TORREJAS SOLIDARIAS
Esto de
la cuarentena por el coronavirus me ha revolcado la creatividad y el sentido de
comunidad. Es curioso –cuando más
aislada estoy por el protocolo de distanciamiento social impuesto, es cuando más
conectada me siento no sólo a los amigos, vecinos y familia, sino también a
personas que ni siquiera conozco de otros países. La tragedia de la situación
en Italia me estruja el corazón al evocar sus paisajes y ciudades que recorrí en
mis viajes. El hecho de haber tomado un
curso básico de italiano me hizo sentir aún más conectada y cuando supe de la
muerte de la turista italiana que desembarcó aquí del crucero Costa Luminosa el
8 de marzo, me entristecí como si la
hubiera conocido y varias veces pienso en su viudo, deseando que pueda
reponerse de este duro golpe.
Los
vínculos se dan hasta de forma totalmente orgánica, como dirían ahora. Estaba leyendo una novela que se desarrolla
en España y resulta que hace mención de una tienda de dulces que existe aún hoy
día –lo sé porque mi Buddy me trajo una cajita de dulces de allí, luego de su
viaje más reciente. La semana pasada hice tortilla española y recordé la última
vez que una de las compañeras del grupo de voluntarias, quien tuvo una trágica
muerte, llevó su versión para compartir. Hace unos días, previo al encierro, unos
amigos me regalaron una botella de vino que resultó un poco más dulce de lo que
prefiero para tomar, por lo que se me ocurrió utilizarlo para hacer torrejas
gallegas –un postre español que he hecho una que otra vez y no me cabe duda que toda esta inspiración
española está de algún modo ligada a la triste situación que también se vive en
España con el coronavirus.
Decidí
que prepararía las torrejas y las compartiría con mis vecinos, repartiendo las
raciones de forma tal que respetara el distanciamiento social –que en este caso
es un contrasentido, porque insisto, es cuando más cercana me he sentido a los
vecinos. La receta de las torrejas aparece en el libro de cocina que perteneció
a mi mamá y está bastante maltratadito, cosa que evidencia que se usa. Es como lo que yo les decía a los
supervisores cuando les insistía en que usaran los reglamentos. El libro tiene que verse como que se ha
usado, que hay gente que ni sabe dónde lo ha puesto. Pues el libro de mi mamá está maltrecho – se le
salen las páginas y muchas de ellas tienen manchas de huevo, de mantequilla, de
salsa de tomate y de no sé que otros ingredientes que tanto ella como yo hemos
mezclado para nuestro disfrute y el de
otr@s.
Esta mañana
busqué el libro para refrescar mi memoria en cuanto a las proporciones, pero
creo que ya podría hacer la receta a “ojímetro”. De hecho ya de por sí le he hecho ajustes al
reducir la cantidad de azúcar que añado y agregar una cascarita de limón al
almíbar. Mientras la preparaba, recordaba dónde habría yo comido este postre
por primera vez y es posible que haya sido en el restaurante Valencia original,
que no recuerdo dónde estaba e incluso, ya no existe ni el que se abrió luego
en la Ave. Muñoz Rivera. En muchos
restaurantes españoles, aún hoy día, traen un carrito con los postres y casi
siempre las torrejas son una opción.
Curiosamente no suelo ordenarlas, pero de vez en cuando, me gusta
hacerlas en casa.
Luego de
preparar mi inspiración de hoy, quise saber de dónde provenía este postre y
recurrí a lo que algunos llaman el tío Google.
Encontré una página española –hombre, faltaba más- que relata el origen romano
de lo que allá para el siglo IV o V se preparaba de forma más sencilla: pan con
leche que se cocía al horno y luego se bañaba en miel. Más tarde se comenzó a hacer con vino, porque
era más fácil de obtener y no se echaba a perder. Para los siglos XV y XVI ya se pensaba que
las torrejas eran excelente alimento para las mujeres recién paridas, por la
creencia de que la leche en las torrejas estimulaban la producción de leche
materna y los huevos y miel le ayudaban en su recuperación, por lo que en
Galicia se les llamó torradas de parida.
Mientras
leía todo esto recordé que ayer me enteré del nacimiento del niño de la hija de
mi amigo Ramón, así que pienso que debo hacer un regalo de torrejas para la reciente
madre. Pensé que todo se va entrelazando
y se me ocurrió buscar mi ejemplar de una nueva edición del primer libro que se
conoce de la cocina puertorriqueña: El
cocinero puertorriqueño, de 1859.
Busqué la receta de torrejas y allí estaba, aunque esta versión no lleva
leche, ni huevo. Pero ahí está la
evidencia inequívoca de que estamos conectados con una tradición milenaria. Yo estoy conectada con todas las personas que
en algún momento confeccionaron torrejas, como estoy conectada con toda persona
que transitó por Italia, como con los más cercanos en mi entorno que son mis
vecinos, con quienes comparto estas torrejas y mi Buddy, quien vino a recoger
su ración.
Buen
provecho.
25 de
marzo de 2020



No hay comentarios:
Publicar un comentario