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Este blog tiene el propósito de compartir mis ideas que estoy segura son las de muchos. Escribo sobre lo que me enternece, lo que me intriga, lo que me indigna o lo que me divierte. No me impongo fechas límite -escribo cuando quiero. El lector también puede elegir -hay relatos mas extensos, otros mas cortos. Entre cuando quiera. Vivo orgullosa de quien soy, de donde vengo y hacia donde voy, aunque no sepa como llegar... La imagen que lo acompaña es El Laberinto, de la serie Mandalas de Procesos, de Thalía Cuadrado, psicóloga clínica y artista, que me honra con su amistad. Me pareció apropiado para acompañar este blog sin dirección, porque son muchas las veces que me he sentido en un laberinto. Afortunadamente, siempre salgo…

domingo, 5 de febrero de 2023

Entretenida

 



ENTRETENIDA

Hoy leí algo que me hizo pensar en qué consiste el entretenimiento.  Una se entretiene cuando encuentra algo placentero, divertido, que le hace pasar el tiempo de manera agradable.  Si tiene dudas, busque la definición en el diccionario de la RAE. A mí me entretiene leer, como por ejemplo la columna de Luis Rafael Sánchez de hoy domingo,  una novela de Ildefonso Falcones, columnas de Cezanne Cardona y vamos, que de vez en cuando me entretengo leyendo algún chismecito de farándula, como las recientes aventuras de Shakira tras el épico episodio de cuernos.

Me entretiene el buen teatro, el buen cine, como la más reciente película protagonizada por Tom Hanks, sobre un hombre llamado Otto, un gruñón que nos hace pensar en nuestras propias conductas antisociales, porque confieso que de vez en cuando se me sale ese aspecto gruñón que lucho por dominar y que a veces se impone, como cuando tengo que lidiar con el servicio de Claro. Disfruto también de comedias románticas simples, predecibles, de esas que no hay que pensar mucho y de series detectivescas. Me entretiene la buena música, ya bien sea música popular -  Chucho, Ednita, Gilbertito, Juan Luis Guerra, o la clásica, Beethoven Tchaicovsky, con intérpretes como Yo Yo Ma, Joshua Bell y por supuesto, Pavarotti.

Me entretiene cocinar.  Siento un placer enorme cuando confecciono un plato común – arroz blanco con revoltillo de bacalao, corned beef, garbanzos con patitas, tostones, arroz con gandules y me queda tan rico que no puedo resistir la tentación de servirme otra ración.  Siento el mismo placer cuando confecciono platos más sofisticados, como la Tarte Tatin que hace poco preparé por primera vez y llevé a una reunión con amistades.  Me deleito explorando nuevas recetas para incorporar a mi archivo culinario y pocas cosas me proporcionan tanta satisfacción como saber que de mis manos ha salido algo que puedo compartir con otr@s y hacerles la vida un poquito más sabrosa.

El deporte no es lo mío.  Veo una que otra competencia de pista y campo cuando compite uno de los nuestros, algún partido de baloncesto – como cuando participaba el famoso Team Rubio o la emocionante victoria de Mónica Puig en las olimpiadas.  Me mantuve pendiente de los partidos del reciente mundial de fútbol, más por los jugadores claves, como Messi y los países participantes con quienes siento afinidad.  Lamenté la derrota de Senegal, porque siempre tengo un espacio en mi corazón para el underdog y mi identificación con el África que aun no he descubierto en qué porcentaje, pero que definitivamente, me habita.  Por el afecto a los países también lamenté la derrota de Brasil e Italia y del mismo modo, celebré la victoria de Argentina, país más cercano a nosotros en cultura y costumbres que Francia, con todo y lo que amo su idioma y gastronomía.

No me entretiene nada que implique burlarse de otr@s y mucho menos, hacerles daño.  Por eso quedé de una pieza cuando leí un párrafo de la reseña de la pelea de anoche de Amanda Serrano que aparece en la versión digital de El Nuevo Día, en la que alude a la decisión de los jueces tras la “sangrienta reyerta debido a una herida en la cabeza  de la azteca”.  Dice, para mi asombro, que “dos jueces vieron el entretenido pleito…”  Cada quien se entretiene con lo que le parezca, pero para mí hay algo que no anda bien en una sociedad que se entretiene viendo a dos seres humanos entrarse a golpes hasta que un@ quede desfallecid@.  En algunos casos han quedado con severo daño cerebral y en  los peores, hasta sin vida.  No, no me entretiene.

5 de febrero de 2023

lunes, 30 de enero de 2023

Enmascarada

 


ENMASCARADA

Ayer fui a la farmacia y mientras esperaba mi turno para recoger una receta, se acercó una mujer sin mascarilla, con una bufanda.  Me preguntó –presumo que porque yo sí llevaba mascarilla, si en el recetario exigían el uso de la mascarilla.  Le contesté que a la entrada hay un rótulo que indicaba que el uso de ese artículo era necesario y no quise añadir que además del rótulo, hay una ilustración, por si la persona no se percata.  Me dijo que si acaso, se cubriría con la bufanda si le requerían el uso de la mascarilla.  No dije nada, pero al rato me hizo otro comentario y quise ser lo más diplomática posible, por lo que le dije pues yo me pongo la mascarilla por mí y por los demás, porque yo podría ser asintomática y contagiar a otra persona.  La mujer no dijo nada, pero yo me quedé incómoda con el diálogo que acababa de sostener.

