SORPRESAS CANARIAS Y MÁS
Hace mucho tiempo que deseaba
viajar a Islas Canarias. Había escuchado
que sus habitantes se parecían mucho a nosotros. No conocía ningún canario, salvo por la
referencia a Carlos Marichal, artista y escenógrafo que vivió varios años en
Puerto Rico y se casó con Flavia Lugo.
Su matrimonio ejemplar quedó evidenciado en las hermosas cartas
ilustradas que le escribió a su esposa, las que ella conservó con amor. Tuve la oportunidad de ver muchas de ellas en
una exhibición que el Museo de la UPR le dedicó hace unos años. No cabe duda que era poseedor de una enorme
sensibilidad, que probablemente contribuyó a que el Centro de Bellas Artes
denominara la sala experimental con su nombre.
Había intentado hacer una excursión
el año pasado, pero lo que me ofrecían era exorbitantemente caro, con pocos
días para explorar y lo haría sola, sin tener otr@s compañer@s de viaje. Descarté la opción por el momento, pero
siempre con la idea de hacer el viaje en el futuro. A fines de año apareció la oportunidad, a
través de una agencia que había utilizado hace como 20 años, que se dedica a
hacer viajes poco tradicionales. Tras
regresar del viaje, me di cuenta por qué no hay muchas alternativas de viaje a
Islas Canarias. En primer lugar -la
distancia. Es necesario volar a España o
Portugal para tomar vuelo hacia alguna de las islas -en este caso Tenerife. En segundo lugar, para visitar las otras
islas es necesario tomar ferry o avión, lo cual aumenta los costos y el tiempo
de viaje. Presumo que por todo esto, en
Puerto Rico ni en compañías internacionales de viaje de Estados Unidos -que no
sean cruceros-no abundan las ofertas para viajar a Islas Canarias. Ir en crucero no me interesaba, porque quería
permanecer en las islas y conocerlas más a fondo que las visitas relámpago de los
cruceros.
Tras unas dificultades iniciales
con la búsqueda de vuelos, me decidí a ir a través de Madrid por Iberia -que le
tengo repelillo por mis experiencias con el personal que no se caracteriza por
su amabilidad; me quedaría esa noche en Madrid para descansar y al otro día
abordar el vuelo para Tenerife, donde me encontraría con el grupo de 13
personas que nos embarcaríamos en esta aventura que incluía Madeira y la isla San
Miguel, en las Azores, pertenecientes a Portugal y terminaba en Lisboa. Eran 17 días que se convirtieron en 18 tras
mi decisión de permanecer en Madrid el día de mi arribo. Decidí quedarme en el mismo hotel que me
había quedado hace más de 10 años, por estar en las inmediaciones del
aeropuerto. Llegué a eso del mediodía,
que sabía no era horario para hacer check in, pero para mi sorpresa,
pude acceder a la habitación. El
empleado que me atendió muy amablemente era de apellido Ponce y supuse que era
el mismo que me había atendido la vez anterior, porque tanto entonces como
ahora, me resultó muy singular el apellido.
Descansé, me comí el sándwich que no me comí en el avión, revisé documentos y me dispuse a cenar a eso de las 7 en el restaurante del hotel, en el cual había tenido magnífica experiencia la vez anterior. No estuvo mal, pero no fue memorable. Al día siguiente tomé el desayuno buffet, que estuvo tan regio como la vez anterior. Salí hacia el aeropuerto y allí conocí a tres chicas que viajaban juntas en la excursión. Llegamos a Tenerife, donde estaba el resto del grupo: 4 parejas y yo. Luego se uniría la dueña de la agencia, a nuestra llegada al hotel. Soltamos las maletas y nos dirigimos con el guía Jaime a nuestra primera visita, el parque del Teide, que no es una montaña, sino un volcán inactivo.
Con esta visita se inició mi
asombro con un paisaje totalmente árido, casi desértico, pero de una belleza indescriptible. Se me asemejaba a las fotos que he visto del
Gran Cañón de Colorado, al que no me ha interesado visitar, precisamente por
ser parajes desérticos, con poca vegetación, tan opuesto a nuestra exuberancia
caribeña.
Por supuesto, el hecho de que Tenerife sea una isla permite tener las vistas al mar que tanto me atrae. Al salir del parque, atravesamos áreas de pinos y se sentía frío. Experimentamos algo de una belleza sublime: pese a estar en altura, divisábamos más abajo como una alfombra blanca, mullida: el mar de nubes.
Regresamos al hotel y pude apreciar la vista al mar desde mi habitación.
La cena-buffet estaba
incluida y no estuvo mal. Una chica muy
amable, de nombre Luna se encargó de servirnos generosas porciones de vino. Al
día siguiente partimos hacia Garachico, que quiere decir pequeña montaña, la
cual se divisa desde un punto que da al mar.
El pueblito es encantador, con pequeñas calles. Para almorzar, fuimos a una bodega en la que
primero nos explicaron la confección de dos tipos de mojo: uno verde, a base de
perejil o cilantrillo y el otro rojo, con pimiento rojo y pimentón. Ya había
visto en el buffet de desayuno del hotel que ponían los dos tipos de mojo para acompañar
las papas. De hecho, nos demostraron en
la bodega cómo se preparan las “papas arrugadas”, que aparecían por todos
lados, aunque no se veían tan arrugadas.
Luego de la demostración nos movimos al interior del restaurante y vimos que habían colocado los ingredientes para preparar el tipo de mojo que eligiéramos, en morteros que nosotros conocemos como pilones. Yo escogí el verde. No puedo asegurarlo, pero pienso que tal vez es de Islas Canarias que nos llega la idea de preparar el mojo con el que solemos aderezar la yuca hervida, algo que también se hace en Cuba y que yo he preparado decenas de veces.
Vamos, que no es una ciencia, pero nos entretuvimos un ratito en lo que servían los vinos que íbamos a degustar y el almuerzo especialidad de la casa: pata de cerdo al horno, que se cocina por 13 horas. Lo servían con ensalada, las papas diz que arrugadas y ¡cuerito! La carne de cerdo no estaba mal, pero honestamente prefiero el pernil del Cuñao en Guavate. Para mí que lo mejor que quedó fue el cuerito.
Desde los terrenos aledaños al
restaurante podía divisarse el Teide a lo lejos, además de las plantas
suculentas y el mar.
El grupo se dividió en dos vehículos tipo Jeep – unos iban con Franky y otros -me incluyo- con Guasimara, quien dijo podían llamarla Guasi o si no, María, bromeando. Nunca había escuchado el nombre Guasimara, pero me encantó cuando ella explicó que sus padres, muy apegados a las costumbres autóctonas, le pusieron ese nombre, que significa “Hija del océano”. Me fascinó, lo cual es una lección: rechazamos lo desconocido -porque vamos, Guasimara no me sonó muy bonito que digamos- cuando no conocemos la historia. Una vez la sabemos, podemos apreciar lo que vemos o escuchamos.
El paseo en el Jeep resultó muy emocionante -atravesamos calles estrechísimas y bordeamos acantilados. Yo iba al frente y bromeamos que yo era la copiloto, lo cual es un chiste en sí mismo, porque no tengo sentido de dirección.
Guasi nos explicó que llueve
solo unos 7 días al año, lo cual resulta sorprendente al ver tantas áreas
cubiertas de verde. En un momento nos
detuvimos en el camino para subir al Mirador de San Juan. Franky nos explicó del minúsculo insecto
llamado cochinilla, que se adhiere a los cactus. Si se desprenden de la superficie y se
aplastan, producen un pigmento que resulta muy valioso y se usa, aún hoy día,
en cosméticos. Franky nos demostró cómo
se transformaba lo que en principio parecía como ceniza y al presionarlo se
transformaba en una gelatina viscosa rojo sangre. Algunas de las chicas lo
aplicaron en sus labios. Yo no me animé
a colocarme el producto del insecto en mis labios -todavía no había bebido.
Subimos hasta el Mirador de San Juan, un lugar que el gobierno facilita a los habitantes para celebrar reuniones familiares. La vista es espectacular y en el entorno reina una paz absoluta. En el área también hay una ermita, que estaba cerrada, pero puedo imaginar cuán conectada al poder superior podría sentirme en su interior.
Visitamos el Parque Garajonay y Guasi
nos habló de una leyenda de una princesa Gara -del sector que se enamora de un
joven de la tribu Guanche -Jonay -o al revés; no tengo claro quién era quién,
pero no importa. Sus padres se oponen al
casamiento y tras algunos incidentes, se suicidan, en una versión canaria del
clásico de Shakespeare. Exploramos un
poco más el parque, adentrándonos en un área boscosa, con troncos cubiertos de
musgo que parecían desmentir la realidad de la poca lluvia y el origen volcánico
del suelo. Llegamos al lugar donde
tomaríamos el almuerzo, que se asemejaba a una casa en Suiza.
