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Este blog tiene el propósito de compartir mis ideas que estoy segura son las de muchos. Escribo sobre lo que me enternece, lo que me intriga, lo que me indigna o lo que me divierte. No me impongo fechas límite -escribo cuando quiero. El lector también puede elegir -hay relatos mas extensos, otros mas cortos. Entre cuando quiera. Vivo orgullosa de quien soy, de donde vengo y hacia donde voy, aunque no sepa como llegar... La imagen que lo acompaña es El Laberinto, de la serie Mandalas de Procesos, de Thalía Cuadrado, psicóloga clínica y artista, que me honra con su amistad. Me pareció apropiado para acompañar este blog sin dirección, porque son muchas las veces que me he sentido en un laberinto. Afortunadamente, siempre salgo…

jueves, 14 de agosto de 2025

CAIMANES

 





CAIMANES

En el cambio está la evolución…

Que mi camino se encuentre iluminado

Y la negrura no me enturbie el corazón

Discernimiento al escoger entre los frutos

Decisión para subir otro escalón

Vivir el presente hacia el futuro

Guardar el pasado en el arcón

Trabajar por el cambio de conciencia

Dibujo en el aire-

Chambao

 

 

Llevo un tiempo cargando una angustia que está ahí, aunque no siempre la perciba, como esos dolores a los que una se acostumbra y que sólo percibimos cuando algo los exacerba.  Y mi angustia se combina con coraje, con indignación, lo cual muy bien sé que puede generar un dolor físico -cosa que no quiero. El martes pasado, como todas las mañanas, leí La Palabra Diaria, que ese día era Gozo.  El subtítulo: En toda situación elijo el gozo.  Y el texto se refiere al gozo de Dios, que está siempre presente, como el sol, aunque no lo veamos.  Mi mente capta el concepto; sé que tengo muchas razones para sentirme bendecida, pero no me puedo sustraer de lo que le ocurre a otr@s e incluso a mí misma en momentos de dolor por una pérdida.  Martin Luther King decía que lo que afecta a un@ de nosotr@s directamente, nos afecta a tod@s indirectamente.

Esta mañana veía un vídeo de Paramahansa Yogananda que me envió un amigo muy querido, que nos exhorta a no buscar faltas en otros.  De momento pensé en las veces que juzgo a otr@s a través de mi propio prisma, sin tener en cuenta que cada persona actúa de acuerdo a sus circunstancias.  Lucho por frenar ese impulso cuando me sorprendo en esa actividad.  El vídeo expresa que cada persona tiene defectos y necesita amor y comprensión y que no debemos hablar, pensar ni incurrir en maldad (evil).  Continúa diciendo que debemos ser como una rosa que esparce su aroma hacia los demás o que debemos enfatizar la luz y así la oscuridad desaparecerá.  Hasta donde sé, nunca he incurrido en maldad, pero sí pienso en ella y ciertamente, hablo sobre ella, porque no hay manera de combatirla si no se reconoce que existe.  Yo no soy santa, ni yogui (los indios practicantes de yoga y asuntos metafísicos -no el oso Yogui), ni iluminada, pero sí me esfuerzo por ser mejor ser humano y trabajar para lograr una mejor sociedad.

En fechas recientes se han intensificado los bombardeos en Ucrania y Gaza.  En el caso de esta última, las acciones del gobierno de Israel han demostrado una crueldad maquiavélica, que obliga a los residentes a desplazarse de un lado a otro huyendo de lo que tal vez va a alcanzarle de todos modos.  Los que no mueren por los bombardeos, mueren de hambre, porque se bloquean los caminos de acceso a las ayudas.  Incluso, hay casos en que han bombardeado justo en el área que se han congregado los habitantes en busca de comida.  Es imposible para mí no hablar de esta maldad.  Hay que ser de acero inoxidable para no conmoverse ante el cuadro de una madre angustiada sosteniendo a un niño cuyo pequeño cuerpo es tan solo un grupo de huesos cubiertos por una débil capa de piel.  Es imposible para mí permanecer enfocada en esparcir aroma a rosas y esforzarme por enfocarme en la luz ante una oscuridad que amenaza con tragarnos a tod@s. 