No deja de sorprenderme hasta dónde llega esta actitud casi infantil de algún@s de no quererse poner la mascarilla.  Ni los artículos escritos por prominentes científicos, ni el aumento en la tasa de contagios y mortandad les conmina a usar este artículo para su propia protección.  Porque –a ver- a las farmacias y a los consultorios médicos van cientos de personas enfermas, por lo que la posibilidad de contagiarse de COVID, influenza o hasta de una monga rompehuesos aumenta.  Y ni siquiera entro en el issue de quienes no creen en la vacunación, porque esos son otros 20 pesos, pero caramba, si no nos ponemos la mascarilla porque pensamos que somos invencibles, pensemos en la posibilidad de ser asintomáticos –que seamos como Superman, pero que tengamos la posibilidad de contagiar a alguien con las defensas bajas –a ancianos o niños.

Yo estoy vacunada hasta el ñu, pero soy consciente que aun así podría contagiarme.  Por eso aumento mis precauciones en sitios de aglomeración, usando mascarilla.  No podría vivir con el sentido de culpa si por un capricho mío alguien más débil que yo enferma de gravedad o muere.  Desde que comenzó la pandemia no me ha dado ni un catarro.  Me sigo cuidando, porque esas son las recomendaciones de la comunidad científica.  Si usted no cree en eso y además cree en las teorías conspiracionales de que todo es un complot del gobierno en contubernio con las farmacéuticas, allá usted, pero guarde distancia.  Mientras tanto, yo seguiré usando mascarillas, preferiblemente en combinación, aunque no sean de diseñador como las de Wanda Vázquez.

30 de enero de 2023

miércoles, 28 de diciembre de 2022

La magia de la Navidad Boricua

 






LA MAGIA DE LA NAVIDAD BORICUA

Nunca había pasado Navidad fuera de casa.  Este año recibí un mensaje de un amigo que vive en la Florida y lo sentí muy nostálgico, muy solo.  Nuestra amistad data de más de 20 años y nos hemos visitado en distintas ocasiones; el año pasado lo visité para Acción de Gracias.  Alrededor de esa fecha este año hablamos de que no hicimos planes y a los pocos días me envió una “oferta” de pasajes para pasar Navidad con él.  Me lo imaginé solito, sin familia cercana en una época tan significativa y me sobrepuse al pánico inicial de pasar Navidad en un país frío –sin lechón, sin pasteles, sin coquito, sin música Boricua y decidí que llevaría parte de la Navidad conmigo.  Me sobrepuse también a mi reticencia a volar por una línea aérea con una pésima reputación y comprobé que la supuesta ganga no era tan ganga, porque cobran extra por todo.

Le envié una lista a mi amigo para que comprara el pernil y los ingredientes que yo no pudiera llevar para preparar arroz con gandules, el majarete y el coquito.  Le pedí que consiguiera tamales guatemaltecos que sustituirían los pasteles, porque me resigné a una cena de Nochebuena sin pasteles.  Según se acercaba la fecha, contemplaba con horror que justo para la fecha de mi salida, se pronosticaban temperaturas mega frías, aun para la Florida.  Descarté llevar varios cambios de ropa, porque solo llevaría una maleta pequeña en cabina –que también me cobraron- porque la ropa abrigada ocupa más espacio.  Llevé un pilón para poder preparar el adobo del pernil y harina de arroz, porque no sabía si la conseguiría por allá.  También llevé café de Puerto Rico, para que mi amigo tuviera algo especial en las mañanas.

Uno o dos días antes del viaje pedí oración a Unity para que mi viaje tuviera los menos contratiempos posibles y ese día me preparé para el frío pelú que anticipaba, ataviada con un conjunto de corduroy que no usaba hace años, botas y bufanda.  Para mi sorpresa, el vuelo salió a tiempo y hasta llegó 20 minutos antes de lo esperado.  Mi amigo me fue a recoger y llegamos al apartamento ya listos para dormir porque eran casi las once de la noche – es decir, las 12 de la medianoche de acá.  Al otro día me levanté temprano, para hacer el café.  Miré por la ventana y divisé un paisaje gris, con unos pájaros blancos caminando al otro lado del canal que está detrás del apartamento.  Decidí buscar en Youtube un disco de Danny Rivera que siempre pongo para Navidad – Ofrenda- y puse la canción Ponle por nombre Jesús.  Se me formó un taco en la garganta y unas lagrimitas amenazaban con salir.



Me intrigaba cómo era posible que yo me sintiera tan nostálgica con sólo pasar unas horas fuera de mi islita y me preguntaba cómo se sentirían todos los puertorriqueños que pasan años fuera de casa, sintiendo en carne propia lo que dice ese poema hecho canción: Mamá Borinquen me llama; este país no es el mío; Borinquen es pura flama y aquí me muero de frío.  En ese instante, sentí dentro de mi toda esa angustia de los miles de puertorriqueños que viven lejos de su patria con tan sólo estar unas horas navideñas lejos de mi tierra adorada.  Me sacudí un poco la nostalgia y comencé a preparar el majarete, al son de las canciones de Danny.  Rebusqué en los gabinetes, pero como sospechaba, no había caldero, así que usé una olla de porcelana, rogando que no se pegara y se lo encomendé a Dios.  Quedó perfecto. 