Nos recibieron con varios
aperitivos: almogrote, que es como una pasta con queso y algo más que no
recuerdo, con pan; un guiso con gofio, riquísimo -no tenía idea de que se
pudiese hacer un guiso con eso que es como comer arena con azúcar que estoy
acostumbrada a comer en cucuruchos de papel y unas croquetas que no sé de qué
eran, pero estaban muy buenas. De plato
principal, yo escogí pescado y me tomé como tres -bueno, tal vez cuatro copas
de vino blanco. El personal del restaurante
fue muy amable. Al final nos ofrecieron
una demostración de algo que ya Franky nos había explicado y que uno de los del
grupo experimentó: el silbo gomero. Es
un sistema de comunicación entre los habitantes, que pueden sostener una
conversación con solo silbar. Así se despidieron, silbándonos muchas gracias.
Continuamos nuestra marcha admirando el paisaje e incluso en un momento pudimos divisar El Teide a la distancia, porque las dos islas están muy cerca.
Terminamos la excursión con una mezcla de emociones: alegría por todas las experiencias vividas y tristeza por despedirnos de dos seres tan especiales como Guasi y Franky.
Tomamos el ferry de vuelta a
Tenerife. El grupo quiso reunirse en un
restaurante y decidí unirme. Caminamos hasta el lugar y poco a poco iba cayendo
el sol. Desde mi lugar en la mesa pude apreciar
la hermosa vista. Nos dividimos en dos
mesas y comenzó el tortuoso proceso de procesar las diversas órdenes. Me decidí por una parrillada de mariscos para
dos, a la que se unió otra de las chicas, lo cual simplificaría un poco el
proceso de pagar. Estábamos animad@s por
las experiencias vividas, aderezadas con el vino abundante. Al llegar el momento de pagar se formó el lío
usual cuando se trata de muchas personas ordenando cosas distintas. El tiempo seguía corriendo y yo estaba consciente
que al otro día teníamos un vuelo a Lanzarote, que aumentaba mi ansiedad porque
no suelo dormir bien cuando tengo un vuelo pendiente.
La sobremesa siguió extendiéndose y
de no haber sido porque tenía el temor a perderme porque tomaría el camino de
regreso sola y ya era de noche, me habría ido.
Alguien del lugar, conocida de la dueña de la agencia, muy amable, se
ofreció a llevar a algun@s de nosotr@s, a lo cual accedí. La sobremesa siguió prolongándose y tod@s
menos yo estaban en este animus celebrandi en el que llegué a sentirme
como cucaracha en baile de gallinas. Alguien
sugirió tomar una foto del grupo, así que eran más minutos de espera y de
momento sentí una ansiedad enorme, que no sé si eran los efectos del jet
lag, el cansancio, el vino o todas las anteriores. Verbalicé que ya me quería ir, tal vez de una
forma que pondría a varios a dudar de mi sanidad mental, pero todo es producto
de muchos años acostumbrada a funcionar sola, por lo que requiere esfuerzo
adaptarme a mucha gente a mi alrededor.
Finalmente, un grupo decidió enfilar la marcha a pie, así que me uní. Llegamos al hotel y me fui a organizar la
maleta en preparación para la salida a Lanzarote y dormir.
El vuelo a Lanzarote era en uno de esos aviones pequeños, de hélice como de 25 filas a lo sumo – de los que Don Cholito llamaba los blaf-blaf. No se accede a ellos a través de los túneles movibles de los aeropuertos, sino por escalera. La línea aérea es Binter, de la que jamás había escuchado, así que ver el avioncito me dio algo de miedito, pero rápido lo superé.
Las asistentes de
vuelo eran súper amables. Pese a ser un
vuelo de como 50 minutos, nos ofrecieron una barra de chocolate y agua -que contrario
a vuelos más largos, no cobraron.
Llegamos a Lanzarote, más pequeña que Tenerife, con 300 volcanes
inactivos y conocimos a nuestra guía Vanessa, una chica entusiasta, que ofrecía
información con gozo. Fuimos a almorzar a un restaurante llamado El
Diablo. En el camino, el paisaje era
como si estuviésemos en esos parajes que se ven en fotos de la superficie de la
luna. Se veía muy poca vegetación. Al llegar, nos ofrecieron una demostración de
cómo el terreno guarda el calor. Un
hombre escarbó un poco en el terreno que semejaba gravilla y nos colocó un puñado
en las manos. No esperaba que estuviera
tan caliente, por lo que se me escapó un leve grito y me sacudí la gravilla más
rápido que ligero.
Más adelante, nos mostraron huecos en el suelo en el que echaban agua y en segundos se disparaba un chorro de vapor, a veces con gran ímpetu, que me hizo emitir otro pequeño grito.
Nos demostraron cómo colocaban la comida para que se cocinara con el mismo calor que emanaba de la tierra. No en balde el restaurante se llama El Diablo -con ese terreno tan caliente imagino que se sentiría a gusto. A gusto nos sentimos nosotros con las atenciones del lugar -vino abundante, de producción local, del cual disfruté en su versión blanca. Jamás pensé que en un lugar tan árido pudieran producirse vinos. Me gustó tanto que luego compré una botella, para poder disfrutar en casa y rememorar los buenísimos momentos canarios. El almuerzo comenzó con aperitivo en platones para que nos sirviéramos y luego, el plato principal servido directamente. Para finalizar, un postre en forma de volcán, que no pude comer porque contenía lácteos, pero me ofrecieron una compota de calabaza que estaba muy buena. El almuerzo fue una agradabilísima y totalmente inesperada sorpresa.
Salimos del restaurante felices, porque como decimos aquí: barriga llena, corazón contento. Disfrutamos del resto del singular paisaje con interesantes formaciones, como una que le llaman el manto de la Virgen y pude entender por qué.
Una vez más, entender lo que vemos nos permite apreciarlo en toda su dimensión. En el trayecto en la guagua atravesamos un tramo de carretera que se nos dijo algunos comparan con la famosa Ruta 66 en Estados Unidos. Llegamos al Parque Natural Los Volcanes, un área protegida en la que puede apreciarse por un lado el mar y por otro, la formación de una laguna.
Pese a estar de día, en una esquina podía apreciarse la luna y quise
tener una foto de este singular lugar.
Uno de los compañeros de viaje ofreció tomarme una foto, a lo que
accedí, contrario a otras veces, porque no me encanta aparecer en las fotos.

Llegamos al hotel, que resultó un
estudio en contrastes. En primer lugar,
no tenían organizados nuestros datos, por lo que demoramos en hacer el
registro. En mi caso, la habitación
estaba localizada en un nivel que requería que tomara un elevador que estaba en
un pasillo a la izquierda y no el que estaba justo frente al mostrador. Para añadir a mi confusión, al intentar
regresar por la puerta de acceso, que antes estaba abierta, ahora estaba
cerrada y me desubiqué, como esas bromas que le hacían a la gente en aquel
programa de la Cámara Cómica. Y al otro
día por la mañana supuestamente el comedor estaba abierto, veía gente adentro,
pero no se veía por dónde entrar. El
arquitecto que diseñó este hotel tiene un oscuro sentido del humor o un cierto
grado de sadismo. En el desayuno, no
recuerdo si ese mismo día, me ocurrió algo que es como sacado de un libreto de I
Love Lucy. Quise servirme agua de un
garrafón enorme, con una llave. Le daba
vueltas a la llave, pero no lograba que saliera agua. Tras varios intentos de un lado y el otro, logré
que saliera agua. El problema es que
luego no sabía cómo cerrarla.
Con horror vi que el vaso se seguía
llenando, pero yo no podía cerrar la llave.
Comenzó a derramarse por el mostrador.
Agarré una cubeta con hielo, para coger el agua, mientras seguía
intentando cerrar la llave. Un hombre
que estaba al lado, en lugar de ayudarme, cobardemente huyó, dejándome con ese
desastre. ¡Ayúdenme a cerrar esto, por
favor!, exclamé al divisar que al otro lado parecía haber una empleada. ¡Oh, Dios!, dijo y cerró la llave mientras me
explicaba, un poco cortante, como se cerraba.
Lo siento, le dije y me fui a la mesa como niña castigada.
Por suerte ese día tuvimos otra
experiencia espectacular. Iríamos en un
catamarán a la isla La Graciosa. Tendríamos bebidas incluidas, podíamos
meternos al agua en un momento y disfrutaríamos de un almuerzo de paella,
aparte de visitar el pequeño pueblito de pescadores en la Caleta del Sebo. Camino
al embarcadero apreciamos el paisaje, con plantas que semejaban moñitas verdes.
