CIAO, BRAVO UOMO
Yo me crié católica, pero con el
tiempo me fui apartando de una religión que me parecía demasiado rígida, muy
aferrada a los rituales que la mayor parte de las veces veía se hacían en
automático. La desvinculación final vino
tras la muerte de mi madre, pero esa es otra historia. Hace más de 20 años participé de un seminario
de los llamados New Age, al cual asistieron varias personas de la
iglesia Unity y me hicieron una invitación para asistir a su servicio del
Domingo de Pascua. Continué asistiendo a
los servicios por varios meses, hasta que el ministro asignado a ese templo se
fue y hubo una sucesión de oficiantes, sin estabilidad. Dejé de asistir, pero al día de hoy me
mantengo leyendo el folleto de La Palabra Diaria, lo que se ha
convertido en una necesidad para mí. De
lo que ocurría en la Iglesia Católica no sabía mucho, pero sí me llamó la
atención la elección del Papa que llegó de la Argentina y pasó a llamarse papa
Francisco.
El hecho de que escogiese ese
nombre, en honor a San Francisco de Asís, me llamó la atención. San Francisco es un santo muy especial, con
una visión integral del mundo, donde los seres humanos, los animales y la
naturaleza son parte de un sistema integrado.
Su Cántico a las criaturas es evidencia de ello. Visitar el área de Asís es entrar en el aura
de paz que permanece en el área cuna del amoroso santo. Y papa Francisco le hace honor al hombre cuyo
nombre adoptó. Comencé a ver
transmisiones de las misas presididas por él, muchas veces en idiomas que no
podía entender, con cánticos del África y otros lugares remotos. Este hombre sencillo, tierno, sonriente, me
cautivó, como cautivó a miles a través del mundo. Su sonrisa enternece; no en balde habló de la
revolución de la ternura.
Y esa revolución abarcó una
apertura hacia sectores previamente rechazados: las personas divorciadas, los
migrantes, los miembros de la comunidad LGBTTQ+ y abrió camino para una
participación más activa en actividades relevantes por parte de las mujeres.
Afrontó los graves señalamientos de abusos sexuales por parte de sacerdotes y
pidió perdón a nombre de la iglesia por los crímenes cometidos. Sus valientes posturas le ganaron enemigos,
pero la revolución de la ternura ha resultado victoriosa. Su humildad era evidente en su vestimenta y
en el pequeño auto que utilizaba para trasladarse. Vivió en un anexo del Vaticano, la Casa Santa
Marta, un lugar mucho más modesto, donde incluso pidió ser velado en un
sencillo ataúd de madera previo a partir para sus exequias en la Basílica de
San Pedro. Solía visitar las prisiones y
varias veces llevó a cabo la ceremonia del lavado de los pies a los confinados,
como señal de humildad y amor al prójimo.
De hecho, el pasado Jueves Santo visitó una prisión, aunque por su
estado de salud no pudo llevar a cabo la ceremonia.
Papa Francisco era totalmente congruente
en su conducta, que permaneció igual desde su paso como sacerdote hasta llegar
al más alto puesto en la Iglesia Católica.
Disfrutaba de estar en contacto con el pueblo; decía que los sacerdotes
tenían que ser pastores con olor a oveja.
Se le veía disfrutando un mate, aún en los vetustos recintos; era amante
del fútbol, socio del club de San Lorenzo. Son incontables las historias de
personas del pueblo que se le acercaban y él los escuchaba con atención. Su
intercambio con un niño que lloraba en una sesión ante una muchedumbre es
muestra de la gran capacidad para amar sin juzgar. El niño no decía por qué lloraba, por lo que
papa Francisco le pidió que se acercara y le dijera al oído. Tras preguntar si lo podía revelar, nos dejó
saber que el niño se angustiaba al pensar que su papá fallecido no iría al
cielo porque aunque era un buen papá -o como dijo en italiano, un bravo papá
que se ocupó de que todos sus hijos fueran bautizados, era ateo. ¿Cómo Dios va a rechazar a un buen hombre,
que fue un bravo papá? Esa fue una de varias escenas que me hizo llorar
de la emoción.