En el proceso de rebuscar ollas, sartenes y otros implementos en una cocina ajena y para colmo, de un hombre que no cocina, me topé con unas cacerolas como las que tenía mi mamá y que yo heredé,  Al voltear una de ellas, en efecto, era marca Flint.  En ese momento sentí que me conectaba con una generación de mujeres – unas de Puerto Rico y otras de Guatemala, para quienes cocinar es una ofrenda de amor y me siento orgullosa de ser parte de esa herencia culinaria. 




Preparé el coquito y me sentía más calmada.  Mi amigo tenía que salir por varias horas a un compromiso de trabajo, así que pensé adobar el pernil, pero me faltaban los ajos, por lo que tuve que esperar a que él regresase, para comprar lo que faltaba.

Un amigo de él había quedado en tratar de conseguir los tamales pero no había señales ni de uno ni de lo otro, así que me estaba resignando a que no habría pasteles ni facsímil razonable. Salimos a comprar lo que faltaba, adobé el pernil y luego salimos a cenar sushi, porque mi amigo adora el sushi tanto como yo.  Tuvimos que esperar bastante, porque el restaurante estaba lleno, así que salimos al exterior por lo que experimentamos otra dosis del frío pelú.  La espera valió la pena.  Disfruté de variedades de sushi, de sashimi, de ostras – en fin, un banquete para alguien como yo, que adora todo lo que provenga del mar y los sabores orientales. Al otro día – Nochebuena- decidí llevarle majarete y un poco de coquito a la vecina, porque mi amigo me dijo que era puertorriqueña.  Yo no la conocía, pero esta tradición de compartir platos en Navidad está tatuada en mi alma.  Toqué a la puerta de la dulce señora, me identifiqué como la amiga Boricua de su vecino y le entregué una ración de majarete y un poco de coquito.  Me invitó a pasar, pero decliné y regresé pronto al apartamento porque estaba en pantalones cortos y el frío mordía.

Un rato después sentimos que alguien tocaba a la puerta y era la vecina, con una bolsa.  El interior contenía toda la magia de la Navidad Boricua y la magia de lo que es dar y recibir.  Allí adentro había dos yuntas de pasteles.  En ese momento, se me aguaron los ojos, la señora nos dijo que los había preparado ella misma y hasta me echó la bendición. Emocionada, le di un beso.  Lo que ella y yo habíamos hecho es precisamente la esencia del puertorriqueño: dar con alegría de lo que tenemos, sobre todo en una época como esta.  Lo hacía mi mamá, mis tías; lo hago yo y lo hacen tantas mujeres que en esta época confeccionan platos tradicionales, como muestra de afecto.  Un obsequio así vale más que cualquier objeto comprado en una tienda.

Más tarde disfrutamos de la cena Boricua en la Florida, con la temperatura afuera en los 44˚.  El pernil, que preparé en la bolsa que llevé desde Puerto Rico, quedó tierno y jugoso.  No había cuerito, pero ya era demasiado pedir.  El arroz con gandules quedó muy bueno, con sazón que llevé de Puerto Rico y pedazos de la carne del pernil.  Los pasteles,  el complemento perfecto.  El majarete de postre culminó la cena que representaba la esencia de una Navidad Boricua.  Al interior de ese apartamento en la Florida, con un frío ajeno a nuestras navidades, celebramos una Navidad que había brotado del corazón y se trasladó de nuestra islita a un estado que suele celebrar la Navidad de una forma muy distinta.

Para completar la magia, el día de Navidad recibí un regalo inesperado de mi amigo, que me sorprendió y sé que iba cargado de cariño sincero.  Más tarde, recibió un mensaje de su amigo anunciándole que había conseguido tamales, así que ese sería nuestro desayuno del día siguiente.  El círculo estaba completado.  Tuvimos pasteles y también tamales.  Cuando los fuimos a buscar, decidí llevarle algo de majarete al amigo que gestionó que tuviéramos los tamales, para continuar con la tradición.  Él nos dijo que su cuñado era puertorriqueño, por lo que se pondría muy contento.

Mi visita se aproximaba a su fin. Cenamos en un lugar tailandés y regresamos temprano, porque al otro día debía estar en el aeropuerto a las 6 am, por lo que a las 5 am fuimos a desayunar a un diner tradicional americano, lo cual me hizo recordar una serie norteamericana de los años 80 que se desarrollaba en un diner. Llegué al aeropuerto a la hora requerida y nuevamente para mi sorpresa, el vuelo salió a tiempo.  Tenía que hacer una conexión y ese vuelo se retrasó dos horas.  Ya de vuelta en casa, veo las noticias de los vuelos cancelados, de las terribles nevadas y hasta muertes a causa del clima y me doy cuenta de cuán bendecida he sido durante este viaje.  Mi oración fue contestada.  Llevé conmigo la Navidad Boricua a la Florida y la tendré siempre en mi corazón, no importa dónde vaya.

Muchas felicidades a tod@s en esta época mágica.

28 de diciembre de 2022

viernes, 9 de diciembre de 2022

El sello

 



PÓNGALE EL SELLO

Una de las cosas que más me molestaba mientras estuve empleada, era el silencio que recibía a muchas de mis comunicaciones.  Llamadas que no me contestaban, memorandos que requerían algún tipo de acción, o conversaciones que quedaban inconclusas.  Me ocurría también a nivel personal, con varios casos del llamado ghosting tras una cita que parecía haber sido exitosa, pero que luego se convertía en un acto de desaparición que me dejaba perpleja.  En el caso de estas últimas, salvo un ego magullado, no había mayor trascendencia, ya que se trataba de una relación efímera en la que no había obligación alguna entre las partes.  En el ámbito laboral, sin embargo, un(a) servidor o servidora públic@ tiene un deber de desempeñarse de forma respetuosa y atender con diligencia los asuntos ante su consideración.  No estoy familiarizada con el mundo de los negocios, pero presumo que existen unos códigos – escritos o no- de cómo conducirse.

