Yo sufro las intermitencias del sistema dos o tres veces a la semana.  Justo el miércoles, cuando llegué a casa con mis tripas clamando por alimento y comencé a preparar el almuerzo, puf! se fue la luz.  Tras esperar unos minutos, recurrí a mi estufita de gas de una hornilla, que es ridículo, porque se supone que es para emergencias.  No puedo imaginarme las peripecias que tienen que hacer los padres que ahora hacen las veces de maestros y acceder al internet, con este servicio intermitente en los lugares que puede haberlo, porque hay otros que ni rastro.

Mi estado de ánimo está tan intermitente como el servicio de energía eléctrica –por momentos me siento esperanzada en que habremos de salir adelante y que la mayoría se ha dado cuenta de todos los engaños y cuentos fatulos; por otros todavía veo gente justificando lo injustificable y tengo que echar mano de ese tenue hilito de esperanza al que me he aferrado tantas veces, sin soltar la voluntad de hacer mi parte para lograr salir de este marasmo.

19 de septiembre de 2020

 

martes, 15 de septiembre de 2020

Homenaje

 





HOMENAJE A MI CAFETERA

No sé exactamente desde cuándo la tengo, pero ha estado conmigo por más de 30 años.  La adquirí en una ferretería de esas que venden un poco de todo, sobre todo artículos de los que ya no se usan.  Es más, ya casi no existen esas ferreterías.  Cuando mi mamá falleció hace 47 años, yo permanecí viviendo en la modesta casa de clase media en la urbanización Country Club, primero con mi papá y luego con el que fue mi esposo.  Gran parte de los objetos que pertenecían a ella pasaron a ser míos, incluyendo una cafetera de aluminio que eventualmente se estropeó y dio paso a la que tengo ahora, que es idéntica a la original.

La imagen de esa cafetera me ha acompañado desde la niñez, cuando observaba a mi mamá colar el café que disfrutábamos los tres –un café fuerte, oloroso.  Papi solía tomarlo negro, casi siempre en las noches, acompañado de un cigarrillo. Mami y yo lo tomábamos con leche.  También solía prepararlo para llevar en un termo cuando íbamos a los juegos de pelota en el parque Hiram Bithorn y los espectadores que estaban sentados cerca a nosotros suspiraban cuando Mami abría aquel termo largo con diseño a cuadros rojos y negros, para servir aquel café que olía exquisito y podía escuchar las exclamaciones: ¡Ave María, que rico huele ese café!, o un simple ¡ummmm!

La cafetera original viajó con nosotros a todas las casas que vivimos y sospecho que ya había viajado antes de yo conocerla.  De Country Club nos mudamos a Vega Baja, a Manatí y luego de vuelta a Country Club, debido a los trabajos que Papi tuvo por un tiempo. Tras la muerte de Mami, la cafetera se quedó conmigo allí y luego me acompañó a la casa de Dos Pinos que compramos mi ex y yo, tras la venta de la casa de Country Club.  Me arrepiento de muy poco, pero vender la casa de Country Club es de esos pocos arrepentimientos, pero esa es otra historia.

Luego de  mi divorcio la cafetera -de marca Comet- me acompañó al pequeño apartamento que alquilé, porque no podía costear la casa de Dos Pinos ni mi ex tampoco, así que la casa se vendió sin que sobrara nada, porque todavía se debía gran parte de la hipoteca.  Mi papá decía que mi matrimonio no lo constituía una sociedad legal de gananciales, sino de “perdiciales”, pero esa también es otra historia.  Tras su muerte, me mudé al apartamento que vivo ahora.  No puedo recordar si ya tenía la versión sustituta de la original –creo que sí.

Lo cierto del caso es que la cafetera sustituta es exactamente igual a la original.  Hasta tiene el mismo sonido cuando choca con otros trastes y la tapa tiene un tornillo un poco suelto, por lo que hace un sonido como de maraca cada vez que la coloco o la remuevo de la porción donde se le echa el agua y ni hablar del alboroto que hace cualquiera de sus partes cuando cae al suelo y termina con las abolladuras que exhibe, evidencia de su tránsito por mi vida.  Esta cafetera demuestra que se ha usado consistentemente, a diario, para producir el café que tomo en las mañanas y a veces en las tardes.  Es una cafetera tan sencilla que me produce gracia cuando he tenido que explicar cómo se usa a quienes he abordado en busca de otra para reemplazarla.

Que conste, que no la reemplazo porque esté buscando una moderna.  Yo quería una igual, pero lamentablemente, ya no existen, al menos en los lugares que he buscado.  Me lancé en esta aventura en busca de la sustituta, por lo que acudí a amistades en las redes, para lo cual tenía que explicar cómo funciona la cafetera, que en  realidad, es cómo funciono yo con la cafetera, porque ella en esencia permite que el agua que se pone a hervir aparte, pase a través de la porción superior, se deslice sobre la porción del medio que contiene la harina de café y termine en la porción inferior.  Salvo el concepto de gravedad, no tiene nada de ciencia.  Lo que tiene es  ese toque de magia que le pongo yo, al echar una cantidad de café que es algo indeterminada en la porción del medio y al hacerlo ignoro por completo las marcas de medida que tiene.  Es algo así como más de la mitad, pero menos de ¾.  Lo mismo ocurre con el agua.  Es llegar  casi, pero no del todo, a la mitad de la primera línea que aparece como medida.  Con el paso del tiempo, el interior del envase ha creado su propia marca, que es una sombra –no una línea- que evidencia hasta donde debe llegar el agua para hacer el café como me gusta.

Todo este detalle no es una regla fija.  Hay harinas de café cuyo molido es más grueso, por lo que si uso las mismas medidas sui generis puedo terminar con un café aguado, que no es mi gusto, así que eso me obliga a reajustar la técnica.  Vamos, que dominar este artefacto me ha tomado años y en el proceso llegué a tomarle afecto. Una mañana noté un charco debajo de la cafetera, como si se estuviera desangrando.  La cafetera dio su último suspiro a través de las perforaciones en la parte inferior.  Intenté salvarla, pero no tenía remedio.  Su vida útil llegó a su fin y ahora le toca descansar.

Tengo una cafetera nueva que me regaló mi prima Socorrito.  Es italiana y roja, lo que me hace pensar que necesito color en mi vida, que se estaba tornando un poco como mi amada cafetera –valiosa, con experiencia, pero predecible. Ahora tengo que aprender el punto exacto de esta nueva cafetera -dónde es que resulta suficiente café; hasta donde debo echar el agua que ahora no baja, sino que sube.  Hay algo más de ciencia, pero todavía es un artefacto que no requiere electricidad y que me ofrece un cierto grado de intervención en el proceso.  La otra cafetera -mi viejo y fiel cometa- estará disfrutando del merecido retiro en la parte de arriba del gabinete, observando que la nueva cafetera complazca a su dueña actual.



15 de septiembre de 2020