NO SE ESTILA
Siempre he sido una persona
esencialmente fiel a mi naturaleza, independientemente de lo que otr@s piensen
o lo que esté de moda. No es fácil en
una sociedad que se engancha con vehemencia al último furor. A mí me toma tiempo adaptarme a los cambios y
a algunos no me adapto, porque hacerlo es una elección. Tardé en tener una cámara digital, un
teléfono celular, hasta que vi la conveniencia de ambos. Disfruto de la conveniencia de tener tanta
información al alcance de un clic, pero hay rituales que no suelto, como leer
el periódico impreso, por ejemplo.
Aunque ya me haya enterado de algunas noticias en la versión digital,
disfruto sentarme con el periódico impreso a leer las noticias con calma,
mientras disfruto de mi desayuno.
También suelo imprimir boletos de avión o de espectáculos, aunque los
tenga en el archivo del teléfono. Es
como una especie de back-up, por si se me pierde el teléfono, como le
pasó a una amiga. Parece que tengo
grabado en mi psiquis el lema de las Niñas Escuchas: “siempre preparada”,
aunque la vida nos demuestra que hay cosas para las que nunca estaremos
preparad@s.
Nunca estaremos preparad@s para la
magnitud de un desastre como el del huracán María, ni el desastre de un
gobierno que no supo manejar la situación, mientras exhibía una falta de
sensibilidad insospechada. Y los subsiguientes
han sido variantes de la misma incompetencia, que ahora se combina con un apego
férreo a la venta de una imagen. La
imagen es más importante que la realidad.
Lo importante es repetir el mensaje de que todo está bien, aunque la
realidad lo desmienta. Ejemplo de ello
son los intentos de explicar la situación de la falta de agua en varios
municipios, con una sarta de incoherencias.
Se supone que el viernes se rompió un tubo enorme, pero en mi área
sufríamos de baja presión, ausencia total de agua durante 12 horas el día antes
de la mega rotura, servicio normal el día de la rotura y ausencia del servicio
al día siguiente. Supuestamente, el
asunto está resuelto en esta área, pero no así para otras. La verdad parece que ya no se usa -el
pantalleo es lo que está de moda. Por si acaso, tengo reservas de agua. Siempre
preparada.
Cuando Maripily participó de aquel
programa de los llamados reality, parecía que medio país se enganchaba
en la transmisión y cuando ganó se organizó un recibimiento de proporciones
gigantescas para quien a mi juicio, no era merecedora de ese reconocimiento.
Eso, sin quitarle méritos a sus dotes de empresaria y habilidad para salir
adelante, pero hay miles de mujeres empresarias que luchan día a día para echar
adelante sin que se les reconozca.
Muchos han dicho que ella representa dignamente al país, cosa que me
hace levantar una ceja. Por cierto, ese
gesto me ha costado rechazo por parte de emplead@s que le aguantan malos tratos
a supervisores varones, pero ay de aquella supervisora que levanta una ceja.
El último furor en el país es, por
supuesto, Bad Bunny, personaje que me ha causado mucha inquietud, por las
letras violentas o constitutivas de desprecio hacia la mujer de sus
producciones más antiguas. Verbalizar
esto me ha costado reacciones negativas que van desde la burla hasta una
defensa virulenta de los partidarios de este fenómeno. Según me ha tomado tiempo adaptarme a otras
cosas, me he adaptado a reconocer el trabajo de este joven evidenciado en su
último disco, DeBí TiRAR MaS FOToS. Se
nota un trabajo cuidadoso, de estudio de nuestra esencia como puertorriqueñ@s,
de respeto a nuestra cultura, de lucha ante los intentos de fuerzas poderosas dirigidos
a transformarnos en lo que no somos. Ha
logrado unificar un gran sector de nuestra sociedad, así como hacer una
contribución al turismo que ya hubiese querido la Compañía de Turismo y su
entidad contratada haber hecho. Bravo por él.
Antes de que l@s fanátic@s se lancen a festejar mi conversión a la
religión badbunística, les dejo saber que el género de música urbana en
general y en particular el trap, no me gusta, sea quien sea el
intérprete.
Siguen sin gustarme las letras
demasiado explícitas, cargadas de palabras soeces. Y no es puritanismo; he pronunciado algunas
de ellas, particularmente cuando LUMA hace (o no hace) una de las suyas, pero
pienso que hay un lugar y momento para cada cosa. Hay géneros musicales que no son de mi
agrado, como la salsa -excepto si se trata de Gilberto Santa Rosa. Para los que vayan a saltar a acusarme de
elitista, me encanta la bomba y la plena.
Disfruto de las baladas, de jazz, de rock, particularmente los Beatles,
fado, música clásica y algo de ópera, particularmente la voz sublime de
Pavarotti. Precisamente por verbalizar
en la oficina que asistiría a un concierto del Festival Casals fui objeto de
burlas. Si a usted le gusta Bad Bunny,
fantástico. No pretendo que escuche a
Pavarotti; no pretenda que yo escuche a Bad Bunny, porque para decirlo en su
estilo, yo escucho lo que me da la gana.