En una de las tantas escenas de
documentales que se hicieron sobre su vida, se ve a papa Francisco en su papa
móvil, frente a las multitudes empobrecidas que le aclamaban, mientras se
escucha una de las canciones que Mercedes Sosa, esa gran cantante argentina
hizo famosa: Solo le pido a Dios, que la guerra (el dolor, lo injusto, el
engaño) no me sea indiferente… Y para
este hombre sencillo nada de lo que nos causa dolor le era indiferente, así
como no le era indiferente, atisbar a lo lejos una monja que conoció desde sus
años en Buenos Aires y pedir que detuvieran el papa móvil, para él
bajarse a saludarla con un abrazo.
Fueron muchos los abrazos que prodigó a la gente sencilla. No se sentía cómodo en lugares lujosos, por
eso escogió vivir en la casa-hotel de Santa Marta. Siguió usando sus zapatos ortopédicos negros,
los que nosotros conocemos como bodrogos, en lugar de los sofisticados
zapatos rojos que calzan los papas. Y
como si lo necesitara -él que aparte de olor oveja tiene olor de santidad-
pedía que no nos olvidáramos de rezar por él.
Papa Francisco falleció el lunes
después del domingo de Resurrección, tras una prolongada enfermedad. El domingo
de Pascua se asomó y saludó a los fieles congregados y más tarde salió en un
pequeño recorrido por la Plaza San Pedro en el papa móvil. Sería su último recorrido en vida. Su sencillo féretro fue expuesto en la misma
casa donde vivió y su cuerpo vestía la túnica roja distintiva para la ocasión.
Al mirar a sus pies, se veían sus bodrogos negros, los que pudo haber
cambiado en ese momento por los vistosos rojos característicos de los papas,
porque después de todo, ya no iba a caminar, pero eligió seguir siendo él.
Fueron muchos los gestos que me
enternecieron el sábado pasado, cuando me levanté a las 3:30 am para algo
totalmente inusual en mí -presenciar una misa.
De algún modo sentía que debía despedirme de este hombre. Su féretro fue llevado a la Basílica de San
Pedro, a la que asistirían miles a desfilar frente a su cuerpo, pero contrario
a otros papas, él quiso ser sepultado en la Basílica Santa Maria
Maggiore. Allí acostumbraba acudir a
venerar la Virgen, frente a un cuadro que se conoce como Salus Populi Romani,
particularmente a su salida y regreso de un viaje. Solía llevar flores y rezar por un momento
frente al cuadro. Como hay una distancia
considerable entre ambas basílicas, el féretro tenía que ser transportado en un
vehículo. Me causó mucha emoción ver que
el papa móvil desde el que tentas veces saludaba a las multitudes, ahora
llevaba su féretro. Me parecía ver la
figura de papa Francisco saludando, como si su esencia siguiera allí. La multitud apostada a lo largo de la ruta lo
despedía con aplausos.
Al llegar a su último lugar de
reposo, los encargados de cargar el féretro se detuvieron a la entrada,
mientras fieles presidiarios, inmigrantes y miembros de la comunidad LGBTTQ+ le
precedieron, en un ejemplo más de lo que significa el verdadero amor que no
juzga. Los desposeídos se despedían de
su más fiel defensor. Al entrar, se escuchaba el coro de la basílica y 4 niños
colocaron flores frente al cuadro que tantas veces papa Francisco veneró, como
si lo hicieran por él. La tumba solo
llevará un simple nombre: Franciscus y una reproducción de la cruz que
solía llevar al pecho. Con esos gestos,
se puso fin a una vida coherente, a un hombre que demostró ser siempre el mismo. Nos ha dejado un ejemplo de amor y alegría de
vivir. No sé si volveré a ver un hombre
dentro de una organización con la capacidad de influir sobre millones de
personas con su sensibilidad y profundo amor al prójimo.
Me siento bendecida de haber vivido
en este tiempo, para presenciar la figura de un hombre tan singular, capaz de
inspirar a quienes somos un tanto ariscos a las ceremonias y los dogmas. Ojalá su influencia motive a otros seres
humanos a seguir su ejemplo. Ciao, bravo uomo e non dimenticare di pregare
per noi.
29 de abril de 2025


Ana, q bello e histórico relato, me emocionó mucho, gracias por compartir💐💞💐
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