Estas y unas piedras llamadas rofe ayudan a conservar la humedad tan escasa en
estas islas. El paseo en catamarán fue
un deleite -estar en contacto con el mar siempre me relaja. Llegamos al pequeño puerto de Caleta del
Sebo, pueblito que me cautivó. Hay modestas
edificaciones blancas y azules que me recuerdan las de las islas griegas, pero
a diferencia de éstas, este es un entorno modesto -una villa de pescadores que todavía
ejercen su oficio. Luego del área de
llegada, me adentré en las pequeñas callejuelas no sólo sin asfaltar, sino que
eran solo arena. Podía divisar los
vehículos de trabajo y las pequeñas yolas que no estaban ahí como
entretenimiento para los turistas, sino que eran el medio para que los obreros
del mar ganaran su sustento.
Llegué a una pequeña capilla dedicada a la Virgen del Carmen, que tiene una tarja que lee Parroquia Virgen del Mar. Un sencillo vitral circular en la entrada muestra a la Virgen posada sobre el mar, con una modesta yola y un pescador a su derecha. Me sentí compelida a entrar y lo que se ofreció a mi vista era justo lo que mi espíritu marino siempre celebra. Todo evocaba el mar. El altar era sostenido por el ancla y en el sagrario, una yola, en la que iba la Virgen. Dos tallas de peces sostenían cirios y otro era sostenido por dos remos. Y como si fuera un cortinaje, una red engalanaba el fondo.
Estaba en esta contemplación cuando llegó un
hombre muy sencillamente vestido, con ropas de trabajo, cargando lo que deduje
era una nevera portátil, de las que se usan para conservar bebidas o comidas. Se detuvo frente al área en que colocan velas
para que los fieles hagan alguna plegaria, encendió una vela, se persignó y se
marchó. Este gesto me conmovió. No recuerdo la hora, pero ya debía ser cerca
del mediodía, por lo que supuse que el hombre llegó de pescar y encendió una
vela para agradecer la carga que imagino llevaba.
Hice una pequeña oración de
agradecimiento por todas las bellezas que hasta el momento había
contemplado. Aunque fui criada en la
religión católica, ya no pertenezco a religión alguna, pero conservo mi lado
espiritual. Me dispuse a salir, cuando
me fijé en un cuadro/placa que aludía a la cruz de Lampedusa. No sabía que hubiese una cruz que recorría
varios lugares, en memoria de los 360 inmigrantes que fallecieron en la costa
de la isla italiana de Lampedusa en el 2013.
Con parte de los maderos de las frágiles embarcaciones, fabricaron una
cruz que Papa Francisco bendijo en el 2014.
De hecho, tengo un vago recuerdo de haber visto una visita suya a
Lampedusa y las denuncias que hizo en contra del rechazo a los inmigrantes y la
necesidad de ser compasivos con aquellos que nada tienen. En los tiempos que vivimos, este reclamo se
hace imperativo. La falta de caridad de
quienes desde el privilegio juzgan la decisión de escapar del hambre o la
muerte por persecución es abominable.
Allí, en esa pequeña iglesia de pescadores, quedaron varias de mis
lágrimas.
Seguí mi recorrido por el pequeño poblado, contemplando las modestas casas y la gente sencilla que discurría por sus arenosas callejuelas. Regresé a tiempo para abordar nuevamente el catamarán, el cual se detuvo en un punto, un poco apartado de la playa, porque es área protegida y no se puede acercar el barco. Estaba indecisa con respecto a entrar al agua; el lío de cambiarme de ropa, el asunto del traje de baño mojado y un grado de temor porque no domino la natación me impidieron darme un chapuzón, pero varios de los miembros del grupo lo disfrutaron a cabalidad.
Mientras, las bebidas seguían fluyendo. No había vino, así que me bebí un mojito. La paella estaba en pleno desarrollo y tenía buena pinta, así como buen olor.
Cuando los bañistas regresaron, sirvieron la
paella, que estaba muy buena, tomando en cuenta que no estábamos en un
restaurante. Felicité al cocinero, quien
se puso muy contento. Ya en este punto
me sentía más integrada al grupo, que, de hecho, la mayoría se conocían entre
sí por haber hecho otros viajes juntos, así que yo era la outsider.
Regresamos al hotel; me di un baño y bajé a encontrarme con el resto de los viajeros para un compartir informal motivado por el concierto improvisado que ofrecería una de las integrantes del grupo. Otro de ellos, quien no había hecho la excursión, nos obsequió una copa. Así, hicimos una especie de bohemia improvisada, en la que disfrutamos de escuchar canciones de nuestro repertorio Boricua y otros, para un final melodioso a un hermoso día.
Al día siguiente visitaríamos área de cuevas,
que una vez más me dejó absolutamente maravillada por la belleza inesperada del
lugar. En primer lugar, visitamos la
cueva de Los Verdes, llamada así según algunos por una familia que se refugiaba
en su interior junto al ganado. La belleza del lugar es fascinante, así como
las peripecias que hay que realizar para transitar ciertas áreas. Tras varios pasadizos, llegamos a un área
amplia, en la que se celebran conciertos.
Lo que resulta increíble es cómo lograron introducir el piano en la
sala, si ya habíamos atravesado pasadizos estrechos y tortuosos, en algunos de
los cuales debíamos agacharnos. En un
área, el juego de luces y sombras proyecta lo que semeja una cruz.
Visitamos la Cueva Los Jameos, cuyo nombre se refiere a unos pequeños organismos que parecen diminutos cangrejos que pueden apreciarse en las rocas cubiertas por agua. Muchos espacios interiores fueron diseñados por César Manrique, artista un tanto excéntrico, que tuvo una influencia enorme en Lanzarote, incluyendo impulsar legislación para prohibir vallas publicitarias y exigir que las estructuras estuviesen pintadas de blanco. La cueva es hermosa y tiene un espacio auditorio, mucho más sofisticado que el de la Cueva Los Verdes, pero cada uno tiene su hermosura.
Es como tantas otras cosas en las que podemos apreciar belleza en la grandiosidad
de la naturaleza o deslumbrarnos con la capacidad del ser humano para
transformar un espacio simple en algo grandioso, cuando se hace respetando la
esencia del lugar. Tras la visita a la cueva, fuimos al Mirador del Río, con
espacios también diseñados por Manrique, desde donde pueden apreciarse vistas
espectaculares, incluyendo poder divisar la isla La Graciosa y su Caleta del
Sebo, que habíamos visitado el día anterior.
Nos detuvimos en un lugar de venta de productos de sábila (aloe) producidos en Lanzarote. Por el tipo de suelo, esta planta -como muchas otras suculentas- se da muy bien allí. Compré varias cremas, jabones y gel para regalar y para mí, un lápiz labial. Me llamó mucho la atención que la vendedora se refería al lápiz labial como pintalabios, un vocablo que hacía años que no escuchaba, tras la costumbre de llamarle lápiz labial, lipstick -la expresión en inglés, o como decía aquélla genial comediante Norma Candal en su personaje de Petunia, lipistiqui. Solo me fijé en el color, sin mirar con mucho detalle el tubo negro, que resulta apropiado, dada la prevalencia de ese color en el volcánico terreno. No es hasta después de mi regreso y tras haberme puesto el pintalabios varias veces, que en un momento me detuve a mirarlo con detenimiento y vi que debajo de Lipstick decía claramente, Pintalabios. Me tuve que reír. ¡Tener que ir tan lejos para reencontrarme con una palabra!
Tras las compras y apreciar las maravillas
del mirador nos dispusimos a almorzar en un lugar llamado Castillo San José,
también diseñado por Manrique. El lugar
es hermoso -vamos, hasta el baño era lindo.
Todo estaba integrado con el entorno.
Nos sirvieron vino de inmediato -yo escogí blanco, porque mi selección
para comer era esencialmente a base de pescado y mariscos, según el menú que
aparecía en cada plato. Cuando trajeron el
primer platito de aperitivo confirmé que, en efecto, esto era un almuerzo bien jai
joyetin: bien presentado, con abundante vino y una exquisita combinación de
sabores -la experiencia se repitió hasta el final. Ciertamente, algo totalmente inesperado para
un almuerzo que estaba incluido en la excursión.
Salimos de Lanzarote para Gran Canaria, que era, de esas islas, la más conocida para mí. Nos recibió Marc, un catalán que rápido se dio a la tarea de mostrarnos la ciudad, comenzando por la plaza en Las Palmas, con su característica iglesia, en este caso la Catedral Basílica Santa Ana y el edificio gubernamental.
El altar de la iglesia llama la atención por el tamaño reducido de las imágenes de Santa Ana y la Virgen María, que contrario a la mayoría de las iglesias, eran la figura principal en lugar del Cristo crucificado. Hay dos capillas que exhiben un Cristo crucificado y una Virgen de la Dolorosa, obras del Siglo XVIII de un escultor de nombre Luján Pérez, que resultan muy impresionantes.
Subimos hasta la azotea, desde donde se divisaba la plaza con sus edificios, un hermoso campanario y una vista hermosa del mar, en el que se divisaban varios veleros.
Visitamos la casa en la que estuvo un tiempo Cristóbal Colón y sus alrededores. Debo confesar que, tras el viaje -que fue corto- y el traslado, las explicaciones extensas sobre los viajes de Colón me desesperaron un poco, tal vez porque el hambre comenzaba a arreciar.
