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Este blog tiene el propósito de compartir mis ideas que estoy segura son las de muchos. Escribo sobre lo que me enternece, lo que me intriga, lo que me indigna o lo que me divierte. No me impongo fechas límite -escribo cuando quiero. El lector también puede elegir -hay relatos mas extensos, otros mas cortos. Entre cuando quiera. Vivo orgullosa de quien soy, de donde vengo y hacia donde voy, aunque no sepa como llegar... La imagen que lo acompaña es El Laberinto, de la serie Mandalas de Procesos, de Thalía Cuadrado, psicóloga clínica y artista, que me honra con su amistad. Me pareció apropiado para acompañar este blog sin dirección, porque son muchas las veces que me he sentido en un laberinto. Afortunadamente, siempre salgo…

sábado, 28 de septiembre de 2024

Portugal inesperado

 






PORTUGAL INESPERADO

 

No voy a entrar en todos los detalles, pero el año pasado comencé la planificación de un viaje que había ansiado por mucho tiempo -Australia.  Añadí Nueva Zelanda por aquello de que las distancias son tan largas, que pensé que valía la pena explorar un poco más en esa área del mundo tan apartada en todos los sentidos de lo que nos es más familiar.  El viaje sería en abril de este año y ya para noviembre tenía pasajes comprados y el depósito de la excursión, que se pagó en su totalidad en febrero.  Para esa fecha también obtuve los visados para ambos países.  La inversión en tiempo y dinero era para mí enorme.  Un viaje así, con las complicaciones en horarios, distancias y climas (cuando aquí es verano allá es invierno), no se planifica -al menos para alguien como yo- en unos días.  Por eso, la llamada de mi amiga/agente de viajes en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora para informarme que la excursión estaba cancelada, me dejó sin aliento.

Poco a poco fui absorbiendo los detalles -la cancelación se debió a que la operadora de la excursión -una compañía de incuestionable reputación que he usado por años- no tenía el quórum necesario.  No me preocupaba el dinero invertido -sabía que recuperaría eso, aunque los pasajes fueron otros 20 pesos -por usar una frase muy nuestra, porque la verdad es que un pasaje para Australia cuesta un montón.  Al final, las líneas aéreas me darían un crédito, que debía usar no más tarde del 6 de noviembre, porque el año para usarlo se cuenta a partir de la fecha de compra, no la del viaje.  Mi cerebro se fue como en una especie de shutdown en el que no podía decidir qué hacer.  Toda la planificación que había hecho por meses se esfumó en cuestión de segundos; no tenía energía para volver a hacer los cálculos de horarios y climas, aparte de que perdí el entusiasmo por ir a Australia.

Tras varias semanas de exploración me decidí por Portugal, un destino que no estaba en mi lista, pero que comencé a considerar el año pasado para un viaje futuro, tras los comentarios elogiosos de varias amistades. Tras explorar un poco el asunto del clima y los lugares, me decidí por la excursión que terminó a principios de julio, con tres días adicionales en Lisboa por mi cuenta.  Fue una buena decisión, que aparte de la hermosa experiencia, me ofreció varias oportunidades para reflexionar sobre las decisiones que tomo en torno a los viajes, en un momento de mi vida en que no tengo las mismas energías que tenía al inicio de mis aventuras viajeras que me han llevado, entre otros, a Grecia, Italia,  Francia,  Argentina, a Japón en un viaje de ensueño para celebrar mis 50 años y a Sudáfrica el año pasado, en un viaje que me hizo llorar de emoción, por el cual agradezco a Dios el privilegio de haber experimentado.

Salí para Portugal el 18 de junio, vía Nueva Jersey.  Tenía varias horas entre un vuelo y otro, así que exploré el aeropuerto y los lugares para comer – todos mega caros.  Me decidí por un lugar de corte italiano, que resultó rarísimo porque la orden se hacía desde la mesa, vía internet. El mozo sólo traía la orden.  El salmón que escogí, con una copa de vino blanco no estuvo mal; no era como para los $65 que pagué, pero qué cará, no me iba a parar a comerme un sándwich de esos envueltos en plástico por los que te cobran casi $20, después de haberme decidido a hacer este viaje que aunque costaba menos que ir a Australia, no era exactamente una ganga, sobre todo porque todavía me tocaba usar el pasaje con la línea aérea con la que tenía un crédito, pero esa es otra historia.

El vuelo a Lisboa era de noche y por la diferencia en horarios llegamos al día siguiente en la mañana.  En el aeropuerto de Lisboa conocí a varias de las mujeres que se unirían a la excursión – tres de Estados Unidos y una de Canadá.  Llegó el autobús que nos transportaría al hotel y allí conocimos a nuestro guía, Rui Veloso.  Nos dio alguna información, que luego colocaría en un tablón.  Conocí  dos hermanas de Ohio, muy amables y un personaje extraño, que se ofendió cuando le preguntaron si era de Australia.  Era de Nueva Zelanda y ya daba indicios de sus rarezas cuando evidenció su disgusto con la gente que llegaba tarde, diciendo que en su último viaje calculó que se habían perdido no sé cuántos minutos debido a las tardanzas.  Como las habitaciones no estaban listas, me fui a caminar y ver si podía tomar un café con alguna cosita para acompañar.  Pregunté en la recepción y me extrañó que no parecían manejar bien el español, cosa que me sorprendió y que luego se repitió durante todo el viaje.  No me afectó, porque después de todo andaba en una excursión de angloparlantes, pero pensé que al tener frontera con España encontraría más gente en los hoteles y negocios que hablaran español.

En el grupo todos hablaban inglés.  Yo era la única latina, salvo por una mejicana, que hablaba en inglés, pero cuando supo que yo era de Puerto Rico, me hablaba en español.  Tuvimos una conversación interesante en Oporto y no sé cómo salió a relucir Trump.  Me sentí en confianza cuando ella dijo que él es un pend…, así que le dije que lo triste es que es más allá de eso, que es un individuo misógino, racista, prepotente y peligroso, pero bueno, sigo con mi relato. Perdón por la digresión.

Salí del hotel en busca de una panadería que me mencionó la recepcionista del hotel, con un poco de temor por mi ya conocida habilidad para perderme, que se combinó por el hecho de que la ruta incluía esta endemoniada cosa que se ha puesto de moda de hacer rotondas, pero afortunadamente encontré la panadería.  Puede descifrar el sistema, en el que se tomaba un número para hacer el pedido y más o menos hice entender que el dulce no podía contener leche, luego de que pedí leche sin lactosa (que no había) para el café.  Tras varios intentos señalando distintos dulces, encontré uno.  Pagué por primera vez en Portugal con los euros que llevé de acá y me senté a tomarme el café con un pastry que no estaba mal, pero no era nada del otro mundo, como pasa aquí en muchas panaderías. Fue interesante ver la dinámica de los portugueses en su rutina de sentarse a tomar su café con alguito, tal y como hacemos aquí.  Regresé al hotel y mi maleta no estaba.  Pensé que se la habían llevado al cuarto, pero no. 

Esperé un rato por la maleta, pero no llegaba.  Tampoco quería tomar una siesta, porque leí que para adaptarse mejor, se debe entrar al horario del país al que se llega.  Aparte de eso, cuando tomo siestas, me desvelo luego, así que resistí.  Como tenía la maleta de mano, aunque no tenía toda la ropa decidí tomar un baño, porque lo cierto es que ya llevaba un día desde mi última ducha antes de salir para el aeropuerto.  Mi temor era que la maleta llegara justo cuando salía del baño, sin la ropa limpia.  Eso fue exactamente lo que ocurrió.  El chico tocó a la puerta.  Me emborujé en la toalla, que por suerte era grande y abrí la puerta de medio lado.  El joven me pidió excusas y la verdad es que a estas alturas ya pocas cosas me dan vergüenza, así que agarré velozmente mi maleta y le di las gracias – obrigada.

Dediqué el resto de la tarde a organizar las cosas y revisar el itinerario.  A las 5 nos reuniríamos con el guía para más indicaciones y un pequeño recorrido por la ciudad antes de la cena.  Nuestro chofer era Vitor.  No hablaba mucho, pero era muy amable.  El recorrido fue breve y llegamos a nuestro destino -un antiguo almacén convertido en un restaurante, en el cual había un salón para nuestro grupo – unos 40, si mal no recuerdo.  La anfitriona se llamaba Ana y era muy atenta.  Había vino blanco y tinto en la mesa, por lo que procedí a servirme una copa del blanco.  Había una picadera con croquetas de garbanzos y algo más, aceitunas y pan.  Lo cierto es que ya tenía hambre.  Sirvieron una ensalada muy buena, con una fruta que muchos identificaron como manzana, pero a mí no me sabía a manzana.  Al otro día la vi en el desayuno y pregunté qué era.  Melón blanco fue la respuesta. Ya sabía yo que no era manzana.

A la ensalada le siguió el plato principal -bacalao desmenuzado, mezclado con una crema a base de harina muy bueno.  Había un muslo de pollo, que me decepcionó cuando lo vi, porque prefiero la pechuga, pero estaba muy bueno y unas setas riquísimas.  De postre, bizcocho de chocolate.  Fue una cena buenísima -un buen comienzo para nuestro viaje.  De regreso caí rendida y salvo que me desperté a eso de las 2 am (que serían las 7 am en Puerto Rico) dormí hasta las 6, cuando sonó la alarma.

Luego del desayuno hicimos un recorrido por la ciudad.  Visitamos el monumento a los descubrimientos, con figuras talladas en una estructura que simulaba un barco.  



En la plaza antes de llegar se mostraba un enorme mapa del mundo, ilustrando todos los lugares visitados por los navegantes.  Me acerqué al mapa, buscando mi islita ¡y allí estaba! Me dio una alegría inmensa verla.  Y tuve una reacción un tanto infantil.  El personaje extraño ya comenzaba a molestar con sus comentarios y prisas.  Había países que no estaban en el mapa porque “no habían sido descubiertos” aún, entre ellos Nueva Zelanda, así que le dije al hombre “fíjese, Nueva Zelanda no está y Puerto Rico sí”. 






Como dato curioso, la guía local explicó que el té no es originario de Inglaterra, sino de la India.  El nombre en inglés tea proviene de las siglas de la compañía importadora Trasporto Especiarias Aromáticas. Eso me hizo recordar que se dice que en Puerto Rico se le dice chinas a las naranjas por unas que llegaron en sacos provenientes de la China y así se les llamó desde entonces.

Visitamos brevemente la Torre de Belem, fortificación del siglo XVI, frente a la desembocadura del Río Tejo (Tajo).  La pronunciación de Tejo en portugués es algo así como Teillosh, lo cual demuestra que el portugués no es tan sencillo como pensaba, ya que puedo entender un poco las palabras escritas, pero la pronunciación las hace parecer algo totalmente distinto. El exterior de la fachada, con sus torres de observación me hizo recordar nuestras garitas. 





El asunto del río que parece mar es algo totalmente extraño a nosotros, con nuestro Río Grande de Loíza, que en comparación es más bien petite, pero bueno, todo en esta vida es relativo. La próxima visita fue al Monasterio de los Jerónimos, también del siglo XVI.  Impresiona la amplitud de sus espacios y la sensación de paz.  Tras esa visita, Rui nos tenía su primera sorpresa: los famosos Pasteis de Belém.  Los trajo en una caja que parecía como de pizza, pero al abrirla reveló estas tartaletas con un relleno como de crème brûlée.  Estaban todavía tibias -mmmm.  Trajo también azúcar y canela, por si queríamos probarlos de otra forma, pero yo soy purista, así que disfruté mi porción saboreando la textura crujiente -crocante le dicen ahora- de la masa y la cremosidad y dulzor del interior.



