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Este blog tiene el propósito de compartir mis ideas que estoy segura son las de muchos. Escribo sobre lo que me enternece, lo que me intriga, lo que me indigna o lo que me divierte. No me impongo fechas límite -escribo cuando quiero. El lector también puede elegir -hay relatos mas extensos, otros mas cortos. Entre cuando quiera. Vivo orgullosa de quien soy, de donde vengo y hacia donde voy, aunque no sepa como llegar... La imagen que lo acompaña es El Laberinto, de la serie Mandalas de Procesos, de Thalía Cuadrado, psicóloga clínica y artista, que me honra con su amistad. Me pareció apropiado para acompañar este blog sin dirección, porque son muchas las veces que me he sentido en un laberinto. Afortunadamente, siempre salgo…

martes, 15 de abril de 2025

La felicidad

 



LA FELICIDAD DE UN BREVE INSTANTE

 

El sábado pasado tuve otro de esos encuentros fugaces que tanta alegría me producen y a los que he aludido en otros escritos.  El último había sido hace poco menos de dos años.  El mes pasado anticipé que podría darse otro encuentro, pero tras pasar un sustito colectivo se aguó la posibilidad de tener un breve intercambio de palabras.  De hecho, el sustito nos dejó a varios de nosotros preocupados por la salud de mi adorado profesor y causante de esta última felicidad.  El Municipio de Caguas le dedicaba la Feria del Libro a Luis Rafael Sánchez, nuestro laureado escritor y yo me propuse asistir.  De un tiempo a esta parte los encuentros fugaces son más predecibles porque ocurren en actividades que se anuncian -es decir, que no se dan por casualidad en una librería, el aeropuerto, Broadway.  Este último ocurrió hace más de 30 años y todavía lo recuerdo como algo muy especial, mágico.

Cuando el encuentro es totalmente inesperado es como ver una estrella fugaz, porque ocurre de forma espontánea, sin esperarlo.  Algo así como los peces voladores que vi mientras me desplazaba por el paseo que da a la bahía y rodea el Morro o el vuelo insólito de un trío de guacamayos luciendo su plumaje azul y amarillo que se materializaron justo frente al auto de una amiga cuando nos dirigíamos a casa por la autopista tras un día estupendo en el Viejo San Juan.  Algo así queda grabado en la memoria, aunque haya durado tan sólo unos segundos. Cuando el encuentro es anticipable, hay algo de planificación involucrada.  Decido qué ropa me voy a poner, a qué hora saldré de casa e incluso escojo el lugar para sentarme de forma tal que pueda ir a saludarle si las circunstancias lo permiten.  Había quedado de encontrarme con una amiga -por cierto, la misma del trío de guacamayos- en el lugar.  Ella llegó un poco más tarde, por lo que me dijo si íbamos a tomar un café.  Ya era mediodía, así que le dije que estaba lista para almorzar y así hicimos. Mi apetito no cede ante nada -ni siquiera la anticipación de ver a Luis Rafael Sánchez.

Regresamos al salón donde se llevaría a cabo la actividad.  Quise sentarme lo más al frente posible, aunque no pude sentarme justo al borde del pasillo, pero calculé que luego de la presentación que precedía la de Luis Rafael Sánchez podría cambiarme de lugar.  Le advertí a mi amiga que una vez llegara el momento de la tan esperada presentación, yo me movería al asiento disponible, que lamentablemente no tenía otro al lado.  Le advertí también que mi foco de atención estaría sólo en mi profesor.  Ella me aseguró que no había ningún problema.  La presentación que le precedió fue la de Magali García Ramis, otra destacada escritora, también parte de ese grupo singular de profesores universitarios.  La lectura del prólogo invita a la lectura del libro que lamentablemente no llegó a tiempo para la venta en ese momento.  Finalizada la presentación me acomodé, lista para ver y escuchar a Luis Rafael Sánchez.

Al rato divisé a mi adorado profesor, quien se veía muy bien.  Me alegré mucho de verle.  Subió al escenario acompañado de una estudiosa de su obra y otro caballero cuyo nombre no recuerdo, también escritor.  Poco después subió el alcalde para ofrecer un breve mensaje y leer una proclama, para lo cual Luis Rafael Sánchez se puso de pie.  Luego de entregar la proclama, el alcalde le entregó un obsequio consistente en una talla que contenía una representación de momentos significativos en la vida del escritor, quien la recibió con evidente emoción.  La estudiosa de la obra procedió a leer su aportación, la cual debo confesar que no me entusiasmó, porque sentí que daba unos giros que no entendí para dónde iban, en los que intercalaba citas de la obra del homenajeado que no parecían propios para la ocasión. Le siguió una presentación muy apropiada, elogiosa de la obra sin excesos que pudieran incomodar al homenajeado y llegó el momento de escucharlo.

