LA FELICIDAD DE UN BREVE INSTANTE
El sábado pasado tuve otro de esos
encuentros fugaces que tanta alegría me producen y a los que he aludido en
otros escritos. El último había sido
hace poco menos de dos años. El mes
pasado anticipé que podría darse otro encuentro, pero tras pasar un sustito
colectivo se aguó la posibilidad de tener un breve intercambio de
palabras. De hecho, el sustito nos dejó
a varios de nosotros preocupados por la salud de mi adorado profesor y causante
de esta última felicidad. El Municipio
de Caguas le dedicaba la Feria del Libro a Luis Rafael Sánchez, nuestro
laureado escritor y yo me propuse asistir.
De un tiempo a esta parte los encuentros fugaces son más predecibles
porque ocurren en actividades que se anuncian -es decir, que no se dan por
casualidad en una librería, el aeropuerto, Broadway. Este último ocurrió hace más de 30 años y
todavía lo recuerdo como algo muy especial, mágico.
Cuando el encuentro es totalmente
inesperado es como ver una estrella fugaz, porque ocurre de forma espontánea,
sin esperarlo. Algo así como los peces
voladores que vi mientras me desplazaba por el paseo que da a la bahía y rodea
el Morro o el vuelo insólito de un trío de guacamayos luciendo su plumaje azul
y amarillo que se materializaron justo frente al auto de una amiga cuando nos
dirigíamos a casa por la autopista tras un día estupendo en el Viejo San
Juan. Algo así queda grabado en la
memoria, aunque haya durado tan sólo unos segundos. Cuando el encuentro es
anticipable, hay algo de planificación involucrada. Decido qué ropa me voy a poner, a qué hora
saldré de casa e incluso escojo el lugar para sentarme de forma tal que pueda
ir a saludarle si las circunstancias lo permiten. Había quedado de encontrarme con una amiga
-por cierto, la misma del trío de guacamayos- en el lugar. Ella llegó un poco más tarde, por lo que me
dijo si íbamos a tomar un café. Ya era
mediodía, así que le dije que estaba lista para almorzar y así hicimos. Mi
apetito no cede ante nada -ni siquiera la anticipación de ver a Luis Rafael
Sánchez.
Regresamos al salón donde se
llevaría a cabo la actividad. Quise
sentarme lo más al frente posible, aunque no pude sentarme justo al borde del
pasillo, pero calculé que luego de la presentación que precedía la de Luis
Rafael Sánchez podría cambiarme de lugar.
Le advertí a mi amiga que una vez llegara el momento de la tan esperada
presentación, yo me movería al asiento disponible, que lamentablemente no tenía
otro al lado. Le advertí también que mi
foco de atención estaría sólo en mi profesor.
Ella me aseguró que no había ningún problema. La presentación que le precedió fue la de
Magali García Ramis, otra destacada escritora, también parte de ese grupo
singular de profesores universitarios.
La lectura del prólogo invita a la lectura del libro que lamentablemente
no llegó a tiempo para la venta en ese momento.
Finalizada la presentación me acomodé, lista para ver y escuchar a Luis
Rafael Sánchez.
Al rato divisé a mi adorado
profesor, quien se veía muy bien. Me
alegré mucho de verle. Subió al
escenario acompañado de una estudiosa de su obra y otro caballero cuyo nombre
no recuerdo, también escritor. Poco
después subió el alcalde para ofrecer un breve mensaje y leer una proclama,
para lo cual Luis Rafael Sánchez se puso de pie. Luego de entregar la proclama, el alcalde le
entregó un obsequio consistente en una talla que contenía una representación de
momentos significativos en la vida del escritor, quien la recibió con evidente
emoción. La estudiosa de la obra
procedió a leer su aportación, la cual debo confesar que no me entusiasmó,
porque sentí que daba unos giros que no entendí para dónde iban, en los que
intercalaba citas de la obra del homenajeado que no parecían propios para la
ocasión. Le siguió una presentación muy apropiada, elogiosa de la obra sin excesos
que pudieran incomodar al homenajeado y llegó el momento de escucharlo.