Tras disfrutar de los pasteis la mayoría del grupo iba a hacer la excursión opcional de Sintra y Cascais.  Yo había decidido dejar esa excursión para los días adicionales que tendría por mi cuenta en Lisboa cuando terminara la excursión principal.  Como éramos pocos los que no tomaríamos esa excursión Rui llamó 2 taxis para que nos llevaran al hotel.  Me entregó 20 € para que le pagara al taxista y me solicitó que pidiera un recibo.  Yo estaba un poco ansiosa con eso de tener que pagar sin saber si lo que me iba a cobrar el taxista era razonable o no, pero asumí mi tarea.  Me acompañó una mujer con cara muy amable y cuerpo que se notaba estaba haciendo esfuerzos para mantener el ritmo intenso de la excursión.  Era de Seattle y días después tuve agradables intercambios con su esposo, pero me adelanto al relato.  Como no tengo sentido de orientación, me preocupa si el taxista estaría tomando rutas más largas para cobrar más, pero finalmente llegamos al hotel.  Calculé la propina y lo cuadré a 15€, por lo que sobraron 5€.  Pedí el recibo y me aseguré de guardar ambos con cuidado.  Al regresar, Rui me felicitó por la gestión.

Al regresar al hotel, me dediqué a caminar por el área circundante al hotel, localizado en la Avenida Liberdade, a la que según Rui le llaman los “Campos Elíseos” de Portugal.  Las áreas están cubiertas con empedrado que simula mosaicos, con diseños.  Alrededor hay árboles frondosos y los cruces peatonales están muy bien demarcados. 




  















Ese día había feria de artesanías, con muchos quioscos de artesanos a lo largo de la avenida, cosa que me encantó.  Soy muy partidaria de auspiciar el trabajo artesanal, tanto aquí en Puerto Rico, como en los países que visito. Me detuve en varios de los quioscos para charlar con l@s atesan@s y aproveché para comprar algunos regalitos, con los requisitos que me impongo: que ocupen poco espacio y no pesen mucho, porque luego tengo que acomodar todo y cargar la maleta, que al final del viaje termina pesando más que al inicio.  Nunca he tenido mucha fuerza -y ahora menos.  Durante el recorrido vi algunos lugares para comer, en puestos con mesas y sillas en el medio de la explanada.  Me decidí por uno que hacía énfasis en mariscos, sobre todo un plato de bacalao, que se supone es la especialidad en Portugal.

Los precios eran razonables y se notaba que iban locales, además de turistas.  Pedí el plato de bacalao -un filete bastante grueso, que estaba bueno de sabor, pero un poco seco.



Lo cierto es que esto de saber cocinar y haber probado platos diversos es a veces una desventaja, porque las expectativas pueden ser demasiado altas.  En mi mente me había hecho la idea de que en Portugal me comería un bacalao espectacular y lo cierto es que espectacular no era -eeehhhh, it’s okay, pero yo esperaba más. No quería comer demasiado, porque en la noche tendríamos la excursión opcional con show de fado incluido.

Para quienes no conozcan el género de Fado, es una música melancólica, que se interpreta por un(a) cantante en compañía de tres músicos. 







                           


Es un canto melancólico, muy íntimo, que puede aludir al amor de pareja o a la patria.  Tendríamos la cena en el mismo lugar donde se presentarían los músicos y Rui hizo hincapié en que debíamos guardar silencio mientras estuvieran interpretando.  Se considera ofensivo que el público esté hablando mientras los músicos entregan su alma en escena.  Nos sentamos en mesas distintas.  Yo estaba al lado de la pareja de Sudáfrica, frente a un hombre de Florida que me parecía un tanto hosco y comprobé que sí lo era cuando llegó el esposo de una pareja que parecían ser de la India, aunque se identificaron como procedentes de Boston.  No sé- no importa donde vaya siempre diré que soy de Puerto Rico.  Una cosa es dónde vives y otra de dónde eres, pero bueno, disgrego.  El indio bostoniano le dijo al floridiano que si se podía cambiar a la mesa donde estaba su esposa, para estar juntos y él le dijo que no, que no quería cambiarse.

Es interesante ver las interacciones entre personas desconocidas que viajan juntos y refleja mucho de quienes son.  Luego que el indio bostoniano se sentó, fue un momento, imagino que a decirle a su esposa que no se sentarían juntos.  El floridiano dijo que él no se cambiaba de lugar porque era claustrofóbico.  Ajá ¿y qué hizo en el avión?  El esposo regresó y debo decir que fue muy diplomático, porque no evidenció molestia alguna.  Yo me hubiera ofrecido a cambiarme de lugar, pero lo cierto es que el lugar donde la mujer estaba sentada no permitía ver a los músicos, que presumo era la verdadera razón para no moverse, pero yo lo hubiera dicho de una manera más sutil.  Comenzaron a servir la comida, que estaba muy buena -un pescado exquisito y de postre, mousse de chocolate.  Había abundante vino.


La experiencia de escuchar los intérpretes de fado fue muy emotiva.  Yo no entendía lo que estaban cantando, pero podía sentir la emoción en la interpretación.  Lamenté no haber comprado un cd que ofrecían al salir.  Cuando terminó la excursión oficial le pedí recomendaciones a Rui para ir por mi cuenta a otra experiencia de fado, pero luego me arrepentí, porque la noche que tenía disponible era la anterior al vuelo de vuelta a casa; no quería llegar tarde y regresar sola al hotel de noche.

Al otro día salimos con destino a la región de Algarve, localizada al sur.  Nos detuvimos en un mercado que me dejó anonadada.  El ofrecimiento de frutas y vegetales era una fiesta de color.  Todo estaba muy limpio y en las paredes había azulejos pintados, con motivos de barcos de pesca.






   









Fui al baño y aunque sencillo, estaba muy limpio.  Regresé para ir al área de pescados y ahí quedé en éxtasis.  El olor a mar era evidente.  Pese a que el manejo puede ser un tanto caótico, todo estaba muy limpio.  



      













Me paseé por los pasillos, contemplando pescados grandes, chiquitos, huevas, pulpos, camarones, langostas y de repente ¡ostras que podía probar!  Pedí dos grandes y me dijeron que era enorme, así que pedí dos medianas. Fue toda una experiencia probar ostras en el lugar donde llegan frescas, olorosas a mar. El éxtasis -mmmmmmmm.



Parecido a nuestra plaza del mercado de Rio Piedras (guardando distancias, claro), alrededor de los ofrecimientos abiertos en medio del local hay puestos como colmados en los que venden aves, pastelería, carnes, aceites, mermeladas y hasta vinos.  Estaba contemplando las pencas de bacalao seco que colgaban del techo y el dueño del local me preguntó que si yo sabía lo que era.

Por supuesto que sabía. El bacalao ha formado parte de la dieta Boricua por años y antes era comida de pobres.  Nótese que dije antes. Me gusta contemplar esas pencas de bacalao expuestas como faldas de bailarina y he desalado bacalao para preparar una serenata, un bacalao guisado, un sopón, un revoltillo con bacalao y cebolla o un arroz con bacalao y por supuesto, los bacalaítos.  Me dijo el hombre que el bacalao no se pesca en aguas locales, por lo que se importa, cosa que me pareció extraña, ya que llevo tiempo oyendo de lo exquisito que es el bacalao fresco en Portugal y ahora resulta que allá pasa lo mismo que aquí, que el bacalao no se pesca en aguas locales.

De salida me puse a hablar con la dueña de un puesto de vegetales que me llamó la atención porque vi que tenía plátanos verdes y maduros, además de yautía.  Le hablé de cómo preparamos acá los tostones y los amarillitos.  Quién iba a decir que en Portugal me sentiría conectada a una parte de mí a través de unos plátanos.  


Me despedí de la chica y a la salida compré unas fresas para regresar al autobús hacia nuestro nuevo destino -Monte Negro, una hacienda de crianza de caballos de raza Lusitana. La familia del dueño tenía vínculos con la realeza portuguesa.  La casa sigue siendo de la familia y han convertido algunas habitaciones que transformaron para poder recibir invitados a almorzar.  Antes del almuerzo Tiago, que así se llama el dueño, nos habló de la crianza de los caballos y nos dio una demostración.  Al terminar nos dio la oportunidad de preguntar y yo pregunté si conocía los caballos de Paso Fino de Puerto Rico y me dijo que sí; que eran unos caballos muy hermosos.  Se me infló el pecho. Nada, que a donde quiera que voy llevo mi islita y me siento súper orgullosa de ella.


Pasamos a disfrutar del almuerzo y nos dividimos en las diversas habitaciones.  En el grupo estaban dos amigas con las que luego fui a cenar cuando estuvimos en el hotel de Algarve, la pareja de Seattle y las hermanas de Ohio.  El almuerzo comenzó con una sopa de calabaza que estaba exquisita, seguida de un pollo riquísimo, en salsa de crema y calabacín.  Rui había venido a cotejar, para que no le pusieran crema a mi plato, por mi problema con la lactosa.  El pollo venía acompañado de zanahorias con aceitunas negras.  De postre, un flan que no comí, por el asunto de la lactosa.  Al regresar después del viaje, la compañía envió las recetas de ese almuerzo.  Preparé el pollo y me quedó divino.



Seguimos rumbo al hotel en el área costera de Algarve, lugar muy popular entre los portugueses para vacacionar.  Era un hotel grande y desde mi habitación podía divisar el mar de lejos.  Estaba cansada. Había almorzado bien, así que no cené.  Pese a que el hotel estaba algo cerca del mar, no fui a la playa, por vagancia. No quería ir en Uber, porque ya el autobús del hotel no estaba operando -eran como las 5 o 6 pm. Al día siguiente nos dirigimos a Cabo San Vicente, con grandes acantilados.  No pudimos subir al faro, pero disfruté de la intensidad del azul del mar y se comentó que algunos han llamado a esa punta al extremo sur oeste, el fin del mundo.  Pues uno adicional para mí, que estuve en “el fin del mundo” argentino.




















Continuamos bordeando la costa y nos detuvimos a contemplar un paisaje.  Alguien notó en la hierba semi seca unos caracoles que se adherían a las ramas y parecían formar un collar. 











Nos dirigimos al pueblo de Lagos, en el que estuvimos muy poco tiempo, la mayor parte del cual se fue en escoger un lugar para almorzar. Me senté con algunas de las chicas y pedí una ensalada de camarones con un aderezo de cítricos, que estaba exquisita. 


Tomé la excursión adicional al pueblo de Faro.  En el camino, se veían muchos nidos de cigüeñas – de hecho, ya habíamos visto algunos en la hacienda Monte Negro.  Nunca había visto tantos nidos de cigüeña.  Me pregunto si en las próximas semanas habrá incrementado la población en Portugal. Había uno hasta en el tope de una iglesia, lo que presumo haría más fácil planificar el bautizo.











En Faro había una pantalla gigante dispuesta en la plaza, ya que estábamos en medio del mundial de fútbol. También se erguía una gigantesca noria -aquí le llamamos estrella, que presumo operaba en las noches.  Una curiosa cabina llamó mi atención: en lugar de teléfono, tenía libros en estantes.  Aparentemente se podían tomar libros prestados, presumo que para leerlos en un banco aledaño. 









Tras la corta visita nos movimos a visitar la Iglesia de San Lorenzo, que es algo muy singular, ya que el techo y las paredes están recubiertos con azulejos que muestran escenas de la vida religiosa.  Tan sólo el altar, en madera recubierta en láminas de oro, queda sin azulejos. Lamentablemente, no se permite tomar fotos ni vídeos, por lo que tuve que conformarme con comprar dos postales, que en realidad no reflejan lo impresionante que es el lugar.  Solo pude tomar algunas fotos del exterior y cuando salía, me enteré que el hijo adolescente de una de las del grupo había tomado un vídeo subrepticiamente.













Alguien comentó que eso no estaba bien, pero que quería que le enviaran el vídeo, lo que me pareció una barbaridad.  No respetar las reglas de un lugar que data del siglo XVIII y es cuidado para que pueda ser visto por futuras generaciones es faltarle el respeto a un país en el que somos visitantes; es no tener respeto por la posibilidad de que eso que tanto se ha cuidado no esté disponible para l@s que vengan después.  Lo más triste es que esas fotos y vídeos luego permanecen olvidados sabe Dios dónde. Esa noche había una cena opcional, pero decidí no ir.  Me uní a dos amigas que estaban en el vestíbulo del hotel decidiendo qué hacer y fuimos caminando hasta un restaurante con mesas en el exterior.  Fue muy buena experiencia.  Pedí un pescado de cuyo nombre no me acuerdo, pero estaba exquisito y al regreso entramos a un supermercado de una cadena a través de todo Portugal. El supermercado se llama Pingo doce, lo cual me causó gracia, por razones obvias.  Le conté a las amigas -que eran americanas y obviamente no se percataron de lo particular del nombre y nos reímos un rato sobre el nombre del supermercado. 










