Datos personales

Mi foto
Este blog tiene el propósito de compartir mis ideas que estoy segura son las de muchos. Escribo sobre lo que me enternece, lo que me intriga, lo que me indigna o lo que me divierte. No me impongo fechas límite -escribo cuando quiero. El lector también puede elegir -hay relatos mas extensos, otros mas cortos. Entre cuando quiera. Vivo orgullosa de quien soy, de donde vengo y hacia donde voy, aunque no sepa como llegar... La imagen que lo acompaña es El Laberinto, de la serie Mandalas de Procesos, de Thalía Cuadrado, psicóloga clínica y artista, que me honra con su amistad. Me pareció apropiado para acompañar este blog sin dirección, porque son muchas las veces que me he sentido en un laberinto. Afortunadamente, siempre salgo…

jueves, 28 de mayo de 2026

Volver...

 



VOLVER… 20 AÑOS DESPUÉS

Decía aquel tango de Carlos Gardel que 20 años no es nada.  Recién completé un segundo viaje a Argentina poco más de 20 años después del original y he sentido que en efecto, es un soplo la vida – los años se suceden sin que me percate de su paso.  Las nieves del tiempo han plateado más allá de mis sienes, que un tinte lucha por ocultar y afortunadamente, mi frente no se ve muy marchita, aunque los sucesos increíbles del último año me hacen fruncir el ceño.  Tenía mucha ilusión con el viaje, que planifiqué desde diciembre del 2024, cuando fui a una presentación para los viajes que ofrecería la agencia de viajes para el 2025.  Mi foco era un viaje a Islas Canarias que hacía tiempo quería hacer -y en efecto hice en mayo.  De repente vi al final del desglose de viajes que había uno para despedir el año en Argentina, nada más ni nada menos que en el hotel Llao Llao de Bariloche, conocido por los encuentros de altos dignatarios mundiales que se han llevado a cabo allí. El viaje incluía, aparte de Buenos Aires, Bariloche y Mendoza, que ya había visitado, a Salta y Jujuy, muy al norte y desconocidos para mí.

En un momento pensé que era algo excesivo hacer dos viajes grandes en un año -suelo hacer un viaje grande y otros más pequeños por año, pero me dije que en realidad no hace mucha diferencia si hago dos viajes grandes en el mismo año, teniendo en cuenta que hay la posibilidad económica de hacerlo y después de todo, nada en esta vida está garantizado y podría morirme mañana mismo sin haber disfrutado a plenitud aquello que me hace feliz: conocer otras culturas, probar sabores distintos y compartir con otros viajeros.  También pesó en mi ánimo el hecho de que busco tener un plan para despedir el año que no me haga sentir abrumada cuando estoy rodeada de mucha gente o demasiado nostálgica y cogiéndome pena cuando estoy sola – una buena cena con vino siempre viene bien en esos momentos.

Luego de haber regresado del viaje a Islas Canarias supe que el viaje a Argentina peligraba por falta de quorum y en efecto, el viaje grupal se canceló.  Por suerte, una de las viajeras que también estaba apuntada en el viaje, insistió y logró que se hiciese esencialmente la misma excursión, aunque no sería exclusiva para nosotros y además, no incluía la estadía en el Llao Llao.  Tengo que confesar que la porción de genes comemierdas que me habita consideró no hacer el viaje, hasta que me dije: misma, ¿vas a perderte un viaje hermoso porque no puedas quedarte 3 noches en un hotel en el que nunca has estado?  Afortunadamente, la porción mayoritaria de mis genes se impuso y me fui.  La experiencia fue hermosa y 15 días después de haber regresado, inicié -aunque no terminé- este relato, que supe me tomaría mucho más tiempo, pero vamos, que Argentina es grande y toma tiempo recorrerla, así que el relato saldría cuando saliera.

Salimos hacia Argentina el 27 de diciembre, vía Panamá y arribamos a Buenos Aires en la mañana del 28.de diciembre del año que hace poco terminó.  Luego de soltar las cosas en la habitación, me fui a caminar por la ciudad.  Nos quedamos en un hotel en una calle paralela a la Avenida 9 de Julio, que recordaba de mi visita anterior. Como llegamos temprano en la mañana pudimos desayunar en el hotel y luego salí a explorar.  Quería cambiar moneda, porque el banco en Puerto Rico no maneja pesos argentinos, así que fui en busca de un cajero automático de un banco, porque no me arriesgo a usar cajeros privados y mucho menos usar esas casas de cambio que se ven sospechosas.  Siempre me da algo de miedito meter mi tarjeta en máquinas en el extranjero y que se vayan a tragar la tarjeta, pero hasta ahora, no he tenido problemas y esta vez no fue la excepción.  El único problema es que $1 equivale a unos 1,450 pesos argentinos, así que es un lío tener varios billetes -la mayoría de 20,000 pesos, que equivalen a unos $13.  Fui y volví de Argentina y todavía me cuesta trabajo hacer la conversión.

Intenté ver si podía ir a alguna obra de teatro, pero no había nada disponible que me interesara para ese día, que era domingo.  El resto del grupo había decidido ir a un show de tango por la noche, pero no me atrajo la idea de cenar a las 8 de la noche y ver un espectáculo de tango a las 10, luego de un día de viaje y con excursión al día siguiente.  Había visto un show de tango hacía 20 años y recuerdo que cabeceé varias veces, víctima del cansancio - ¡y tenía 20 años menos!  Si algo he aprendido con los años es a conocerme a mí misma y mi cuerpo.  Mis energías no son las mismas que l@s de otr@s y cada quien disfruta a su manera.  Decidí que seguiría mi exploración de la ciudad y cenaría temprano -a eso de las 6:30, en Puerto Madero, donde había estado en el viaje anterior.  Caminé hasta la Plaza de Mayo, para ver el área donde solían marchar las madres y abuelas de la Plaza de Mayo cuyos hij@s o niet@s habían sido desaparecid@s bajo el régimen militar.



La historia de las madres y abuelas de la Plaza de Mayo siempre me ha conmovido, porque no imagino el dolor de esas mujeres que vivieron la incertidumbre de no saber qué sucedió con sus descendientes.  Puedo vislumbrarlas afligidas, imaginando a sus seres queridos sufriendo, torturados, con hambre, frío y lo peor, sin vida.  Recientemente falleció una de las líderes y han aparecido nietos de las manifestantes originales.  La historia de l@s desaparecid@s cobra ahora una nueva dimensión para mí, con la ofensiva del innombrable que ocupa la Casa Blanca contra l@s indocumentad@s en Estados Unidos y Puerto Rico.  Tras escuchar las historias de horror de personas que son arrancadas de la calle por hombres enmascarados, montadas en un vehículo y llevadas a lugares de detención indefinidos, puedo imaginar la angustia de los familiares en Barrio Obrero, en Rio Piedras o en Minneapolis, preguntándose lo mismo que se preguntaban las madres y abuelas de la Plaza de Mayo.

Mis andanzas por Buenos Aires me llevaron a pasar por el famoso Café Tortoni, lugar emblemático que visité en el viaje anterior, pero que esta vez no estaba en planes.  También pasé por un café llamado London City y me estuvo curioso.  En la excursión del día siguiente el guía hizo una referencia a varios ingleses que se establecieron en Buenos Aires y tenían varios negocios, lo cual tal vez explica por qué un café con ese nombre.  Seguí caminando, explorando la ciudad y regresé al hotel para descansar un poco y prepararme para salir a cenar.  Llegué temprano -a eso de las 6:15 (la reservación era para las 6:30) y el restaurante estaba casi vacío.  Los argentinos -como los europeos- suelen cenar a eso de las 8 y hasta más tarde.  Yo ceno a eso de las 7 cuando salgo, o a las 6:30 cuando estoy en casa.  El lugar tenía vista al río donde pueden apreciarse embarcaciones de gran tamaño que resultan extrañas para nosotros que no vemos barcos de esas dimensiones en nuestros ríos. Me senté a revisar el menú y quise obtener recomendaciones.

El mozo que me atendió parece que no estaba en su mejor día.  Pregunté por la trucha patagónica, que me llamó la atención y me respondió sin entusiasmo que era buena.  Pedí unas ostras para empezar y una copa de vino Torrontés, obviando cualquier intento de obtener una respuesta más entusiasta.  Las ostras estaban muy buenas, con un sabor distinto.  La trucha me resultó muy singular -es rosada, como si fuera salmón.  Parece que es característica de la zona y la disfruté.  Presumo que no pedí postre, porque no lo recuerdo.  Me marché y me fui a caminar por la ribera.  Serían como las 8 de la noche, pero aún estaba de día.  Me dirigí al Puente de la Mujer, una estructura impresionante, moderna, obra del arquitecto Calatrava.  Se supone que la estructura semeja una pareja bailando tango, pero honestamente, no es lo que me evoca.  Para mí es como si fuera el mástil inclinado de un barco de vela, pero sea como sea, es una estructura hermosa.


Crucé el puente para apreciar más de cerca una estructura que semejaba unos tanques unidos -en efecto, eran silos.  Se podían leer las palabras en mayúsculas a distancia: PODER, PLACER, PROPIEDAD, IGUALDAD, EMPATÍA, INDEPENDENCIA, DUDA, CREENCIA.  En la parte de bajo, la pregunta: ¿QUIÉN POSEE QUÉ?  A los lados, NO PUEDES VIVIR SIN NOSOTRAS y MUJERES.  La pregunta, por supuesto, es medular, no importa si se está en Argentina o en Puerto Rico. 


Me detuve un buen rato a contemplar el mural y reflexionar sobre el mismo y luego me eché a andar, observando las personas que frecuentaban el lugar -una mezcla de parejas, familias, turistas que se desplazaban en una tarde relajada de domingo.  La mayoría eran locales y podía notarse que se entremezclaban personas de toda extracción social.  Pese a que el lugar es conocido por ser caro, había de todo; algo así como el paseo por el Condado que antes era algo chic.  En particular recuerdo ir a tomar helado en copitas de metal en el Howard Johnson, que para gran parte de nosotros era el gran lujo. De regreso observé establecimientos con terrazas al aire libre, donde la gente disfrutaba de conversación, vinitos o cervezas, mientras caía la noche.















Me encanta pasear por las áreas donde frecuentan los habitantes del lugar que visite, sin montones de turistas que alteran la vida diaria y que a veces habitan los espacios y los transforman, hasta que pierden su esencia.  Algo así como lo que pasa en el área del Condado, en la que al transitar sus calles y aceras se siente, muchas veces, como si estuviéramos en otro país. Decidí regresar al hotel para descansar, ya que al otro día tendríamos la excursión a la ciudad y por la noche, una cena de degustación.  Dormí bastante bien, lo cual es raro cuando viajo.

Al día siguiente, luego del desayuno buffet que resultaba muy agradable, salimos para la excursión de la ciudad con Julián, un guía que resultó excelente.  Nos explicó que la Avenida 9 de Julio era la avenida más ancha del mundo, con hasta 16 carriles en algunos tramos y 24 plazas, dedicadas a las 23 provincias argentinas y la ciudad autónoma de Buenos Aires. De camino, observamos un gigantesco mural de Messi, figura icónica del fútbol argentino, que compite ferozmente con la imagen venerada de Maradona, según veríamos luego en el área de La Boca.  Llegamos hasta el área del cabildo y la Plaza de Mayo, que había visitado el día anterior.  Allí Julián nos explicó la historia de las madres y abuelas que ya conocía y tanto me conmueve.  En el área de la Pirámide, erigida en conmemoración del centenario de la revolución argentina, se encuentran cenizas de algunas de las madres de la Plaza de Mayo, en suelo que recoge tierra de las provincias argentinas.















En la misma plaza se encuentra un monumento al General Belgrano, creador de la bandera argentina, que en su centro tiene un sol inca – no sabía ese detalle.  Rodeado por una protección alrededor, permite ver las piedras colocadas al pie del monumento, en memoria de los fallecidos víctimas del COVID.  En las mismas pueden leerse nombres de personas que fueron queridas por sus familiares y probablemente signifique mucho llegar allí y leerlos.  Esto me trajo a la memoria la exhibición de los zapatos en el Museo del Holocausto en Washington, ante cuya presencia quedé totalmente conmovida, porque eran zapatos que habían permanecido, de víctimas apresadas y victimizadas en campos de concentración.  Lo mismo me ocurrió al ver la demostración frente al Capitolio, de los zapatos de las víctimas del huracán María que el gobierno se negó a reconocer.  Estos símbolos dan visibilidad, hacen tangibles el dolor y son necesarios para no olvidar.

Presidiendo la plaza, se encuentra la casa Rosada, palacio presidencial.  Como dato curioso, Julián nos dijo que el color rosado se creó mezclando sangre de vaca con cal, cosa que me hace arrugar la nariz, imaginando el olor.  El balcón del palacio es icónico, por ser desde allí donde se hacen importantes anuncios o se reciben personalidades importantes.  Eva Perón es recordada por ofrecer mensajes desde allí, al punto que se inmortalizó en un musical -casi como imaginar a Julieta en su balcón mientras Romeo la contemplaba.  Para más, fue allí donde Maradona mostró su trofeo de campeonato.


 A un lado, la Catedral que contiene los restos del General San Martín, en un impresionante mausoleo y sobre éste, como un tragaluz, un hermoso sol en cristal.  Me hubiese gustado tener más tiempo para conocer un poco más de lo que contiene la catedral en términos de la historia, pero tal vez lo que más ansiaba era estar en el lugar desde el cual papa Francisco, cuando era obispo de Buenos Aires, oficiaba misas.




Aunque me crie católica, me desvinculé de la iglesia hace muchos años, pero la figura de papa Francisco me motivó a ver varias de las misas que se transmitían por televisión como parte de la peregrinación que hizo a varios lugares apartados del mundo, en los que combinaba el lenguaje y los ritos tradicionales católicos con aquéllos de los países visitados.  Fueron muchas las veces que me emocioné hasta las lágrimas ante la pantalla, viendo cánticos en lenguajes desconocidos, pero que encerraban devoción de parte de los habitantes y la esencia del extraordinario hombre que fue Mario Bergoglio, en el que se fundían la compasión, el respeto hacia otros seres humanos -sin importar sus creencias- el orgullo que sentía en torno a sus orígenes humildes y su procedencia inequívocamente argentina.  Estar en esa catedral, ver un vídeo a la entrada de su paso por ese recinto y observar la butaca donde tantas veces se sentó, me produjo una gran emoción. Estoy segura de que parte de su esencia permanece allí y me siento bendecida de haber pisado las hermosas losas de esta catedral.