Tras una breve caminata por las callejuelas nos detuvimos en un lugar pequeño, muy sencillo, como una fonda, junto al guía. Pedimos pequeños platos: tortilla de bacalao, papas, pimientos asados, calamares. Yo pedí una copa de vino blanco. Todo estaba muy bueno.
Visitamos un jardín botánico donde podían apreciarse muchas de las plantas con características de un ambiente desértico, entre ellas el Drago; en particular el Drago de Gran Canarias, que está en peligro de extinción. Creo que es del Drago común se extrae un pigmento que se utiliza para pintar los violines Stradivarius.
Llegamos a otra plaza, donde apreciamos una iglesia desde el exterior, porque estaba cerrada. En las áreas circundantes había edificaciones y pequeños cafés como los del Viejo San Juan.
Mientras esperábamos por el resto del grupo caminé un poco por el área y de repente me topé en una esquina con una placa que leía: Plaza del Pintor Guillermo Sureda.
Recordé las acuarelas de Sureda, que vivió varios años en Puerto Rico y pintaba hermosos paisajes de nuestra isla. Yo ni sabía que Sureda era canario, nacido precisamente en el área donde nos encontrábamos: Arucas. El guía, presumo que por no ser del área, no sabía de Sureda. Algunos del grupo lo recordaban.
Cuando regresé a casa después del viaje busqué un disco que aún conservo, de la colección de mi papá, que tiene en la carátula y en el interior fotos de las acuarelas de Sureda. Me dio una alegría inmensa ver las fotos y haber estado en el lugar donde nació ese pintor que tantos recuerdos me trae de mi infancia, cuando veía a mi papá escuchando esta música, entornando sus ojos y fumando un cigarrillo.
Hubiese querido
poner el disco, pero las bocinas del equipo se dañaron y eso no es Bluetooth
ni cosa que se parezca -son dos cajas enormes que se conectan al equipo por
unos cablecitos en la parte de atrás.
Intenté reconectarlos y no pude. He tratado de conseguir otras y en las
tiendas de equipo electrónico me miran como si estuviera pidiendo un
fonógrafo. Busqué las canciones en You Tube
y me emocioné de escuchar lo que tantas veces escuché en mi casa. Escribo esta parte del relato el sábado antes
del Día de los Padres. Mañana escucharé algunas
de las canciones y recordaré, como tantas veces, al hombre que tuve el
privilegio de llamar Papito.
Llegamos al hotel, que está bien puesto, aunque de primera intención no impresiona. Hacia la parte de atrás, desde el comedor tiene ventanales desde los cuales se aprecia todo un paseo frente a la playa. La cena buffet estaba incluida y resultó buena. Al otro día salimos rumbo a los mercados de San Mateo y Teror. El paisaje se asemeja mucho al nuestro, incluyendo los hombres ya mayorcitos en tertulia bajo la sombra de un árbol.
Dentro del mercado se ofrecen vegetales frescos y diversas clases de panes, pero lo que captó mi atención fue el escaparate donde se mostraban distintas clases de embutidos, entre los cuales se destacaba la morcilla dulce. ¿Morcilla dulce? Jamás había oído de semejante cosa. Sé que en España se produce morcilla, al igual que aquí, pero eso de que fuera dulce era nuevo para mí.
Al salir del mercado me detuve en una pequeña plaza a contemplar una escultura que me llamó poderosamente la atención. Representaba una columna con unas manos que se alzaban al cielo y una figura serpenteante en el interior de la columna. Me detuve a leer la descripción de lo que se titula Héroes, que está dedicada a los habitantes de San Mateo que dan la mano a aquéllos que necesitan ayuda, que resulta ser la figura que me pareció serpenteante, pero que es en realidad un nudo en las entrañas de los que sufren por carencias.
De inmediato pensé en la situación de tantos
inmigrantes que sufren una persecución despiadada y en todas las manos
solidarias que les ofrecen asistencia.
Estaba distante de mi país, pero ya había iniciado esta persecución
feroz y al volver, he visto más voces dispuestas a denunciar los atropellos y organizaciones
como la de una pastora amiga en Barrio Obrero, que ofrece alimentos a los que no
se atreven salir a buscar su sustento.
Una vez más, se muestran los dos lados de la condición humana: uno que atropella
sin compasión y otro que se compadece del dolor ajeno y ofrece ayuda.
Continuamos la marcha y llegamos a
almorzar a un lugar muy acogedor, esta vez un poco más grande que el que
habíamos visitado a nuestra llegada a Gran Canaria. Al examinar el menú, vi que tenían morcilla
dulce como parte de los ofrecimientos de aperitivo. Al preguntar, me dijeron que
era bastante grande, así que indagué con algunas de las chicas con quienes
compartía mesa si querían probarla.
Algunas se unieron-menos mal, porque ciertamente era una pieza descomunal. Me encantó.
En efecto, es dulce, en una rara combinación de sabores y texturas, que
no incluye arroz. El plato principal era
a base de carne de cerdo, pero no recuerdo los detalles, porque la morcilla se
llevó toda mi atención.
Regresamos al hotel y decidí caminar por el área del paseo que bordeaba la playa. Era domingo y podía verse a muchas familias disfrutando del sol, la vista y el clima en general hermoso.
Al siguiente día teníamos una agenda en
contrastes. Primero visitaríamos el área
conocida como Puerto Rico, que no tiene nada que ver con nuestra querida
isla. Originalmente el lugar se llamaba
Puerto Ribo (de río) y es en realidad un área de apartamentos turísticos en
masa, algo así como Isla Verde, nada extraordinario. Llegamos en ferry a Puerto Mogán, al que se
le conoce como la Venecia canaria. El
lugar es encantador, aunque se nota que es muy turístico, pero no por ello deja
de ser hermoso. Las callecitas están
adornadas con trinitarias y el agua es cristalina, pese a que hay muchos botes.
De Puerto Mogán nos movimos a visitar las dunas de Masapalomas, un paisaje que resulta increíble, alucinante, como si estuviéramos en pleno desierto con el mar de fondo.
La arena es una combinación de la original
del lugar, la que llegó desde el Sahara y la que se añadió después para evitar
que llegara al área de hoteles. Se
teoriza que la arena original pudo ser producto de un tsunami. El área está protegida y se prohíbe el paso por
ellas, aunque algunos indisciplinados cruzan las sogas que lo delimitan para
tomarse fotos. Prueba de que los
Boricuas no somos los únicos indisciplinados.
Dicho sea de paso, todo nuestro grupo se mantuvo en cumplimiento de las
normas.
Seguimos nuestra aventura hasta el valle volcánico de Guayadeque, un área que semeja las imágenes que he visto de lugares como Arizona y que está llena de cuevas en las que todavía viven personas. Se dice que en las cuevas se guardaban alimentos y hasta momias. Arribamos al restaurante Tagoror, que toma su nombre del lugar donde se toman decisiones. Las mesas son circulares y el tope es o simula piedra.
Algunos de nosotros ya habíamos tomado la decisión de disfrutar del plato especialidad de la casa: cabrito.Como aperitivo, había chorizos parrilleros, gofio escalfado, rodeado de gruesas rodajas de cebolla roja que usábamos para servir y tomates aliñados, acompañado con abundante vino. Finalmente, llegó el tan esperado cabrito, que debo decir estaba exquisito. Olvidé tomarle una foto antes de disfrutarlo, pero los huesitos desnudos son evidencia de lo rico que estaba. Sin lugar a dudas que esta experiencia, incluida en la excursión, le añadió otro elemento de autenticidad y pudimos apreciar los elementos de las tradiciones de la región.
El pueblito de Agüimes fue nuestra siguiente parada. Estaba prácticamente desierto, lo cual resultaba extraño para un lunes. Parece que la siesta allí es un poco más prolongada. El hecho de que no hubiese casi nadie a la vista facilitó el proceso de tomar fotos, que muestran un pueblito limpio, callado, con estructuras que semejan pedazos de turrón. Yo soy amante de la tranquilidad, pero creo que podría sufrir una sobredosis de tranquilidad en un lugar así.
Regresamos al hotel en lo que sería nuestra
última noche en territorio canario, ya que al día siguiente partíamos al
mediodía para la isla de Madeira, que pertenece a Portugal. Esa noche no cené y me dediqué a revisar las
fotos y otras cosas en internet. Agradecí
esta porción del viaje, que me permitió cumplir algo que había deseado por
mucho tiempo. Vi paisajes hermosísimos, comí exquisito y tuve la compañía de un
grupo con el que poco a poco me fui sintiendo más cómoda. Todo lo que viniera después, sería ganancia.