Se acercó al podio y pude -pudimos
todos, pero yo estaba concentrada en él y no percibía más nada, como si mis
ojos y oídos tuvieran una de esas aplicaciones que enfocan en un punto y lo
demás queda difuminado. Escuché su voz
todavía fuerte, aunque unos grados más débil, pero siempre cálida, envolvente,
con esos matices que nos sumergen y nos elevan por los sinuosos caminos del
relato, disfrutando del viaje. El
recorrido se centró en la pregunta que le hicieran en Buenos Aires hace varios
años: ¿por qué Puerto Rico es rico? Y su
expresión en unión a todo lo que expresa a continuación es el Exhibit A que constituye la respuesta. Un ser humano como él es evidencia de riqueza
y vamos, ricura también. Lo primero, su
orgullo evidente de ser puertorriqueño, cosa que afirma varias veces con
vehemencia, contundencia y deleite. Lo
segundo, su identidad como caribeño, mezcla de razas donde el ADN africano
tiene un papel prominente, tanto así, que aludió con afecto a Titi África. Le sigue el ritmo en su decir, que es un
reconocimiento a ese gusto que tenemos todos y todas los que nos llamamos
Boricuas por la música, el baile, el disfrute del cuerpo, eso que nos hace
poseer una ricura natural.
Al mencionar la música confiesa que
“escribe con la oreja”. Ha relatado con
frecuencia que escucha las conversaciones que le rodean en una guagua o algún
lugar, que son representativas de lo que somos.
Yo me he enfrascado en ese escuchar -que no es atisbar lo que no se
supone que se oiga, porque tal y como menciona mi profesor, somos muy dados a
hablar en tono alto. Si lo sabré yo, que
tengo una vecina que le da con hablar hasta las dos o tres de la madrugada, con
otra que habla igual de estridentemente, para mi disgusto y frustrante
interrupción del tan necesario sueño.
Hace unos días escuché una conversación en otro apartamento que guardé
en mi archivo mental para escribir sobre algo que motivó una profunda reflexión. Pero bueno, no se trata de mí -se trata de la
experiencia de haber estado en contacto con este caballero singular que he
tenido el privilegio de conocer.
Su disertación entrelazó elementos
de nuestra historia, con referencia a destacados escritores, evidencia no sólo
de su amplísima reserva de lectura, sino también la generosidad de reconocer la
genialidad en otros. Hubo gozo en el decir; orgullo de su puertorriqueñidad,
aspecto que subrayó en el 2016 en ocasión de la Conferencia Internacional de la
Lengua Española, que contó con la visita del Rey de España. Allí afirmó que la palabra puertorriqueñidad
no estaba incluida en el Diccionario de la Lengua Española, mientras que el
vocablo argentinidad sí lo estaba, lo que constituía una contradicción, porque
“lo que es igual no es ventaja”. Poco
después, la palabra Puertorriqueñidad fue incluida, aunque ya Luis Rafael
Sánchez la proclamaba con evidente orgullo a los cuatro vientos, como
hacemos quienes sentimos orgullo de
haber nacido en esta tierra tan hermosa, a excepción de aquel grupúsculo del
infame chat que obligó a renunciar a un niño-hombre a quien el puesto le
quedaba más que grande.
La voz se le llenaba de emoción y
alcanzaba los tonos de hace unos años, como si la mera mención de la palabra Puertorriqueñidad
le insuflara energía y pasión adicionales; esa Puertorriqueñidad a la que alude
al final de sus palabras, “que nada ni nadie puede acallar”. Muchas gracias, dijo y supimos que había
terminado su alocución. Nos levantamos como resorte a aplaudir con entusiasmo
todos y en mi caso con emoción, orgullo, alegría y amor, que es lo mismo que
siento ante mi puertorriqueñidad. Yo no tenía noción de lo que ocurría a mi
alrededor, ni siquiera dónde estaba mi amiga, que minutos después llegó a mi
lado y tomó mi cartera. Tomé el teléfono
sin saber para qué, porque era incapaz de tomar una foto con los nervios como
estaban.
Comencé a divisar cómo acceder a la tarima
para saludar al objeto de mis afectos, pero alguien me cerró el paso con un “no
puede pasar” y un gesto inequívoco en mi hombro que por el impulso que llevaba
al subir tres escalones y encontrarme de frente con la palma extendida en el
hombro se sintió casi como un leve empujón, por lo que le reclamé al dueño de
la palma que no pasaría, pero que no me empujara, a lo que me dijo que no me
estaba empujando. No iba a iniciar una
discusión que me desviara de mi objetivo, así que di media vuelta para buscar
otra ruta.