Luego de la visita a la catedral, nos detuvimos en el Paseo de las historietas, ante una escultura de la icónica Mafalda, esa niña asertiva que tanto me encanta y a quien vine a parecerme -salvo por el hecho de que a mí sí me gusta la sopa- después de adulta, porque cuando niña era muy dócil y obediente, tal vez más parecida a Susanita, la niña apegada a los convencionalismos sociales de lo que debe ser una mujer. No soy muy amante a tomarme fotos, pero una foto con Mafalda era algo que no podía dejar pasar, así que ahí quedé, en un medio abrazo a Mafalda y dejando atrás a Susanita.  Para completar la experiencia, la foto me la tomó el argentino del grupo que lleva más de 40 años viviendo en Puerto Rico y está casado con una Boricua.



De allí nos movimos al barrio La Boca, donde el culto al fútbol se hace evidente.  Nos detuvimos frente al estadio del club Boca Junior, conocido como la bombonera, por su forma. En las calles aledañas podían verse murales y carteles alusivos a la figura de Maradona, que sigue siendo un ídolo, pese a que ya no está y a su vida un tanto escabrosa.  También puede apreciarse el orgullo por los orígenes humildes del barrio y el fuerte apego a la historia -no olvidan a los desaparecidos y al presente, evidenciado en el apoyo a los jubilados.  Es un barrio con un evidente aprecio por su historia y su cohesión comunitaria.






Caminito fue nuestro siguiente destino.  Es un enclave formado por inmigrantes, algunos de los cuales llegaron de Italia y en otros momentos se incentivó la inmigración para poblar el país.  Los que llegaban fabricaban viviendas con lo que sobraba de los barcos, con zinc y se construían los llamados conventillos -viviendas multifamiliares pintadas con la pintura que hubiese disponible.  En sus calles se bailaba el tango, baile que en su origen adquirió mala fama por la naturaleza sensual de los movimientos, entonces considerados vulgares.  Hoy día hay bailarines apostados en diversos puntos, buscando turistas que quieran posar para una foto.  El área es más bien un tourist trap, pero retiene su encanto cuando nos enfocamos en observar las estructuras y conocer su historia.







Pasamos el área de Puerto Madero, que ya yo había visitado y recibimos la explicación del simbolismo del Puente de la Mujer, diseñado por el arquitecto Calatrava.  Nos detuvimos ante la escultura de la Flor en el área de la Recoleta, sector con sabor parisino y sofisticado, en directo contraste a los modestos barrios de Caminito y La Boca que acabábamos de visitar.  Yo tenía un recuerdo vívido de esa escultura, aunque no recordaba dónde estaba ubicada y probablemente lo vuelva a olvidar, porque perderme es mi especialidad.  La escultura tiene un movimiento que no se percibe, porque como una flor, se cierra al anochecer y abre con la luz del sol.  Estuvo averiada por un tiempo -tengo un vago recuerdo de haber leído sobre ello.  Me dio mucha alegría volverla a ver.



Regresamos al hotel y quise caminar por el área y comer algo liviano, ya que en la noche disfrutaríamos de una cena de degustación que estaba incluida en nuestra excursión.  Me orienté con el obelisco y entré a un lugar que era como una cafetería.  Pedí dos empanadas -una de pollo y otra de carne, con una copa de Malbec.  Tardaron bastante, pero la espera valía la pena.  Estaban calientitas, por lo que deduje eran recién hechas.  Le comenté al mozo y se alegró mucho de que las hubiese disfrutado.


Salí de allí y me deleité absorbiendo el sabor de esta ciudad vibrante.  Sentí una música de tango y pude observar una pareja de bailarines que se desplazaban alrededor de las mesas de un pequeño café.  Sentí unas ganas enormes de retomar las clases de tango que había tomado hace como 14 años y de las que desafortunadamente, no tengo casi nada que demostrar, porque como tantas otras cosas en la vida, lo que no se practica, se olvida.  Mientras tanto, disfruté de observar de cerca los movimientos fluidos y sensuales de dos bailarines que tal vez tenían vidas complicadas, con carencias que les obligaban a bailar ante personas que comían probablemente sin siquiera mirarles.  Quien sabe, tal vez más tarde formaban parte de un espectáculo más formal, ante turistas como mis compañeros de viaje.







Regresé al hotel para descansar un poco y prepararme para la cena en el restaurante Fogón Asado.  El autobús se detuvo frente a un lugar que anunciaba sus ofertas con nombres curiosos, como pechito de cerdo o tapa de nalga. 



El restaurante estaba al otro lado, pero no había rótulo y se llegaba por un pasillo nada bonito, a algo que semejaba un almacén.  Parecía algo clandestino, como sacado de esas películas de la mafia.  Sin embargo, al llegar, se apreciaba un lugar cálido, con una mesa tipo mostrador que rodeaba un asador y acomodaba unos 30 comensales.  Nos recibieron con un trago mezcla de espumante, mate, naranja y no sé qué más, pero que resultó muy agradable. Por alguna razón confundieron la procedencia de nuestro grupo y nos entregaron un menú en portugués, que ofrecieron cambiar, pero decidí quedarme con él, tal vez como recuerdo de que aparenta ser que reciben muchos turistas de Brasil, que no es extraño, porque después de todo hacen frontera, pero no recuerdo de mi visita anterior toparme con turistas brasileños.













Nos explicaron el concepto, que consiste en presentar diversos platos pequeños en sucesión, pareados con vino.  Preguntaron si teníamos alguna alergia o condición que impidiera comer algún ingrediente y procedí a advertir que tengo intolerancia a la lactosa.  La chica que hizo la presentación -Julieta- en lugar de mostrar indecisión, anunció: no hay problema, nos encantan los retos.  ¡Cuánto tienen que aprender muchos de nuestros restaurantes en términos de servicio!  El primer plato era berenjena asada con cubierta de queso ricota, que presumo fue sustituido por uno de origen vegetal.  Estuvo exquisito. 



A eso le siguió una provoleta con salsa de frutas asadas y obviamente sustituyeron el queso. Insuperable.  Ya me había dado cuenta que era posible pedir más vino del que estuviese acompañando los platos, así que no fui tímida al pedir que rellenaran la copa.  En total eran tres vinos a degustar: uno blanco y dos tintos, pero yo bebí más de 3 copas.

El siguiente plato fue molleja con tomates rostizados, cuyo sabor demasiado fuerte no me encantó.  No obstante, la siguiente combinación sí: morcilla (me encanta la morcilla) con un chutney no sé exactamente de qué y chorizo con una salsa creo que, de pimientos, sobre unos panecitos exquisitos.  Ya estábamos tomando tinto y creo que fue el segundo el que me encantó, aparte de que me llamó la atención la etiqueta: Angélica Zapata, porque Angélica es mi segundo nombre.  Después de eso hubo una sucesión de platos a base de carne que sé que estaban buenísimos, pero bien sea por el tiempo transcurrido, o por el vino que definitivamente me afectó la memoria, no recuerdo en detalle. 



















En el postre se lucieron, porque era una crepa rellena de dulce de leche, cubierta con frutos rojos.  No sé si usaron queso de cabra, oveja- que se supone no contienen lactosa- u otro sustituto, pero lo cierto es que fue exquisito.  Al final, hubo una sorpresa que descubrí a mi regreso, pero lo revelaré luego.



Regresamos al hotel a descansar y prepararnos para el vuelo a Bariloche.  La experiencia con la línea aérea, una local, fue un desastre.  Jamás entendí cómo conformaron los grupos para abordar -podía tener una compañera de viaje en la misma fila, pero no estaba en el mismo grupo.  Al final, terminamos todos apiñados en un pasillo esperando buen rato para entrar al avión, con calor, con el agravante de que el avión estaba sin aire acondicionado y el proceso de abordaje se tardó un horror.  El calor era insoportable y el personal se notaba molesto. Previo al despegue, el piloto se disculpó por la demora.  En español dijo que había habido complicaciones y en inglés dijo que había habido un problema de asientos sobrevendidos (overbooking).  Se sabe que eso ocurre, pero nunca había escuchado a un piloto admitirlo por altavoz. Cuando faltaba poco para el aterrizaje, pasaron ofreciendo algo para comer.  Yo no llegué a responder y la asistente de vuelo siguió de largo, dejándome con la palabra en la boca.  Después supimos que había una disputa laboral.  No en balde estaban todos tan molestos.

Por suerte, el hotel en Bariloche era un remanso de paz: Alma del Lago, se llamaba, con una hermosa vista al Lago Nahual Huapi y un silencio exquisito.  Solté las cosas en la habitación y me dediqué a contemplar la vista desde mi balcón, donde podían apreciarse unos pájaros que parecían patos y luego supe son cauquenes cuando le pregunté al chico que me llevó la maleta. Me explicó que los que están ahora en el área son los que crecieron del año pasado y están habituados a ver gente alrededor. 




Salí a explorar un poco y comer algo, porque no había comido nada desde el desayuno.  Había un pequeño restaurante barra en el mezanine y pedí unos raviolis rellenos con algo que parece calabaza, pero no es y no recuerdo el nombre.  Estaban exquisitos y los acompañé con dos copitas de Malbec, por supuesto.

Presumo que ya serían como las 7 de la noche.  Al otro día, 31 de diciembre, tendríamos excursión al Cerro Campanario y circuito chico y luego la cena de despedida de año, así que regresé a la habitación a organizar un poco, revisar mensajes y escribir mis notas del viaje.  Cuando miré el reloj, eran las 10 menos cuarto y solo empezaba a oscurecer, pero me acosté.  Si algo he aprendido, es que debo descansar durante los viajes, porque de lo contrario, no disfruto plenamente.  La excursión programada ya la había hecho, pero tenía buenos recuerdos y después de todo, en veinte años muchas cosas pueden cambiar, aunque comprobé que el lugar no había cambiado mucho.

Luego del desayuno, salimos para nuestra excursión y nos detuvimos en un lugar en el que vendían productos a base de rosa mosqueta.  En mi primer viaje había comprado un aceite perfumado con esa fragancia, del que solo queda el recuerdo y quería ver si lo conseguía.  No tuve suerte en ese lugar ni en ningún otro.  Tal vez tendré que volver para ver si tengo mejor suerte.  Al salir, vi unas flores en una jardinera, que resultaron llamarse Estrella de Belén, por lo que les tomé una foto -amo las estrellas -en el mar, en el cielo o donde sea.


La guía Lilly nos ofrecía información interesante sobre los pobladores originales de la región -los mapuches, que eran originales de Chile y los tehuelches de la zona.  El pueblo se llamó San Carlos de Bariloche, derivado de la palabra mapuche vuriloche, que significa gente del otro lado de la montaña.  Se supone que todo lo terminado en che significa gente, así que todos los nombres de grupos étnicos eran “gente de...” Debido a una confusión con una carta dirigida a un comerciante de la zona llamado Don Carlos, se entendió que era San Carlos y de ahí el nombre formal de San Carlos de Bariloche.  Salimos a un área desde donde podía apreciarse el Hotel Llao Llao a la distancia.


El llao llao es un hongo que se adhiere a la corteza de los árboles y luego forma unos nudos sólidos, que los artesanos utilizan para preparar piezas curiosas.  También son comestibles, con un sabor dulce, que es el significado de llao llao, por lo que algunos lo utilizan como un término cariñoso -es decir mi dulce-dulce, no que comparen a una con un hongo, lo cual no sería muy cariñoso que digamos.  El hongo también le ofrece una protección contra el fuego al árbol.  En ese sentido, lo que pudiese parecer dañino, es en realidad beneficioso, como los hongos comestibles que crecen en la tierra y conocemos como setas, o los que se adhieren al maíz y son un exquisito plato mexicano.  Ya me doy cuenta que estoy a punto de caer en una de mis digresiones, así que retorno a mi relato.

Pasamos al área del Cerro Campanario, desde donde pueden apreciarse vistas espectaculares de lagos y tomar una aerosilla, que nos lleva hasta el tope para otras perspectivas.  Ya lo había hecho en el viaje anterior y me encantó hacerlo de nuevo.  Me emocioné ante la belleza del paisaje y el silencio.  Solo se escuchaba el sonido del viento y el canto de algunos pájaros.















Para más, una fotógrafa profesional ofrecía tomar una foto (la que preside este relato) una vez en las alturas y enviarlas por WhatsApp, que resultó en una experiencia distinta al viaje anterior, cuando entregaban las fotos impresas.  La magia de la tecnología permitió que pudiera compartir la foto con mis amistades desde antes de regresar del viaje.  Como diría Tito Párpados, ¡qué maravisha!  Al regreso nos quedamos en la pequeña villa, que es encantadora.  Quería ir a comprar el perfume de rosa mosqueta que nunca encontré y unos chocolates en Mamuschka, pero me mantuve con el grupo, que tomó otros rumbos.  Nos detuvimos a comer empanadas -estaban buenas, pero las que probé en Buenos Aires estaban mejores. Regresamos al hotel en Uber, que nos habían dicho funcionaba bien, aunque luego supe unos detalles algo inquietantes, aunque no muy graves.

La cena de despedida de año se supone era a las 8 de la noche.  Quise descansar un poco y preparar el ajuar que estrenaría esa noche -un conjunto en un tono rojo brillante, para darle la bienvenida al nuevo año con alegría.  Había considerado ponerme algo negro, que es siempre elegante, pero descarté la idea -no quería algo sobrio, sino algo vibrante.  Pues me emperifollé y estuve lista a la hora indicada.  Los que no estuvieron listos fueron los empleados del hotel, quienes pasadas las 8 pm no habían abierto el salón.    Luego me percaté que era como un preludio a lo que vendría más tarde.  El salón no estaba muy lleno.  Había pocas mesas ocupadas.  El menú parecía interesante, pero los meseros se veían, como diría mi antiguo profesor Demetrio Fernández, más perdí'os que el hijo de Lindbergh.  Daba la impresión de que los sacaron de su horario regular -tal vez sólo atendían a la hora del desayuno- y que no estaban acostumbrados a servir una cena formal.  El problema de la escasez de personal no es exclusivo de Puerto Rico.