 Al otro día salíamos hacia Évora, una ciudad que me cautivó.  La llegada era un poco complicada, porque el autobús no podía entrar al área amurallada, por lo que caminamos con el equipaje de mano hasta el hotel.  El hotel queda dentro de las murallas pintadas de blanco.  La habitación tenía el sabor de una pequeña villa francesa, con tapizados rosados.  Un pequeño balcón daba a un patio.  Luego de acomodarnos, salimos a un recorrido por la ciudad empedrada.  Al voltear la esquina me topé con algo que me dejó sin aliento: un templo griego. 
















Pese a que la descripción de la excursión mencionaba que veríamos el templo, me tomó por sorpresa, como si alguien hubiese puesto esa estructura en medio de la ciudad, cuando lo cierto es que la ciudad se desarrolló luego, ya que el templo data del siglo II.  Este templo, que se supone está dedicado a la diosa Diana, me causó el mismo asombro que me causaron los templos griegos en Sicilia.



Visitamos la Catedral, con claustros y construcciones añadidas que datan desde el siglo XII hasta el siglo XVI.  La enormidad y detalles de la construcción, con sus diversos estilos me dejaron anonadada. La cantidad de información ofrecida, combinada con los diversos lugares visitados el mismo día, no me permitieron suficiente tiempo para aquilatar verdaderamente los lugares visitados en esta ciudad, al punto que tengo dificultad para identificarlos.  Confieso que tras ver varias catedrales y sus claustros en varias ciudades, no puedo identificarlos de inmediato y tengo que revisar las notas que tomé y las descripciones del viaje.  Évora en particular es una ciudad en la que hubiese querido pasar más de una noche.







Impresionante por demás me resultó la Capilla de los huesos, contigua a la iglesia franciscana, cuyos monjes, según la guía, decidieron recolectar los huesos de quienes no tenían dinero para ser sepultados en tumbas individuales y estaban en fosas comunes, para colocarlos de una manera que les hiciera honor. Es también una reflexión sobre la vida y la muerte, la cual, después de todo, nos llegará a todos.  Como dice la inscripción a la entrada: “nosotros los huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos”.  A muchos esto les pareció macabro, pero a mí no.  Me emocionó la historia de que de algún modo se rindiera tributo a los huesos que estuvieron mezclados y olvidados en fosas comunes.














Cada cultura o generación honra sus muertos como entiende.  ¿Quién soy yo para juzgar, por poner un ejemplo, a los familiares del “muerto parao”, o al que colocaron sobre una motora para el velatorio? Ese momento refleja la vida del fallecido, que ciertamente no es como la mía.  En mi caso, deseo ser cremada al morir y que mis cenizas sean lanzadas al mar en algún punto de la costa de nuestra hermosa isla.  No quiero gastos en féretros que no se usarán, ni gente desfilando frente a éste, algunos con una curiosidad más morbosa que los que contemplaron los huesos en Évora. Ese deseo es más consistente con mi amor al mar y lo mucho que valoro los sentimientos genuinos. Para quienes me conocen de verdad, esto hace sentido y espero que cumplan con esa voluntad cuando me toque.  Dicho sea de paso, no hay prisa.

Luego de esa visita que era parte de la oferta básica, opté por la visita opcional a Monsaraz, localizado al tope de una colina, entre murallas, desde donde se divisaba el lago artificial más grande de Europa.  El pueblito tiene como 100 habitantes -sus calles se veían desiertas y uno que otro viejo aparecía sentado charlando con otros.  María de Jesús, apodada Ju era nuestra guía; se notaba su aprecio por el lugar donde vivió y su molestia con carros que aparecían aparcados en alguna orilla, cuando no se supone que durante el día hubiese autos.  Las calles empedradas, las paredes blancas y el silencio eran encantadores -claro, para una visita, porque no me imagino vivir allí.  Culminamos la visita en un pequeño establecimiento con vista al lago, donde nos ofrecieron pan, aceitunas, aceite de oliva y vino.  De regreso, Ju cantó una melodía con mucho sentimiento, que hizo brillar mis ojitos con las lágrimas que a la menor provocación, se asoman.


















De vuelta al hotel, nos preparamos para la cena que se ofrecía allí mismo y disfrutamos del ofrecimiento aderezado con la conversación de los compañeros de viaje.  Al día siguiente emprenderíamos rumbo a Viseu y debía despedirme de Évora.  Temprano en la mañana salí al pequeño balcón de la habitación y me senté a leer La Palabra Diaria que siempre me acompaña, no importa dónde vaya.  Se sentía una enorme paz y la luna se resistía a despedirse.  Le tomé la foto que preside este relato y ahora me doy cuenta que en mi viaje a Sudáfrica también tomé una foto de luna trasnochada.  Hay algo de poesía y magia en estos momentos de quietud mañanera y como confirmación, sentí un aleteo de un pájaro grande que no pude ver sino por un pedazo de plumaje negro que capté con el rabo del ojo porque estaba inmersa en la lectura.  Tal vez era una cigüeña o el anuncio de otros pájaros mágicos que habrían de llegar.

Confieso que recuerdo muy poco del trayecto a Viseu. Un poblado medieval, un almuerzo apresurado y el inicio de una neblina que no permitía ver los viñedos en la zona vinícola del Dāo, donde tendríamos la cena como parte de la excursión opcional a una bodega productora de vinos de la región. Primero tuvimos un recorrido por los predios y la bodega, para conocer los vinos y la producción del lugar.  Nos recibió una chica que probablemente tenía poca experiencia y tal vez estaba nerviosa.  Por momentos exhibía una sonrisa extraña al terminar un tema.  En un momento entramos a un área cerrada y tuve un flashback de una de esas películas de misterio donde el villano encierra a los protagonistas.  La pobre chica solo debía estar nerviosa, pero yo me sentí aliviada cuando regresamos al área abierta.

Tras el recorrido, fuimos al área de comedor para disfrutar de la cena.  Podíamos escoger entre un vino blanco y uno tinto y me decidí por el blanco para los aperitivos y luego cambiaría a tinto porque me proponía pedir el plato de ternera.  Comenzaron a traer los aperitivos que salvo uno en particular, no recuerdo.  Quedó en mi memoria un plato con algo que parecían como unas tortitas que cuando miro bien, para mí, eran ¡bacalaítos! 




Probé uno y en efecto, era la versión portuguesa de nuestros bacalaítos.  Obviamente no eran unas panderetas como las de las Fiestas de la Calle Sebastián o una vitrina de chinchorro, sino una versión más delicada y chic -como la que hago cuando los acompaño con champán. No se pueden imaginar la alegría que me dio ver unos bacalaítos en Portugal.  Como dice el anuncio de Mastercard, no tiene precio. Al momento de traer el plato principal, pedí que me trajeran vino tinto, pero me decepcionó, así que volví a pedir blanco, que resultó ir muy bien con el plato de ternera.  Para los postres había variedad.  La cena resultó excelente y luego pasamos al área donde tenían vinos para la venta.  Me decidí por una botella de blanco solamente.

Al día siguiente salimos rumbo a Oporto, bajo una densa neblina llamada la neblina de San Juan o las Orvalhadas de Sāo Joāo. Por momentos no se podía ver nada, lo cual es una pena porque atravesamos la ruta de los viñedos del valle del Douro (Duero). 



Nos detuvimos a visitar el Palacio Mateus -sí, los del vino rosado que much@s recordamos.  Por la descripción del viaje sabía que el palacio estaba incluido, pero jamás imaginé lo que vería ante mí.  En el camino, un rótulo que anunciaba cerezas y luego un pequeño puesto que confirmaba la oferta.


Al entrar, vi un palacio no tan grande, pero con jardines impresionantes que datan del siglo XVIII; era como transitar por palacios franceses.  Esta fue mi segunda experiencia de algo totalmente inesperado. 



La pareja india/bostoniana buscaba fotógrafos incidentales para que le tomasen fotos.  Tenían como una obsesión de fotografiarse en todos lados y por momentos eso me incomodaba, porque yo quería seguir explorando y debía detenerme a esperar que posaran, en este caso en el alto de una escalera.  Confieso que ya les huía, porque como decimos, no es lo mucho, sino lo seguidito.  Sobre todo, me escabullí en algunas de las iglesias, porque ni el interior de los sagrados recintos se salvaban de su obsesión fotográfica, que me parecía irrespetuosa.  Sea cual sea el templo que visite, me parece que tomarse una foto posada, sonriente en el interior le resta a la solemnidad de un espacio dispuesto para la reflexión y a la necesidad de desahogar nuestras penas, agradecer a la vida o hacer los pedidos que nuestro espíritu requiera.  La excepción, claro está, la celebración de una boda que dicho sea de paso, puede ser algo imprudente en el caso de algunos fotógrafos profesionales con sesiones más largas de fotos que la ceremonia misma.  Pero bueno, de nuevo disgrego.

Traspasé el patio interior del palacio y divisé los hermosos jardines.  No cesaba de admirarlos y disfrutar la quietud y la magnificencia del manejo de la vegetación. 












Salí para retornar al autobús y me detuve a mirar una escultura dentro del estanque frente al palacio, que no había notado antes.  Estuve un buen rato contemplándola y por supuesto, le tomé la foto que constituye una de mis favoritas.




Luego de esa visita fuimos a Guimaraes, donde se divisa otro castillo medieval.  En los alrededores, varios árboles de corcho, lo que nos permitió ver de cerca la materia prima para tantas creaciones, que no se limitan a los corchos para tapar las botellas de vino, sino que incluyen zapatos, porta platos y hasta carteras – yo compré una en Oporto.  El pueblito de Guimaraes se me confunde en la memoria.  Ya para ese momento el cansancio comenzaba a sentirse.  Llegamos al hotel en Oporto, situado -literalmente- frente a los rieles del tranvía, así que había que prestar mucha atención al salir.  Mi habitación no tenía vista al río, pero no me quejo. 



En la noche fuimos a un pequeño crucero por el Duero.  Pudimos apreciar varios puentes, entre ellos uno que fue diseñado por Eiffel -sí, el de la torre.  Hay otros 2 puentes que se le parecen y honestamente, no puedo distinguir cuál es cual.  



El trayecto se hace atravesando el Río Duero con Oporto a un lado y Gaia al otro. Luego del paseo, fuimos a cenar a un restaurante local y lo pasamos muy bien -el vino abundante siempre ayuda.













Al día siguiente tuvimos la excursión de la ciudad con una visita al edificio de la antigua bolsa de valores, ahora Cámara de Comercio, que me impresionó por lo suntuoso de los espacios y la influencia morisca de los diseños.  El motivo de un corazón que se repetía me sirvió de inspiración para la cartera de corcho que adquirí luego en un puesto de artesanía en Gaia.












Visitamos la casa Ferreira, productora del vino Oporto, del cual no he sido fanática, pero tras el recorrido hubo una degustación.  Los vinos de Oporto se toman como un aperitivo o para acompañar el postre.  Durante la visita la guía local nos había obsequiado un chocolate -oscuro para mi deleite- y mencionó que eran ideales para acompañar el oporto.  











Al llegar el momento de la degustación, eché mano de mi chocolate y en efecto, disfruté de las opciones de oporto que nos ofrecieron.  Compré un estuche con 6 botellitas pequeñas que podía regalar o tomar acá, como de hecho hice. Una prueba más de que debemos intentar probar cosas que antes nos desagradaban cuando las circunstancias son las apropiadas -excepto si se trata de Trump- ahí no hay circunstancia que valga. 

Teníamos un poco de tiempo para comer algo liviano y caminar por Gaia, así que almorcé en un lugar con ofrecimientos diversos -algo así como un food court, pero local.  Vi a uno de los compañeros del grupo con un plato de langostinos y decidí que eso era lo que comería. 