Nos despedimos del hotel en Gran
Canaria y tomamos dos vuelos para llegar a Madeira: uno de Las Palmas en Gran
Canaria a Tenerife y otro de allí a Funchal, en Madeira. Arribamos a eso de las 5: 30 pm. El hotel era muy cómodo y yo tenía una buena
vista. Era muy moderno y en la recepción
podía verse una aspiradora automática que se movía por el área y me hizo
recordar al personaje de Robotina de los Supersónicos (Jetsons) que solía
disfrutar cuando niña. Salí a explorar,
pero se me olvidó la cámara, así que seguí mi camino, luego de preguntar en la
recepción dónde podría comer algo. Seguí
las direcciones y llegué bien. El lugar
no era nada del otro mundo y los empleados, que no parecían portugueses tenían
dificultad para hablar español o inglés y yo no sé portugués, pero me hice
entender y pedí unos camarones cocidos, con papas fritas y una copa de vino
blanco. Nada memorable, pero mató el
hambre.
Al otro día bajé a tomar el
desayuno tipo buffet y me ocurrió otro de mis percances con los sistemas
automatizados para que una misma se sirva bebidas. Ya se ha popularizado en Europa que el café en
estos bufets sale de una máquina de la que una misma se sirve, luego de escoger
el tipo de café. Debido a mi problema
con la lactosa, suelo pedir leche sin lactosa y afortunadamente en la mayoría
de los lugares la había, así que solo tenía que servirme el café negro. Solamente había visibles pocillos, no tazas
enteras, así que tomé uno y lo coloqué debajo del lugar por donde salía el café
y apreté el botón. Contemplaba el café
saliendo y veía con horror que se aproximaba rápidamente al borde del pocillo,
hasta que finalmente se desbordó. Por
suerte no siguió saliendo demasiado café, presumo que porque la máquina había
medido una taza completa, pero me pregunté si el universo me estaba enviando un
mensaje con esto de los desbordes. Ojalá
reciba desbordante alegría.
Tras el desayuno que comenzó accidentado, conocimos la guía en Madeira, Isabel -una mujer madura, con sumo conocimiento del lugar, pese a ser francesa. Explicó que no está acostumbrada a grupos hispanoparlantes; que suele atender grupos en inglés e incluso alemán, pero se desenvolvió muy bien con nosotros. Visitamos el poblado Cámara de lobos, llamado así por los lobos marinos o focas monje. En el camino, divisé una esquina que salvo por los montes al fondo y los techos de tejas, se parece a una pequeña placita en el Viejo San Juan donde me he detenido a disfrutar las paletas de helado de Señor Paleta.
Isabel nos relató la historia de la Pequeña Deserta, llamada así porque en un momento las focas del área fueron cazadas y algunos escaparon a una isla desierta. Una de ellas solía retornar al área y la llamaron la pequeña Deserta. Hay un mural tridimensional dedicado a esta criatura que me enterneció.
El área es hermosa, con aguas cristalinas, en
las que pueden divisarse erizos en las rocas.
Nos dijo Isabel que no suelen comer erizo, así que perdí esa
oportunidad. El pueblito pesquero, con
sus yolas de colores me cautivó, como suelen hacer todos los lugares costeros.
En un área frente a un pequeño hotel contemplamos una escultura de Sir Winston Churchill, quien solía visitar el área y disfrutaba de pintar. No tenía idea de que Churchill pintara, lo cual demuestra que cada uno de nosotros posee talentos que muchos desconocen.
Isabel nos explicó que los habitantes de Madeira se desplazaron por zonas distantes del mundo y por ello pueden verse jardines con flores o estatuas de personas de Sudáfrica, Australia, Hawaii, Venezuela y otros. Llegamos al valle de las Monjas, con el mirador de los enamorados. El paisaje se asemeja a los de Suiza -montes verdes, cielo azul, flores de color intenso. Casi sentí que de un momento a otro aparecería Julie Andrews cantando the hills are alive, with the sound of music…
Y en el mismo lugar, de momento entraba la neblina. El clima cambiante fue una constante en las islas, aunque solo un día llovió y las nubes se dispersaban rápidamente. Nos dirigimos por un área con mucha vegetación rumbo a lo que sería nuestro lugar de almuerzo, en área de viñedos.
Allí degustaríamos los vinos producidos localmente, con la presentación que nos hizo Gina, una chica encantadora que dejó evidenciado el entusiasmo que siente por todo lo que hace. De los vinos que degustamos preferí uno blanco, de nombre Antonio, que le fue muy bien al plato de bacalao que seleccioné. El personal fue tan amable, que nos sirvieron un poco de carne que vimos en unos enormes pinchos que colgaban de un armazón en otra mesa. Yo estaba feliz con el bacalao, así que solo probé un poco. Tras el almuerzo, salimos a ver los viñedos.
Luego nos dirigimos a un mirador en el que podíamos caminar por un piso -presumo que de acrílico o vidrio templado y ver hacia abajo.
Por la noche tuvimos un espectáculo
folclórico con cena. Allí pudimos
apreciar los enormes pinchos en la mesa.
Era algo inquietante intentar bajar los pedazos de carne de los enormes
pinchos, así que nos ayudábamos los unos a los otros para evitar un accidente
en la mesa. Fue interesante ver el grupo
folclórico, algunos de los cuales parecían ser familia y se disfrutaban la
música y el baile. En el vestíbulo del
restaurante había una representación de una vivienda tradicional, incluyendo
las canastas utilizadas para trasladar a las personas desde el alto de la
colina.
Al otro día tuvimos la oportunidad
de montarnos en las canastas, una experiencia que no estaba programada: bajar
por las estrechas calles de un área alta en un poblado, en una especie de
trineo que le llaman canasta. El mismo
está manejado con sogas por dos hombres a los que llaman carreiros, que
se colocan en la parte de atrás del trineo-canasta que no tiene ruedas, sino
madera en la parte que entra en contacto con la pulida superficie de las
calles. Los carreiros tienen que
tener licencias para hacer este trabajo, similar a las que obtienen los
taxistas y pueden venderlas a otros cualificados, a muy buen precio para el
vendedor. Una versión del origen de las
canastas fue que la esposa del dueño de una quinta para quien su esposo
construyó una mansión en lo alto de la colina sufrió una caída. Como resultado, no podía bajar por lo que él
se ideó este sistema para transportarla. Otra versión es que fueron utilizados
por los habitantes para facilitarse sus diligencias. Fue una experiencia
excitante y totalmente inesperada. En el
trayecto había fotógrafos apostados que luego ofrecían las fotos de los
viajeros. Nunca he sido fotogénica, así
que cuando vi el resultado de la foto no me animé a comprarla. Mi compañera de asiento sí que es fotogénica
y quedó de show.
Salimos de esa aventura por área de vistas hermosas. Nos explicó Isabel que había habido un accidente aéreo en el aeropuerto, por problemas con la pista de aterrizaje. Por tal razón decidieron construir una nueva pista que está precisamente sobre un tramo de la carretera que se atraviesa como si fuera un túnel, lo cual resulta alucinante. Alucinantes también son las espectaculares vistas de acantilados con el mar profundamente azul.
Llegamos a un pequeño poblado en el que nos detuvimos a tomar algo e ir al baño. El grupo se dispersó y yo, fiel a mi esencia, me fui a contemplar el mar. La playa está cubierta de piedras oscuras, por lo que no es fácil caminar por ella. Varios jóvenes se divertían haciendo surfing.
Tras un rato contemplando la escena decidí retornar al área donde habíamos iniciado la parada a la hora acordada, pero el grupo no estaba por ningún lado. Al rato los divisé. Mientras yo contemplaba la escena marina, ellos recorrieron parte del poblado. Salimos juntos a una destilería de ron que, a decir verdad, no me impresionó – de ron sabemos. Sí disfruté de unas galletitas hechas con azúcar de caña, que luego vi en el aeropuerto y traje para regalar.
De allí partimos hacia el pueblito de Santana, un lugar encantador con pequeñas casitas de paja. Los habitantes originales cultivaban cereales y tenían suficiente paja para techar sus diminutas casas. En uno de esos giros enrevesados de la burocracia gubernamental, no se están expidiendo permisos para compra- venta o alquiler de las casitas, que deben ser mantenidas en el estado original salvo por el mantenimiento y deben permanecer en manos de los dueños originales o sus descendientes.
De allí partimos para tomar el almuerzo en Quinta de Forao, un lugar con una vista espectacular. El almuerzo inició con una sopa de tomate a la que le añaden huevo. Suena extraño, pero sabe riquísima. Luego el plato principal, que en mi caso era pez espada, acompañado de batata. Por supuesto, con vinito blanco.
Tras el almuerzo, caminamos por los alrededores, con jardines hermosos y un hotel en medio de viñedos. Caminar por el área fue una experiencia muy relajante, en la que se podía apreciar la belleza del entorno variado -en un mismo área, acantilados, viñedos y jardines exuberantes.
De regreso hicimos una breve visita al museo de Cristiano Ronaldo, estrella del
fútbol portugués, quien es originario de Madeira.