El menú no estuvo mal.  Comenzó con un amuse- bouche muy lindo, seguido de un carpaccio de langostinos, colocados semejando un velo -muy rico.  Pedí un Chardonnay para acompañarlo, que no me impresionó.  El plato principal era una combinación de carne de cerdo y de res en salsa de frutos rojos, que estuvo muy buena y la acompañé con un Malbec que resultó muy bueno. 


No pude comer el postre, porque era a base de lácteos, así que me lo sustituyeron por un plato de frutas que se veía tan soso como el ambiente de esta bizarra cena de despedida de año, en la que la falta de adiestramiento del personal resultó apabullante.  Sirvieron un espumante que estaba bastante flojo y para colmo, lo dejaron sobre la mesa así -sin cubeta de hielo, por lo que llegó el momento que beberlo era casi un sacrificio, así que opté por no seguir tomándolo.  No había nada de música, lo que resultó la cosa más extraña del mundo, sobre todo para nosotros los Boricuas, tan bullangueros.  Ni yo, que soy tan amante del silencio o la música más calmada, podía sentirme a gusto en una cena de despedida de año tan sosa.  Como a eso de las 10:30 ya habíamos terminado de cenar y estábamos mirándonos las caras.  Una de las compañeras quería esperar a que dieran las 12.

Aguanté hasta las 11, cuando otra manifestó que quería irse. Aproveché la oportunidad, porque vamos, no tengo espíritu de mártir -aquella sosera resultaba insoportable, ya que ni siquiera había un espumante decente y frío que ayudara a manejarla.  Total, cuando estoy en casa y no voy a una celebración de despedida de año, me preparo una buena cena, con musiquita festiva -tal vez pongo el disco de Navidad de Yo-Yo Ma & Friends, botella pequeña de espumante -a veces hasta champán y después me acuesto a dormir.  Me despierto cuando oigo el alboroto que anuncia que llegó el nuevo año.  Regresé a la habitación y desde el balcón aprecié una luna hermosa sobre el lago.  El silencio, allí, era bienvenido y se prolongó durante el resto de la noche, así que no me enteré cuando hizo su entrada el nuevo año.



Dormí bien y tras revisar mensajes y agradecer ver un nuevo año disfrutando de este viaje espectacular, me levanté un poco más tarde, así que me apuré para subir a desayunar.  Ese día tendríamos la excursión de los 7 lagos y San Martín de los Andes. La guía, Paz, era una chica joven.  Por el camino nos ofrecía datos sobre la flora y fauna que se apreciaba en el recorrido, parte del Parque nacional Nahual Huapi, el más grande de Argentina, casi del tamaño de Puerto Rico.  Los árboles se adaptan al clima.  Mencionó el árbol o arbusto colihue, familia del bambú que, a diferencia de éste, es sólido.  Relató que hay un roedor que se alimenta de su floración, que causa problemas cuando ese proceso termina, porque los roedores van a áreas habitadas buscando comida.  De inmediato, vino a mi mente una imagen de una invasión de ratas.  Mencionó otro árbol -el de araucaria, que tiene semilla comestible.  Pensé que sería fabuloso comprar algunas para preparar un platillo acá y sentir que me conectaba con la cultura, pero no conseguí las semillas.

Visitamos los 7 lagos: Espejo, Correntoso, Falkner, Escondido, Villarino, Machónico, Lácar y se me entremezclaron, al punto en que no puedo distinguir entre uno y otro en las fotos.  Del lago Espejo recuerdo que la estela de una embarcación rompió la imagen de espejo.  El lago Machónico deriva su nombre del machón, que es un camarón de agua dulce.  En el lago Falkner, podía verse gente disfrutando de un pasadía en familia -después de todo, era el primer día del año, en un ambiente que para nosotros es extraño.  En primer lugar, para nosotros la playa tiene connotación de la orilla del mar -allá puede ser la orilla del lago.  Además, las estaciones del año son a la inversa, así que para nosotros parecía un día de verano por el clima, aunque en Puerto Rico sería invierno y no solemos ir a la playa.  Todavía recuerdo el viejo adagio de que no se va a la playa en meses de r -es decir, de septiembre a abril.  Por lo demás, me dio gusto ver a las familias compartiendo.  Es algo que he podido constatar en mis viajes -los argentinos son muy apegados a la familia.  Contemplé una pareja tomando mate bajo un árbol y les deseé Feliz Año Nuevo.








Finalmente llegamos al poblado de San Martín de los Andes.  Paz nos recomendó un lugar para almorzar y estaba cerrado.  Ocurrió lo mismo con una segunda recomendación.  Pese a que era día de Año Nuevo, pensaría que los operadores de la excursión corroborarían esos detalles, pero por suerte, encontramos un lugar que resultó estupendo.  Estábamos todos hambrientos -el trayecto fue muy largo -¡y todavía faltaba el regreso!  El lugar parecía una cabaña moderna y no se veía rótulo.  Me enteré al regreso, por el estado de cuenta de la tarjeta, que se llamaba La Vieja.  Presumo que era en honor a la madre del dueño.  El lugar estaba atestado, imagino que, entre otras razones, porque no había muchos lugares abiertos.  Pese a mi aprehensión, el servicio fue muy rápido y las chicas que servían eran muy atentas.  Teníamos tanta hambre, que pedimos una orden grande de papas fritas para compartir y las devoramos tan pronto llegaron.  Yo pedí una milanesa como Mario mi amigo italiano la hubiera pedido -sin salsa ni queso, con papas fritas y vino tinto.  Estuvo excelente y otros compañeros pidieron café, pese a que ya se había pedido la cuenta y las meseras sirvieron con mucha amabilidad.







Salimos satisfechos y listos para regresar.  En las inmediaciones no se veía ninguna atracción, salvo una marina.  Caminé por el área y tomé algunas fotos del entorno, antes de subirme al autobús, que tuvo problemas con el aire acondicionado.  Yo estaba en el lado que azotaba el sol, así que me sentí como en una sauna.  El chofer parecía desesperado por llegar y nos llevaba, como diría un amigo, “como a puerco roba'o”.  La carretera era sinuosa, de un solo carril a cada lado, con doble línea amarilla.  Yo observaba cómo se pegaba al carro del frente, como con intención de pasarle.  En un momento, frenó de repente y el corazón se me quería salir.  Tras una agonía de unas dos horas, paramos en un lugar para tomar un descanso e ir al baño. Compré un helado de limón para refrescarme y calmar la ansiedad. Todavía faltaba como una hora más para llegar y en mi cabeza sonaba la canción de los Beatles que decía: the long and winding road…

Finalmente llegamos, sanos y salvos.  No recuerdo ni qué hora era.  Tomé un baño y me dediqué a revisar fotos y mensajes, hasta caer rendida a eso de las 9:30. Dormí muy bien.  Al otro día me levanté a eso de las 6:30 y fui a desayunar relajadamente.  La excursión programada no salía hasta la 1 de la tarde, así que decidí aprovechar para comprar los chocolates Mamuschka que quería para regalar -y uno que otro para mí.  Me fui en Uber y le pregunté al chofer cómo funcionaba el sistema en Argentina, porque en el viaje anterior nos recogió un carro identificado como taxi.  Me explicó que Uber todavía no está totalmente oficializado y algunos taxistas ofrecen ambos servicios.  Otros entran a través de la aplicación de Uber, pero no todos tienen los vehículos en condiciones.  De eso me daría cuenta después.

Llegué directamente a Mamuschka.  La tienda está enorme y creo que tal vez está localizada en otro lugar o tal vez el entorno en general está mucho más desarrollado de lo que recuerdo de mi viaje anterior.  Compré varios alfajores –esas galletas blandas rellenas del dulce de leche que no puedo comer- cubiertos de chocolate y otros para regalar.  Para mí, 4 cuadritos de chocolate oscuro, de ese que como diría Luis Rafael Sánchez, “causa un placer tan y tan grande que casi llega al pecado”.  Una empleada me mencionó que podían poner los chocolates en un bolso insulado, con una espuma refrigerante que los mantuviera en una temperatura adecuada.  Me pareció estupendo en ese momento, hasta que conservar los chocolates se convirtió en una pejiguera, porque la espuma debía ser guardada en el congelador y las neveras de las habitaciones no tenían congelador, así que me veía obligada a guardarla en alguna barra de todos los hoteles de cada ciudad visitada.  Salvar los chocolates argentinos era la consigna.


Salí de Mamuschka a caminar por el área de pequeños comercios.  Entré a una tienda de conservas.  Compré mermelada de rosa mosqueta, algunos frascos de dulce de leche para regalar y unas conservas de pescado para disfrutar con un vinito a mi regreso.


Me detuve a hablar con la chica -de dimensiones nada chicas- que me atendió muy amablemente y le pregunté cómo les iba a los comerciantes.  Me dijo que a los pequeños no muy bien, por no decir que mal -los beneficios eran para los grandes.  Me dijo que con lo que ganaba no le era suficiente y suplementaba sus ingresos haciendo catering.  La conversación me remontó a una que había tenido en Buenos Aires con un librero.  Me había dicho que tras el advenimiento del nuevo gobierno muchos se sentían intimidados y que las críticas no eran muy bien vistas.  Es interesante cómo algunos patrones se repiten en diversos lugares del mundo y lo que vemos en un lugar, se repite en otro.  Unos ven progreso -una supuesta mejora en la economía, mientras otros ven opresión y respaldo a un sector limitado de la población.  Con tan sólo mirar lo que ocurre en nuestro pequeño pedazo del mundo, podemos ver las grandes desigualdades, que cada vez parecen incrementar más y más.

Continué mi marcha y llegué a una especie de lote con unas carpas en las que artesanos ofrecían sus trabajos.  Me detuve en un puesto en el que una chica ofrecía sus trabajos en cobre con diseños esmaltados y compré un colgante de libélula para mi Buddy.  Más adelante vi un artesano en madera y me detuve a mirar.  Me llamó la atención una pequeña espátula y le pregunté de qué madera estaba hecha –“radal”, me dijo.  La compré y le pedí que me anotara el nombre en la bolsita, porque sabía que lo olvidaría.


En algún momento me comeré una de las conservas de pescado, esparcida con la espátula de radal sobre una pequeña tostada y recordaré ese momento singular en el que compartí con gente sencilla y trabajadora de Bariloche.  Decidí emprender el regreso para estar a tiempo para la excursión.

Pedí un Uber y vi un auto que no parecía ser, pero luego vi que en efecto, el modelo y tablilla coincidían.  Estaba bastante descuidado y el interior no muy limpio que digamos.  Recordé la conversación con el chofer anterior. En minutos estaría frente al hotel en que me hospedaba, uno muy sofisticado, frente al lago.  Se activó la comemierda que me habita ocasionalmente y le dije al chico que me dejara en la acera en lugar de la entrada cubierta del hotel.  Luego de haber llegado bien, feliz con mis compras, pensé que el chico estaba haciendo lo mejor que podía con un auto que no era el mejor, pero le permitiría progresar poco a poco.  Ojalá lo logre.

Salimos para la excursión de Isla Victoria y el bosque de arrayanes.  Se embarcaba en Puerto Pañuelo, cuyo nombre se dice evoca las despedidas de antaño, en las que los que se iban eran despedidos por sus seres queridos agitando pañuelos.  El muelle estaba justo al otro lado de la entrada al Hotel Llao Llao, lo cual me volvió a recordar que esa opción para el viaje quedó cancelada e inevitablemente me hizo pensar que la cena de despidida de año de seguro hubiese sido más especial, pero no me quise enfocar en eso y me dediqué a disfrutar el momento.  El sistema para abordar el barco era muy eficiente y el entorno agradable.
















Ya serían como las 2 de la tarde cuando partimos, por lo que mis tripas reclamaban alimento con insistencia.  En el barco había algunos sándwiches, todos con queso, así que opté por pedir 3 pequeñas empanadas de carne sobre las cuales no tenía grandes expectativas al verlas en un plato de cartón, envueltas en plástico, pero los reclamos de las tripas debían ser atendidos, así que las pedí.  Las calentaron y debo decir que al menos se podían comer y cumplieron su cometido.  Sólo pude comer dos, porque llenaban bastante.  Le ofrecí la otra a uno de los compañeros, que imagino también tendría hambre.

Llegamos al muelle en el área del Bosque de los Arrayanes.  El trayecto es un poco difícil y nos retrasamos.  Por suerte la guía estaba pendiente y se ocupó de que todos estuviéramos en el área. La edad promedio de los árboles del parque es de 300 años.  Los arrayanes pueden crecer como árboles o como arbustos.  Apreciamos los enormes árboles colihue, de copas redondeadas.  Divisé el árbol radal, que hubiese pasado totalmente desapercibido por mí si no hubiese sido por el hecho de que de ese fue el tipo de madera que el artesano que había visitado antes utilizó para hacer la pequeña espátula que compré.  Conocer los materiales utilizados en una artesanía le añade algo de carácter a la pieza, un sentido de conexión con ese pedazo de madera transformado por las manos de un artesano y al mismo tiempo, un respeto por ambos.













Luego de esa visita abordamos nuevamente la embarcación, de nombre Modesta Victoria, para ir a la isla Victoria.  Me hubiese gustado ir a la Playa del Toro, que incluía ver unas pinturas rupestres, pero hubiese tenido que hacer el recorrido sola y perderme la explicación sobre la isla, así que descarté esa opción.  Un hombre de apellido Anchorena adquirió los derechos de uso de la isla y construyó allí su casa con madera de ciprés, la cual todavía está en pie, aunque no está en uso.  Trajo animales y árboles de otras latitudes.  Con el tiempo, las especies traídas empezaron a desplazar las nativas -¡ouch! -eso me trae a la mente lo que está ocurriendo en muchas áreas de nuestra islita y no me refiero a árboles, pero disgrego.  Las especies foráneas se adaptaron al clima, en algunos casos adaptando su forma, como en el caso de los pinos Ponderosa, traídos a la isla desde California.  Para poder adaptarse al terreno, crecían enormes, con los troncos como pelados, con las copas al tope buscando la luz.


En el trayecto comencé a sentir un olor a orín de gato y lo comenté.  Al rato, una de las del grupo me avisó que había divisado un gato.  En efecto, era un hermoso gato gris que hasta posó para la foto, casi camuflajeado por los troncos grises en los que se colocó.  El olfato no me falló. 