Se acercó al podio y pude -pudimos todos, pero yo estaba concentrada en él y no percibía más nada, como si mis ojos y oídos tuvieran una de esas aplicaciones que enfocan en un punto y lo demás queda difuminado.  Escuché su voz todavía fuerte, aunque unos grados más débil, pero siempre cálida, envolvente, con esos matices que nos sumergen y nos elevan por los sinuosos caminos del relato, disfrutando del viaje.  El recorrido se centró en la pregunta que le hicieran en Buenos Aires hace varios años: ¿por qué Puerto Rico es rico?  Y su expresión en unión a todo lo que expresa a continuación es el Exhibit A  que constituye la respuesta.  Un ser humano como él es evidencia de riqueza y vamos, ricura también.  Lo primero, su orgullo evidente de ser puertorriqueño, cosa que afirma varias veces con vehemencia, contundencia y deleite.  Lo segundo, su identidad como caribeño, mezcla de razas donde el ADN africano tiene un papel prominente, tanto así, que aludió con afecto a Titi África.  Le sigue el ritmo en su decir, que es un reconocimiento a ese gusto que tenemos todos y todas los que nos llamamos Boricuas por la música, el baile, el disfrute del cuerpo, eso que nos hace poseer una ricura natural.

Al mencionar la música confiesa que “escribe con la oreja”.  Ha relatado con frecuencia que escucha las conversaciones que le rodean en una guagua o algún lugar, que son representativas de lo que somos.  Yo me he enfrascado en ese escuchar -que no es atisbar lo que no se supone que se oiga, porque tal y como menciona mi profesor, somos muy dados a hablar en tono alto.  Si lo sabré yo, que tengo una vecina que le da con hablar hasta las dos o tres de la madrugada, con otra que habla igual de estridentemente, para mi disgusto y frustrante interrupción del tan necesario sueño.  Hace unos días escuché una conversación en otro apartamento que guardé en mi archivo mental para escribir sobre algo que motivó una profunda reflexión.  Pero bueno, no se trata de mí -se trata de la experiencia de haber estado en contacto con este caballero singular que he tenido el privilegio de conocer.

Su disertación entrelazó elementos de nuestra historia, con referencia a destacados escritores, evidencia no sólo de su amplísima reserva de lectura, sino también la generosidad de reconocer la genialidad en otros. Hubo gozo en el decir; orgullo de su puertorriqueñidad, aspecto que subrayó en el 2016 en ocasión de la Conferencia Internacional de la Lengua Española, que contó con la visita del Rey de España.  Allí afirmó que la palabra puertorriqueñidad no estaba incluida en el Diccionario de la Lengua Española, mientras que el vocablo argentinidad sí lo estaba, lo que constituía una contradicción, porque “lo que es igual no es ventaja”.  Poco después, la palabra Puertorriqueñidad fue incluida, aunque ya Luis Rafael Sánchez la proclamaba con evidente orgullo a los cuatro vientos, como hacemos   quienes sentimos orgullo de haber nacido en esta tierra tan hermosa, a excepción de aquel grupúsculo del infame chat que obligó a renunciar a un niño-hombre a quien el puesto le quedaba más que grande.

La voz se le llenaba de emoción y alcanzaba los tonos de hace unos años, como si la mera mención de la palabra Puertorriqueñidad le insuflara energía y pasión adicionales; esa Puertorriqueñidad a la que alude al final de sus palabras, “que nada ni nadie puede acallar”.  Muchas gracias, dijo y supimos que había terminado su alocución. Nos levantamos como resorte a aplaudir con entusiasmo todos y en mi caso con emoción, orgullo, alegría y amor, que es lo mismo que siento ante mi puertorriqueñidad. Yo no tenía noción de lo que ocurría a mi alrededor, ni siquiera dónde estaba mi amiga, que minutos después llegó a mi lado y tomó mi cartera.  Tomé el teléfono sin saber para qué, porque era incapaz de tomar una foto con los nervios como estaban.

 Comencé a divisar cómo acceder a la tarima para saludar al objeto de mis afectos, pero alguien me cerró el paso con un “no puede pasar” y un gesto inequívoco en mi hombro que por el impulso que llevaba al subir tres escalones y encontrarme de frente con la palma extendida en el hombro se sintió casi como un leve empujón, por lo que le reclamé al dueño de la palma que no pasaría, pero que no me empujara, a lo que me dijo que no me estaba empujando.  No iba a iniciar una discusión que me desviara de mi objetivo, así que di media vuelta para buscar otra ruta.