Un plato de langostinos frescos, sin nada más que el limón para realzar su sabor.  Me los disfruté en compañía de la mejicana en el grupo, con quien hablé un poco en español, previo a que llegara su compañera de viaje, que era americana.  Fue con ella que tuve el breve intercambio sobre Trump que mencioné al principio -que a la fecha de este escrito se enfrentará a Kamala Harris, que espero salga victoriosa, por el bien de los Estados Unidos, de Puerto Rico (Dios nos coja confesa’os) y en última instancia del mundo, porque un ser como ese es una bomba de tiempo.

Salimos de Gaia al hotel, para tomar la excursión opcional a Braga. otro lugar pintoresco, que todavía exhibía en su plaza los adornos para las festividades de San Juan.  



Visitamos la Basílica del Buen Jesús, a la que se llega en funicular si se quieren obviar los escalones.  Por lo apretado del itinerario tomamos el funicular, pero me hubiese gustado disponer de más tiempo, porque el lugar es hermoso.  












Hay jardines, varias estructuras aledañas y una impresionante vista de la ciudad.  Camino a la visita de ésta el guía nos dijo que hay un dicho en Portugal sobre las ciudades: en Coimbra estudiamos; en Braga rezamos; en Porto trabajamos y en Lisboa jugamos.  Pues ciertamente en las plazas de Braga podía verse el espíritu festivo inspirado en las fiestas de San Juan, que me recordó nuestras plazas adornadas durante las fiestas patronales.




De regreso al hotel, pensé en el hecho de que esa sería la última noche en Oporto.  Quise caminar un poco por el área y comer algo.  Me moví a lo largo de los rieles del tranvía para no perderme y me detuve en un lugar con mesas en el exterior, cercano a la orilla del río y del McDonald’s sofisticado.  Rui había comentado en broma que alguien dijo que esa era la embajada de Estados Unidos. 









Cotejé el menú y había algo como unas croquetas de bacalao, acompañadas de arroz con tomate.  Me pareció interesante y lo pedí.  Mientras esperaba la comida, observé una pareja de novios en sus galas nupciales frente al tranvía, que posaba para un fotógrafo. 



Llegó mi comida.  Las croquetas estaban buenas.  El arroz resultó algo extrañísimo, servido como en un calderito.  Parecía como un asopao aguado, con habichuelas.  No sabía si lo regaba encima de las croquetas o me lo comía así mismo.  Eché un poco sobre las croquetas y probé otro directo del calderito, pero me parecía insípido.  Pensé que tal vez en ese lugar no lo preparaban bien, pero tuve una experiencia similar en Lisboa.  No entiendo la preparación de ese arroz que no es ni risotto, ni asopao; ni siquiera arroz amogolla’o.

Salí del lugar con intención de visitar una iglesia, pero estaba cerrada al público.  Quien sabe, tal vez allí se celebraría la boda de los novios que había visto.  Luego pude entrar a otra e hice una oración de agradecimiento por el viaje que estaba disfrutando.  De vuelta al hotel, decidí subir a la terraza en la azotea, desde la cual se divisaba el río.  Allí estaba la pareja de Sudáfrica, a quienes saludé y me invitaron a unirme a ellos, lo cual hice.  Habían pedido una cena sencilla y me invitaron a pedir algo, pero les dije que ya había cenado.  Ella insistió en que por lo menos me tomara un vinito y debo confesar que no tuvo que insistir mucho.  Hablamos de diversos temas y ella me comentó que se extrañaba de que estuviese sola, porque en los intercambios que habíamos tenido me percibió como una persona interesante.  Le agradecí el elogio y estuvimos un buen rato hablando sobre las realidades de las mujeres en edades como la mía y la propensión de los hombres de esa edad a buscar mujeres más jóvenes, pero eso es otro tema.  Poco a poco caía el sol y la vista resultó un hermoso cierre a un hermoso día, en buena compañía.











Salimos de Oporto rumbo a Fátima, pero antes nos detuvimos para una corta visita a Coímbra, la ciudad universitaria.  Hubiese querido estar más tiempo allí.  Hay algo en el ambiente universitario que hace vibrar los espacios. La Universidad de Coímbra es antiquísima; data del siglo XIV, con diversas estructuras incorporadas a través de los siglos.  La torre con su reloj/campanario, fue añadido en el siglo XVIII, con la consigna de que “no puede haber un orden adecuado sin reloj”.  Según la tradición, los estudiantes de nuevo ingreso no podían transitar los espacios fuera del aula luego del tañido que marcaba la hora.  Al escribir estas líneas pienso en mi amada Universidad, modesta y nueva en comparación, pero que encierra una magia especial en sus viejas estructuras y el dulce sonido de su carrillón, que me emociona cada vez que lo escucho.













Al acercarnos al área principal de la Universidad vimos a una joven vestida con capa tradicional, que según nos explicaron, eran requeridas antiguamente, pero ahora se usan para ocasiones especiales y algunos estudiantes las usan cuando recaudan fondos para sus estudios o necesidades particulares. 











El exterior de las fachadas se veía impresionante, pero más aún, los interiores vetustos.  Las salas de estudio eran oscuras, intimidantes, pero lo más intimidante para mí -y presumo que para los pobres estudiantes- fue la sala en la que debían presentarse para los exámenes orales.  Siempre hay algo de nervios previo a un examen, pero estar en una de estas salas debe haber supuesto visitas previas al baño y temblores al momento de encarar las preguntas.  Los pasillos ofrecían vista a los entornos y había incluso, una pequeña celda donde los estudiantes que hubiesen infringido una norma eran sometidos a encierro.


















Salimos del recorrido y en la explanada podía divisarse parte de la ciudad, la cual visitamos luego. 












Primero, una parada para comer algo liviano.  Vi un lugar con nombre italiano -Bellini.  De hecho, el dueño era italiano y me ofrecía diversas opciones.  Estaba indecisa, pero me senté.  Pedí un panino de salmón ahumado con una copa de vino blanco que estaba muy bueno y el mozo, de nombre Eduardo, fue muy amable -hasta le puso unos calzos a la mesa sin que se lo pidiéramos, al percatarse de que la mesa estaba algo coja. Luego se unieron dos de las compañeras de viaje y pidieron pizza.  Como yo había llegado antes, terminé mi pequeño almuerzo y me fui a explorar, porque no teníamos mucho tiempo. El pueblito me resultó encantador, con sus calles empedradas y las vitrinas que ofrecían apetitosos dulces.



De regreso me topé con tres estudiantes que lucían sus capas y me detuve a hablar con ellos.  Me ofrecieron unas postales por un donativo.  Elegí una y me dijeron que podía tomar otra.  Seguí hablando con ellos y se mostraron muy interesados en mi procedencia.  Les conté de las tunas de Puerto Rico y le mencioné a Segreles.  No la conocían, pero uno de los chicos tomó nota para buscarla, porque les hablé de los intercambios que tenían con tunas portuguesas.  Lamenté no poder seguir compartiendo por lo apretado del itinerario y no haberles tomado una foto para preservar el momento, aunque queda preservado en mi memoria.



Es interesante cómo puedo recordar detalles de algunas experiencias con nitidez, lo cual significa que tuvieron un impacto para mí.  Son viñetas de momentos que resultaron especiales para mí, aunque quizás para otr@s serían insignificantes.  Salimos de Coímbra hacia Tomar, para visitar el Convento de la Orden de los Templarios.  No cesan de asombrarme las construcciones medievales que tomaron varios siglos en completarse. Visitar este convento es adentrarse en otro tiempo; en un mundo en el que la visión de lo deseado era más importante que contemplarlo de inmediato, algo sobre lo que debemos reflexionar en este mundo de inmediatez en el que queremos resultados instantáneos, sin pensar en que lo que hagamos hoy tiene impacto sobre las generaciones futuras.








El convento impresiona por sus dimensiones, la amplitud de sus claustros, el detalle en sus fachadas y lo imponente de la iglesia.  El contraste de lo ornamentado de la iglesia con los interiores austeros del claustro no podría ser más marcado.  Por un lado, una vida sencilla, muchas veces en silencio, con pocas posesiones y por otro, un lujo en las decoraciones que se dedicaban a un Dios que en realidad no las necesitaba, pero que de ese modo le rendían sus respetos.  ¿A qué dios le rinden respeto l@s obsesionad@s con carteras Louis Vuitton, autos Maserati o yates en los que pasean con los 200 cueros que se vanaglorian de atraer y de los cuales ninguno trascenderá este siglo?

Seguimos nuestra ruta hacia Fátima y llegamos en la tarde.  El hotel queda a pasos del santuario, por lo que luego de dejar las cosas en la habitación, me dirigí a visitarlo.  No soy religiosa, pero sí espiritual.  Estos lugares me inspiran respeto y me conmueve ver el fervor de quienes hacen sacrificios para pedir un milagro.  Ya Rui nos había advertido que algunas personan hacen el trayecto hacia la catedral de rodillas y que por respeto, no debíamos tomarles fotos. Vi varias personas haciendo ese trayecto de rodillas y me conmovió hasta las lágrimas.  Más tarde me topé con una mujer del grupo con quien casi no había compartido.  Llevaba en brazos un muñeco de bebé que pensé había comprado para una nieta, pero me explicó que lo había traído desde su casa para ofrecerlo en el altar dispuesto para los ofrecimientos, porque la esposa de su hijo no podía quedar embarazada y parte del propósito de su viaje era hacer esta petición en el altar.  Se me formó un taco en la garganta y le deseé sinceramente que se cumpliera su petición.

Llegué a la Capilla de la Aparición y honestamente no sentí nada especial.  Luego fui a la Basílica de Nuestra Señora del Rosario e hice una pequeña oración por una amiga que enfrenta cáncer.  Lo que más me impresionó fue la leyenda en un arco que lee “Reina del Santísimo Rosario de Fátima, ruega por nosotros”. 









Salí de allí de regreso al hotel pensando regresar para la procesión en la noche, pero el cansancio y la lluvia que cayó me disuadieron.  Tomé un baño y me cambié para la cena que se ofrecería en el hotel.  Había gente esperando que abrieran el salón comedor y la impresión no fue la mejor.  Había otro grupo de excursionistas que algunos pensaron que eran franceses, pero yo creo que eran alemanes.  De cualquier modo, eran como un ejército de gente ruda, que hacían lo imposible por colocarse frente a la mesa del buffet.  Yo, que soy bajita, tuve dificultades para lograr escoger buenos pedazos del ofrecimiento que, de hecho, era bastante corriente.  Una de las compañeras me conminaba a meterme un poco a la cañona, pero ese no es mi estilo.  Regresé a la mesa con un plato triste, pero que satisfizo el hambre.

Al otro día me levanté temprano para tomar el desayuno y regresar al área del santuario.  Estaba nublado y con un velo de neblina que le daba una apariencia mística al área.  Me acerqué a la Capilla de la Aparición, en la que se estaba celebrando misa en italiano y me dio satisfacción que las lecciones en este idioma no fueron en vano, ya que pude seguir los ritos.  Hice una oración por un primo que ha estado enfrentando retos de salud y me marché antes de que terminara la misa, porque no disponía de mucho tiempo.  Me sentí en paz.



Partimos rumbo a Lisboa, pero hicimos varias paradas.  La primera, para visitar el Monasterio de Batalha, construcción en honor a la victoria sobre Castilla en 1385, cuyas obras iniciaron al año siguiente y se extendieron por ¡dos siglos!  Toda la estructura es impresionante, primero por su magnitud. Segundo, la belleza de los claustros y las capillas inconclusas. Por último, los detalles que se escapan si no se conoce lo que se está viendo.  Hay una tumba al soldado desconocido, presidida por un crucifijo.  En él, la figura del Cristo está sin piernas, porque fue encontrado en un campo de batalla en ese estado y decidieron colocarlo así mismo.  ¡Cuántos cuerpos mutilados o peor aún, sin vida, siguen encontrándose a través de los siglos en batallas sin sentido cuyas víctimas, en su inmensa mayoría, ni siquiera son combatientes, sino simples moradores en la tierra que les debió ofrecer cobijo!
















La lluvia se mostró impertinente rumbo a Nazaré, una villa de pescadores.  Se suponía que íbamos a ver las olas más grandes del mundo y casi no pudimos ver ni el agua.