Por supuesto, solo podemos reconocer un olor si lo hemos sentido antes -he ahí la importancia de exponernos a nuevas experiencias, sensaciones y sabores.  De hecho, en un curso sobre vinos que tomé hace varios años, se nos indicó que probar nuevos sabores nos ayuda a encontrar matices en el vino.  Como dato jocoso, el sommelier que ofreció el curso nos mencionó que, al oler un Sauvignon Blanc, podemos sentir un ligero olor a orín de gato.  ¡Es verdad!  Yo, que tuve gatos por varios años, puedo identificar el olor fácilmente, pero de nuevo, disgrego.

En el área también hay sequoias gigantescas, cuya corteza es como esponjosa y ayuda a proteger a los árboles de los incendios forestales.  Más adelante vimos árboles nativos, los que eventualmente reemplazarán parte de los árboles foráneos.  El recorrido me mostró un lado hermoso de Argentina -el lado que protege sus especies nativas para las futuras generaciones.  Me dio mucha alegría haber escogido esta opción de la excursión.  Una descripción no refleja la experiencia que se habrá de tener al entrar en espacios desconocidos.  Es como conocer un país de una manera más íntima, más conectada con su esencia.  Me sentí partícipe no sólo de observar bellos paisajes, sino también de presenciar un esfuerzo de conservación que sé se hace en nuestra isla y me hace apreciar el valor de esos esfuerzos.  Salí de esa excursión renovada.  Regresamos al hotel a eso de las 7:30.


Una de las compañeras sugirió que cenáramos en un restaurante suizo que estaba cercano al hotel, que según su búsqueda en la web tenía muy buenas recomendaciones, así que el chofer de la excursión nos dejó en frente.  Yo tuve mis dudas, porque eso de que fuera un restaurante suizo, me sugería que muchos de los platos serían a base de lácteos.  Descarté el pensamiento -error- hay que hacerles caso a las intuiciones.  Al restaurante se accedía por una escalera que atravesaba el patio.  Aparentemente alguno de los empleados trabajaba también en el mantenimiento.  Parecía cerrado y una señora nos abrió la puerta, advirtiéndonos que no aceptaban tarjetas, por lo que había que pagar en efectivo.  Calculamos que teníamos suficiente para pagar y entramos.  El lugar estaba vacío.  El comedor parecía una tienda de objetos de segunda mano y el ambiente era inequívocamente kitsch.



 Pedimos el menú y 
en efecto, prácticamente todo era a base de lácteos.  Me levanté para ir al baño y me percaté que era un baño de residencia, con ducha y bidet incluido.  Los equipos eran en rosa Pepto-Bismol y los azulejos color verde pálido, una combinación que se usaba probablemente para los años 60.  Regresé a la mesa.  Todos nos mirábamos conteniendo las ganas de reír ante un ambiente tan extraño.  Yo pedí un pastel de cebolla.  Cometí el error de preguntar si tenía queso, no si era base de lácteos.  Cuando lo probé, no tenía queso, pero tenía crema, así que no me lo pude comer.  El resto del grupo pidió dos raciones de fondue, el que evidentemente no podía comer, así que me limité a picar uno que otro pedacito de carne y algún vegetal.  Otra de las compañeras tenía problemas con el menú y sugirió que en vista que ambas no podíamos comer casi nada del menú, nos fuéramos.  No bien había terminado de decirlo, cuando ya yo me estaba levantando de la mesa.  Dejé algo para cubrir el pastel de cebolla que había pedido.

Regresamos al hotel y pedimos una sopa de calabaza en puré cada una, que estaban exquisitas.  Después supimos de la complicación que tuvieron el resto de los compañeros para pagar.  El plato de fondue era carísimo ¡y habían pedido dos!  Debido a lo bizarro del lugar, sus dueños y la complicación de pagar en efectivo optaron por no pedir nada más.  Una vez más, me reafirmo que debo hacerle caso a mi intuición.  El sainete del restaurante/casa resultaba gracioso por lo ridículo de la situación, pero también me hizo pensar en las dificultades que enfrentan algunas personas mayores con propiedades grandes, las cuales se les dificulta mantener.  Tal vez los dueños optaron por servir comida en la casa para poder sostenerla. De hecho, así es como muchos cubanos convierten sus casas en los llamados paladares, aunque, al menos en los que visité, hacen alteraciones para que luzcan al menos como fondas.  En el caso del suizo, no se veía intento de hacer una transformación.  Toda la experiencia nos dio tema de conversación por buen rato y sin lugar a dudas, la recordaremos cada vez que veamos fondue en algún lugar.

Entre la experiencia en la casa suiza, la escapada y la sopa de calabaza en el hotel, ya casi eran las 11 de la noche.  En lo que recogí y me bañé, me dieron las 12 de la medianoche.  Decidí hacer late check out porque tendríamos vuelo a Mendoza en la tarde y quería disfrutar un poco más del hotel.  Por alguna razón, no dormí bien.  Me enteré temprano que el innombrable había llevado a cabo una operación en Venezuela, en la que capturó a Maduro y su esposa, por alegados crímenes de tráfico de drogas.  Maduro me parecía un alegado defensor de los que menos tienen convertido en dictador, pero una cosa es su dudosa legitimidad para presidir un país y otra es la fanfarronería de un presidente de otra nación que a fuerza de mollero pretende imponer su visión de lo que debe ser el mundo.  No quise adentrarme demasiado en las noticias.  Hace tiempo que decidí que sólo escucharía lo necesario para mantenerme informada, pero que escuchar lo mismo con algunas variantes, le hace daño a mi espíritu y no resuelve nada.

Me detuve a esperar el elevador y llegó este hombre muy bien vestido, que retuvo la puerta cuando el elevador se detuvo, para esperar a su esposa y los niños, que estaban mucho más atrás y se tomaban todo el tiempo del mundo en llegar. ¿Va a subir?, me preguntó.  No, quiero quedarme aquí contemplando como su familia se da todo el puesto del mundo, me dieron ganas de contestar, pero me limité a decir que sí.  Llegadas sus altezas, entramos al salón comedor.  Me senté cerca de la mesa del buffet, pero rápidamente me moví.  La madre de los niñitos que se daban puesto les gritaba desde la mesa del buffet: “¿quieres huevito; quieres Fruit Loops?” Y el padre con pinta de hombre de negocios se paseaba por el salón muy orondo.  Hay que ver. Si la escena se hubiese dado con una familia modesta, muchos hubiesen comentado que se trataba de gente de poca educación, que no sabían comportarse en ciertos lugares.

Luego del desayuno quise caminar por el patio del hotel, en el área que había visto los pájaros que tan cómodos se sentían.  Había un rótulo que decía “playa”, cosa que me seguía pareciendo extraña, tratándose de un lago y no del mar.  Caminé hacia el área sin percatarme que el área estaba muy húmeda y mis zapatos se enfangaron, pero la vista y la tranquilidad que se respiraba en el área bien valía la pena.



















Me hubiese gustado quedarme más tiempo, pero debíamos continuar la marcha.  Regresé a la habitación a limpiar como pude los zapatos enfangados y escribir un poco.  No quería saber demasiados detalles de lo ocurrido en Venezuela, pero era inevitable escuchar los comentarios de algunos de los huéspedes, incluyendo la familia pretenciosa del elevador, que hasta hicieron el comentario de que ojalá ocurriera lo mismo en México. Mire, sea usted de donde sea hay que recordar el dicho de que no es lo mismo llamar al diablo que verlo venir.  Me fui a tomar una sopa de vegetales, porque no sabía cómo me iría en el aeropuerto camino a Mendoza, que sería nuestro próximo destino.

La experiencia del vuelo a la ciudad de Mendoza no estuvo tan mal.  El chofer que nos recogió explicó que la provincia del mismo nombre tiene 2 millones de habitantes, así que tiene casi dos terceras partes de los habitantes de Puerto Rico.  Puede divisarse el segundo pico más alto del mundo, el Aconcagua, que tiene nieve todo el año, mientras que pueden pasar 3 meses sin lluvia, algo inconcebible para nosotros.  El 70% de la población desapareció durante un terremoto.  La población aumentó con inmigrantes, muchos de los cuales trabajan intensamente, guardando dinero para enviar a sus familias.  El chofer mostró una tendencia a elogiar excesivamente al actual presidente Milei, lo cual me causó una cierta incomodidad, aunque confieso no saber lo suficiente como para opinar.  No obstante, eso de que sea tan mingo con el innombrable me da mala espina.  Como dice el refrán: “dime con quién andas y te diré quién eres”.

Llegamos al Hotel Entre Cielos, un lugar espectacular.  El chofer nos dejó en el área de estacionamiento y caminamos por un sendero hasta la entrada del hotel, con jardines, fuentes y un jardín zen que me propuse visitar en algún momento. Creo que fue en ese trayecto que nos mencionaron que había un zorro gris en el área y uno de los compañeros lo divisó. Yo solo vi el celaje.











El hotel está en medio de un viñedo y de hecho, según descubrí después, hay habitaciones que están separadas del edificio principal, en vagones transformados y cada uno con un nombre.  Mi habitación estaba en el edificio principal y cada habitación también tiene un nombre, basado en un descriptor del vino.  La mía se llamaba Ají, en la categoría reserva, lo cual de primera intención no me encantó.  Me gustan los sabores más suaves.  Decía la descripción: “Los vinos Reserva se diferencian por su madurez y armonía.  Engamadas con las tonalidades de nuestro terroir, estas habitaciones apelan con sus nombres a las descripciones aromáticas que otorgan su carácter único y estilo elegante.”   Bueno, siendo así, me parece fantástico.  Me gustaría ser percibida como madura, poseedora de armonía, única y con un estilo elegante.



En el pasillo que conducía a la habitación había cuadros que hacían referencia a los signos zodiacales y allí estaba el mío: Piscis.  La habitación resultó fabulosa, amplia y en una mesa había una botella de vino con dos copas, chocolates en un platito cubierto con un domo de cristal y una tarjeta dándome la bienvenida y dejándome saber que era obsequio de la casa.  Más adelante, una nevera con agua y otras golosinas, también cortesía.  A un lado una tina antigua, de esas de patitas.  Lamenté no haber estado más tiempo para disfrutar un baño en ella, ya que me limité a utilizar la ducha.  Quedé encantada con el hotel.  Decidimos cenar allí mismo.  No recuerdo la hora, pero ya era tarde y estábamos cansados del viaje.












La cena resultó espectacular y las atenciones de los mozos insuperables.  Trajeron pan y dispusieron unos platitos con aceite de oliva de la región, sal gruesa y pimienta.  En cuanto a los vinos, podíamos pedir por copa, que fue lo que hice porque quería tomar vino blanco.  Me trajeron la botella para que apreciara la etiqueta.  Nunca había probado esta uva -Viognier.  Como en otras ocasiones, me dieron a probar un poco y definitivamente, quise una copa.  Exquisito.  Para el plato principal consideré trucha, pero quería probar algo distinto, así que pregunté qué era el Nino Bergese.  Es como un raviole grande, relleno de espárragos y setas.  Poco a poco fueron llegando los platos y el mío llegó último. Se veía hermoso.  Cuando lo probé, estaba frío.  Me gusta la comida bien caliente, así que llamé al mozo.  Cuando le dije que el plato estaba frío, exclamó “¿frío?” y su cara se descompuso.  Me dio hasta pena.  Me pidió mil excusas y me advirtió que el plato iba a tardar.  No importa, le dije.


Cuando regresó con el plato se veía que en efecto estaba bien caliente.  Al probarlo, estaba exquisito y maridaba perfectamente con el vino. Luego descubrí que Nino Bergese es un chef italiano que aparentemente hace este tipo de raviolis de gran tamaño.  En el interín los compañeros comenzaron a hablar de lo ocurrido en Venezuela.  Yo no quería hablar del tema -no estaba lista para procesar los sucesos, cosa que me ha ocurrido en otros momentos de mi vida, como cuando el ataque a las torres gemelas en Nueva York.  Ante esas circunstancias, me abstraigo hasta que mi espíritu está listo para manejar la magnitud de lo ocurrido.  En esos casos, no es sólo lo que ocurre de inmediato, sino lo que ocurre después como consecuencia de eso y las implicaciones a nivel mundial.  La conversación entonces se tornó multimedios cuando una de las compañeras puso una grabación con la voz del innombrable.  Por suerte, ya había terminado de cenar.

No quería ser descortés, ni hacer un issue del asunto, así que me levanté de la mesa y me fui a sentar en un sofá cercano.  Hay momentos en que no resisto ni siquiera escuchar la voz de un ser que es epítome de la arrogancia, el desprecio a la dignidad humana, de la falta de decoro, la prepotencia, el egocentrismo, el racismo, la xenofobia; en fin, un compendio de todos los males que puede poseer un ser humano.  Para mí, que dediqué más de 15 años de mi vida a defender los derechos civiles, la figura del innombrable es la antítesis de todo lo que creo.  Sé que esto es una gran digresión en lo que se supone sea un hermoso relato de un viaje extraordinario, pero los tiempos exigen que toda persona con la capacidad de alzar su voz ante las injusticias, así lo haga, cuantas veces sea necesario.  Habiendo desembuchado, sigo con mi relato.

Uno de los compañeros cumplía años, así que me llamaron a la mesa para cantarle feliz cumpleaños y con gusto me uní a la celebración.  De eso se trata la vida -de aprovechar los buenos momentos para compartir y celebrar, a pesar de los momentos amargos.  Finalizada la cena, nos retiramos.  Ya eran como las 11 pm y aún no había abierto la maleta, porque se retrasaron en llevarlas a la habitación. Tomé un baño y como a las 12 me acosté, extenuada.  Al otro día bajé a desayunar.  El buffet tenía variedad de panes, mermeladas y algo que me fascina: salmón ahumado.  Para hacerlo más exquisito, había espumante, por lo que procedí a prepararme una mimosa.  Después de todo, estaba en Mendoza, región conocida por sus vinos.  



Salimos para la excursión “Caminos del vino” en compañía de la guía María y la chofer Rebeca, ambas muy amables.  No recuerdo bien, pero creo que llegamos a la bodega Dante Robino a eso de las 10.  El lugar es muy lindo.





