Nos despedimos con un dejo de
tristeza de Isabel, quien descubrí se llama Ana Isabel, así que somos medio tocayas.
Al día siguiente salíamos para la isla de San Miguel, que forma parte de las
islas Azores, también perteneciente a Portugal. Lo haríamos por la línea aérea
SATA, lo cual obviamente nos causa gracia.
Teníamos un poco de tiempo antes del vuelo, así que me dediqué a poner
en orden mis cosas, hasta donde me fue posible.
Además, le eché una mirada al periódico digital, el que visitaba de vez
en cuando para saber cómo andaban las cosas en casa. Ya sabía que había muchas lluvias, pero
entonces leí una historia que desafortunadamente se repite y que siempre me
deja el alma estrujada, pero que no puedo dejar de ver, porque creo que es importante
mantener los pies en tierra.
Mientras yo viajo feliz por algún
lugar del mundo, en otros lugares hay gente sufriendo. Poco puedo hacer, pero al menos denunciar que
eso está ocurriendo es hacer algo para que se logre corregir esta
deshumanizante conducta. Relataba el
periódico la historia de una mujer dominicana embarazada, angustiada, con una
niña de dos años. A su esposo, que trabajaba
en un proyecto de construcción en el Hotel La Concha, se lo llevaron arrestado
y estaba en Miami. Su niña se pasaba
preguntando ¿dónde está papá? Hay que
ser de acero inoxidable para no conmoverse ante esto. Me pregunto qué habrá pasado con ese hombre y
con tantos otros hombres y mujeres que son llevados por hombres armados, pero
desalmados, con rostros cubiertos que se niegan a decir sus nombres, como un
secuestro sancionado por una política despiadada y racista. Sus familiares pasan a veces varios
angustiosos días sin saber a dónde fueron a parar y cuándo los podrán volver a
ver. Tristemente, estas escenas se repiten y al momento que escribo esto - un
mes desde que leí esa historia- ha habido varias historias similares.
Pasada la angustia de saber del caso de esta mujer, me dispuse a continuar la marcha a la isla de San Miguel. Llegamos en la tarde y nos dirigimos al hotel, que tenía un sabor a ambiente de gran barco. En los pasillos, había fotos de buques y la habitación tenía una ambientación como de camarote antiguo, con detalles en bronce. Tras descansar un poco, bajé al vestíbulo del hotel para encontrarme con parte del grupo a escuchar a una de las compañeras que nuevamente interpretaría algunas melodías en el piano que había en el lugar. Tras un rato, vino un empleado del hotel a solicitar que cesara la música, porque supuestamente molestaba a los comensales del restaurante que estaba en el nivel superior y que podía divisarse parcialmente desde el vestíbulo. Nos estuvo extrañísimo, porque la música eran melodías tradicionales, pero tal vez la explicación está en el tipo de huésped que aparentemente suele hospedarse allí, principalmente norteamericanos o europeos nórdicos. De hecho, a la mañana siguiente tuve esa sensación que he tenido anteriormente en restaurantes, de ser ignorada cuando voy sola a comer. Salvo por el que deduje era el Maitre d’, las meseras en el desayuno me pasaban por el lado, no miraban hacia mi mesa y tenía que casi enviar señales de humo para lograr captar su atención, mientras que por el contrario acudían con frecuencia a las mesas con parejas de aspecto nórdico.
Conocimos a nuestro guía, Miguel, quien nos explicó que las islas Azores son el lugar ideal para avistar ballenas y que, de hecho, en esos días se celebraba una cumbre especial de especialistas en el estudio de estos majestuosos seres y su esposa participaba. Amenazaba con llover y Miguel hizo un cambio en la ruta para evadir área de nubes que hubiesen impedido apreciar las hermosas vistas que tendríamos ese día. Tras una subida, llegamos a un área de un volcán colapsado en la que se formó un lago, que se conoce como Lagoa do fogo. Estaba frío, pero la vista era insuperable, aparte de que resultaba difícil de comprender cómo algo que había sido volcán era ahora este paraje de quietud, belleza ¡y frío! Bajamos del área por sembradíos de caña y árboles de cedro japonés, que semejan pinos.
Arribamos a la ciudad de Ribeira Grande, que pese a su encanto parece más pueblo que ciudad. Allí vimos la iglesia de la Virgen de la Estrella, que estaba cerrada y desde las escalinatas, una pequeña plaza. Era sábado y resultaba extraño ver sus calles desiertas. Las aceras eran empedradas, con los diseños tipo mosaico que había apreciado el año pasado en Lisboa.
De allí, nos dirigimos a Caldeiras, en la que se estableció desde 1811 un lugar para tratamientos de aguas termales. El área ofrecía un paisaje inquietante por las aguas burbujeantes que estaban dispersadas por varios puntos. A simple vista, en áreas por la que transitan autos, podían apreciarse charcas en ebullición que despedían un olor que me hizo pensar en eso que se dice que el diablo llega envuelto en olor a azufre.
El infierno no estaba allí; de hecho,
está en los lugares en guerra o en los que la gente es injustamente perseguida,
pero esos son otros 20 pesos. Resultaba
extraño por demás que aún con el calor y el sulfuroso olor, podían escucharse
pájaros en el área del agua que se veía hervía a borbotones. Y es en esa agua precisamente que se cocina
la comida, en enormes calderos que las personas individuales o los empleados del
restaurante se encargaban de remover de los huecos de cemento tapados e
identificados según su(s) dueño(s), que habríamos de degustar luego.
El almuerzo se llevó a cabo en un lugar sencillo, pero bien puesto, en el que nos atendieron con mucha amabilidad. De aperitivo, morcilla dulce en hojaldre; una sopa de vegetales exquisita y de plato principal para mí, atún en salsa roja, acompañado generosamente con vino blanco. De postre, flan de huevo, sin leche, que resultó perfecto para mí. De allí, partimos hacia Lagoa de Sete Cidades, un parque nacional muy hermoso, con un mirador al que se le conoce como Vista Do Rei, que ciertamente tiene una vista digna de un rey.
Al otro lado del mirador está el edificio
abandonado de lo que fue un hotel cinco estrellas. Es fácil imaginar la hermosura de vista de
este hotel, pero también puede entenderse por qué no tuvo éxito. Está en el medio de la nada, por lo que salvo
que estuviesen de luna de miel, los huéspedes no tendrían otra cosa que hacer salvo
comer, descansar y apreciar la hermosa vista.
Como dice una canción, hasta la belleza cansa. Así que no somos los únicos que tenemos
hoteles de lujo que ahora se convierten en adefesios cubiertos de grafiti, con
solo la memoria de un pasado glorioso.
Llegamos a un pueblito encantador,
con una iglesia que me atrajo por su sencillez y el camino bordeado por pinos y
cedros que conducía a su entrada. Llegué
sola a contemplarla, atraída por el silencio.
Todo alrededor emanaba paz. Entré
y admiré la sencillez que tanto me seduce de estos espacios en los que se
supone entremos en contacto con un Ser superior, llámese como se llame. Algo en estos espacios tranquilos, con poca
ornamentación y nada de lujo me hace sentir que, en efecto, estoy en presencia
de algo esencial -tal vez dentro de mí misma- que pierdo con el bullicio, las
conversaciones de mi propia mente y las distracciones de todo lo que no es esencial.
En las afueras unas sencillas esculturas relativas a la Virgen de Fátima y el
paisaje sereno, limpio.
El mirador de Escalvado fue nuestra próxima parada -un lugar desde donde pueden apreciarse imponentes acantilados y el azul tan hermoso del mar. Desde una pequeña caseta que estaba cerrada, se supone se monitorean avistamientos de ballenas y delfines. No vimos ninguno, pero me animé a que me tomaran una foto con ese mar hermoso de fondo -el mar siempre me hace feliz
Camino a los invernaderos en los que se producen piñas divisamos vacas pastando, que por alguna razón me recuerdan la canción El arriero, de Atahualpa Yupanqui, que alude a la labor del peón: “las penas y las vaquitas se van por la misma senda. Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas…” .
San Miguel es la única isla de las Azores que produce piñas, luego de que una plaga destruyó lo que en el siglo XIX era la producción principal: naranjas, así que solo quedaron las piñas. Se exportaba principalmente a Inglaterra, donde era considerada un lujo. Viniendo yo de otra isla en la que se producen piñas espectaculares -aunque ya no tanto- debo decir que ver las piñas en invernaderos me resultó triste, como si estuvieran presas, mientras las nuestras levantan sus cabezas al sol y aire tropical.
Regresamos al hotel y luego de un leve descanso me propuse caminar a un área frente a la bahía que algunas de las chicas habían visitado, para comer algo. No tenía tanta hambre, pero me apetecía comer algo. Esa noche el equipo local de fútbol había resultado victorioso en un partido clave, por lo que pude observar varios carros exhibiendo banderas, tocando bocina y con gritos de júbilo, tal y como pasa aquí con juegos de baloncesto. Llegué al lugar y estaba atestado de jóvenes y no tan jóvenes viendo lo que imagino era una grabación del partido, entremezclados con turistas. Por suerte me ubicaron en una mesa y puede apreciar un hermoso buque de vela anclado justo al frente.
