Datos personales

Mi foto
Este blog tiene el propósito de compartir mis ideas que estoy segura son las de muchos. Escribo sobre lo que me enternece, lo que me intriga, lo que me indigna o lo que me divierte. No me impongo fechas límite -escribo cuando quiero. El lector también puede elegir -hay relatos mas extensos, otros mas cortos. Entre cuando quiera. Vivo orgullosa de quien soy, de donde vengo y hacia donde voy, aunque no sepa como llegar... La imagen que lo acompaña es El Laberinto, de la serie Mandalas de Procesos, de Thalía Cuadrado, psicóloga clínica y artista, que me honra con su amistad. Me pareció apropiado para acompañar este blog sin dirección, porque son muchas las veces que me he sentido en un laberinto. Afortunadamente, siempre salgo…

miércoles, 25 de marzo de 2020

Torrejas








TORREJAS SOLIDARIAS

Esto de la cuarentena por el coronavirus me ha revolcado la creatividad y el sentido de comunidad.  Es curioso –cuando más aislada estoy por el protocolo de distanciamiento social impuesto, es cuando más conectada me siento no sólo a los amigos, vecinos y familia, sino también a personas que ni siquiera conozco de otros países. La tragedia de la situación en Italia me estruja el corazón al evocar sus paisajes y ciudades que recorrí en mis viajes.  El hecho de haber tomado un curso básico de italiano me hizo sentir aún más conectada y cuando supe de la muerte de la turista italiana que desembarcó aquí del crucero Costa Luminosa el 8 de marzo,  me entristecí como si la hubiera conocido y varias veces pienso en su viudo, deseando que pueda reponerse de este duro golpe.

Los vínculos se dan hasta de forma totalmente orgánica, como dirían ahora.  Estaba leyendo una novela que se desarrolla en España y resulta que hace mención de una tienda de dulces que existe aún hoy día –lo sé porque mi Buddy me trajo una cajita de dulces de allí, luego de su viaje más reciente. La semana pasada hice tortilla española y recordé la última vez que una de las compañeras del grupo de voluntarias, quien tuvo una trágica muerte, llevó su versión para compartir.  Hace unos días, previo al encierro, unos amigos me regalaron una botella de vino que resultó un poco más dulce de lo que prefiero para tomar, por lo que se me ocurrió utilizarlo para hacer torrejas gallegas –un postre español que he hecho una que otra vez  y no me cabe duda que toda esta inspiración española está de algún modo ligada a la triste situación que también se vive en España con el coronavirus.

Decidí que prepararía las torrejas y las compartiría con mis vecinos, repartiendo las raciones de forma tal que respetara el distanciamiento social –que en este caso es un contrasentido, porque insisto, es cuando más cercana me he sentido a los vecinos. La receta de las torrejas aparece en el libro de cocina que perteneció a mi mamá y está bastante maltratadito, cosa que evidencia que se usa.  Es como lo que yo les decía a los supervisores cuando les insistía en que usaran los reglamentos.  El libro tiene que verse como que se ha usado, que hay gente que ni sabe dónde lo ha puesto.  Pues el libro de mi mamá está maltrecho – se le salen las páginas y muchas de ellas tienen manchas de huevo, de mantequilla, de salsa de tomate y de no sé que otros ingredientes que tanto ella como yo hemos mezclado para nuestro disfrute  y el de otr@s.



Esta mañana busqué el libro para refrescar mi memoria en cuanto a las proporciones, pero creo que ya podría hacer la receta a “ojímetro”.  De hecho ya de por sí le he hecho ajustes al reducir la cantidad de azúcar que añado y agregar una cascarita de limón al almíbar. Mientras la preparaba, recordaba dónde habría yo comido este postre por primera vez y es posible que haya sido en el restaurante Valencia original, que no recuerdo dónde estaba e incluso, ya no existe ni el que se abrió luego en la Ave. Muñoz Rivera.  En muchos restaurantes españoles, aún hoy día, traen un carrito con los postres y casi siempre las torrejas son una opción.  Curiosamente no suelo ordenarlas, pero de vez en cuando, me gusta hacerlas en casa.

Luego de preparar mi inspiración de hoy, quise saber de dónde provenía este postre y recurrí a lo que algunos llaman el tío Google.  Encontré una página española –hombre, faltaba más- que relata el origen romano de lo que allá para el siglo IV o V se preparaba de forma más sencilla: pan con leche que se cocía al horno y luego se bañaba en miel.  Más tarde se comenzó a hacer con vino, porque era más fácil de obtener y no se echaba a perder.  Para los siglos XV y XVI ya se pensaba que las torrejas eran excelente alimento para las mujeres recién paridas, por la creencia de que la leche en las torrejas estimulaban la producción de leche materna y los huevos y miel le ayudaban en su recuperación, por lo que en Galicia se les llamó torradas de parida.

Mientras leía todo esto recordé que ayer me enteré del nacimiento del niño de la hija de mi amigo Ramón, así que pienso que debo hacer un regalo de torrejas para la reciente madre.  Pensé que todo se va entrelazando y se me ocurrió buscar mi ejemplar de una nueva edición del primer libro que se conoce de la cocina puertorriqueña: El cocinero puertorriqueño, de 1859.  Busqué la receta de torrejas y allí estaba, aunque esta versión no lleva leche, ni huevo.  Pero ahí está la evidencia inequívoca de que estamos conectados con una tradición milenaria.  Yo estoy conectada con todas las personas que en algún momento confeccionaron torrejas, como estoy conectada con toda persona que transitó por Italia, como con los más cercanos en mi entorno que son mis vecinos, con quienes comparto estas torrejas y mi Buddy, quien vino a recoger su ración.

Buen provecho.

25 de marzo de 2020

No hay comentarios:

Publicar un comentario