El espumante que nos ofrecieron de bienvenida no me encantó, pero por suerte ya me había adelantado en el desayuno.  Nos explicaron los procesos de elaboración y nos hablaron de su vino más premiado, el Gran Dante, un Malbec.  Me gusta el Malbec, pero ya había decidido que sólo iba a llevar una botella, porque a pesar de que suelo llevar poco equipaje, siento que cada vez me pesa más la maleta y una botella de vino pesa demasiado.  Solía comprar dos, pero ya no quiero cargar con tanto peso.  Ya había decidido que traería conmigo el obsequio del hotel, que no me lo tomé allí porque resultaba complicado debido a la corta estadía.  Traerlo a casa me ofrecía la oportunidad no sólo de disfrutar un vino de la región, sino también recordar la singular experiencia vivida allí.

Nos brindaron otros vinos, uno de los cuales me llamó mucho la atención por el nombre: Sin Filtro, porque me recordó a un amigo que no tiene filtro -lo que piensa, lo espepita, sin contemplación. Para más, la descripción en la botella se ajusta a su personalidad: en la etiqueta, “Lengua suelta, alma ligera”.  En la descripción, léanla ustedes mismos, se retrata a mi amigo.  Confieso que a veces me da pavor estar a su lado, porque no sé cuándo saldrá uno de esos comentarios sin filtro, que pueden resultar casi ofensivos y él se queda tan campante, con su alma ligera tras soltar la lengua mientras yo, en ocasiones, quiero desaparecer. 


















Tras disfrutar de uno o dos vinos más, salimos para la bodega Terrazas de los Andes, establecida por un inmigrante español, que era masón. Eso explica el escudo en el área de la bodega. El joven que nos atendió hizo alusión al hermetismo en torno a las reuniones de los masones, lo cual me llevó a recordar a mi ex suegro, que también era masón y un tanto extraño. Es curioso como la mera mención de algo puede llevar nuestra mente a recuerdos de años atrás, que de otro modo no recordaría.  En su origen el dueño llamó la bodega La Perla, en honor a su esposa, pues él decía que ella era su perla.  Le regaló la bodega y lamentablemente no tomé notas de la historia completa, porque se dificulta caminar, escuchar detalles y anotar, todo al mismo tiempo.










Vimos los tanques usuales donde se almacena el vino, pero me llamó la atención algo que se parecía a las escafandras que usaban los buzos y resulta que son esferas en concreto en las que se supone el vino evoluciona más rápidamente.  También había ánforas en cerámica, que contienen los mejores vinos.  Su apariencia se me asemejaba a antiguas vasijas griegas o egipcias.   Para mí ciertamente es más poético beber vino que provino de ánforas, que un vino que provino de una esfera de concreto, pero supongo que un ingeniero no se sentiría igual.  Además, cuando compro una botella no sé si estuvo en antisépticos tanques de metal, barriles de madera o estilizadas ánforas.








Tras el recorrido por la bodega, pasamos a degustar los vinos en un ambiente casi de laboratorio, pues teníamos varios frascos con distintos olores, de forma tal que nos ayudaran a identificar los aromas en el vino.  Confieso que no soy muy buena en esto.  He tomado un curso básico de vinos y asistido a varias degustaciones.  Me maravillo de cómo algun@s participantes aluden a aromas de nueces, piña, regaliz, chocolate o tabaco y yo no identifico nada de eso, o tal vez un aroma distinto, usualmente en la línea de los cítricos o las hierbas.  Me encanta el vino y cuando pruebo una variedad, mi evaluación se reduce a algo muy simple: me gusta, me encanta, está aceptable -usualmente para los vinitos que llamo de batalla, o no me gusta, como la uva syrah, por ejemplo, porque encuentro muy fuerte su sabor.

Tras un buen rato de explicaciones, olfatear botellitas o copas y probar los vinos, ya nos empezábamos a inquietar.  Llevábamos varias copitas y el hambre, al menos en mi caso, ya arreciaba.  El chico hizo un excelente trabajo, pero al menos yo, ya estaba lista para algo más que olfateo e ingestión de líquido.  Nos dirigimos a la última bodega donde disfrutaríamos del almuerzo pareado con los vinos – Monte Quieto.  Llegamos a una hermosa hacienda, que le hacía honor al nombre de la bodega por la quietud que se respiraba en el ambiente. 











Nos sentamos en una mesa dispuesta para nosotros siete.  Comenzaron con unos hermosos amouse bouche, seguidos de unas tortitas mendocinas con cubierta de berenjena y ave.  Las tortitas semejaban arepas y estaban riquísimas.  



A eso le seguiría el plato principal, trucha, que estaba muy buena.  Para finalizar, helado de tres frutas, porque no podía comer las otras opciones a base de lácteos. Lo que no me encantó fue el pareo con los vinos.  La bodega, por supuesto, quería presentar sus vinos más emblemáticos, que se elaboran con la uva Cabernet franc.  No creo haberla probado antes y creo que se va a unir a la syrah en mi lista de descartados.  Según nos explicaron, esta uva tiene notas de pimientos o pimienta.  Por eso.  No soy fanática del uno ni de la otra, aunque puedo disfrutar de su sabor en pequeñas cantidades. Aunque sé que la regla de que los pescados siempre van con vino blanco se ha flexibilizado, lo cierto es que no disfruté ese maridaje.  Y recalco, no es que piense que es un mal vino, es que no me gustan los sabores más fuertes -lo mismo me ocurre con las comidas o los perfumes.

Finalizado el opíparo almuerzo, regresamos al hotel.  Solté las cosas y me fui al jardín zen, para escribir un poco.  Las sillas no eran muy cómodas, así que me fui a caminar.  Por un camino de piedras se llegaba al área donde estaban las habitaciones en medio de los viñedos.  Debe ser hermoso el amanecer en ese entorno y muy romántico si se está en compañía del ser querido, pero al menos en este momento no es mi caso, así que estuve contenta con estar en el edificio principal, sobre todo porque el camino de piedras no es el mejor para los zapatos.  


















Regresé a la habitación para escribir un poco más, revisar mensajes y borrar algunas fotos, porque el archivo se llena rápido y todavía faltaban 5 días más de excursión y el regreso.  Me acosté como a las 9:45. Al día siguiente, salíamos para Salta después del mediodía.  Los compañeros decidieron tomar una excursión de la ciudad y yo opté por tener una mañana relajada en el hotel.  Tuve un buen desayuno -con mimosa, claro y me dediqué a escribir.  Llevo dos libretas pequeñas -una en las que tomo notas al momento, que no siempre entiendo- y otra en la que expando un poco sobre las experiencias y cómo me siento. 


Leí un poco sobre lo ocurrido en Venezuela, que me inquieta más por lo que veo venir que por el suceso en sí. Tras varias semanas después de mi viaje he comprobado que la acción en Venezuela era un preludio a las acciones destempladas que vendrían después, que ponen en evidencia que el innombrable está en medio de una borrachera de poder, sintiendo que puede amenazar a cualquier país, sin medir las consecuencias de sus actos. Me toma tiempo asimilar todo esto.  Ya de vuelta en casa terminé de asimilar el asunto de Venezuela, pero lo que vino después está en proceso, porque todo apunta a que lo peor está por venir.

Retorno a mi relato.  Tras mi rato relajado me dediqué a recoger y preparar la maleta, empacando con cuidado la botella que traería de vuelta a casa, para disfrutar y recordar las hermosas experiencias en Mendoza.  Decidí almorzar en el hotel, porque no sabía si iba a poder hacerlo en el aeropuerto.  Soy fiel creyente en eso de que “la luz de adelante es la que alumbra”.  No quería pedir nada muy elaborado -después de todo había desayunado bien- así que pedí una sopa vichyssoise y un aperitivo de pulpo para comerlo junto a la sopa. Para mi sorpresa, allí la vichyssoise se come caliente.  Yo estoy acostumbrada a comerla fría, pero seguida ajusté mi pensamiento.  Lo cierto es que la sopa estaba muy buena, al igual que el pulpo.  Para acompañar, una copa del Viognier que tanto me gustó la noche que llegamos.  Al rato llegó la conductora con el resto del grupo y partimos para el vuelo a Salta.




El traslado al hotel en Salta fue algo accidentado.  Había otros pasajeros que se unirían a nuestro grupo. El chofer tuvo dificultades para acomodar el equipaje en el pequeño autobús y luego ir dejando pasajeros en otros hoteles.  Por ser víspera de Reyes había mucha congestión de tráfico y el acceso a la calle frente al hotel estaba cerrado, por lo que tuvimos que caminar un poco.  El chofer por poco se cae tratando de zafar una maleta, pero finalmente llegamos, cansados y con hambre.  El hotel no me impresionó.  Al parecer tuvo mejores tiempos, pero cumplía su función. El resto del grupo pidió orientación para ir en busca de un restaurante, pero ya eran casi las 8 y yo pensé que en lo que encontraban el lugar y pedían los platos, serían más de las 9 y yo no estaba para esos trotes, así que decidí cenar en el hotel.  Dejé mis chocolates en la barra del hotel, con una chica muy amable.

Se suponía que el restaurante abría a las 8 pm, pero cuando subí, no había nadie, por lo que volví a la barra y le pregunté a la chica que me había atendido.  “Subo ahora”, me dijo.  Hmmm, esto no pinta bien, sobre todo cuando vi el salón, que tenía apariencia de sala de palacio francés venido a menos, con paneles de madera blancos.  Al ratito llegó la chica que entonces supe se llama Natalia, con el menú.  Me habían dado un cupón para una copa de vino por la casa, así que pedí un Torrontés, que es el típico de la zona de Salta.  Ordené, tras preguntar qué era, un filete de pacú, que es un pescado de agua dulce.  Natalia vino con la copa de cortesía, que no me supo bien.  Me sentí incómoda de decirle; después de todo estaba en territorio productor de vinos, pero con mucho tacto le dije que prefería otro vino, aunque lo pagara.  La chica trajo otro vino, en una copa más grande y ese resultó agradable, así como el pescado.  Mientras cenaba, llegaron dos parejas, pero eso era todo.  Por suerte, la comida estaba buena, aunque el lugar era un triste contraste al lujo del hotel anterior.  Bueno, no se puede tener todo en la vida y después de todo, poder ir a Argentina en un viaje como este, es de por sí un lujo.

Terminada la cena, subí a la habitación para escribir un poco y bañarme.  Me acosté a eso de las 11.  Al otro día teníamos una excursión bien temprano, a las 7 de la mañana del Día de Reyes, así que quise estar lista para un desayuno rápido a las 6:30.  Para mí no es difícil, ya que suelo levantarme temprano, a eso de las 5.  El trayecto nos llevaba a la zona de Cafayate, en zona montañosa de mucha altura, que se conoce como puna.  Para manejar la altura se recomienda no comer demasiado y la gente de la zona acostumbra masticar hojas de coca.  La guía Jimena nos mencionó que hay una costumbre de reunirse en las carpas salteñas, en las que la gente, incluyendo familias, se reúne a bailar desde las 2 de la tarde hasta la madrugada.  Hay lugares para detenerse a comer algo y se llaman postas.  Nos detuvimos en uno de ellos.  Luego, visitamos varias formaciones de tierra impresionantes, como en la quebrada de las conchas, que se supone estuvo bajo agua.  Todavía pueden encontrarse conchas, evidencia de su pasado subacuático.

















Hay una formación que se conoce como la garganta del diablo y otra que se le llama el anfiteatro, con una impresionante acústica.  Mientras caminábamos, escuchábamos algunos artesanos tocar flautas que me hacían pensar en sonidos primitivos. En la entrada de una de ellas tenían un puesto rústico en el que vendían tortillas de harina cocinadas en una parrilla al carbón.  No pude resistirme y probé una.  Hay algo que se produce cuando como estos alimentos simples en un entorno rústico.  La combinación del olor, la textura y el sabor que confirma esos trazos de humo que se ven en la masa oscurecida en algunas partes, me conectan con la esencia de los pobladores de la región.  Es como si mi parte taína o africana se conectara con los pobladores de originarios de la zona, que físicamente tienen rasgos más parecidos a nosotros.  Al comer una de estas tortillas, sentía que estaba recibiendo algo más allá que un simple alimento -recibía para siempre una parte de la gente que, aunque muy distantes a nosotros, comparten un idioma y una forma de ser.




Toda la zona tiene impresionantes formaciones de rocas, algunas con nombres como “el castillo” u otra que se le conoce como “el Titanic”.  El paisaje me recuerda las fotos que he visto de áreas como el cañón de Colorado, en Estados Unidos.  Esa tierra furiosamente árida y roja es totalmente ajena a nosotros, tan acostumbrados al verde de nuestras montañas. 












Nuestro próximo destino era la Bodega Tierra Colorada, cuyo nombre sin duda le hace honor a esa tierra intensa e innegablemente colorada.  Salta es el segundo productor de vinos en Argentina, cosa que desconocía, con 40 0 50 bodegas.  Sí conocía uno de los vinos de la zona -el Torrontés, de uvas blancas.  No es muy conocido en la isla, pero yo ya lo había probado y me gusta mucho.  Desafortunadamente no tenían medias botellas y yo ya tenía la botella de Malbec que decidí traer, así que desistí de la idea de comprar una botella.  Tendré que conformarme con las que consiga acá, que de hecho, ya tenía. La bodega es pequeña, operada por los dueños originales -un señor mayor que nos recibió sentado a la entrada y su hijo, que es quien administra la operación.  Durante el recorrido nos acompañó un simpático perro pastor alemán, que estuvo atento supuestamente a la presentación y luego nos dimos cuenta que su interés era una pelota que le lanzó eventualmente el joven a cargo de la charla.  




















Salimos a almorzar y se creó una confusión porque la guía nos llevó a un lugar e indicó que el almuerzo no estaba incluido, cuando nuestro itinerario decía que sí lo estaba.  Repasando el itinerario luego me percato que se anunció visita a bodegas – es decir, más de una y aludía al almuerzo allí.  Presumo que hubo un cambio y no visitamos la bodega donde tomaríamos el almuerzo.  Tomamos asiento en el lugar que indicó la guía y tras corroborar que, en efecto, el almuerzo estaba incluido, nos informaron del otro lugar, que no era en una bodega.  Cancelamos las bebidas ordenadas y nos fuimos, con algo de vergüenza ante los mozos que ya estarían calculando sus propinas.

Por fortuna yo me engancho en el acceptance mode y me enfoco en disfrutar la experiencia.  Nos indicaron que el lugar sería La Carreta de Don Olegario.  No era una bodega, sino un restaurante modesto, pero bien puesto.  El almuerzo estaba muy bueno. Yo pedí un tamal de aperitivo y luego pollo deshuesado con majado de papas.  De postre, dulce de calabaza.  No era un almuerzo en bodega, pero no estuvo mal y nos ofreció la oportunidad de comer en un lugar más tradicional -algo así como un Metropol acá.  