Hace unos años me encontré con un amigo de mi papá y hablamos de un amigo mutuo que estaba muy enfermo. Le comenté que yo había ido a verlo al hospital y él me dijo que no podía verlo, porque no soportaba verle en tan mal estado.  Me fui triste, pensando en cómo se sentiría el enfermo a quien su amigo no fue a visitar.  Evidentemente, mi interlocutor no sabía cómo manejar sus emociones y por ello, decidió no visitar a aquél que quizás tenía una gran necesidad de recibir la visita de un amigo en lo que tal vez, como en efecto lo fue, serían sus últimos días.  El incidente me hizo reflexionar sobre las razones que tenemos los seres humanos para evadir situaciones incómodas.

En el ámbito laboral me di cuenta que en la mayoría de los casos, mis memorandos o llamadas permanecían sin contestar porque quien debía responderme había fallado y en lugar de actuar para corregir la situación, optaba por callar y hacer como si nada estuviera pasando, lo cual, obviamente, complicaba más el asunto.  Cuando el asunto afectaba mi oficina, seguía escribiendo aunque el silencio imperara no ya para obtener respuesta, sino para el récord.  El nivel de frustración que experimenté contribuyó grandemente a mi decisión de retirarme, pese a que todavía pude haber aportado varios años más.  En otras ocasiones, el silencio obedecía a que la persona que recibía el memorando no sabía qué rayos hacer, por lo que no hacía nada, así que el resultado era el mismo -el asunto permanecía sin resolverse.

Para aquéll@s que piensan que la empresa privada funciona mejor que el gobierno, una experiencia reciente demuestra que este mal que afecta la comunicación habita en todos lados.  Hace tres semanas le escribí a la sección de mensajes de la página de Facebook del arroz Sello Rojo, porque tras tres intentos de preparar el arroz me di por vencida, ya que siempre quedaba duro.  Hacía años que no lo compraba, pero recuerdo aquéllos anuncios de las aventuras del Granito Sello Rojo y la Habichuelita Colorá. Tenían un jingle pegajoso que terminaba con la frase fijése bien que sea Sello Rojo. Guiada un poco por la nostalgia y otro poco por la posibilidad de que algunos paquetes de arroz se escaparon del proceso de control de calidad, les escribí para alertarles de la situación.  Es de notar que el empaque dice claramente “Hecho en Puerto Rico”, cosa que es parcialmente cierta, ya que el arroz no se cultiva aquí, sino que llega no sé en qué forma y sufre no sé qué procesos aquí, que lo cualifican para que pueda exhibir ese sello.  De hecho, el empaque dice claramente: Origen:India.  No tengo ningún problema de que el producto venga de la India y que aquí se le hagan modificaciones.

Me enviaron un mensaje de esos automáticos, indicando que se comunicarían conmigo.  Al otro día, me enviaron un mensaje en el que me pedían mi teléfono, foto del empaque y lugar de residencia, lo cual envié.  A los tres días me indicaron que habían referido la información a Servicio al cliente y que pronto se comunicarían conmigo. De eso han pasado más de dos semanas.  Parece que la definición de “pronto” de ellos es distinta a la mía.  No espero que me respondan de inmediato, pero dos semanas es algo excesivo para un asunto sencillo: un arroz que no se cocina bien.  ¿Es un cargamento que se dañó? ¿Es que tienen un suplidor nuevo?  Y si toma tiempo investigar ¿no pueden decir que están investigando y que me dejarán saber?

Ahí no queda todo.  Al ver que no me contestaban, escribí a Hecho en Puerto Rico, que según la página web es una asociación cuya misión es proteger y promover la manufactura y los servicios hechos y ofrecidos por empresas cuya base de operación es en Puerto Rico. Les escribí  el 1ro de diciembre a través de mensaje e indiqué que me preocupaba que una marca de arroz que exhibe el sello de Hecho en Puerto Rico  tuviese un producto de calidad inferior, lo cual afecta la imagen de nuestros productos, solicitando se investigara. Me contestaron que enviara un correo electrónico, o llamara a un número, lo cual me parecía sin sentido, ya que les incluí toda la información, pero envié el correo electrónico hace tres días.  No llamé porque no quiero que me pasen de teléfono en teléfono a ver quién me atiende.

Me doy por vencida.  He tratado de darle oportunidad a la empresa de que expliquen por qué el arroz no se ablanda.  Puede ser un cargamento que salió dañado o que se trata de un nuevo suplidor.  Yo qué sé.  Lo que sé es que parece no importarle que el nombre de su producto quede en entredicho.  Si alguien no responde a sus cuestionamientos póngale el sello que no sabe cómo abordar el asunto o sabe que no actuó como se supone y prefiere darle largas al asunto.  Y aquí no se trata solo del arroz.  Se trata de todo un sistema que no sabe cómo afrontar las crisis que se pretenden ignorar.  Ahí están los alcaldes de Ponce y Cayey, protagonistas del último episodio de reputaciones manchadas.