Tuvimos algo de tiempo libre para apreciar algo del pueblito y comer algo.  Me detuve en un lugar y pedí otra vez unas croquetas de bacalao, que no eran nada del otro mundo, pero nuevamente compartí con la pareja sudafricana.  Tomé fotos de las embarcaciones de pescadores que me recordaron nuestras yolas -salí empapada del lugar y cansada.




Faltaba una visita antes de llegar a Lisboa: Óbidos.  Resultó ser un pueblito encantador.  Entramos a un lugar que vendían licor de cerezas característico de la zona, conocido como Ginja y Rui nos convidó a probarlo, servido en vasitos comestibles de chocolate oscuro.  Era bueno, pero es de esas cosas que fuera de su entorno, pierden su encanto, así que no compré, aparte de que no quería cargar más peso.




Me dediqué a transitar las callecitas y tomar fotos.  Me detuve en una tienda fascinante, toda de sardinas y pescados enlatados, con diversos aderezos, empacados muy vistosamente. 




























Compré tres latas que terminaron costando como 32€, pero valieron la pena.  A mi regreso invité a mi prima Socorrito a degustarlas, acompañadas por el vino que traje y bacalaítos que preparé. Al final, botellita y media de las 6 que compré en Oporto, con chocolate. Nos dimos un gustazo.

 Luego de Óbidos nos dirigíamos al destino final de la excursión, Lisboa, en un hotel distinto al del inicio. Rui nos anunció que no nos detendríamos en el hotel antes de tener nuestra cena de despedida, lo cual me desilusionó porque había pensado ponerme mi little black dress con un collar de colores y unos taquitos, pero al menos di con un collar de cuentas rojo y me lo puse sobre la camiseta de color sólido que tenía.  Por suerte ese día me había puesto unos zapatitos negros cerrados que se veían de lo más monos. Vamos, que no se puede perder el caché.

El lugar de la cena era en una finca en la que criaban cerdos y producían vinos.  Nos recibió el dueño y nos llevó a un área en la que disfrutamos de vino, aceitunas, patés y pan, mientras nos hablaba de su finca.  Luego, pasamos a una gran mesa en la que disfrutaríamos de un exquisito buffet, en el que la estrella era el cerdo proveniente de la misma finca. 



Según nos explicó Rui, era el primero que preparaban de la crianza que producían.  Estaba exquisito y se lo dejé saber a Rui, enfatizando que si de algo sabemos en Puerto Rico es de cerdos, debido a nuestra tradición de asarlos a la vara para ocasiones especiales.  Salimos de la finca felices de haber tenido una cena tan especial y del fin de un viaje hermoso.  Llegamos al hotel y yo estaba extenuada.  Me despedí de Rui con un abrazo, aunque luego lo vi varias veces en el vestíbulo, ayudando a otros viajeros con gestiones.  Evidentemente disfruta lo que hace.

Al otro día ya estaba por mi cuenta.  Bajé a desayunar y vi al hombre de Seattle, que bajaba solo a desayunar porque su esposa se levantaba más tarde.  Me uní a él y tuvimos una conversación muy profunda sobre espiritualidad. Le mencioné que siempre viajo con mi folleto de La Palabra Diaria, que me mantiene centrada y en agradecimiento por todas las bendiciones recibidas.  Él y su esposa también pasarían otra noche en Lisboa, así que hablamos de tal vez cenar juntos al otro día.  Yo me dediqué a explorar los alrededores.  Entré a un centro comercial en plena avenida, pero no había nada que me llamara la atención.  Pasé por un cajero automático y decidí sacar euros adicionales, porque esa noche y al otro día estaría por mi cuenta y no me gusta depender de las tarjetas para compras simples.  Como me ocurre siempre que viajo a otros países, introduje mi tarjeta con miedito, porque si la máquina se la traga, no iba a ser sencillo recuperarla, sobre todo porque ese día era domingo.  Afortunadamente, no tuve problemas.  Pasé frente a una cafetería y pedí un café con un pastel de nata, que no estaba mal.  Regresé al hotel para prepararme para la excursión que había reservado desde acá, en la que debía degustar diversos platos y vinos -algo así como un chinchorreo, pero no era barato. 

Se suponía que me encontraría en una plaza con el grupo, así que decidí tomar un Uber.  Llegué como 15 minutos antes, pero no veía al guía que supuestamente debía llevar un sombrero, aparte de que nadie en la plaza estaba hablando español.  Escuché a unas norteamericanas hablando algo sobre el tour de degustación, así que supuse que ellas se unirían.  Luego apareció el guía -sin sombrero.  La única del grupo que hablaba español era yo.  Aparte de las americanas, había una parejita creo que de Dinamarca.  El guía se disculpó por la confusión e inició el recorrido. Entramos a un lugar en el que no había nadie en las mesas.  Salió a recibirnos el que supongo era el dueño y nos acomodamos en una mesa.  Trajo sardinas -de lata, pan, aceitunas y hummus.  No había con qué servirse las sardinas, así que cada quien estaba metiendo su tenedor en el plato, lo que me pareció poco higiénico, así que le comenté al guía y el dueño o encargado produjo una cuchara.  Esto no pinta bien, me dije.

De allí salimos a un lugar que parecía un cafetín de esos del Viejo San Juan y nos ubicaron en la barra, donde nos servirían un sándwich de cerdo, que estaba muy bueno.  Desafortunadamente lo acompañaban con cerveza, que no me gusta, así que pedí agua.  Seguimos camino y pudimos disfrutar algo de las calles de Lisboa.  Llegamos a una especie de fonda, donde nos sirvieron un guiso, que disfruté, con vino.  De allí salimos a una dulcería para probar los pasteles de nata, que estaban muy buenos.  Para terminar, caminamos hasta un lugar donde nos ofrecieron el licor ginja en unos vasitos plásticos, mientras estábamos de pie frente al lugar.  Una de las chicas comentó que sabía a sirop para la tos y en efecto, a eso sabía.  Ninguno de nosotros pudo terminarlo.  Allí nos despedimos, frente a la Plaza San Francisco, que fue tal vez la mejor experiencia de la noche.











La plaza estaba adornada con luces y había kioscos con diversos ofrecimientos.  En tarima unos músicos interpretaban canciones.  Disfruté la experiencia de sentirme vinculada a unas tradiciones que eran distintas, pero al mismo tiempo similares a las nuestras.  Tras caminar por la plaza viendo los ofrecimientos de los kioscos, decidí pedir el Uber y regresar al hotel.  Al otro día tendría la excursión por mi cuenta a Sintra y Cascais.  Tras una confusión con respecto al traslado, finalmente nos encontramos con el guía que nos ofrecería el recorrido.  Había una pareja de españoles, una pareja de peruanos, una chica de Argentina, una pareja de norteamericanos y yo.  El guía -Joāo- hacía las veces de chofer de la pequeña van y ofrecía las explicaciones en inglés y en español.  Me compadecí de él, porque no debió ser sencillo poder manejar todo eso.  Y debo decir que hizo un excelente trabajo y mantuvo una actitud muy positiva.




Llegamos al área del castillo de Sintra bajo una incómoda llovizna y algo de neblina.  La mujer de la pareja de españoles resultó ser bastante mandona y en un momento dado, le pidió al marido que le agarrara el bolso, lo cual él no hizo de inmediato.  Ello provocó una reacción airada, en la que le dijo en tono molesto: que me agarres el bolso, ¿cuántas veces te voy a pedir que me agarres el bolso?”. Yo quedé de una pieza y del resto del grupo se sintió un incómodo silencio.  Más adelante en el recorrido, seguía lloviendo y ella, disgustada, dijo: “esto es un asco”, lo cual me pareció una falta de respeto hacia el lugar que visitábamos, porque era algo impresionante y la lluvia no se puede controlar.  Me aseguré de mantenerme alejada de la gruñona mujer y me compadecí del marido, quien era muy simpático.El recorrido por el palacio fue muy impresionante.  Había demasiados detalles, pero salí más que complacida. 







El trayecto de regreso resultó difícil porque el suelo empedrado estaba resbaloso luego de la lluvia.  Joāo me ofreció su brazo y no dudé en aceptar la oferta, porque una caída en Sintra no estaba en mis planes.  Salimos del área del castillo hacia el pueblito, que resultó encantador.  Joāo sugirió que fuéramos a una repostería llamada Piriquita, que ofrecían diversos dulces, uno de los cuales era la especialidad, de ese mismo nombre.  Es como una masa hojaldrada con relleno a base de huevo, como una natilla con más consistencia.  Me desplacé por las callecitas, fijándome bien por dónde pasaba, para no perderme.









Regresé al lugar de encuentro y partimos hacia Cascais. Previo a la llegada, hicimos  una parada en Cabo de Roca, el punto más al oeste de Europa occidental. El lugar presenta unos enormes acantilados, que me hacen recordar el paisaje de Quebradillas.  No me gusta fotografiarme, pero el mar siempre me llama y le pedí a la chica de Argentina que me tomara una foto.  Estoy feliz, con el mar de fondo y mi camiseta con una flor de maga y la frase “Siempre serás un jardín florido de mágico primor” y una porción de mi bandera, que siempre me acompaña no importa cuán lejos vaya. 











De allí salimos para Cascais, un destino algo más moderno, con vista a una playa.  Mientras observaba el paisaje desde la van, me fijé en las nubes y de momento me pareció ver la imagen de Papi, lo cual trajo lágrimas a mis ojos.  No sólo me acompañaba mi bandera, sino que sentí que Papi me observaba disfrutando de ese viaje.  Recibí confirmación de ello un poco más tarde.

Joāo nos recomendó un lugar especializado en mariscos para almorzar, así que me dirigí allí.  El lugar estaba repleto y por un momento dudé de que tuviese tiempo de almorzar.  Por suerte, tenían un servicio excelente y me ubicaron en una mesa con vista al mar.  Pedí ostras de aperitivo, pero no tenían.  Lo que sí tenían eran langostinos, esta vez como plato principal caliente, así que los pedí.  Me trajeron esta fuente con ocho langostinos gigantescos y para acompañarlos unas papas fritas crujientes.  Por supuesto, mi copa de vino blanco no podía faltar.  Los langostinos estaban exquisitos, preparados en mantequilla y azafrán.  Estaban jugosos, con un sabor marino inconfundible.  Me imaginé a Papi feliz, contemplando cómo disfrutaba de un plato que era especial para él.  Los langostinos eran tan grandes que ya cuando iba por el sexto, me sentí bastante llena, pero no podía dejar perder algo tan sublime, así que poco a poco terminé el plato completo.  Esos langostinos se unen a otros platos espectaculares que he disfrutado en mis viajes, como los lingüini en tinta de calamar que disfruté contemplando el canal de Venecia o las ostras en la isla de Miyajima.












Finalizada la excursión, Joāo nos llevaría al punto de encuentro, desde el cual yo debía tomar un Uber.  Me despedí de él y por la conversación supo dónde me hospedaba.  Me dijo que el hotel estaba en ruta hacia donde se dirigía, así que ofreció llevarme, lo cual acepté con gusto.  Este joven había hecho un excelente trabajo al tener que conducir y al mismo tiempo ofrecer sus explicaciones en dos idiomas.  Era evidente que disfrutaba lo que estaba haciendo, lo cual es en sí un excelente activo para el turismo en su país. Mostró no solo las bellezas y habló sobre la historia de la zona que visitamos, sino que también mostró la belleza de la gente de Portugal. 

Al día siguiente decidí ir al Acuario de Lisboa.  Tomé un Uber y llegué sin problemas.  El acuario es impresionante, con instalaciones modernas y muy bien dispuestas.  



Tenían tanques enormes cubiertos de cristales desde los cuales podían apreciarse diversas especies, incluyendo tiburones y mantarrayas.  Estas últimas me fascinan, porque parecen pájaros agitando sus alas cuando se desplazan a través del agua y al verlas por debajo parecen tener caritas sonrientes.  















En otros tanques tenían las estrellas de mar que tanto me fascinan y por supuesto, los peces payasos a los que no importa donde vayamos, ya los identificamos como Nemo, por la película de Disney.  Verlos me conectó con esa parte inocente, con alma de niña que me habita. También había un área abierta, desde la cual podían divisarse nutrias juguetonas y hasta pingüinos.
