De regreso, observamos más formaciones rocosas y no estoy segura si fue entonces que visitamos la de anfiteatro.  En este punto del viaje ya el cansancio comenzaba a hacer estragos y las notas se me confunden.  Mis anotaciones son bien breves y la prisa, el movimiento del autobús o la incomodidad para escribir de pie, sin apoyo, combinado con mi letra que a veces ni yo misma entiendo, hace que se me mezclen los detalles.  Llevo otra libreta en la que escribo en momentos más sosegados durante el día donde incluyo parte de lo anotado en la otra, combinado con observaciones de cómo me siento, o experiencias que resultaron significativas.  Sin embargo, el ritmo intenso de estos días hizo que escribiera sobre tres días, en lugar de a diario.  Es decir, que se me formó una mogolla.











Nos detuvimos en la misma posta que nos habíamos detenido en la mañana y esta vez me fijé en una pecera que estaba pegada a la vidriera.  Dentro no tenía peces comunes, sino ¡axolotls!, una especie que es como una combinación de pez y lagarto.  Es oriundo de Méjico y el hombre que atiende el puesto me dijo que los había comprado.  El axolotl tiene patitas al frente y una carita bien simpática.  Desafortunadamente ya íbamos de salida y no pude hacer una mejor toma.  Supe de estos seres a través de una amiga, que me mencionó un cuento de Julio Cortázar titulado, precisamente, Axolotl.  Les recomiendo buscar fotos de estas criaturas y por supuesto, la lectura del cuento. 



Regresamos extenuados al hotel.  El trayecto había sido un poco incómodo porque íbamos con otros pasajeros.  Yo estaba en el último asiento, con una de las compañeras a la izquierda y una pareja que no recuerdo de dónde era, a mi derecha.  La compañera de viaje y yo estábamos tan apretujadas que luego bromeábamos que éramos siamesas unidas a la cadera.

Al otro día salíamos de Salta para Purmamarca, en la provincia de Jujuy, que resulta ser la parte más al norte que visitamos, luego de Salta.  Dejamos el equipaje más pesado en el hotel, porque estaríamos una noche en otro hotel más cercano a nuestro nuevo destino y luego regresaríamos a Salta. El paisaje se volvía aún más distante de lo que nos es familiar en el trópico y predominaban los colores ocre y rojo ladrillo, en diversas tonalidades.  Estos no eran los colores de mi tierra -rojo flamboyán, turquesa del mar, amarillo mangó ni verde quenepa.  Eran los colores de una tierra dura, pero hermosa, que mostraba diversas tonalidades y servía de marco a los poblados que establecieron los habitantes originales, gente sencilla, tímida, de baja estatura. El guía Nicolás (Nico) nos habló del tren de carga que se estableció y luego se llamó “Ell tren de las nubes”, debido a una foto que se publicó y el director del periódico lo bautizó con ese nombre, dando lugar a que luego fuese un tren turístico.











En el trayecto podían apreciarse grandes especies de cactus llamados cardones, que se distinguen de los otros porque su interior es duro, al punto que se usan para la construcción.  El agua de su interior no se puede beber y luego que se corta y deja secar durante 3 meses, se convierte en madera.  Su flor dura solo 3 días. 



















Llegamos al pueblo de El Alfarcito, un pueblito encantador con muy pocos habitantes, ya que son comunidades dispersas.  Las comunidades se peleaban entre sí y un sacerdote de nombre Sigfrido, a quien le decían Padre Chifri, se encargó de mejorar la comunicación entre ellos y se ocupó de una pequeña capilla donde descansan sus retos, que ahora está totalmente ligada a su recuerdo.  Se dice que cuando papa Francisco era obispo, Padre Chifri solicitó ir a una misión a África, pero la respuesta fue que antes de ir a África debía construir una escuela para los niños de la región, lo cual logró gracias a donaciones de empresas.














Tuvimos un tiempo para ver las sencillas edificaciones.  Ese día no había clases, así que caminamos mirando el área de salones por fuera.  Me dirigí a la pequeña capilla, que como me ha ocurrido en tantas ocasiones ante estas modestas construcciones, me causó mucha emoción.  En el altar, una frase que resulta significativa y debe ser guía para toda persona que se dice cristiana: “Quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra”.  Sobre un tronco de madera de cardón, un sencillo nacimiento y al salir, me impactó otra frase: “Nos une el anhelo de hacer el bien”.  Salí de la capilla emocionada, con la fe renovada en que los buenos somos más, aunque los tiempos parecen decir lo contrario.




















Me detuve en un lugar que parecía una pequeña cafetería y compré una botella de agua.  Divisé algo que parecía un establo y en efecto lo era, con animales que los niños de la escuela cuidan.  Había algo que no sabía si era llama o guanaco y me mantuve a distancia, porque había oído que escupen. Después me dijeron que son los guanacos los que escupen, pero lo cierto es que yo todavía no distingo uno del otro, así que no me acerco, por si acaso.  Se supone que las llamas son domesticables y los guanacos salvajes.


Ya iba siendo tiempo de regresar y divisé un viejo autobús pintado de azul, verde y amarillo.  Era el autobús en que Padre Chifri solía transportar a los estudiantes y a veces utilizaba para proyectar películas y distraerlos.  En la parte de atrás leía: “El colectivo de los sueños”.  Ya ahí se desbordó en mí la emoción, pensando en lo hermoso que es que haya seres humanos que se dediquen a fomentar sueños en otros, sobre todo en lugares tan remotos y áridos.  Todos necesitamos soñar, no importa la edad.  Después de todo, el Dr. Martin Luther King como adulto ya convertido en pastor Bautista y doctor en teología, soñó con un mundo en que nadie sería juzgado por el color de su piel. Su sueño logró grandes transformaciones y nos sigue inspirando.


De Alfarcito nos dirigimos al pueblo minero de San Antonio de los Cobres.  En el trayecto Nicolás nos habló del área de Tastil, que significa “la piedra que suena” y al otro día pude comprobar que, en efecto, la piedra suena como si fuera una campana.  Nos comentó que en el área llueve muy poco y los habitantes le rezan a Santa Rosa de Tastil para que llueva.  Hay algunos que incluso hacen una danza de la lluvia, imitando a un pájaro parecido al avestruz, llamado Suri, porque cuando se acerca lluvia se pone nervioso y comienza a moverse como si estuviera bailando.  En el trayecto también divisamos llamas, guanacos, y vicuñas, que son salvajes.  Son muy valoradas por su piel, que se utiliza para abrigos o estolas que pueden costar miles.  Para cazarlas se necesitan permisos especiales.


Finalmente llegamos al pueblo minero.  La vida de los mineros es dura, como el entorno que divisamos a lo lejos.  Durante 15 días permanecen en la mina y los días restantes en sus casas. Nos cruzamos con algunos de los habitantes, que como nos dijo Nicolás, se mostraban tímidos.  












Entramos a una pequeña tienda de víveres a comprar alguna merienda y algunos preguntaron por las hojas de coca.  Yo no me motivé ni a preguntar por las hojas, pero probé un dulce que una compañera compró que se supone era a base de coca. Lo probé y era como cualquier otro dulce.  Caminamos por los alrededores y entramos a una iglesia modesta, donde había dos mujeres trapeando el piso.  A un lado, un nacimiento que me hizo recordar que estábamos en época navideña aún, cosa que es fácil olvidar en un entorno de calor veraniego, aun para nosotros que no percibimos las estaciones de forma tan marcada.  Claro está, Argentina es tan grande que hay áreas en que aun en verano hace frío.



Del pueblo minero pasamos al área de las salinas, un lugar impresionante.  El camino era pedregoso y no se veía nada edificado por largos trechos.  Aparté de mi mente el pensamiento de cuánto tiempo transcurriría en que llegaran a ayudarnos si el autobús se descomponía.  En mi caso, sólo había visto las salinas de Cabo Rojo, que son muy distintas no sólo por su tamaño mucho más reducido, sino también porque el agua tiene un tono rosado.  En el caso de las Salinas Grandes, se trata de una extensión enorme, que al divisarla parece nieve.  Es una experiencia surrealista caminar por el salitral como si camináramos por nieve. 






A la distancia podíamos ver jóvenes sentados, esperando que llegaran turistas para tomarles fotos con su propio teléfono celular.  Tienen una aplicación que permite tomar la foto simulando estar sobre un mate o siendo perseguidos por un dinosaurio.  Yo preferí la del mate, por ser éste un símbolo de la cultura argentina.  La chica colocó el mate estratégicamente y me instruyó a posicionarme de cierta manera, con el resultado de que parecía que yo estaba parada sobre un gigantesco mate.


De esa área me moví un poco más al frente, donde había unos cortes rectangulares en el suelo, como si fuesen pequeñas charcas, que les llaman piletas.  El agua es clara completamente y el reflejo del cielo hace que el fondo se vea azul.  Lo cierto es que no tengo claro el propósito de estas charcas.  Un joven del lugar me tomó fotos.  


De allí, tuvimos unos minutos para ver algunos productos que vendían y utilizar el baño, experiencia que resultó muy singular y me recordó eso de “cuando en Roma, haz lo que vieres”.  A la entrada de los baños había una señora de baja estatura, piel curtida, gafas de sol y un sombrero.  Luego de pagar la modesta suma de 500 pesos (unos 35 centavos), me entregó un pedazo de papel cuyo uso no requiere explicación y me dirigió hacia la puerta.  Los cubículos eran muy pequeños y adentro había algo que semejaba la parte para sentarse del inodoro, pero pegada al suelo, de forma tal que no había forma de sentarse, sino que lo que fuera que una fuera a hacer, había que hacerlo ñangotada.  Tampoco había una cadena para bajar el depósito.  Tuve un pensamiento fugaz sobre a dónde irían a parar los desperdicios, pero lo descarté.  Lo importante era terminar el incómodo, pero necesario proceso.

Hecho lo que manda la naturaleza, me acomodé la ropa y me dispuse a salir, no sin antes observar un agujero en la pared posterior del cubículo, que ofrecía una hermosa vista enmarcada de las salinas.  Sin duda, hay belleza en cualquier lugar -hasta en un rústico baño- cuando estamos dispuest@s a verla.


El lugar estaba limpio, sin mal olor, pese a la apariencia.  A la salida, la misma señora me dio un poco de jabón líquido y me señaló un bidón con un rudimentario grifo, para lavarme las manos.  Quise dialogar un poco con ella.  Me indicó que llevaba toda su vida en la región y que ellos mismos se encargaban de traer el agua en bidones.  Me ofreció una sonrisa y me dijo que su nombre es Ángela.  Yo le dije que mi segundo nombre es Angélica y sentí que de algún modo esta mujer y yo, distintas de todas las maneras posibles, estábamos de algún modo vinculadas.  Le pregunté si podía tomarle una foto y accedió.


Nicolás nos había explicado que el gobierno de Jujuy le otorgó la administración de las salinas a los residentes del área, que como Ángela se encargan de tareas básicas.  No obstante, ahora hay una controversia porque hay compañías que quieren explotar litio en esos terrenos, lo que ha generado protestas de residentes y ambientalistas, por el efecto nocivo que esa explotación tendrá sobre los abastos de agua.  Gente como Ángela, que pasan trabajo llevando agua sabe Dios desde dónde, con mucha dificultad, comprenden mejor que nadie lo que significa una reducción en los abastos.  Es la eterna lucha de los intereses desarrollistas, que, en nombre del progreso y una supuesta mejor vida, sacrifican los recursos naturales.  El mundo es un espejo.  La lucha de la gente de Jujuy es la lucha de la gente de Cabo Rojo y la Parguera, ante los intereses de unos pocos, en perjuicio de muchos.


Esta experiencia en Jujuy me hizo reflexionar sobre las vidas sacrificadas de muchos.  Mientras yo puedo viajar a sitios distantes, hay gente como Ángela, que nunca han salido de su entorno y pese a ello, tiene una sonrisa para regalar a una mujer que se parece a ella solo en el nombre y el deseo de compartir unas breves palabras.  La vida de estos habitantes de tierras apartadas se limita a una subsistencia y los placeres consisten de lo más básico: tener agua, alimento, disfrutar de la sonrisa de los seres queridos y un techo que les cobije.  La vida complicada de Ángela al tener que ocuparse de llevar agua todos los días y ocuparse de que los visitantes tengan lo más básico al responder a las necesidades del cuerpo, probablemente le dan una leve ventaja sobre otros habitantes que ni siquiera pueden moverse a buscar un ingreso.  A Ángela y a mí, nos unen el servicio a otros -ella proporciona un pedazo de papel, agua y jabón para que podamos ocuparnos de la gestión diaria e impostergable que exige nuestro cuerpo.  Yo me ocupaba -cuando trabajaba y todavía de manera informal- de orientar a otr@s sobre el derecho básico de tod@s a ser tratados con dignidad, sin distinción.  Somos más parecidas de lo que aparenta.

Llegamos a eso de las 6 al hotel llamado, muy apropiadamente, Manantial del Silencio.  Está rodeado por los montes áridos, rojizos y se siente de veras como llegar a un manantial.  Su interior es austero, como un convento y tiene unas advertencias de que se haga silencio a ciertas horas.  Las habitaciones son sencillas, con lo básico y el énfasis en mantener un ambiente de calma.  Me cautivó una butaca pequeña, que casi parecía para niños, porque soy petite y muchas veces mi cuerpo no se amolda a sentarse en asientos que no permiten doblar la rodilla o poner los pies en el suelo.  Una ventana mostraba parte de un jardín, todo reflejando una calma maravillosa.  



















Nos informaron que el restaurante abría para cena a las 8pm, por lo que podíamos pedir algo en el bar. Pedí un tamal y una copa de Malbec.  Otros pidieron empanadas y hablamos muy amenamente por un rato.  Por suerte nos avisaron que estarían disponibles para cena a las 7, lo cual era una ventaja, porque el cansancio estaba haciendo su efecto.  En mi caso, quería acostarme temprano y cenar tarde resulta en un inconveniente.