Mi mayor activo es mi nombre.  Tuve un extraordinario ser humano como padre y cuido mucho que no se asocie con algo incorrecto y si cometo errores, busco la manera de enmendarlos.  Lamentablemente, en los últimos tiempos hay una tendencia a  tratar de barrer los problemas debajo de la alfombra y se olvida que tarde o temprano toda acción tiene consecuencias.  Con respecto al arroz, me aseguraré de no comprar Sello Rojo.  En cuanto a los alcaldes, vivo en San Juan, así que tengo otros issues con qué bregar, pero en términos políticos, hace tiempo que el pueblo perdió la confianza en la clase política en general y peor aún, como yo con el arroz, se dio por vencido.

9 de diciembre de 2022

 

 

lunes, 28 de noviembre de 2022

Nevera o computadora

 



¿NEVERA O COMPUTADORA?

Tal vez hayan leído sobre mis aventuras neveriles, motivadas por la explosión que gracias a LUMA sufrió mi nevera, una veterana de 30 años.  Quería una nevera que se asemejara lo más posible a la anterior: que fuera blanca, con el congelador abajo -de puerta, no gaveta- y que no fuera controlada por computadora.  De todos los requisitos, lo único que logré fue que tuviera el congelador abajo.  En cuanto a la marca, la asocio más con tabletas, televisores o teléfonos celulares que con neveras: Samsung.  Mientras iba resignándome a no poder tener lo que quería, iba reajustándome, como un sistema de GPS que re calcula  la nueva ruta cuando me pierdo –que es a menudo.  Hice la compra a principios de octubre y todavía me estoy acostumbrando a la nevera nueva, tratando infructuosamente de no echar de menos la otra.

Luego del almuerzo de Acción de Gracias, hubo, por supuesto –sobras.  Lascas de pechuga de pavo, flancocho, relleno, arroz, gelatina de arándanos y mitad de una lata de calabaza majada que coloqué en una bolsita plástica algo tri-li-lí. Error. En un momento que abro la nevera contemplé con disgusto que parte del líquido se había deslizado fuera de la bolsa y se fue colando entre el cristal y el marco de la tablilla de la nevera que sostiene a su vez las gavetas de vegetales. Sabía que  tendría que dedicar parte de mi relajada mañana dominical a limpiar esa tablilla, porque de lo contrario se convertiría en un pegoste imposible de remover, que desluciría la flamante nevera nueva.  Decidí intentar terminar de leer el periódico antes de enfrentarme a la tarea que todavía no sabía cuán complicada sería, pero algo me decía que no la pospusiera.  Ya lo decía mi mamá: “camino malo se anda ligero”.

Lo primero era sacar las dos gavetas que se sostenían de la pegosteada, o como diríamos emplegostá  tablilla, para lo que se requería también sacar dos tablillas de los laterales que en efecto son las dos puertas.  Ya ahí me lamenté de no tener mi treintañera, que sólo tenía una puerta.  Resignada, comencé a colocar las gavetas y el contenido de la tablilla encima del mostrador, que quedó cubierto por una variedad de productos.  Tremendo revolú y todavía faltaba remover la tablilla, para lo que necesitaría colocarla encima de la mesa del comedor, pues no tenía más espacio en la cocina.





Comencé a intentar sacar la tablilla de cristal, sin sacarla del marco. Nótese que dije intentar.  Aquélla cosa no se movía.  Deduje que iba a tener que sacar todo –marco y tablilla.  Busqué el libro de la nevera y lo único que decía era que se removieran las gavetas y se limpiaran las tablillas con agua tibia y jabón.  Advertía –eso sí- que no usara agua caliente en cristal frío –dah.  De cómo remover el cristal del marco nacarile.  Me empezaba a molestar, por no decir encoj… y tenía que tener cuidado para no romper la tablilla, el marco o todas las anteriores en mi esfuerzo por sacarlos de su gélida prisión.

Como no desconecté la nevera, al tener las puertas abiertas  automáticamente emitía un simpático plin-plin de lo más mono, que después de cierto tiempo no me parecía tan mono ni tan simpático. Decidí acudir al Tío Google, que me llevó a una página de Youtube.  Todo eso para sacar una &!@#% tablilla.  He llegado a la conclusión que los libros que acompañan los equipos -sean televisores, teléfonos celulares o neveras son redactados por la misma persona, que presume que una sabe lo que en verdad no sabe.  Los de IKEA son clase aparte.  Habrá que ser sueco o extraterrestre para entenderlos.  ¡Y tienen el descaro de poner un muñequito sonriente en las ilustraciones!


Pues encontré un vídeo, lo vi  y había que ver las maniobras que tuve que hacer para sacar la &!@#% tablilla y su marco.  Que si moverla hacia al frente –que no fue fácil, luego levantarla de atrás y contorsionarme con la mitad del cuerpo dentro de la nevera para poner la tablilla un poco de lado y así sacarla.  Finalmente lo pude hacer y la coloqué con sumo cuidado encima de la mesa del comedor.  Allí me percaté que a los lados se habían quedado unos pedazos de espuma de hule –o sea foam- que me imagino se usan para proteger la tablilla en el trayecto de la nevera a su destino final.  Eso, entre otras cosas, debe haber contribuido a las dificultades que tuve. Luego de todo ese esfuerzo, tuve que volver al vídeo que había dejado en pausa, para saber cómo sacar la tablilla de cristal del marco.