Tras ver las criaturas marinas en vivo, me dirigí a una sala en la que exhibían un documental hermoso sobre la vida marina y la interacción con lo seres humanos.  Los murales en la entrada me hacían sentido: “Pertenecemos al océano”.  Y en las exhibiciones de los seres marinos, una frase me cautivó: Mar, Metade de minha alma é feita de maresia. Sí, la mitad de mi alma está compuesta de la brisa y la sal del mar.







Conectado por un funicular hay un parque espectacular que bordea un lago que hubiese pensado que era mar, pero no. El lugar transmite paz.  Hay un silencio que permite escuchar la brisa que agita las ramas de los árboles circundantes. 
























También hay área de restaurantes, pero me había comido un emparedado -de marisco, claro- en el acuario, así que no tenía hambre.  Regresé al hotel y me encontré con el hombre de Seattle en el vestíbulo.  Quedamos en encontrarnos junto a su esposa para cenar.  En la recepción me recomendaron un restaurante que estaba a pasos del hotel, así que más tarde eso hicimos.  Su esposa tenía más dificultad para caminar de lo que imaginé, así que me desplacé nerviosa durante el trayecto.  El restaurante me decepcionó un poco, pero a ellos pareció no importarles.  Yo pedí el plato especial del día, que resultó ser una versión ampliada de las croquetas de bacalao -algo así como un pancake grueso, con el caldero del arroz como el que había comido en Oporto.  No fue la cena que hubiese querido como despedida de Portugal, pero me alegré de compartir con esa pareja amable y en cierto modo, ofrecerles compañía.

Mi viaje llegó a su fin al día siguiente, cuando debía emprender el vuelo de regreso.  Bajé a desayunar y me resultó enternecedor ver cómo un mesero colocaba con sumo cuidado los platos en una mesa cercana y tomaba con pinzas las servilletas.  El servicio había sido excelente y sentí que los empleados se esmeraban en atender bien a los huéspedes.  Así se lo manifesté a dos personas que parecían ser gerentes.  A veces pasamos por alto el buen servicio y sólo nos fijamos en los defectos.  Lo mismo pasa con nuestras vidas -en ocasiones solo miramos lo negativo, olvidando las bendiciones.   Portugal fue inesperado; me llevo muchas imágenes hermosas y varias totalmente inesperadas que quedarán grabadas en mi mente: el templo griego y la luna trasnochada de Évora, el Castillo Mateus, los nidos de cigüeñas, los bacalaítos y la imagen de Papi formada por nubes en Cascais.  Una vez más, me regocijo en la fortuna de poder disfrutar de los viajes que me permiten ver otros paisajes, otras culturas, otra gente y encontrar, una vez más, que estamos hechos de la misma esencia.

3 de septiembre de 2024


 


lunes, 3 de junio de 2024

Votar por Zaragoza

 




¿POR QUÉ VOTÉ POR ZARAGOZA?

Much@s que me conocen saben que en las pasadas elecciones voté por Juan Dalmau para gobernador.  Otr@s ya sabían que había decidido participar en las primarias del Partido Popular y respaldar a Juan Zaragoza.  Desde hace unas tres elecciones comencé a votar mixto y por las pasadas dos, por candidaturas.  Poco a poco me fui desconectando del partido al que me sentía ligada desde que ejercí mi primer voto.  Ese vínculo se estableció desde niña, al observar a mi papá y su admiración por la figura de Luis Muñoz Marín.  Llegué a ser funcionaria de colegio por el PPD, junto a él y luego junto a mi ex esposo.  Con el correr del tiempo, los candidatos que se presentaban comenzaron a disminuir en calidad y ni se diga del desprestigio del Estado Libre Asociado que quedó al descubierto con la implantación de la Ley Promesa y su nefasta Junta de Control, digo, Supervisión Fiscal. 

Nunca he sido afín con el pensamiento PNP y el PIP había padecido de una arrogancia crónica hasta la llegada de Juan Dalmau.  Victoria Ciudadana ha tenido algo de esa arrogancia, pese a que algun@s de sus miembros han mejorado, pero no me convencían del todo.  Es por eso que para las elecciones pasadas decidí votar por Juan Dalmau, algunos candidatos para la legislatura del PPD e independientes y Manuel Natal para alcalde de San Juan.  Estaba decidida a votar nuevamente por Juan Dalmau, que no tuvo primarias, hasta que comencé a ver entrevistas de Juan Zaragoza y me impresionó su análisis dirigido a la necesidad de administrar sin importar las decisiones difíciles que haya que tomar.  No hay más que ver los horrores en el Departamento de Educación y el de Corrección bajo la actual administración, para darse cuenta de que hay una mezcla de politiquería e incompetencia que nos lleva al desastre por la ruta de la indignación.  Eso sin contar la demostración de la Comisión Estatal de Elecciones en las primarias de ayer.

Zaragoza, que no quiso asumir la presidencia del PPD, me convenció de que venía a atajar los grandes problemas del país sin dejarse influenciar por el monstruo que habita las agencias gubernamentales: los partidos políticos.  Él lo vivió y yo también, aunque a menor escala.  Las asociaciones de empleados de los dos partidos principales constituyen un grupo de presión espeluznante.  Los del partido que gobierne toman muchas de las decisiones influenciados por el partido, incluyendo la selección de candidat@s para puestos clave.  Yo sé lo que es tener que resistir a la presión para que se seleccione a un(a) candidat(a) o para que se cancele un contrato sin hacer el análisis pertinente, simplemente porque el contrato fue otorgado por la administración anterior.  Y cuando llega una nueva administración, much@s de l@s que pertenecen al partido contrario arrastran los pies y no dan el máximo.

Al ver la figura de Zaragoza pensé que Dalmau tendría una tarea muy difícil al enfrentarse a esa pared que pueden ser los empleados del partido contrario, que serían ahora dos.  Mover a todo un aparato gubernamental es una tarea titánica y deduje que Zaragoza, por haber vivido en las entrañas del monstruo, podía estar mejor preparado que Dalmau, que tendría que enfrentarse no sólo a los retos de gobernar un país en quiebra, sino también a tener que lidiar con una fuerza desmotivada, en el mejor de los casos y en el peor, obstruccionista.  Pues Zaragoza perdió, así que volveré a mi plan original, ya que no creo que Jesús Manuel pueda resistir el empuje de tod@s es@s partidari@s que estén o quieran entrar a las agencias gubernamentales por otro motivo que no sea reclamarle el pago por su apoyo.  El sistema está tan dañado, que se requiere de una persona muy particular para lograr un verdadero cambio y ese, para mí, era Zaragoza.

La figura de Zaragoza no levanta pasiones.  No es un hombre con el don de la palabra, no tiene una personalidad carismática y asume una actitud aparentemente pasiva.  Pero yo no lo quería para que montara un espectáculo. Yo lo seleccioné porque le creo cuando dice que venía a resolver los problemas que nacen de las fallas en administración.  Le creo porque ya tomó decisiones antipáticas, como cuando cerró el Zipperle’s y no cedió a las presiones de que se perderían empleos y que afectaría la economía.  Yo viví el reclamo de un empresario que quería certificarse como firma en desventaja económica, sin cualificar para ello y me acusó de estar en contra de lo que él decía era el propósito del programa: crear empleos, porque esa era una prioridad.  Hay que conocer bien los programas que se administran -el propósito no era la creación de empleos, aunque eso era un beneficio colateral, sino lograr que empresarios en desventaja económica-y él no lo era, salieran adelante. Ninguna presión de altos niveles iba a hacer que yo certificara a alguien que no procedía certificar.  Lo mismo haría Zaragoza.  Estoy segura que Dalmau también, pero creo que le va a tomar más tiempo poder inspirar a los empleados de carrera, con un equipo casi completamente nuevo.

Pese a todo esto, votaré por Dalmau en las elecciones generales.  Y Dios nos coja confesa’os, porque con el triunfo de Jennifer en las primarias del PNP se pone de manifiesto la maripilización de los procesos decisionales.  Ella dice lo que la gente – o un grupo sustancial- quiere escuchar.  Dice que cancelará el contrato de LUMA.  Mire, yo detesto a LUMA como el que más, pero zafarse de un contrato leonino como ese, implicaría perder los millones de dólares que no nos podemos dar el lujo de perder, aparte de lo que costará volver a montar la estructura de la AEE.  Como ejemplo de decisión populista no hay uno mejor que el de darle tablillas a los vehículos conocidos como four tracks, que no están diseñados para transitar en carreteras principales y autopistas. Y de que tiene carisma y sabe desenvolverse bien en público, no hay duda, pero constituye una amenaza peor que Pierluisi -y eso es mucho decir.

Voté por Zaragoza y no considero que fuese un voto perdido, como se ha puesto de moda decir.  No fue perdido, porque cualquier esfuerzo para adecentar la política que tan maltrecha está es válido.  Hace falta analizar bien las decisiones que tomamos y yo hice un buen análisis, de acuerdo con mi conciencia, no a base de lo que otr@s pensaran.  Fueron much@s l@s que me dijeron que no votaban por Zaragoza, pese a que era mejor candidato que Jesús Manuel, porque iba a perder.  Lo mismo que me decían y me dirán con respecto a Dalmau.  Y se convierte en la profecía auto cumplida -si no votan por él, por supuesto que no gana.

Para estas elecciones el país se juega su estabilidad.  No se pueden tomar decisiones a base de simpatías o de lo que no se analice bien.  Si usted hace un verdadero análisis y decide algo diferente a lo que yo creo, por lo menos lo analizó.  Quedarse en la casa y no votar no es una opción, porque si yo no tomo decisiones, otr@s lo harán por mí y francamente, el panorama no es nada halagador.

3 de junio de 2024

 


lunes, 27 de mayo de 2024

Chinches y la Hiperbolicum Portorricensis

 






CHINCHES APESTOSAS Y LA HIPERBOLICUM PORTORRICENSIS

 

El domingo pasado me topé con una columna en la sección de ciencia del periódico.  Me llamó la atención porque el titular hacía referencia a que una puertorriqueña descubrió un nuevo insecto.  Y esto puede parecer poca cosa, porque no solemos tener una predilección por estos miembros de la especie animal que incluyen fastidios como moscas, mosquitos, hormigas, caculos y -horror de horrores- cucarachas.  Hay científicos que estudian especies marinas -que me fascinan- o felinos -ídem.  Hace tiempo que aprendí que somo seres interdependientes y que cada especie tiene su razón de ser, aunque no tod@s lo sepamos.  No voy a escudriñar la utilidad de las cucarachas ¡ugh!, pero alguna tiene que tener.

Pues la chica que descubrió el nuevo insecto que ahora será nombrado en su honor se sentía feliz, tras el descubrimiento de la nueva especie que pertenece al género de chinches apestosas.  Ok, ella tan feliz de haber descubierto un animal que según la foto que aparece en el periódico no es algo que podríamos llamar bonito y más aún, eso de que sea apestoso lo hace peor.  Yo estaría contenta de haber descubierto una nueva especie de mariposita, de libélula, algo más mono -que dicho sea de paso, podría ser hasta una nueva especie de mono, aunque no sean insectos.  Y ella tan feliz.

Me resultó gracioso que el hallazgo se dio en medio de una expedición de alrededor de un mes en las montañas de Panamá y que el proceso de identificación del género o sexo de los especímenes se hace al disecar su genitalia.  No me imagino el trabajo que debe dar disecar una chinche para descubrir si es macho o hembra.  Más gracioso me resultó además que la chica relata que en estas expediciones pueden pasar varios días sin bañarse, por lo que aparte de las chinches debía haber varios humanos apestosos.  Bromas aparte, el estudio de nuevos organismos es de suma utilidad para identificar enfermedades, pero mejor aún, posibles curas a éstas.  Le debemos a estos científicos la cura de muchos padecimientos que han cobrado vidas.  Sabe Dios si estas chinches apestosas logran exterminar el cáncer cuando las células enfermas mueren de asco al sentir la peste.