Apunto que todo este empeño por lograr saludar a mi profesor no es característico en mí. Bajo otras circunstancias me habría marchado, pero para mí era importante poderle saludar; que él supiera que yo estuve allí; que yo pudiera manifestarle mi afecto. Me situé de frente al escenario, mientras el profesor hablaba con otras personas y esperé el momento apropiado para exclamar “Profesor”. Él escuchó el llamado y buscó con la mirada, hasta que me divisó. Enfocó, como buscando reconocer y de repente, con alegría, exhibiendo una de sus deslumbrantes sonrisas, verbalizó: “¿Ana?, Ana”. Sí, soy yo, le dije. “¿Cómo estás?”, preguntó, inclinándose hacia mí. Feliz de verle, contesté, tras lo cual le planté un sonoro beso en la mejilla. Y ese feliz de verle tenía muchos matices. En primer lugar, me alegraba verle bien tras el sustito del mes pasado; en segundo lugar, siempre me da una inmensa felicidad verlo; si a eso se añade escuchar una brillante ponencia en la que se combine disfrutar de su intelecto brillante con la sensualidad y ricura -en todo sentido- de su voz y presencia, se produce el éxtasis.
Tengo un vago recuerdo de mi amiga
entregándome mi cartera y me preguntó si íba a ver algo más. Lo cierto es que yo ya había logrado mi
objetivo y me sentía totalmente satisfecha; nada me llamaba la atención después
de haber tenido la experiencia de ese banquete intelectual y el breve
intercambio con mi adorado profesor. Mi amiga tenía otro compromiso, así que
nos despedimos. Yo me dirigí a mi carro,
sintiendo como si levitara. Encendí el
radio y sonaba una música del programa Rumba Africana, en Radio Universidad,
lo cual me pareció más que apropiado. Lo
que venía después no me interesó, así que cambié de estación y sonaba una
canción de Gilberto Santa Rosa, titulada Pueden Decir. Antes que todo, debo aclarar que no estoy
desvinculada de la realidad, ni viendo relaciones que no existen, pero sí
siento que por alguna inexplicable razón, tras más de 50 años, hay algo que me
une a Luis Rafael Sánchez, que hace que nos reconozcamos mutuamente; tal vez es
algo de otra vida o de simplemente reconocer algo en el otro que va más allá de
haber sido profesor y alumna, sin poder darle nombre. Es, al menos de mi parte, una forma muy
singular de amor.
La canción que menciono es una de
un hombre recordando una relación amorosa del pasado, pero con lo que sentí
conexión fue con los siguientes versos:
Pueden hacer
lo que quieran con mi corazón
Arrancarlo
de mi pecho y no, nunca voy a negarte
Pueden pasar
cuatro siglos y una eternidad
Y yo seguiré
en mi soledad cada día esperándote
Pueden hacer
lo que quieran conmigo
Que yo
nunca, nunca, nunca voy a olvidarte
Ok, soy una irremediable romántica
y me engancho en estas letras que pueden parecer cursi, pero es una realidad
que Luis Rafael Sánchez permanece en mi memoria como una presencia y por lo que
experimenté el sábado, aunque yo no permanezca en la suya como algo frecuente,
por un brevísimo espacio habito algo de su prodigiosa mente. Con eso me basta. Este ha sido el más reciente encuentro fugaz
en una cadena que abarca varios años.
Atesoro cada uno de estos momentos como algo muy especial. No por breves dejan de tener una importancia
vital en mi vida. Aparte de la emoción que me produce verle, escucharle y
compartir unas breves palabras, es como recargar baterías en estos días
difíciles como habitante de esta nación puertorriqueña, mientras aguardo el
próximo encuentro fugaz.
15 de abril de 2025




Ramon Toro Dominicci, excelente relato de una genuina amistad , de admiración y respeto por la persona a la cuál de le rinde homenaje, “ honrar , honra “ y tu con ese sencillo homenaje de escribir tus sentimientos más nobles hacia el Dr Luis Rafael Sánchez, también denota tu calidad humana al reconocer el significado de amistad sincera , respeto mutuo y admiración, gracias por tu escrito, yo también soy uno de los admiradores del profesor y de ti también.
ResponderEliminarAdmiro tu forma de decir las cosas y como trasmites a los demás esas emociones y sentimientos, en este caso, hacia tu eterno profesor.
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