Pues resulta que la tablilla está agarrada en la parte de atrás por unos cositos- vamos, que no sé cómo llamarle a esos pedazos de plástico que parecen piezas de Lego y recurro al lenguaje que todo puertorriqueño que se respete reconoce.  El vídeo entonces me instruye a usar un destornillador finito e introducirlo -con-mucho- cuidado entre el cosito y el cristal.  ¿Es en serio? ¿Necesito un destornillador para levantar esos dos miserables cositos? Al tipo del vídeo no se le hizo tan fácil y en un momento un cosito brincó y el otro también.  Fui al clóset a buscar el destornillador más finito que tengo y temerosa me enfrenté a la &!@#% tablilla y su marco.  Traté de introducir el destornillador por debajo del cosito, pero no se movía.  Yo tenía miedo de partir el cosito, romper el cristal o que el cosito saliera volando y no lo pudiera encontrar.  Afortunadamente, tras varios intentos, dio un pequeño salto como de coquí y lo atrapé.  Luego removí el otro, pude liberar el cristal y lo coloque con mucho cuidado al lado del marco, para limpiar ambos.



Luego de la limpieza, tenía que volver a colocar todo en su lugar, lo cual no fue tan sencillo.  Hubo otras contorsiones, otros falsos intentos, hasta que finalmente logré instalar la tablilla y volver todas las cosas a su lugar.  Sobre todo, me ocupé de que no hubiese nada que chorreara, porque esta no es una tarea que quiera repetir.  Terminé extenuada y con casi el tiempo justo para salir a disfrutar un almuerzo con una amiga.  Creo que todo ese esfuerzo hizo que el trago a base de lavanda –muy mono, por cierto- que decidí beber en lugar de vino me comenzara a hacer efecto de inmediato, porque hacía tiempo que no me sentía ajumá luego de tres o cuatro sorbos.  Pensándolo bien, tal vez debí dejar toda la maniobra para después que me bebiera dos vinitos, para así enfrentar el trago amargo de lidiar con la limpieza de la &!@#% tablilla de una nevera con tecnología de computadora que me requirió el uso de un destornillador y recurrir a un vídeo. ¡Ay, cómo echo de menos la treintañera!

28 de noviembre de 2022

jueves, 24 de noviembre de 2022

GRACIAS - ¿POR QUÉ?

 


GRACIAS - ¿POR QUÉ?

Hoy se ha designado como el día para dar gracias.  Son muchos los que se resisten a que haya que tener un día para dar gracias, cuando es algo -como el amor- que debe expresarse todos los días. Sin lugar a dudas, no debe ser una expresión reservada para un día,  Lo cierto es que para much@s, dar gracias no viene fácil.  En Ucrania, por ejemplo, la gente vive aterrada por los bombardeos; much@s han perdido sus casas y quienes aún la tienen se enfrentan a un crudo invierno complicado por los apagones mandatorios para economizar combustible, que les deja por horas y tal vez días sin calefacción.  En Haití, la miseria que parece haberse instalado permanentemente ahora se complica por un estado que se ha tornado ingobernable y en cuyas calles regentean pandillas que aterrorizan a la población, que se ve obligada a montarse en frágiles embarcaciones que apenas pueden flotar.  Así han muerto much@s.

A través del mundo much@s se enfrentan a inundaciones, terremotos, conflictos bélicos.  A nivel individual, otr@s se enfrentan a crímenes de odio, discrimen, violencia familiar, pobreza extrema o enfermedades terminales. La lista de desgracias parece no tener fin.  Acá, más cerquita, lidiamos con la monumental ineficiencia gubernamental, el despilfarro de fondos, el descaro de LUMA, las secuelas de María, Fiona, los terremotos, la pandemia, el avance de los puntos de droga, la violencia en general y hacia la mujer en particular, la pobreza en muchas comunidades, la desesperanza, la falta de fe en las instituciones, la corrupción que cada día nos sorprende, pero no, no nos sorprende y eso es lo más triste. Y surge la pregunta: ¿gracias por qué?

En medio de todo esto, está un día como hoy.  En Puerto Rico, por la relación colonial con los Estados Unidos en muchos hogares se celebra esta tradición que no es nuestra, pero que  much@s la hemos adoptado.  Hay quienes celebran con jamón, con pernil, con una transformación del pavo en lo que hemos denominado pavochón –es decir, pavo con sabor a lechón.  Much@s se preguntan por qué celebrar algo que no es parte de nuestra tradición.  Pues por lo mismo que celebramos el día de las madres, de los padres y tantos otros –porque escogimos adoptar la celebración, transformarla y hacerla nuestra.  Al fin y al cabo, hemos adoptado otros ritmos musicales –de Cuba, de la República Dominicana, de América Latina, de Estados Unidos y los hemos hecho nuestros, añadiendo nuestro sazón.  Basta revisar el repertorio de Chucho Avellanet, Olga Tañon, Gilberto Santa Rosa, Haciendo Punto en Otro Son y aunque no me guste –Bad Bunny- para constatar esta realidad.

Yo voy a celebrar el día con una pechuga de pavo que sólo comeré yo, porque el otro comensal detesta el pavo y además siente el deber de rebelarse ante lo que considera una traición a nuestra identidad.  Lo que sobre lo usaré luego para hacer unas empanadillas que me quedan exquisitas. Acompañaré la pechuga con arroz con vegetales y un relleno a base de pan de maíz, salchicha italiana, vegetales y sazones variados, que es una receta nueva de Chef Grego, un chef puertorriqueño que vive en la Florida con su esposa e hijas y tiene una página en Facebook llamada Sabor with Love.  Este hombre ejemplifica lo que es nuestra esencia –utiliza sus conocimientos y técnicas culinarias, añadiendo el toque Boricua.  De postre, flancocho de calabaza –receta de Chef Grego también- que espero me haya quedado bien luego del revolú que quedó en mi cocina ayer después que lo preparé.