El lenguaje soez tiene su espacio y
su razón de ser. En mi caso, suelo
utilizarlo en compañía de amistades cuando aludo a personajes de nuestra
política o situaciones que causan indignación.
También lo he utilizado en uno que otro escrito para referirme a la
terrible y devastadora enfermedad del cáncer, que me arrebató demasiado pronto
a mis padres. En tiempos recientes, el
lenguaje soez se encaja donde quiera y por cualquier motivo, hasta para
referirse a un amigo. No sé; para mí
como que pierde impacto, como las escenas de desnudos en las películas que son
forzadas y no aportan nada a la historia.
Una escena de desnudo bien trabajada puede ser bellísima; cuando aparece
sin ton ni son, pierde asombro, o al menos así lo veo. Consistente con mi personalidad, prefiero las
sutilezas, lo que se demuestra sin hacerlo evidente; lo que refleja una emoción
sin estridencias.
Presumo que es por esta preferencia
que disfruto de los géneros románticos -los pequeños gestos que a algunos
puedan parecerle cursis, pasados de moda, como las lágrimas artificiales para
un árbol de Navidad que anduve buscando hace unos años, cuando todavía ponía
árbol. Al no encontrar las susodichas,
la dependienta me miró con un dejo de desprecio y me soltó: eso ya no se
usa. Como yo sí las usaba -y si
pusiera árbol todavía las usaría- logré que un amigo me las consiguiera en la
Florida -lágrimas importadas. Y que conste, no estoy enganchada en eso de que
todo tiempo pasado fue mejor, sino que no estoy atada a una moda o estilo. Como dato curioso, ahora resulta que los
discos de vinilo han vuelto. Ya no pongo
los que tengo, ni pretendo que deban volver, pero esa es otra historia.
Cuando me decidí a escribir este
relato, quise acompañarlo con una imagen de un caballero besando la mano de una
dama, por razones que ya revelaré, pero no encontré ni una sola; tan sólo la de
una figura de porcelana, bastante cursi, por cierto, pero que ejemplifica
claramente algo que ya no se estila y me llevó a pensar en otras actividades
que ya no se acostumbran y que para algunos pueden parecer hasta
ridículas. El gesto de un beso en la
mano de una dama por parte de un caballero no es algo común en nuestros
tiempos. Cuando se hace de forma
genuina, refleja respeto; el reconocimiento por parte del caballero de que esa
dama es digna de una demostración de afecto respetuoso. He recibido poquísimos besos en la mano; es
más, ni siquiera tengo un recuerdo de los que precedieron al último. Lo cierto es que el beso en la mano no se
estila, como no se estilan tantas otras conductas que no por antiguas dejan de
tener valor y que, aunque las nuevas conductas puedan ser positivas, no
tendrían que desplazar las valiosas del pasado.
Hace dos semanas y media acudí a la
presentación del más reciente libro de Luis Rafael Sánchez, Piel sospechosa,
un compendio de ensayos escritos a través de los años sobre el tema del perjuicio
racial, tema que siempre me ha apasionado, como me apasiona todo lo que escribe
quien fue mi profesor en mis años universitarios en mi amada Universidad de
Puerto Rico. No abundo, porque lo he
hecho antes, en la fascinación que ejerce para mí la persona de Luis Rafael
Sánchez. Me ocupé de marcar mi
calendario en la fecha de la presentación y de estar allí una hora antes. Lo vi
llegar acompañado de otras personas que lo llevarían a un salón previo a la
presentación. Luego, comenzó la
actividad con los preludios de rigor y finalmente podría escuchar a mi
profesor, cuya voz sonó tan potente y tan embrujadora como permanece en mi
mente y en mi corazón. Aludió a un libro
que no conocía y que me di a la tarea de buscar, The Fire Next Time, de
James Baldwin, lectura que nos asignó y que pronto iniciaré, como fiel alumna.
Luego del intercambio con los
presentadores, se dio por terminada la actividad y fuimos notificados de que el
autor no firmaría libros, por estar cansado, cosa que entendí tras haber
presenciado un percance de salud hace unos meses. Después de todo, yo no necesito que me firme
el libro, porque verlo y escucharlo es suficiente premio, pero quise saludarle,
como quisieron tant@s otr@s. Los organizadores de la actividad pedían espacio,
en un intento por que lo presentes se retiraran, pero como yo no vi tal
intención en los demás, yo tampoco cedí en mi empeño de que mi profesor supiera
que estuve allí. Me fui acomodando poco
a poco, hasta que él me divisó y me dijo ¿Ana? Y como para confirmar -¿Olivencia? Sí, afirmé.
“Gracias por venir”. Siempre, le
respondí y acto seguido, tomó mi mano, posó sus labios sobre ella y me brindó
un beso sutil, que permanecerá en mi memoria, como permanece él, por
siempre. No, no se estilan los besos en
la mano y quienes no los han recibido, no saben lo que se pierden.
29 de julio de 2025


Wow, se me aguaron los ojos al leer ese final ,hay mucha sensibilidad en el , gracias por compartir esa reflexión
ResponderEliminar¡Vaya, eso sí que te hizo feliz! Estoy segura que esa expresión de cariño y respeto siempre estará contigo.
ResponderEliminarExcelente escrito, te felicito
ResponderEliminar