Y ya que estoy en esto del descubrimiento de nuevos especímenes, creo que debe hacerse un estudio de una especie de padecimiento colectivo que pudiésemos llamar el Hiperbolicus Portorricensis, ocasionado por la especie Maripilus Inconsecuentis.  La participación de una mujer que se ha hecho famosa a base de explotar su sexualidad desde un programa -memorable para algun@s y decepcionante para otr@s-  que se llamaba No te duermas.  Las mujeres tenían que ser voluptuosas y exhibir sus cuerpos. De ahí, la mujer pasó a alimentar su fama con las aventuras amorosas que tenía con hombres que se deslumbraban con su nalgaje y tetaje.  Y las parejas eran siempre hombres con abultados bolsillos -no eran ningunos pela’os, aunque debo reconocer que ella tenía sus propios negocios, en los cuales es aparentemente exitosa.

Pues la Maripilus inconsecuentis participó, con toda su exuberancia y vocabulario limitado pero combativo, de un programa de televisión en el que l@s partcipantes, tod@s supuestamente famos@s de varios países, debían permanecer creo que por 3 o 4 meses en una casa.  El canal que patrocinaba esto daba informes en la sección de farándula del noticiario y poco a poco l@s seguidor@s se fueron contagiando con la nueva enfermedad.  Había un furor por votar para lograr salvar a “la nuestra” cada vez que ella estaba en peligro de ser eliminada y perder los $200,000 de premio, porque ella no hacía esto por la patria, no se equivoquen.  Y vamos, cada quien tiene derecho a competir para ganarse unos chavitos.  Los de cierta edad recordarán aquel programa de “Sube nene, sube”, donde un hombre debía trepar por un poste engrasado para ganar y poder cubrir los gastos de una boda, pero no traten de venderme este ejercicio de la Maripilus como uno patriótico.

El furor que se creó se convirtió en epidemia, que tuvo su momento clave y que da pie a la identificación de una nueva enfermedad tras el desborde de exceso y ridiculez del jueves pasado, en el que la Maripilus regresaba al país.  Se organizó una caravana que salió del aeropuerto en una ruta que se anunció en los periódicos, como si se tratara de alguien que se había esforzado por representar al país tras años de entrenamiento en disciplinas del deporte o concursos de belleza.  O tal vez ahora se instituya un nuevo deporte.  El recibimiento en el aeropuerto creó caos y el desfile de la carroza fue transmitido por el canal que auspició el evento, sin dejar pasar gota de sudor secada, policías apartando fanáticos deseosos de tocar a la Maripilus como si de manto sagrado se tratara, banderita agitada, ni el rótulo de bienvenida del Municipio de San Juan, que aclaraba que estaba “Autorizado por el Contralor Electoral”.

Este es un país sumido en estrechez económica.  Faltan médicos, no hay suficientes policías para prestar la vigilancia necesaria, los programas de asistencia a personas sin recursos son un desastre.  Precisamente el día del recibimiento salió un reportaje sobre la falta de educación sobre una modalidad del maltrato hacia la mujer -violencia económica- que consiste en la restricción de todos los fondos por parte del hombre.  Y cuando digo todos, es todos – la mujer debe justificar hasta la compra de tampones.  Nuestra Universidad es asediada por todos los flancos -se nos desmorona poco a poco.  Llora ante los ojos de Dios que no hay fondos para tantas necesidades básicas, pero aparecen fondos para anunciar agencias gubernamentales en campañas tan simpáticas, pero inconsecuentes, como la de una de las depenencias del Departamento de la Familia “Somos un equipo” con niños y sus padres, balón de baloncesto en mano, a todo color, página completa en el periódico y pautas en televisión que tienen que costar un ojo de la cara y la mitad del otro.

Yo nunca había visto un anuncio de la Administración de Rehabilitación Vocacional hasta ahora.  Y creo que hace falta anunciar los servicios, pero aspectos específicos no esta cosa muy linda de lo que podemos lograr, cuando se hace sólo ahora y sin precisión.  Y no quiero pensar en lo que costó el contingente de policías en el recibimiento, en la caravana, ni lo que habrá de costar el recibimiento en Ponce, porque como la Maripilus es de Ponce, hay que recibirla con todos los honores allí también, faltaría más.  Sabe Dios cuántos robos, agresiones y sucesos peores no fueron atendidos por falta de policías, mientras muchos estaban en el recibimiento.  Dicho sea de paso, el evento fue catalogado como histórico por la reportera de farándula que cubría el acontecimiento.

Ahí caí en cuenta que había una epidemia de Hiperbolicum Portorricensis.  Según la tercera acepción de la palabra histórico incluida en el Diccionario de la Real Academia Española, histórico es algo “digno de pasar a la historia”, sinónimo de “trascendental, crucial o significativo”.  Histórico fue el hit 3000 de Roberto Clemente, así como su sacrificio supremo al acudir a ayudar a víctimas en Nicaragua. Histórica fue la medalla olímpica de Mónica Puig, el establecimiento de la Universidad de Puerto Rico, el Oscar de José Ferrer, el nombramiento de Sonia Sotomayor al Tribunal Supremo de los Estados Unidos, el momento en que se izó nuestra bandera por primera vez, el paso del Huracán María, con los desmanes del gobierno, la titánica labor de las comunidades y el momento en que un pueblo se hartó de los abusos y obligó a un inepto gobernador a renunciar.  Y así hay miles de momentos históricos, pero esta reportera, contagiada con la Hiperbolicum Portorricensis confundió los conceptos.  Es urgente combatir esta nueva enfermedad – nos nubla el entendimiento, nos hace confundir realidad con ficción y nos hace ver héroes o heroínas donde solo hay brillo.  El tiempo apremia.  Las elecciones están a la vuelta de la esquina.

27 de mayo de 2024.


martes, 7 de mayo de 2024

NOTIFICO

 




NOTIIFICO: NO ME CUADRA

Hace meses que siento que no me cuadran un montón de circunstancias. Desde antes de mi cumpleaños a principios de marzo, los sucesos a mi alrededor me resultaban cada vez más difíciles de compaginar en mi cabeza y a veces ni me daba cuenta.  Tanto es así, que he tenido pendiente terminar un escrito desde el 8 de marzo -dicho sea de paso, Día Internacional de la Mujer Trabajadora y no he tenido la motivación para culminarlo.  Es un escrito celebrativo, sobre el regalo maravilloso de un paseo con dos amigos, precisamente con motivo de mi cumpleaños, que unos días antes había celebrado con misma y sobre el que pude expresarme antes de que me arropara esta sensación de incomodidad.  Terminar ese escrito celebrativo me resulta incongruente con la desazón que siento.  Es como si casi fuera un acto de enajenación en medio de todo lo que está ocurriendo.

Tal vez todo comenzó con la guerra en Ucrania e imaginar el dolor de tantas familias con sus hogares, barrios y ciudades destrozados no por efectos de la naturaleza, sino por disputas entre un líder de un país muy poderoso y otro de un país mucho menos poderoso.  Poco imaginaba yo que en este año se desataría un conflicto tal vez más desgarrador.  Mientras eso ocurre a nivel internacional, aquí se dan unas batallas sin sentido, con poco respeto y mucho ridículo, por parte de quienes se supone sean líderes.  Y hoy he visto este anuncio en el periódico, parte de diversas campañas de agencias de gobierno que se supone deben ser necesarias para poder pasar el cedazo de la veda electoral, pero que me hace preguntar si ahora son más necesarias que durante los tres años anteriores, pero eso es parte de lo que motiva este escrito.

Dice el anuncio -dirigido a alertar a la población de la llamada tercera edad sobre posibles fraudes- que “Si algo no te cuadra, notifícalo”.  Pues hay mucho que no me cuadra y notifico:

·         No me cuadran las guerras por territorios, mientras uno y otro bando destrozan ciudades enteras, cuyos habitantes quedan sin hogar, sin seguridad y peor aún, muchísimos sin vida.

·         No me cuadra la actitud de revancha desmedida de un primer ministro que ante un ataque vil ha respondido como alguien que en el proceso de matar un mosquito saca una metralleta y destruye toda la casa con los habitantes dentro.

·         No me cuadra la actitud del presidente Biden hacia Israel, enviando más armas para que al mando de un desquiciado siga aniquilando una población ya desfallecida.

·         No me cuadra la falta de supervisión a LUMA y ahora a su socio Genera en el tumbe descomunal que le hacen al país.

·         No me cuadra que LUMA alega estar lista para la temporada de huracanes mientras que en mi vecindario la luz se fue el mes pasado en seis ocasiones, por un periodo promedio de dos horas y de viernes a domingo de este mes se fue por cinco, tres y tres horas y media respectivamente.

·         No me cuadra que Rubén Sánchez no contuvo su acostumbrada actitud jaquetona, prepotente e irrespetuosa durante un debate de candidatos primaristas, insultó y profirió lenguaje soez a una profesional que fue secretaria del Departamento de la Familia y much@s le celebran que inyectó interés a un debate soso, mientras que la cadena que lo contrató emitió unas tibias declaraciones y él se “disculpó” -si es que eso puede llamarse disculpa- dos semanas después.

·         No me cuadra que esa conducta no tuvo mayores consecuencias en la empresa que este locutor -me resisto a llamarle periodista- labora, cuando lo que procedía era una suspensión.  Claro, a ellos si les cuadra, porque estas trifulcas aumentan el rating.

·         No me cuadra el furor que causa el personaje de Maripily -porque es un personaje- en el mal llamado reality en el que participa, y que tanta gente disfrute del intercambio de insultos, burlas, en un regocijo ante una alegada autoestima, que es más bien otra versión de la misma actitud jaquetona de Rubén Sánchez, disfrazada de “yo no me dejo”.

·         No me cuadra que much@s no ven la violencia escondida detrás de los comentarios o chistes machistas y las canciones de los Bad Bunny de la vida, mientras se lamentan de la violencia que se vive en el país.

·         No me cuadra, sobre todo, la falta de conciencia, de ética, de entereza, de responsabilidad, de sentido común de tant@s que intervinieron en la excarcelación del individuo convicto por asesinar y violar a una mujer, que burló a todo un sistema y asesinó a otra mujer, mientras el gobernador, la secretaria del Departamento de Corrección y el secretario de Justicia ponen en evidencia que el aparato gubernamental colapsó.

·         No me cuadra que haya tanta ceguera profesional en este país que a nadie se le ocurriera detener la publicación de este anuncio que resulta ser un chiste de mal gusto a la luz del caso al que acabo de aludir. Fíjense en la imagen del hombre que camina con un andador y dice: “Casi no puedo caminar, pero llevo un año de party”.  Un año precisamente llevaba el convicto embaucador que asesinó a otra mujer tras ser objeto del “pase extendido” al que no tenía derecho y no hubo nadie que dijera “no me cuadra”.

Hace falta más gente que ponga un alto a todo lo que no cuadra.  Estaríamos mucho mejor.

7 de mayo de 2024


viernes, 15 de marzo de 2024

Celebrar







CELEBRAR

Este año celebro una nueva década. Comencé a festejar con mi Buddy tres días antes, con esos detalles que ella se esmera en preparar -tarjetitas con mensajes, velas de estrellitas y un libro que resultó muy apropiado para la siguiente etapa de la celebración.  De hecho, el libro - muy adecuadamente titulado Gift From The Sea, de Anne Morrow Lindbergh, me acompañó en mi estadía en Rincón/Añasco.  Disfruté de una estadía de tres días y dos noches para mí solita en Rincón Beach Resort, lugar en que había estado antes y este año escogí para celebrarme a mí misma en esta nueva vuelta al sol.  Pedí específicamente que la habitación tuviera vista al mar y así fue.



Salí el sábado antes de mi cumpleaños rumbo a Rincón, porque no quería guiar el día de mi cumpleaños, que era al día siguiente.  Conducir por dos horas y media, si no me pierdo, me resulta agotador, sin contar el estrés de los locos en la carretera y la ansiedad que me produce ir a un lugar que no recuerdo cómo llegar, lo que me hace depender del dichoso Google Maps. Como voy manejando sola, dependo de esa voz de mujer que me dice que en 300 metros debo tomar la salida tal, que no siempre está rotulada o que en 400 metros debo doblar a la derecha y no sé cuál de las varias entradas corresponde a los benditos 400 metros. Había decidido partir por el norte y regresar por el sur.