Celebro con pavo, acompañado de relleno transformado, porque –en primer lugar- yo celebro como me dé la gana.  En segundo lugar, porque después de todo, he integrado en mis platos influencias de muchas culturas – americana, china, española, italiana, filipina, francesa, mexicana y eso no me hace menos puertorriqueña. Y por si acaso, soy fanática de la yuca, el panapén, el arroz con gandules, las morcillas, lechón –cuerito incluido y tantas otras exquisiteces de nuestra cocina puertorriqueña, que dicho sea de paso, tiene gran influencia del colonizador anterior –España.

Y a la pregunta de por qué darían gracias en los países en guerra o en extrema pobreza, diría que en algún momento darán gracias porque llevan varios días sin bombardeos, o porque los vecinos los socorrieron, o porque tuvieron una comida caliente, o porque vieron un amanecer espectacular, o porque se mantienen unidos como familia.  Nunca olvido la alegría simple de familias pobres en Haití, vistiendo sus mejores galas camino a misa para presentar como ofrenda racimos de guineos ante el altar y la ternura de un padre haciéndole sus moñitos atados con cintas blancas a su pequeña hija.  Otr@s darán gracias en algún momento porque sus heridas están sanando, o  porque tienen un amigo o amiga a quien contarle sus penas.

En Puerto Rico, con todo lo que hemos sufrido en estos últimos años, damos gracias por un clima en general benévolo, por los atardeceres espectaculares del oeste, por la belleza de nuestras playas, por el talento de nuestros artistas, por la solidaridad de nuestra gente, por la creatividad que se manifiesta en tantos aspectos de nuestras vidas, por la música que nos acompaña, por la bendición de un plato de comida que se brinda con amor, acompañado de una rajita de aguacate, por la capacidad de sobreponernos a las desgracias y sacarle punta a las situaciones más adversas.

¿Y yo, por qué doy gracias?  Doy gracias todos los días y lo anoto en una libreta de agradecimientos que ayer mostraba el pensamiento que incluyo al final de este escrito. Algun@s conocid@s les apena que estoy “solita”, pero yo estoy acostumbrada a esa soledad, aunque no niego que me gustaría tener un compañero.  Como digo, yo misma me canto y me lloro.  Doy gracias porque me gozo en preparar alimentos, para mí solita o para compartir.  Doy gracias infinitas a Dios, como dice la canción, “por haber nacido en esta tierra tan hermosa, en esta tierra donde mis ojos vieron la luz por vez primera”.  Doy gracias por los padres que tuve, por la familia que aún tengo y la que físicamente perdí.  Doy gracias por l@s amig@s que son fuente de tantas alegrías y apoyo en las tristezas.  Doy gracias por los dones que Dios me ha dado para compartir mis ideas y mis platos. Doy gracias por mis cinco sentidos.  Doy gracias por el privilegio de vivir en esta Patria que tanto me ha dado y por la capacidad de quererla en sus penas y en sus alegrías.

24 de noviembre de 2022



lunes, 31 de octubre de 2022

Guardar


GUARDAR

Contaba en mi escrito anterior sobre la muerte de mi nevera y un poco sobre las peripecias para adquirir una nueva.  De paso mencionaba la odisea de lidiar con la estufita de gas, el rescate del contenido que pude salvar de la nevera anterior y la magia de re-interpretar platos con los ingredientes que tuviese a la mano.  Los pensamientos en torno al próximo escrito estaban archivados y poco a poco añadía más elementos.  El encuentro con un simple cacharrito de goma inspiró el título de este escrito.  Lo trasladé de la difunta a la nueva y sofisticada nevera.  No sé si se habrá ofendido al recibir este objeto sin caché, pero cabe señalar que ese envase es aún más antiguo que la nevera anterior.

El cacharrito en cuestión era de mi mamá y lo usaba para lo mismo que yo – guardar los ajos.  Toparme con este objeto me hizo pensar en la costumbre que tenemos much@s de mi generación y de generaciones anteriores de tener montones de envases de plástico para guardar cosas.  Ejercicio ese que a veces se torna frustrante cuando un duende que habita en los gabinetes de cocina nos esconde las tapas. A veces son comprados específicamente para ese propósito y a veces son reciclajes de envases de mantequilla – bueno, margarina, o de comidas chinas que hemos comprado ya hechas.  Pienso que esto evolucionó de cuando lo que sobraba de la comida se guardaba en envases de cristal, en los tiempos en que uno regalaba algún plato preparado en casa para algún(a) vecin@ y sabíamos que lo iba a devolver.  O tal vez no sobraba mucho y no había nada que compartir…

Recuerdo cuando en mi casa Mami llegó a recibir vecinas para una demostración de Tupperware.  Dudo mucho que eso todavía se haga.  Todavía guardo una cucharita de plástico, con mango largo, reliquia de esos tiempos.  El asunto es que  much@s  guardamos objetos y se nos hace difícil desprendernos de ellos, porque nos traen recuerdos.  Algun@s –menos- guardamos comidas para recalentar o re-interpretar, práctica que me fue muy útil tras el paso de la tormenta/huracán Fiona.  Yo luché para rescatar parte del contenido de la nevera anterior, porque me resisto a botar comida.  Esto me sirvió para confeccionar varios alimentos en la estufita de gas a la que tuve que recurrir por la falta de energía que le debemos al binomio Fiona/LUMA.