Ordené el pescado del día, que no tenía ni
idea de cual era, con papas fritas. El
plato tardaba en llegar y veía a la mesera que pasaba frente a mí con platos
que iban a parar a otras mesas. En un
momento ella se disculpó por la tardanza y eventualmente trajo mi pescado, que
todavía no sé lo que era, pero estaba muy bueno, aunque tenía muchas
espinas. Terminada la cena, regresé al
hotel. Al igual que la noche anterior, vi que habían retirado la cubierta de la
cama, colocado sobre ella un chocolatito y unas pantuflas al pie de la
cama. Me encantan estos detalles que ya
casi no se ven.
A la mañana siguiente tuve otra dosis de ser ignorada en la mesa de desayuno, lo que me recordó un paso de comedia de la comediante Carol Burnett en un restaurante en el que es totalmente ignorada. Al menos puedo tomar las cosas con humor y no dejo que estos pocos incidentes arruinen mi día, que sería el último en San Miguel. Imagino que para hacer tiempo hasta nuestro principal destino ese día, nos detuvimos en una finca de cultivo de té, con unas vistas hermosas de los sembradíos.
Originalmente la planta de té tenía solo fines decorativos, pero tras la plaga que azotó los naranjos, el té se convirtió en una industria importante. Tal vez por ser domingo la fábrica que visitamos estaba cerrada en su fase de producción, así que fue el propio Miguel quien nos explicó el proceso de producción del té. En esa planta se produce té blanco, verde y negro, todo de la misma planta. Lo que produce las distintas variedades de té es el método de tratar las hojas, un poco similar a lo que ocurre con los vinos blancos, rosados o tintos que se pueden producir de uvas rojas.
Terminada la explicación, podíamos probar dos tipos de té, que honestamente debo decir que no me impresionaron, tal vez porque ya estaban en unos envases de metal como esos que usan para café en cafeterías o caterings. El área de tienda estaba atestada de gente, la mayoría de habla inglesa. Tras hacer la parada técnica de rigor en el baño, me dediqué a contemplar los hermosos sembradíos de té. El paisaje, una vez más, emanaba paz, tranquilidad.
Proseguimos nuestro viaje hasta el Mirador Pico Do Ferro, donde nuevamente vimos otro de esos volcanes colapsados que se convirtieron en lagos rodeados de montes.
De allí, nos trasladamos a Furnas, donde nuevamente pudimos apreciar esta costumbre generalizada en algunas de las islas Canarias y de las Azores, de cocinar en enormes calderos bajo tierra de forma tal que los guisos se convierten en comidas compartidas, en algo que no sólo disfrutan los turistas, sino también las familias. Eso me trae recuerdos de hace muchos años, cuando las familias -la mía incluida- se trasladaban a la playa con calderos de arroz con pollo, ensalada de coditos y refrescos. Nos acomodábamos a la sombra de las palmas y no había el escándalo que hay ahora, de equipos de sonido a todo volumen. Puedo imaginar a los pobres peces aterrados con sonidos que no conocen, o tal vez, ya reconocen y los sufren resignados.
Vimos la dinámica de los calderos y hasta seguimos con la vista a dos hombres que buscaron sus calderos. De allí, nos trasladamos al restaurante Tony's, que se sentía como un lugar familiar, caminando por el pequeño pueblo. Nos topamos con una procesión. Hacía tiempo que no veía una procesión con música. En el restaurante, algunos de los compañeros pidieron el guiso de carnes, que era producto del cocido bajo tierra. Yo había pedido de antemano calamares, que no eran preparados de la misma forma, pero estaban exquisitos. Pude probar algo del guiso de carnes, que estaba buenísimo. El lugar era pequeño, acogedor y tenía un ambiente casero.
Tras el opíparo almuerzo, salimos a caminar
por el pueblito. Divisé la iglesia y
entré. Allí me di cuenta que se conoce
como Nuestra Señora de la Alegría, lo cual me trajo recuerdos de mi amiga Flor,
quien muchas veces se refiere a la santa alegría. De nuevo, es una iglesia modesta, que invita
a la reflexión, independientemente de las creencias de cada cual, o al menos
así lo siento.
La visita al ParqueTerra Nostra fue algo así como cerrar con broche de oro nuestra visita a San Miguel. Es un lugar mágico, que combina un enorme jardín botánico con la experiencia de entrar a las aguas termales. Ya estábamos preparados para la experiencia, por lo que llevábamos toalla y la ropa para cambiarnos en unos espacios muy bien habilitados para ello. Las aguas del estanque natural no se ven bonitas, porque tienen un color cobrizo -no es que estén sucias; es el contenido mineral del agua. Nos sumergimos en las aguas, lo que se sentía como una tibia caricia. Tras un rato, salí a cambiarme. Hubiese querido tener más tiempo para disfrutar con más calma de todo el entorno del parque, con sus veredas y estanques con los hermosos peces Koi.
Repasando mis notas y las fotos que tomé, me doy cuenta que la estadía en San Miguel fue hermosa y amerita repetirse con más tiempo para disfrutar cada espacio con calma. Al día siguiente ya dejábamos atrás las islas para adentrarnos en tierra firme.
Viene a mi mente la canción de
Pablo Milanés que dice: Amo esta isla, soy del Caribe, jamás podría pisar
tierra firme, porque me inhibe; no me hablen de continentes, que ya se han
abarrotado, usted mira a todos lados y lo ve lleno de gente… La canción es una sencilla, pero profunda
reflexión de lo que significa ser isleño – en su caso y el nuestro, caribeño,
que le añade un elemento adicional, pero en esencia, ser de una isla nos hace
sentir de manera distinta por nuestro entorno más reducido. Tal vez por eso me
siento más cómoda en los espacios más íntimos.
La canción profundiza mucho más en lo que implica para muchos cambiar su
entorno hasta transformarse en algo que no se es. En ese sentido, los Boricuas que se trasladan
al continente-en la mayoría de los casos, realizan pequeñas transformaciones
-una bandera visible en algún lugar de las casas o hasta la vestimenta; una
imagen de nuestro coquí; la música sabrosa que nos hace gozar o la nostálgica
de la Navidad que nos hace llorar de emoción recordando las Navidades más
largas del mundo.
En mi caso, nunca he vivido en un
continente, aunque he visitado más de uno.
Amo viajar, conocer nuevos lugares, tener nuevas experiencias, pero
siempre me regocijo de volver a casa.
Con esta mezcla de emociones nos despedimos de Miguel y de San Miguel de
Azores para ir a Lisboa, que sería nuestra última parada oficial, aunque
algunos permanecerían allí o tomarían otros vuelos antes de regresar. Para mí, era suficiente. Volamos a Lisboa y al llegar, hubo una
confusión con el hotel, que había sido cambiado a última hora. La guagua nos dejó enfrente de un edificio y
un empleado del lugar comenzó a acomodar las maletas en el vestíbulo del hotel,
que no era nuestro hotel -era el del lado.
El pobre chico había entrado las maletas que no correspondían al hotel. Tras
la confusión, llegamos al mini vestíbulo del hotel que nos correspondía, el
cual tiene motivos de estrellas de cine y así se designan las
habitaciones. La mía era Marilyn Monroe
y tenía varias fotos de la super sensual y controversial actriz. No tengo mucho en común con ella, aunque
ciertamente hay un aspecto de sensualidad que pocas veces revelo y ahora que lo
pienso, con el que debería ponerme más en contacto.
Mi habitación no estaba mal, pero resultaba decepcionante tras los otros hoteles que habíamos visitado. Otros compañeros tuvieron contratiempos con ruidos o cuartos incómodos. Tras acomodarme y soltar las maletas me di a la tarea de buscar un lugar para almorzar en el área, que estaba muy cerca del hotel en que me había quedado el año pasado. A la distancia divisé un lugar con sombrillas y mesas en la acera que deduje era un restaurante. En efecto, era un lugar mezcla de dulcería y cafetería, algo así como la antigua Bombonera del Viejo San Juan, que tanto echo de menos. Del interior salió un camarero muy simpático, que no hubiera estado fuera de lugar en La Bombonera -tenía esa pinta de mozo que lleva décadas en el lugar y conoce a sus clientes. Pedí, entre español e inglés el plato especial, que era un filete de bacalao, pero al ratito el hombre salió para dejarme saber que se había terminado. Reevalué mis opciones y me decidí por un plato que era como una mezcla de bacalao desmenuzado con papas y aceitunas negras.