Para cenar ordené un aperitivo con queso de cabra y como plato principal, sorrentinos -una especie de raviole- rellenos también con queso de cabra que estaban muy buenos.  Tras la cena, algunos se fueron a caminar, que no está mal luego de cenar, pero yo ya necesitaba mi dosis de soledad, así que me retiré a escribir un poco y organizar las cosas en preparación para el día siguiente, ya que desafortunadamente sólo estaríamos una noche en ese hotel.  Dormí bien, aunque me desperté varias veces.  Al día siguiente me levanté temprano y fui a desayunar.

La oferta de desayuno se veía limitada -aún no habían dispuesto todo.  Tomé algún pan tostado o panecillo, mermelada, café.  Poco a poco entraban más mozos con otros platos, pero se mostraban poco comunicativos, tal vez por lo que nos había dicho Nicolás de que eran tímidos.  Para romper la regla, hizo su entrada un hombre de baja estatura, mestizo, cargando una ensalada de frutas y con una hermosa sonrisa nos dio los buenos días. Le respondí y le dije que tenía una hermosa sonrisa.  “Gracias”, me respondió y añadió: “usted también”.  Cierto es que las cosas no siempre están como para sonreír, pero ¿cuántas veces hemos estado tan ensimismad@s en nuestros pensamientos, que no ofrecemos algo tan simple como una sonrisa, capaz de iluminar, aunque sea por sólo un momento, el día de otra persona?

Compartí un rato con otra de las compañeras quien, como yo, solía desayunar temprano y tuvimos una interesante conversación sobre los acontecimientos mundiales que ocurrían mientras viajábamos, los cuales ciertamente no dejaban mucho espacio para sonrisas. Finalizado el desayuno, me fui a caminar por los predios del hotel, impregnándome del sublime silencio.  Subí a la parte de arriba del área de spa, donde un gato intrépido bordeaba la verja de plexiglass y un pajarito se posaba, alejado del gato.  Bajé y me senté en un banco a contemplar el paisaje, intentando retener la paz y el silencio del lugar.  A las 9:30 nos recogería Pamela, para lo que sería una larga jornada de regreso a Salta.









 









La primera parada fue frente al cerro de los 7 colores, donde se aprecian las diversas capas de los montes en gradaciones de marrones y rojos, con un trasfondo de cerros con vegetación pegada al suelo.Siendo un lugar turístico había una atracción singular -una llama recostada en pose de gato, que se veía muy apacible y en efecto, lo era.  Accedí a que me tomaran una foto y me acerqué un poco temerosa.  Pregunté como se llamaba y el hombre que estaba a su cargo me dijo: Luna.  Me acercaba poco a poco y le hablaba con cariño -a la llama, no al hombre:  Luna, Lunita, que linda tú eres.  Finalmente toqué su pelaje -suavecito, como un peluche.  Ok, es algo para turistas y tal vez Luna no se sienta muy feliz rodeada de turistas -algunos tontos- pero espero que ella haya sentido que la traté con respeto y le hayan gustado mis cariñitos.


La próxima parada ofrecía dos alternativas: subir un cerro para apreciar la vista o permanecer en una especie de jardín donde se podían apreciar muestras de cultivos.  Opté por la última -ya estaba en el día 13 de esta larga travesía y yo no estoy acostumbrada a tanto trote.  El área mostraba diversas plantas; tras una verja, una llama o alpaca – todavía se me confunden y más adelante la piedra campana de la que nos habían hablado en Tastil, cuyo nombre significa “la piedra que suena”.  ¡Y así es! 















Seguimos nuestro recorrido y Pamela nos ofrecía mucha información histórica y de costumbres de los habitantes.  En mi caso, me llaman mucho la atención los relatos de contenido humano, razón por la cual me enganché en la historia del General Lavalle, conocido por ser aguerrido y enfrentarse, entre otras batallas, a 300 españoles con tan solo 150 hombres. Según el relato, la amante de Lavalle era hermana de un hombre que murió fusilado por órdenes de Lavalle.  No está claro si ella delató a Lavalle, quien terminó muerto, o si llegó verdaderamente a enamorarse.  La historia tras la muerte de Lavalle fue aún más fascinante, porque los soldados leales se llevaron su cuerpo y anduvieron con él por días, evitando que cayera en manos de quienes querían exhibir el cuerpo destrozado.  Finalmente llegaron a un arroyo, lavaron los huesos y los llevaron a enterrar.

Pamela también nos habló de las costumbres religiosas de los habitantes, que incluyen mezclar dioses paganos como el culto a la Pachamama – diosa de la tierra con la adoración a figuras religiosas, en un sincretismo que no es extraño al Caribe, como ocurre en Cuba y Haití.  En Puerto Rico existe, pero en menor escala.  En un momento mencionó que había incluso una especie de adoración al diablo, cosa que causó bastante incomodidad en algunos compañeros de viaje.  No sé si hubo imprecisión en el relato que hizo Pamela.  Entre lo que explicó, destacó que la figura del diablo es más bien representativa del proceder desinhibido, de las travesuras que suelen hacerse particularmente cuando se bebe en exceso y, de hecho, aludió a las fiestas desenfrenadas hasta la madrugada.  No hay más que recordar los desórdenes en la Placita de Santurce o la Calle Loíza, para pensar que allí andan varios diablillos sueltos.  Cabe recordar que las cruzadas de evangelización de la iglesia católica siglos atrás solían demonizar cualquier conducta que pareciera extraña.

El paisaje combinaba cerros coloridos con suelo seco.  Pamela nos llamó la atención a la formación de la pollera (falda) coya, porque simula una falda de varios vuelos. Llegamos a la comunidad de Hornocal, desde donde puede apreciase el cerro de 14 colores, algo fascinante, como una obra de Jaime Suarez, el arquitecto y ceramista que creó el Tótem telúrico que está en la Plaza del Quinto Centenario en el Viejo San Juan.  O tal vez deba decir que las obras de Jaime Suarez inspiradas en la tierra son como estos cerros.  











En las inmediaciones del poblado había varios puestos rudimentarios de comida y logré conseguir una tortilla de harina calientita, rellena con queso de cabra, que disfruté golosamente.  También conseguí dulce de leche hecho con queso de cabra, para intentar hacer algún postre a base de este elemento tan tradicional de la gastronomía argentina.

Luego salimos para Maimará – que según Pamela significa estrella caída, en la quebrada de Humahuaca, lugar de importantes batallas en la historia de Argentina.  Divisamos otra formación rocosa -la Paleta del pintor.  Tal vez por la hora, porque estaba nublado o porque el lugar donde nos detuvimos no ofrecía la mejor perspectiva, mis fotos no recogen la belleza de la imagen que he visto en otras.  En el poblado pudimos ver un imponente monumento dedicado a los héroes de la independencia.  Al tope, una figura representativa del pueblo argentino, con varios niveles compuestos por los mestizos, los gauchos y los llamados coyas, que son los campesinos habitantes de los montes.  El apelativo de coya tiene en ocasiones una connotación despectiva, tildándoles de ignorantes, algo similar a lo que ocurre aquí con el jíbaro -a veces hombre noble y a veces persona sin cultura, como cuando se nos dice que alguien es “ajibarao”.









Pamela nos relató, tal vez por la cercanía del cementerio a “la paleta del pintor”, sobre costumbres mortuorias de los originarios.  Al momento del fallecimiento, personas que no fuesen familia del difunto se encargaban de quemar sus pertenencias, bajo la creencia de que la muerte se llevaría a los familiares.  También era costumbre llevar ofrendas a la tumba e incluso, hasta almorzar allí, algo así como un picnic con el difunto. De cierto modo hace sentido.  Muchas personas suelen visitar el lugar donde están enterrados sus seres queridos, les llevan flores, se sientan un rato y les hablan.  Yo no me involucro en esta práctica, porque siento que mis padres no están ahí, sino que se han transformado en energía, pero recuerdo un momento hace varios años en que sentí la necesidad de acudir al lugar en que descansan -por decirlo de algún modo- sus restos.  Me senté en la grama, frente a una pequeña placa de metal y les hablé.  Lloré un poco y me fui; no he vuelto a sentir la necesidad de regresar.

Es interesante cómo años y hasta siglos después, hacemos juicios sobre las prácticas mortuorias de otras civilizaciones.  En ocasiones las llamamos bárbaras, sacrílegas o disparatadas, miradas desde otro tiempo y otras circunstancias. A las prácticas de la cultura de Maimará a veces se les cataloga como sin sentido, pero por otro lado, para mí tiene mucho sentido que los familiares se sentaran alrededor de la tumba a tomar su almuerzo. Yo, que a la menor provocación me ideo un almuercito con vinito incluido, lo entiendo.  Entendí también una práctica reciente nuestra -eso de preparar al muerto en una actividad que disfrutara -en una motora o en un sillón tiene lógica, aunque yo no lo haría y mucho menos quiero que lo hagan conmigo.  Ni se les ocurra exhibirme después de muerta disfrutando de un vinito, que yo quiero que me cremen.

Emprendimos el regreso a Salta, donde nos esperaba nuestro equipaje principal. Al otro día regresábamos a Buenos Aires para el maratón de regreso a San Juan.  Como el vuelo salía tarde, había pensado tomar una excursión en la mañana, pero la cancelé.  Estaba extenuada.  Luego del desayuno me fui a caminar en dirección a la Plaza 9 de Julio.  La distancia no era mucha y quería explorar por mi cuenta, a mi paso.  Llegué a las inmediaciones de la plaza y le eché un vistazo al restaurante que Nico nos había recomendado.  Se veía bien.  Un hombre a la entrada me invitó a pasar, pero le dije que tal vez regresaba luego.  Recibí mensaje de que el reto del grupo iba a almorzar allí, pero más tarde, así que les dejé saber que yo probablemente me adelantaba y los vería luego.  Entré a varias tiendas alrededor de la plaza y compré varias artesanías pequeñas para regalar -nada muy grande ni muy pesado, que las dimensiones de mi maleta y mi fortaleza física me imponen limitaciones.   Luego atravesé un paseo peatonal que me recordaba al Paseo de Diego en Rio Piedras en sus mejores tiempos.  El lugar se veía frecuentado por personas más modestas, probablemente de clase media.



Me detuve a escuchar un joven que cantaba acompañado de su guitarra, con una voz que me recordaba a Tommy Torres.  Disfruté mucho del improvisado concierto, pero hubo un momento en que mi mente analítica entró en funciones cuando entonó una canción que era una especie de oda a la vagancia, con una letra que recordaba esa canción del Gran Combo que relata la rutina de quien se limita a comer, ver televisión, y sentarse cómodamente, con el estribillo de “y no hago más na’ ”.  Un hombre sentado en un banco cercano, con cara de ser del combo de los que no hacen más na’ sonreía y asentía entusiasmado.


Seguí caminando y me senté en un banco a cotejar no sé qué cosa.  Llegó una mujer en sus cuarenta años o cincuenta bien conservados y se sentó al lado.  Al rato entablamos conversación. Me dijo que era de Salta y estaba esperando para recoger a su sobrino en la escuela.  Por alguna razón hablamos de la situación en Argentina y me dejó saber que era partidaria del actual presidente, quien según ella, había puesto a trabajar a gente que antes no lo hacía y vivía de ayudas gubernamentales.

Me pareció interesante escuchar esto, luego de la oda a la vagancia. En Puerto Rico también es común escuchar quejas sobre la gente que no trabaja y vive de ayudas gubernamentales.  Eso contribuye a la imagen de que el puertorriqueño es vago.  Sin duda, hay gente que se aprovecha del sistema, pero la realidad es que hay mucha gente que debe tener más de un trabajo para mantener la familia, aparte de quienes tienen condiciones físicas que les impiden tener ciertos trabajos.  Tras la pandemia, muchos se dieron cuenta de que hay otras alternativas de trabajo, como hacer Uber o establecer sus propios negocios.  La burocracia -por no mencionar la incompetencia gubernamental- hace muy difícil establecer negocios, aparte de que hay patronos abusadores que explotan a los empleados y son maltratantes.

Las nuevas generaciones no están dispuestas a aceptar malos tratos y son más arriesgados a la hora de emprender un negocio.  Le manifesté mi parecer a la mujer, que luego se presentó como Laura, quien estuvo de acuerdo en que al igual que hay personas que se provechan del sistema, hay otras que tienen necesidades que les dificulta tener un empleo tradicional, como en el caso de madres criando hijos solas.  Esta conversación me confirmó que somos muy similares, aunque vivamos en sitios tan distantes.  Laura finalmente se despidió -con beso y todo.  Estos encuentros con los habitantes del lugar que esté visitando -como el anuncio de Mastercard, no tienen precio.

Entré a la casa museo de José Evaristo Uriburu, que fue presidente argentino tras la renuncia del presidente anterior y completó su término.  La casa guarda objetos de la época y es relajante caminar por ella y observar la calle desde el segundo piso.  Aunque con diferencias, se siente un poco como las casas del Viejo San Juan.  















De allí me moví a la catedral, con un largo callejón lateral con flores a los lados y una verja que da a una calle.  Desde esa calle escuchaba los insistentes lamentos de una mujer que parecía vender algo para ayudar a alimentar a su bebé. Como parte del exterior de la catedral, una enorme cruz que contiene la oración del peregrino, me hizo pensar en todas las personas que hacen un largo peregrinaje en busca de una mejor vida.  Una escultura de San Francisco también en el exterior, me hizo sentir bienvenida.  El interior es hermoso y hubiese querido permanecer más tiempo para conocer un poco más, pero iban a cerrar y un empleado nos instaba, muy insistentemente, a salir.  Tomé unas fotos apresuradas y me quedé con dudas sobre el significado de una inscripción que alude a la fe de Salta.  Deduzco que está ligada a la peregrinación en honor a la Virgen de los Milagros.  Lamento además no haber notado el panteón en el que descansan los restos de héroes del norte.























Mientras escribo este relato me hago consciente de que he visitado muchos lugares con esculturas, placas, panteones en memoria de figuras significativas en los países visitados y confieso que no los recuerdo.  Es más, si veo fotos sin saber dónde y cuándo las tomé, no sabría decir qué significan.  No obstante, por un breve instante, mientras estoy en el lugar, me gusta sentir que presenté mis respetos a aquéll@s que realizaron gestas significativas en favor de otr@s.  Yo no tengo la paciencia que tiene una amiga que hace un álbum de cada viaje e identifica las fotos.  Hace unos años comencé a hacer relatos escritos de mis viajes, sin incluir fotos. Ahora que puedo hacer relatos en el blog con fotos integradas, se convierten en una especie de back-up para mis recuerdos viajeros.  No siempre las identifico en detalle, pero al menos hay una referencia en el relato.