Guardar los huevos del país que tanto protegí, así como las papas, la cebolla, el tomate, queso parmesano y harina de maíz me permitió, en primer lugar, preparar una tortilla española y en segundo lugar, una polenta con salsa de huevos, queso y salsa hecha en casa.  En el caso de este último plato me arrepentí por el tiempo que tardó la polenta en estar lista, lo cual me obligó a estar mucho tiempo de pie frente a la temida estufita, revolviendo la mezcla constantemente para que no se empelotara.  Pero valió la pena –quedó riquísima.



En cuanto a la estufita, el temor que me causa es en primer lugar, debido al fuego.  Una amiga me había regalado un encendedor que anunciaban antes como Magi-clic, pero no lo presionaba lo suficiente, así que deduje estaba defectuoso. Eso me hizo recurrir de nuevo a los fósforos, a los que le temo; por eso se me parten o se gastan antes de que logre encender -con manos temblorosas y muerta del miedo-  la estufita que es al mismo tiempo mi salvación y fuente de terror.  Cuando finalmente se enciende, lo hace de una manera súbita, con una llama alta que se anuncia con un pavoroso ¡fum! 


Lo único que me hace enfrentarme a esta fuente de terror es el anticipo a los alimentos que logre preparar, que sé serán más saludables apetitosos y económicos que los que pueda salir a comprar.  Si hoy, que es día de Halloween alguien me quisiera asustar, se podría disfrazar de estufita de gas o de dentista- a cual de los dos me cause más pavor.

Transcurridos unos días después de Fiona, anunciaron la venta de unas cajitas con productos de las cosechas que se lograron salvar tras el paso de la susodicha y por supuesto, acudí a comprar la mía, porque ayudar a nuestr@s agricultor@s es un deber.  Cuando compro una de esas cajitas me siento como una participante de Master Chef: recibo una caja con contenido sorpresa, que me obliga a usar la imaginación interpretando platos con lo que haya.  Esta tenía plátanos –verdes y maduros, berenjenas, ajicitos dulces, yuca –una de mis favoritas, pimientos -rojos y verdes y piña.  Esta última la regalé porque no soy fanática de esa fruta.  Con todo lo demás, hice platos que quedaron deliciosos.

La luz regresó y alquilé una nevera en lo que escogía una digna de sustituir a la campeona. Con los plátanos verdes de la cajita hice el primer paso de los tostones y los congelé.  El más grande estaba tan hermoso (la foto no le hace honor) que le di un beso, como testimonio de mi admiración.

Con ese hermoso plátano transformado en crujientes tostones preparé un plato que pudiera servir sobre ellos, usando un atún en conserva que me enviaron mis amigos del estado de Washington, preparados por Brandy y su mamá.  Este no es un atún cualquiera, así que lo guardé para servirlo sobre unos tostones hechos con un plátano especial, sobreviviente de Fiona.  Sofreí cebolla y ajo del que había guardado, lo mezclé con el atún, vino blanco, tomate y perejil del que había también guardado y lo coloqué sobre mis preciados tostones. Sublime.

Con las berenjenas, hice una re-interpretación de un plato siciliano: caponata, inspirada en nuestra berenjena con bacalao, que esta vez sustituí con atún y complementé con ajicitos y pimientos de la cajita.  Lo serví acompañado con la yuca que también provino de la cajita mágica.  Tengo que decir que son las mejores berenjenas y trozos de yuca que he probado en mi vida. Es como si todo el sabor de nuestra tierra se hubiera concentrado es esos dos productos. Me sobró un poco de la caponata y de la yuca, así que se me ocurrió preparar unos pequeños moldes consistentes en una cama de trozos de yuca cubiertos con la mezcla de las exquisitas berenjenas y lo serví como aperitivo para una cena italiana que prepararía para unos amigos.  Quedó de show.

Mi nevera nueva tiene en su interior parte de mi pasado – el cacharrito modesto que usaba mi mamá donde como ella, guardo los ajos y que sirve de introducción a este escrito.  Recibió el cajón que traía la otra nevera para guardar los huevos, porque debo decir que la veterana de 30 años tenía caché; no era cualquier nevera.



En el congelador recibe los remanentes de comidas que guardo para ocasiones futuras, como crema de leche dividida en porciones, pero más importante, los tostones y amarillos que provienen de los sobrevivientes de Fiona y que serán disfrutados con el honor que merecen.



Yo guardo como parte de una tradición de generaciones de mujeres que se enfrentaron a tiempos de escasez -mi mamá, mis tías y las que vinieron antes que ellas.  Al contemplar el cacharrito de goma viene a mi mente la promoción de un banco que ya no existe y en el que nunca deposité porque no tenía edad para abrir una cuenta. El estribillo decía: Hay que guardar, eso conviene; el que guarda en el Crédito siempre tiene. Tener el congelador abastecido me hace sentir como una ardillita que guarda para cuando no haya.  Vivo ahora inmersa en la cultura del descarte, donde se desecha sin contemplaciones lo que esté pasado de moda, deslucido o requiera una reparación menor.  Honro mi pasado con lo que conservo de él y preservo con gozo los alimentos que pueda transformar luego para agradar a mis seres queridos o a mí misma.  Hay que guardar, eso conviene…

31 de octubre de 2022