 Apunto que todo este empeño por lograr saludar a mi profesor no es característico en mí.  Bajo otras circunstancias me habría marchado, pero para mí era importante poderle saludar; que él supiera que yo estuve allí; que yo pudiera manifestarle mi afecto.  Me situé de frente al escenario, mientras el profesor hablaba con otras personas y esperé el momento apropiado para exclamar “Profesor”. Él escuchó el llamado y buscó con la mirada, hasta que me divisó.  Enfocó, como buscando reconocer y de repente, con alegría, exhibiendo una de sus deslumbrantes sonrisas, verbalizó: “¿Ana?, Ana”.  Sí, soy yo, le dije.  “¿Cómo estás?”, preguntó, inclinándose hacia mí.  Feliz de verle, contesté, tras lo cual le planté un sonoro beso en la mejilla.  Y ese feliz de verle tenía muchos matices.  En primer lugar, me alegraba verle bien tras el sustito del mes pasado; en segundo lugar, siempre me da una inmensa felicidad verlo; si a eso se añade escuchar una brillante ponencia en la que se combine disfrutar de su intelecto brillante con la sensualidad y ricura -en todo sentido- de su voz y presencia, se produce el éxtasis. 









Tengo un vago recuerdo de mi amiga entregándome mi cartera y me preguntó si íba a ver algo más.  Lo cierto es que yo ya había logrado mi objetivo y me sentía totalmente satisfecha; nada me llamaba la atención después de haber tenido la experiencia de ese banquete intelectual y el breve intercambio con mi adorado profesor. Mi amiga tenía otro compromiso, así que nos despedimos.  Yo me dirigí a mi carro, sintiendo como si levitara.  Encendí el radio y sonaba una música del programa Rumba Africana, en Radio Universidad, lo cual me pareció más que apropiado.  Lo que venía después no me interesó, así que cambié de estación y sonaba una canción de Gilberto Santa Rosa, titulada Pueden Decir.  Antes que todo, debo aclarar que no estoy desvinculada de la realidad, ni viendo relaciones que no existen, pero sí siento que por alguna inexplicable razón, tras más de 50 años, hay algo que me une a Luis Rafael Sánchez, que hace que nos reconozcamos mutuamente; tal vez es algo de otra vida o de simplemente reconocer algo en el otro que va más allá de haber sido profesor y alumna, sin poder darle nombre.  Es, al menos de mi parte, una forma muy singular de amor.

La canción que menciono es una de un hombre recordando una relación amorosa del pasado, pero con lo que sentí conexión fue con los siguientes versos:

Pueden hacer lo que quieran con mi corazón

Arrancarlo de mi pecho y no, nunca voy a negarte

Pueden pasar cuatro siglos y una eternidad

Y yo seguiré en mi soledad cada día esperándote

Pueden hacer lo que quieran conmigo

Que yo nunca, nunca, nunca voy a olvidarte

 

Ok, soy una irremediable romántica y me engancho en estas letras que pueden parecer cursi, pero es una realidad que Luis Rafael Sánchez permanece en mi memoria como una presencia y por lo que experimenté el sábado, aunque yo no permanezca en la suya como algo frecuente, por un brevísimo espacio habito algo de su prodigiosa mente.  Con eso me basta.  Este ha sido el más reciente encuentro fugaz en una cadena que abarca varios años.  Atesoro cada uno de estos momentos como algo muy especial.  No por breves dejan de tener una importancia vital en mi vida. Aparte de la emoción que me produce verle, escucharle y compartir unas breves palabras, es como recargar baterías en estos días difíciles como habitante de esta nación puertorriqueña, mientras aguardo el próximo encuentro fugaz.

15 de abril de 2025

 

 

2 comentarios:

  1. Ramon Toro Dominicci, excelente relato de una genuina amistad , de admiración y respeto por la persona a la cuál de le rinde homenaje, “ honrar , honra “ y tu con ese sencillo homenaje de escribir tus sentimientos más nobles hacia el Dr Luis Rafael Sánchez, también denota tu calidad humana al reconocer el significado de amistad sincera , respeto mutuo y admiración, gracias por tu escrito, yo también soy uno de los admiradores del profesor y de ti también.

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  2. Admiro tu forma de decir las cosas y como trasmites a los demás esas emociones y sentimientos, en este caso, hacia tu eterno profesor.

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