Salí de la catedral y volví a escuchar los lamentos de la mujer.  Caminé hasta ella -era una mujer que pensé era algo mayor para tener un bebé, pero después de todo, hay mujeres que tienen hijos hasta tarde en su vida.  El bebé se veía saludable, aunque permanecía dormido.  Decliné comprar las medias que la señora vendía, pero le hice una aportación -no sería mucho- y le deseé bendiciones.  Ese encuentro tendría una secuela más tarde.  Me detuve a mirar la Plaza 9 de Julio en detalle, con sus esculturas y observé las personas en sus inmediaciones, muchos de los cuales parecían ser lugareños.  De hecho, divisé un hombre sentado en un banco, disfrutando de su almuerzo en uno de esos envases que denotan que es algo que llevaba de su casa.  Esta imagen y el reclamo de mis tripas me recordaron que ya era tiempo de almorzar.



Regresé al área del restaurante que nos había recomendado Nico -Adobe- y allí estaba el hombre que hacía un rato me había instado a entrar.  Dijo que me había reconocido, lo cual no es extraño, ya que imagino no muchos Boricuas visitan esta zona.  Me recomendó subir a la segunda planta, para tener vista a la plaza, lo cual me pareció perfecto.  Un mozo muy amable, de nombre Roberto Carlos, se encargó de traerme una copita de espumante de la casa, que no me gustó, pero no dije nada y unos panecitos con algo para untar, que resultó muy rico.  Pedí bondiola -un filete de cerdo en una salsa dulce que estaba riquísimo.  Para acompañar -qué si no, un Malbec.  Perfecto.  Divisé al grupo que llegó, se sentó y a los pocos minutos se fueron.  Luego supe que en el segundo piso no sirven milanesa, que era lo que querían ordenar.  Decidí pedir un postre -quesillo (a base de leche de cabra), con cayote, que es una especie de melón y nueces.  Estaba exquisito.  























Como sobró bastante del plato principal, pedí que me lo prepararan para llevar, pensando que podía dárselo a la señora que había visto al lado de la catedral con el bebé.Al bajar, vi a los del grupo disfrutando sus milanesas.  Uno de ellos la pidió a caballo, que me pareció interesante porque es algo que mucha gente suele hacer aquí al pedir algo con un huevo frito encima, pero no recuerdo haberlo visto sobre una milanesa o las empanadas como les decimos aquí.  Salí a la calle y volví a encontrarme con el amable hombre que era como una especie de anuncio parlante para atraer comensales al restaurante.  Hablamos un poco y le dije que ya al otro día regresaba a Puerto Rico y bromeando me dijo que por qué no lo llevaba conmigo.  No sé si era sólo broma o algo de flirteo, pero lo hizo con gracia y no me molestó.  Me di a la tarea de buscar a la mujer y la divisé en unas mesas apostadas en los laterales de los edificios frente a la plaza, muy cerca de donde estaba el restaurante.  Estaba con varios hombres, contando billetes y charlando animadamente.  Ni rastro del bebé.

Al ver la escena sentí coraje y me la imagino pensando cuando le di mi aportación: otra pend… que cayó. Y mi coraje no era porque le hubiese dado dinero, sino porque jugó con mis sentimientos, apelando a la compasión.  Imagino también que se habrá felicitado a sí misma por la excelente actuación, que logró que yo descartara las señales de que no parecía tener una necesidad real: su edad y el hecho de que el niño se veía saludable, sin apariencia de tener hambre.  Pensé acercarme y preguntarle dónde había dejado al niño, pero desistí de la idea.  Me fui, pensando en cómo pasé de la compasión al coraje.  Más tarde, sin embargo, pensé que tal vez ella es una víctima de una organización criminal dedicada a buscar personas para que recolecten dinero de incaut@s como yo.  ¿Cuántas personas han dejado de ayudar a otras porque alguna vez fueron engañadas?  Si dejo de ayudar a otr@s porque fui engañada, el mal triunfa.  No traicionaré mi esencia; tan sólo estaré un poquito más atenta.

Decidí buscar a algún deambulante -había visto varios en el área, pero no vi ninguno. Tal vez tienen unas rutinas establecidas, que dependen de los horarios de los visitantes.  O quién sabe, tal vez todos pertenecen a la misma organización.  El problema del sinhogarismo es uno complejo -aquí lo tenemos y es fácil achacarlo a que la gente no quiere trabajar.  Se complica además con el uso de drogas, que al menos aquí trae problemas aún más graves, como acechos y asesinatos.  Iba reflexionando sobre todo esto mientras regresaba al hotel y me detuve en una pequeña plaza situada justo al frente.  Había otra estatua, esta vez dedicada al general Belgrano.  No divisé ningún otro deambulante, así que entré al hotel.  Pensé que tal vez el joven de recepción o algún otro empleado podía aprovechar la comida.  Le dije que estaba muy buena y no quería desaprovecharla.  Me dio las gracias y subí a la habitación para descansar un poco y terminar de empacar.  A las 7 pasarían a recogernos para llevarnos al aeropuerto para nuestro vuelo de las 10pm con destino a Buenos Aires.

Terminé de revisar notas y mensajes.  Me ocupé de buscar los chocolates que estuvieron dando tumbos por varios refrigeradores de los hoteles.  Natalia, que me había atendido a nuestra llegada el 5 de enero, me recordó por el nombre y me entregó los chocolates.  Debo confesar que yo me acuerdo del suyo porque lo anoté.  Creo que la gente que nos da un buen servicio merece ser recordada y me incomoda sobremanera que mi memoria no es lo que solía ser, para poder reconocer a una persona, tal y como nos agrada que otr@s nos reconozcan.  Y a partir de la salida del hotel en Salta, el recuerdo de los traslados se me convirtió en una mogolla -ya estaba tan cansada que no tenía ánimo para hacer anotaciones.  El vuelo a Buenos Aires salía del aeropuerto local -Aeroparque, pero el de Buenos Aires a Panamá salía del aeropuerto de Ezeiza, lo cual implicaba tiempo adicional de traslado.  En mi recuerdo hay un autobús enorme que nos recogió sólo a nosotros 7, lo cual le daba un sabor surrealista a todo. Yo, que soy morning person, estaba hecha un lío con los itinerarios.  De Buenos Aires a Panamá saldríamos a las 5 de la mañana, con llegada a eso de las 11, para entonces salir para San Juan a eso del mediodía y llegar como a las 4 de la tarde.  Hay diferencia de hora, pero se me enreda todo.  El punto es que yo llegué feliz, pero exhausta.

No quería acostarme a dormir porque luego me desvelo.  Me preparé una cena bien sencilla-tampoco quería embarcarme en una mega producción y se trataba de preparar algo rápido con lo que tuviera a mano.  Pasta orzo con salsa de sardinas, limón, vino blanco y perejil fue el resuelve.  Por supuesto, un vinito blanco, de esos que yo llamo “de batalla”; es decir, nada sofisticado, por no decir que baratito.  Un cuerpo que se acostumbró a beber vino todos los días por dos semanas no puede ser sometido a dejar de beber de cantazo -hay que ir poco a poco. 


Saqué lo indispensable de la maleta y me enganché en el “Scarlett O’Hara mode” -es decir, después de todo, mañana es otro día.  Unos días después terminaba de guardar algunas cosas.  En el interior de una cartera pequeña divisé un rollito, como un diploma en miniatura, ¿Qué rayos es esto, me pregunté? Lo abrí y allí estaba la receta de los panqueques (crepes) de dulce de leche que cerraron con broche de oro la cena espectacular de degustación que tuvimos en Buenos Aires.  Recuerdo el postre, coronado con una salsa de frutos rojos, pero no recordaba que me hubiesen dado la receta en un rollito.  Es decir, que tuve un momento en que como decimos “borré cinta”.  Por suerte me acuerdo de lo delicioso de la cena, los vinos que la acompañaron y las amables atenciones que recibí.


Me tomó como 10 días recuperarme del viaje.  Tardé en empezar este relato y cuando lo comencé, casi un mes más tarde, mi computadora comenzó a hacer cosas extrañas.  Finalmente retomé el relato, pero se me ha dificultado por diversas razones que no vienen al caso.  Persistí y cuatro meses y pico después de mi regreso, finalmente plasmo mis vivencias.  Argentina merece que no me quede con la experiencia solo para mí, sino que la comparta con otr@s, como tributo a un país espectacular.  Volver representó reencontrarme con un entorno que me cautivó la primera vez y la segunda me hizo sentir que una parte de mí pertenece a ese lugar.  Hay imágenes que se quedarán grabadas en mi mente por siempre, tenga o no fotos del momento.  En algunos casos, no es ni siquiera una imagen, sino un sentimiento que nació en ciertos momentos del viaje.  Algunos me emocionaron hasta las lágrimas.

Argentina es un país de contrastes.  Buenos Aires tiene un sabor europeo, pero aun allí hay contrastes: la sofisticación de Recoleta, Puerto Madero con su modernidad; La Boca con su sabor de pueblo y orgullo por sus héroes del fútbol tienen todos un aire distinto. No olvidaré la experiencia de haber pisado la catedral en la que papa Francisco siendo obispo ofició misas.  Sentí que algo de su esencia permanece allí y provocó mis primeras lágrimas.  La imagen de la pareja bailando tango en un restaurante al aire libre ahora pertenece a ese archivo permanente en mi cerebro.  De Bariloche retengo la imagen de sus lagos desde la aerosilla y la alegría de volver a saborear sus famosos chocolates.  De Mendoza, la experiencia de un hotel espectacular en el que hubiera querido estar más tiempo y por supuesto, sus vinos.  De Salta me llevo una de las experiencias más emotivas: el relato del padre Chifri y su misión para educar a los niños de la región y su “Colectivo de los sueños”, que me emocionó profundamente -más lágrimas.

De Salta también es la experiencia en las salinas -esa enorme extensión que parecía un suelo cubierto de nieve y la aventura del baño que requería cierta habilidad para usarlo.  En Purmamarca y de retorno a Salta, los tonos rojizos y marrón, con las formaciones rocosas son como observar un cuadro, sin olvidar a la dulce llama Luna, con su pelaje que daban ganas de acurrucarse con ella.  La comida en Argentina es deliciosa, no importa en qué lugar.  Empanadas, la trucha patagónica, con carne rosada que parece salmón, las tortillas de harina cocinadas en leña, la cena de degustación en Buenos Aires, la cena en el hotel de Mendoza y el vino, su inigualable Malbec y singular Torrontés son acompañantes perfectos para las comidas.  Visitar Salta y toda la zona de Purmamarca me expuso a un lado de Argentina que no conocía -un lado más primitivo, más básico, pero no por ello menos hermoso.  Me inspira a regresar y explorar más esa región.

Y todo este hermoso viaje sería solo una bonita experiencia si no estuviera el elemento humano.  En primer lugar, unos compañeros de viaje que, pese a las diferencias de personalidad, me hicieron sentir cómoda; todos estábamos pendientes los unos de los otros.  En segundo lugar, una vez más los argentinos me demostraron que la grandeza de su gente es comparable con la grandeza de la extensión territorial de su patria.  Las atenciones en el restaurante del Fogón fueron más allá de lo esperado. El orgullo palpable de los habitantes de la Boca se ve en los murales a sus héroes del fútbol y los mensajes solidarios. La gesta de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo es testimonio del tesón y valentía de quienes no cejan en su empeño por descubrir la verdad. El hombre en la librería y la mujer en la tienda de conservas se sinceraron conmigo con respecto a las vicisitudes de los pequeños comerciantes ante las medidas tomadas por el nuevo gobierno, que aún no están claras con respecto a su efecto final. La guía en la excursión de la isla Victoria logró transmitir el esfuerzo que hacen héroes anónimos por preservar el patrimonio natural, cuidando las especies nativas para asegurar que estarán ahí para futuras generaciones. Las atenciones de las jóvenes meseras en el restaurante que encontramos de forma inesperada en San Martín de los Andes el día de Año Nuevo resaltan por su eficiencia y buena actitud en medio de un salón abarrotado. 

La cara desencajada -ante mi queja de que mi plato estaba frío- del mozo que nos atendió en el hermoso hotel Entre Cielos en Mendoza es ejemplo de lo que significa enfrentar un error en algo que se supone estuviera perfecto.  En lugar de negar el error, echarme la culpa a mí, o mostrar cara de desagrado, se disculpó profusamente, se llevó el plato, advirtiendo que se demoraría y lo trajo nuevamente.  ¡Un empleado así hace falta en tantos de nuestros restaurantes!  La amabilidad de Natalia en el hotel de Salta y el hecho de que recordara mi nombre tras un hiato de un día al pasar a otro hotel por una noche, es también reflejo de esa atención al cliente que no cuesta nada, pero hace una gran diferencia.

La excursión que incluyó la visita al Alfarcito me expuso a una persona que ya no está en este plano, pero que dio un gran ejemplo de lo que se puede lograr en medio de escasísimos recursos: Padre Chifri.  Ver “el colectivo de los sueños” me proporcionó quizás el momento más emotivo del viaje porque ese viejo autobús representa lo que podemos hacer para lograr que otros puedan soñar con un mundo mejor.  El guía Nico fue instrumental en explicar esta singular historia y comentar sobre el carácter reservado de los habitantes de toda la región, que suelen mostrar facciones indígenas y un color de piel más acorde con los colores de las montañas que circundan sus pueblos. Ángela, la mujer en el baño de la Salina Grande es ejemplo de  gente luchadora, reservada, trabajadora, en medio de la adversidad.

El hombre de la gran sonrisa en el hotel Manantial del Silencio me demostró que la naturaleza reservada no está reñida con la capacidad de ofrecer un gesto sencillo capaz de alegrar el día a otros.  Finalmente, Laura, la mujer que se sentó a mi lado en un banco en el paseo peatonal en Salta me mostró ese lado presto a compartir una conversación con una extraña, en una comunión entre dos culturas que, aunque distantes, tiene en común su humanidad y su disposición para brindar afecto.  Tal vez, Argentina y Puerto Rico no sean de un pájaro las dos alas, pero pueden ser dos hermosas aves -una mucho más grande- dispuestas a volar una al lado de la otra y mutuamente apreciar su belleza.  Namasté, Argentina.  Espero no tardar veinte años para volver a verte.




28 de mayo de 2026


 


 























 







No hay comentarios:

Publicar un comentario