Antes de mi aventura quise tomar la clase de natación, así que terminé saliendo a eso de la 1:10 de la tarde.  Me cogió un tapón de madre por Vega Alta y no veía la hora de llegar al menos a Arecibo, para sentir que ya estaba encaminada.  Finalmente llegué a Quebradillas, a esa cuesta desde la que se vislumbra el acantilado con nuestro mar de un intenso azul coronado por las olas que semejan crema batida y nuestra bandera ondeando majestuosa.  




Me detuve a contemplar el mar y sentir que mi hermosa bandera me cobijaba.  No tuve contratiempos, sin perderme y finalmente – a eso de las 4:30 llegué al hotel que, pese a su nombre, está en Añasco y no en Rincón.  Solté los motetes, me puse cómoda y salí a contemplar el paisaje.  Ya el sol comenzaba a arrojar luz plateada sobre el agua.



Tenía mucha hambre, porque con el desespero de llegar no me había detenido a almorzar, así que regresé a la habitación a bañarme y prepararme para cenar en el restaurante del hotel, que es muy bueno.  Comí dorado con salsa tropical y una copa de Chardonnay.  Al salir me detuve un momento a escuchar a una pareja de músicos cantar suaves melodías, pero el cansancio me venció así que regresé a dormir.  Luché con el sueño porque eran como las 8:30, pero finalmente me rendí y dormí muy bien.

Al otro día -el del cumpleaños- bajé con el traje de baño bajo una batita, mis chancletitas de estrellitas, el libro regalo de mi Buddy con la libreta donde anoto mis pensamientos del día en compañía de Estrellita y Perli -mis compañeras inanimadas de viaje- a tomar el desayuno, con intención de luego tenderme sobre un chaise lounge a contemplar el mar. 




Estuve un buen rato leyendo, escribiendo y la mayor parte del tiempo, eslembada -que dice Luis Rafael Sánchez que es una deformación de la palabra embelesar- mirando el mar.  También recibí llamadas cariñosas de amistades, que me confirman lo bendecida que soy de recibir tanto amor. Por momentos caminaba por la orilla, por otros leía o escribía, pero la más de las veces estaba en ese trance de eslembamiento. Tomé varias fotos y luego al revisarlas decidí que regresaría a tomar otro ángulo de una de ellas, pero debía darme una ducha para ir a Kaplash a comerme unas empanadillas de marisco.

Kaplash es parada obligada cuando voy por esos lares, por mi afición -como buena pisciana- a todo lo que provenga del mar.  El sitio es muy informal, con mesas, sillas, vasos y platos de plástico, así que pedí un mojito, porque el vino quedaba descartado.  Pedí una empanadilla de langosta y otra mixta, sin decidirme a pedir otra, porque quería cenar bien en la noche para celebrar mi cumpleaños como Dios manda.  Mientras esperaba por las susodichas le eché un vistazo a mi celular y para mi total deleite, descubrí una columna de Luis Rafael Sánchez en la versión digital en El Nuevo Día, que devoré con fruición, sobre todo por el título: Besar.  Suspiré. Lo tomé como otro regalo de cumpleaños y en ese escrito fue que encontré la alusión a la palabra eslembar, que es precisamente lo que hago cuando escucho a este escritor.  Me eslembaba desde que fui su estudiante en bachillerato y varias décadas después, me sigo eslembando. Ojalá todo estudiante tuviera un profesor(a) ante quien eslembarse con el embrujo de su voz, su dominio del lenguaje y su imponente presencia.  Pero retorno a las empanadillas.



 Las dos frituras estaban muy buenas y me debatí si debía pedir otra.  Finalmente me decidí a pedir una de pulpo, porque después de todo, no sé cuánto tardaré en regresar por esa área.  De regreso me detuve en una torre de observación, con la ilusión de divisar una ballena que se presentara a desearme feliz cumpleaños, pero no tuve tanta suerte.  Al menos pude divisar el hotel y sus alrededores a distancia.



Regresé al hotel en busca de un lugar donde leer tranquilamente y me fui a una terraza en un área común del piso donde estaba mi habitación, pero había bastante ruido porque da a la piscina, así que me moví.  Estuve en unos butacones en un pasillo cercano al vestíbulo.  Allí me puse a ver un vídeo que me envió una amiga, cuando entró una llamada de mi amigo José, que vive en el estado de Washington.  Me felicitó y me expresó tantas palabras hermosas sobre nuestra amistad de más de veinte años, que me sentí aún más privilegiada, como con la llamada de Thalía y Alba, con quien hacía mucho tiempo no conversaba.  Luego de ese baño de amor, era momento de otro baño para prepararme para la cena.

Bajé al comienzo del atardecer, con intención de tomar unas fotos del espectacular atardecer rincoeño.  Al acercarme al lugar se me adelantó un entourage de novios con fotógrafo armado de cámara, filtros, flashes y toda la parafernalia de los fotógrafos profesionales, así que me moví a otro lugar.  Al rato, vino el entourage a entorpecer mi labor aficionada, pero pude tomar lo que creo son bastantes buenas fotos con mi teléfono celular. 














Total, tengo grabados en mi mente esos espectaculares atardeceres de mi patria.
   No me canso de alabar su hermosura y de dar gracias porque este es mi hogar, al que vienen muchos a pasar unas breves vacaciones, mientras yo puedo disfrutar de esa belleza cuando quiera.  Finalizada mi sesión fotográfica, me dirigí al restaurante.

Me decidí por pedir carne de bisonte.  Después de todo, este no es un cumpleaños cualquiera.  Resultó con algunos pedazos un poco chiclosos, pero de muy buen sabor y la acompañé con un Chianti.  Al finalizar, pedí un brownie caliente y pedí otra copa, porque el chocolate con vino tinto es un verdadero deleite, que casi llega al pecado, como diría mi admirado profesor.  Pedí fósforos para prender la velita que llevé conmigo y el mozo la prendió con uno de esos Magi clicks que se usan para encender las estufas de gas.  En silencio pedí me deseo y la apagué.









Al otro día fui a desayunar y regresé al área donde estuve contemplando el mar y quise volver a tomar una foto de una porción de un árbol con una rama cuya forma semejaba una serpiente.  La marea estaba más alta que el día anterior y caminaba con dificultad.  El mar golpeaba mis pantorrillas, así que me apresuré a tomar la foto.  Vino una ola fuerte y llegué a temer que otra me arrastrara, así que desistí de caminar más allá y me regresé al chaise lounge.  Contemplando el mar sentí como si estuviera molesto, probablemente porque sí lo estaba, así que en mi mente le hablé.  Los seres humanos hemos abusado de su abundancia y belleza; invadimos su reino cada vez más y le arrebatamos sus hijos con avaricia, sin mesura y muchas veces cruelmente.  No sé si me entendió, pero lo sentí más calmado.












La hora de salida debía ser a las 11 am, pero me permitieron una hora adicional.  Consideré quedarme un día más, pero al día siguiente tenía compromisos y de hecho, tenía una semana complicada, así que hice una nota mental para quedarme cuatro días en lugar de tres la próxima vez.  El plan era regresar por el sur y detenerme en Salinas para encontrarme con un amigo a almorzar en un restaurante de mariscos que me encanta.  El trayecto se me hizo interminable, pero no me perdí.  Almorcé muy bien y ya en ruta familiar llegué a casa cansada, pero feliz.  Fueron tres días en contacto con mi ser interior, en contemplación del mar que me seduce e hipnotiza.  Recibí el amor de mis amistades a través de sus llamadas y mensajes.

Estaba sola conmigo misma, pero no me sentía sola.  Me celebré a mí misma, que es algo que mucha gente no entiende, como la mesera de un restaurante al que fui una semana después con unas amistades, que insistió en que, si mi amiga y yo estábamos celebrando, había que cantar.  Y yo insistía en que no y ella que sí, por lo que trajo como 4 mozos más y comenzaron a cantar, para mi total disgusto, Happy birthday to you…O sea, que no sólo me cantaron porque a ellos y no a mí les dio la gana, sino que encima cantaron en inglés, aunque luego lo hicieron en español.  Cuando nos marchábamos, me imagino que ella sentía que había hecho una gran obra por esta pobre mujer que necesitaba que le cantaran Happy birthday para celebrar su cumpleaños. Para añadir, comentó: “¿lo ve?; hay que celebrar”.  Jamás entendió.  Cada cual celebra como le parezca.  En ocasiones puedo celebrar escuchando Feliz cumpleaños, pero hay momentos en que quiero celebrar de forma callada, como si los ruidos que no provienen de la naturaleza puedan estropear ese momento mágico en que me adentro en mí misma para pensar en mis bendiciones, escribir sobre lo vivido, leer textos con alma, disfrutar de los sonidos del mar o simplemente, eslembarme ante su majestuosa presencia. Celebrar así es un privilegio.

15 de marzo de 2024

 




lunes, 5 de febrero de 2024

¿DORMIRÁN BIEN?

 



¿DORMIRÁN BIEN?

Recuerdo varias instancias durante mi tiempo como servidora pública en las que se me alteraba el sueño ya bien fuera porque me preocupaba por los trámites pendientes o porque me sentía intranquila con alguna decisión que había tomado.  ¿Hice lo correcto? ¿Qué consecuencias tendría mi decisión? ¿Miré todos los ángulos?  Gestionar fondos para la pequeña oficina que dirigía me causaba gran desazón, sobre todo cuando hacía grandes esfuerzos para justificar cada partida del presupuesto y terminaba con nada.  Hubo un momento en que tras el bofetón de la notificación rechazando los más que necesarios aumentos en ciertas partidas, me encerré a llorar de rabia y frustración. En ocasiones tuve que tomar decisiones que afectaban pequeños negocios o involucraban el personal asignado a mi oficina, que no siempre acogía de buen grado mis determinaciones.  En esos momentos podía pasar largas horas desvelada, o con sueño interrumpido, que me hacía recordar lo que me causaba desazón y me hacía sobresaltar en mi cama, con los ojos bien abiertos y sin asomo alguno de que Morfeo les rondara.  

En fechas recientes hemos escuchado de varias mujeres que han muerto o han sido agredidas a manos de sus parejas y las acciones de los diversos componentes del sistema -policía, fiscales, jueces- así como la comunidad.  Es una situación que se repite con demasiada frecuencia y ya no sabemos cuál fue el último caso.  El asesinato de una mujer, su madre y hermano cobró gran notoriedad por la colección de errores u omisiones de todo el aparato gubernamental involucrado, los que se embarcaron en un ejercicio de apuntar el dedo acusador hacia otro lado, con poca evidencia de haber hecho un esfuerzo genuino de introspección.  Los hechos se han analizado a la saciedad en cuanto medio noticioso hay.

Pese a las angustias que sufrí por decisiones que tomé, doy gracias a Dios que nunca tuve que tomar una decisión en la que estuviese en juego la vida de una persona.  Si mi sueño se alteraba por aspectos presupuestarios de una oficina que la más de las veces pasaba desapercibida, por una decisión que afectaba un negocio o que generaba reclamaciones de emplead@s, no quiero imaginar cómo se afectaría no digo yo mi sueño, sino mi sanidad mental, si una persona hubiese muerto como resultado de los actos de otr@ que yo hubiese podido evitar.  No tengo duda de que ninguna de las personas que intervinieron en el caso jamás pensaron en que el hombre que estuvo ante ell@s hubiese actuado como actuó.  De hecho, la víctima misma tampoco lo imaginó, porque el horror, como la ilegalidad no se presume.  Pero las señales de peligrosidad estaban ahí.

Tengo la impresión de que en este caso se juntaron varias omisiones de todos los actores de este drama.  Tal vez, si uno de los componentes hubiese dado el máximo, pensado en lo impensable, actuado con mayor previsión, el resultado hubiese sido otro.  Que si los policías hubiesen atendido la querella con más diligencia; que si la jueza hubiese tomado otras medidas; que si la fiscal hubiese examinado el historial previo y hecho las observaciones a la juez oportunamente…Hay situaciones de criminales que han logrado burlar la vigilancia del grillete electrónico; no sabemos si el asesino en este caso lo habría hecho, pero al menos queda la tranquilidad de haber hecho todo lo que estaba en manos de los involucrados, que aparentemente no se hizo.

Me pregunto cómo dormirán los tres actores en este drama.

5 de febrero de 2024