Disfrutaba de un vinito blanco
mientras veía la gente pasar y a algunos que se sentaban -una mezcla de
turistas y locales. Al rato llegó mi
plato, que estaba muy bueno y era como comer comida casera. De hecho, una vez regresé, en un momento dado
preparé mi versión, que resultó muy parecida a la que comí ese día. Mientras disfrutaba del almuerzo y veía la
gente pasar, me fijé en un hombre mayor con bastón que caminaba con algo de
dificultad, acompañado por otro que le ayudaba.
Se sentó en la mesa del lado, que era como sentarse a la misma mesa, de
tan pegadas que estaban. Me ofreció una
dulce sonrisa y ordenó un café. Por
alguna razón me habló en francés -no me tenía cara de francés, pero tal vez no
sabía español, dedujo -correctamente- que yo no sabía portugués y optó por esa
alternativa. Por suerte todavía recuerdo
algo de las clases de francés en la IUPI, por las que siempre estaré agradecida
a la extraordinaria profesora que tuve, Ruth Hernández, q.e.p.d.
No sé si él me preguntó o si yo lo
dije de primera intención que era de Puerto Rico. Él asintió y dijo sí, Puerto Rico, que era
colonia de España. Y ahora de
Estados Unidos, le comenté, a lo cual asintió, por lo que inferí que era un
hombre con educación, porque en mis viajes me he topado con gente que no tienen
ni idea de dónde queda Puerto Rico y ni se diga todos los que nos confunden con
Costa Rica. Conversamos ligeramente hasta que llego el taxi o Uber que esperaba
y se despidió muy amablemente, deseándome una feliz estadía en Lisboa. Me sentí
muy cómoda en ese ratito que estuve allí, como si pudiera adaptarme al entorno
de Lisboa con relativa facilidad. Pedí
la cuenta y me despedí del amable mesero.
Caminé un poco por el área y encontré el hotel en el que había estado,
así como una interesante librería cercana.
Regresé al hotel para organizar un poco la maleta en preparación para el
viaje al día siguiente y el encuentro con el grupo para un trago de despedida.
Me dispuse a bañarme en una de esas
bañeras que eran muy comunes en Europa y que afortunadamente ya no se ven
tanto, que tienen unos bordes que para alguien de mi estatura casi requieren
que use un banquito para poder entrar a ella.
Abrí la ducha y salió un chorro hacia las toallas y el traje de baño que
todavía no se terminaba de secar del día anterior en San Miguel. @#$%! mascullé. Es el tercer incidente que tengo con excesos
de líquido. Nada, trataré de secar el
traje de baño con un secador de pelo, me dije y seguí en mis preparativos para
encontrarme con el grupo por última vez, ya que yo debía salir a eso de las
10:45 de la mañana para el aeropuerto.
La reunión se hizo en la barra-salón del hotel del lado, porque el
nuestro no tenía barra, lo cual resultó gracioso, porque fue a ese hotel que el
empleado había llevado nuestras maletas.
La dueña de la agencia invitó a la primera ronda de tragos. Yo pedí un oporto blanco, por aquello de
rendir tributo a Portugal. Por cierto,
el oporto estuvo delicioso.
Conversamos sobre nuestras
experiencias en este viaje tan singular y uno de los compañeros preguntó a cada
uno cuál había sido la isla favorita. No
puedo decidir, le dije; todas tienen su encanto. Tienes que decidir, insistió. Bueno, pues Lanzarote, porque me impresionó
el paisaje árido con suelo negro y cómo los habitantes aprovecharon al máximo
sus escasos recursos e incorporaron la naturaleza a su arquitectura y
costumbres. Al redactar estas líneas,
pienso que San Miguel compite ferozmente con Lanzarote por mi predilección, así
que podría decir que de las islas Canarias prefiero a Lanzarote y de las
portuguesas a San Miguel, sin que esto implique desdén hacia las otras
islas. Hubiese querido tener más tiempo
en algunos de los lugares visitados, como las cuevas de Lanzarote y el Parque
Terra Nostra en San Miguel, para saborear con más calma los espacios.
Tras un rato en agradable charla,
me marché a descansar, porque al día siguiente me esperaban dos vuelos: uno de
siete horas y media de Lisboa a Filadelfia, tras lo que debía esperar como 5
horas para el vuelo de tres horas y media a casa. Dormí fatal, cosa que me ocurre cuando tengo
un vuelo pendiente. Puse el despertador para las 5:30 de la mañana, porque
debía estar en el aeropuerto a eso de las 8.
Ya a eso de las 4:30 estaba despierta, por lo que me levanté. Parece que a esa hora no prenden el calentador
en ese hotel, porque el agua estaba helada, así que me di un lavado de gato,
teniendo el mayor cuidado al entrar y salir de la bañera. No hubiese sido agradable terminar el viaje
con un brazo roto. Bajé unos minutos
antes de que abrieran el salón comedor que estaba en el piso 2, creo y me
perdí, pero finalmente llegué. Contrario
a mis expectativas dadas las experiencias no tan agradables de los compañeros
con este hotel, el desayuno estuvo muy bien, no ocasioné otros desastres con
agua o café y ¡hasta tenían leche sin lactosa! Bajé unos diez minutos antes a
esperar el auto que me habían dispuesto para el traslado al aeropuerto y
afortunadamente el chofer ya había llegado.
Resultó providencial, porque había mucho tráfico.
Llegamos a tiempo al aeropuerto y
el chofer me dejó en un área de estacionamiento bajo techo y me dijo que tomara
el elevador lo cual hice. Oh-oh, me dije
cuando las puertas se abrieron.
Recordaba que el año pasado, en este mismo aeropuerto tuve una
experiencia desesperante con pisos que había que bajar para volver a subir -en
fin, me volví a perder. No sé no cómo
llegué al mostrador de American Airlines, pero llegué y a tiempo. Gracias a mi compulsión con salir con más
tiempo del necesario por si hay contratiempos en el camino, estaba ya en el
aeropuerto. Claro, una cosa es estar en
el aeropuerto y otra es llegar a las puertas de embarque. Bendiiiito-había unas mujeres sudamericanas
más perdidas que yo, que me preguntaban a mí cómo llegar a otras puertas de
embarque y no las puede ayudar, porque soy el poster child de la
desorientación. Anduve por el aeropuerto
mirando tiendas y menos mal que decidí ponerme en fila para acceder a las
puertas de embarque, porque el trayecto era interminable.
El vuelo fluyó sin contratiempos y
llegué a Filadelfia con hambre. El
proceso para recoger la maleta para volverla a soltar fue desesperante. Estaba cansada, con hambre y el mal humor
arreciaba. No divisaba ningún lugar que
me llamara la atención para comer y terminé en uno que pedí unos fish &
chips insípidos y grasosos que comí con toda la calma del mundo, pues tenía
tiempo de más y me bebí dos copas de vino -hay que anestesiar la ansiedad. Llegué a la puerta de abordaje y tras una
espera como de una hora, abordé el avión que me traería a casita. Viajar es de las actividades que más
disfruto, pero llegar a casa, como dice el anuncio de Mastercard, no tiene
precio. Pese a los líos del gobierno,
los apagones de LUMA, los cráteres en las carreteras, no hay nada como llegar a
casa, darme un buen baño y acostarme en mi camita, con el arrullo de mis
adorados coquíes.
Me tomó como 10 días recuperarme
del viaje. Estaba agotada. Quería iniciar la redacción de este recuento,
pero no me animaba. Cuando decidí
hacerlo, LUMA hizo una de las suyas y luego la computadora empezó a actuar
extraña, pero finalmente lo logré. Ha
sido un viaje hermoso, que dio cumplimiento a un deseo que tenía por años de
conocer Islas Canarias. La experiencia fue hermosa en muchos sentidos -vi
paisajes deslumbrantes, tuve experiencias que jamás imaginé, como sentir el
calor de la tierra en mis manos, beber vino producido en terrenos que parecen
no ser capaces de producir nada, comer alimentos cocinados con el calor de la
tierra, comí alimentos que no sólo estaban exquisitos, sino que también eran un
deleite a la vista. Recibí más de lo que
esperaba en un viaje sin contratiempos mayores, con momentos emotivos, en
ocasiones de una belleza indescriptible.
Conocí gente que me mostraban su país con gozo, como Guasi, como Gina y
otros que, aunque no eran directamente isleños, aprendieron a amar las islas
como propias, como Isabel y Miguel.
Tuve la oportunidad de viajar con
un grupo que demostró que velaban los unos por los otros y que nos entregamos
al gozo de descubrir nuevos destinos, cada quien a su ritmo. El viaje me ofreció, una vez más, la oportunidad
de valorar cuan afortunada he sido en esta vida y a no olvidar que mientras yo
viajo y disfruto, hay miles que no pueden ni siquiera disfrutar de una noche
tranquila en casa. No olvido esto, para
mantenerme con los pies en la tierra, con el compromiso de poner mi granito de
arena para que este sea un mundo mejor para todos y todas.
6
de julio de 2025





























































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