En un plano más cercano, la política del innombrable se ha ensañado contra los inmigrantes, persiguiéndolos de una manera cruel, supuestamente con el propósito de eliminar a criminales del territorio norteamericano -que incluye a Puerto Rico- pero que en realidad se llevan a todo el que tenga un acento o parezca latino.  Las historias de horror de gente que personas encapuchadas se llevan de la calle o de su lugar de trabajo, sin que sus familiares sepan a dónde se los llevan se repiten a diario.  El colmo es la forma en que los arrestan en los tribunales o en las oficinas de inmigración mientras hacen las gestiones necesarias para culminar sus trámites para permanecer legalmente en el país.  Los pensamientos que me vienen a la mente cuando veo estas noticias no son precisamente de amor a los seres despiadados que ejecutan estas acciones en nombre de seguir directrices.

Las imágenes son muy ilustrativas de las actuaciones despreciables.   La prisión que habilitaron en la Florida para los indocumentados en tiempo récord -tiempo que no han encontrado para habilitar vivienda para las personas sin hogar o para familias en extrema pobreza- fue mencionada en un discurso por el innombrable como Alligator Alcatraz.  Pensé que era otro de sus torcidos intentos de hacer un chiste hasta que vi que erigieron un rótulo oficial con el nombre, que recuerda la nefasta prisión de Alcatraz ahora convertida en museo.  En otro momento, se burló de los prisioneros que intentaran escapar y se enfrentarían a los caimanes.  Una “influencer” de nombre Laura Loomer, partidaria del innombrable, colocó en su página un comentario que leía Alligator lives matter.  The good news is, alligators are guaranteed 65 million meals if we start right now.  El número no es un número cualquiera.  La cifra de hispanos en los Estados Unidos se estima en 65 millones.  Si todo esto no le recuerda las estrategias nazis, usted vive en Disney.

Y la actitud bocabajo de nuestro gobierno me da vergüenza ajena -primero la gobernadora negó que se fuera a afectar la comunidad dominicana residente en la isla.  Luego nos enteramos que a principios de año el secretario del Departamento de Transportación y Obras Públicas le entregó a personal del gobierno federal todo lo relativo a la información que obra en los archivos de la Directoría de Servicios al Conductor sobre personas indocumentadas a las que se les ha expedido licencia de conducir.  Y lo hizo rapidito -en el plazo de tres días y sin orden del tribunal.  Después la gobernadora supuestamente dio instrucciones al Departamento de la Familia para que no se entregara información sin orden judicial, cosa que no había hecho antes.  Podría seguir enumerando las actuaciones vergonzosas de los dos gobiernos, pero quiero mantener mi paz.  Lo que sí me alegra como no tienen idea, es ver que las comunidades empiezan a confrontar a los agentes de ICE, urgiendo a sus vecinos que puedan estar en peligro de ser arrestados de manera contraria a la ley, a no abrirles la puerta sin una orden del tribunal. Así se derrota el mal -denunciándolo y mirándolo a la cara.

Por mi parte, sigo tratando de ver lo mejor en cada ser humano, aunque hay algun@s que me la ponen bieeeeen difícil. Soy consciente de que much@s de l@s que actúan de forma despiadada cargan con sus propios traumas, pero eso no les da derecho a maltratar a los demás.  Quienes actúan de forma prejuiciada y con desprecio a la dignidad humana se convierten en los caimanes que le han dado nombre a ese horrible centro de detención y se dedican, como se dedican estos animales, a cazar su presa de manera oportunista -es decir, atacan lo que se aparezca y puedan dominar.  Nos toca a cada un@de nosotr@s estar alertas -por nosotr@s y por los demás.  Sigo comprometida con buscar lo mejor en cada ser humano, pero no permaneceré impasible, esperando que nos coman los caimanes.

14 de agosto de 2025

 

 

 

 

 

 

martes, 29 de julio de 2025

NO SE ESTILA

 





NO SE ESTILA

Siempre he sido una persona esencialmente fiel a mi naturaleza, independientemente de lo que otr@s piensen o lo que esté de moda.  No es fácil en una sociedad que se engancha con vehemencia al último furor.  A mí me toma tiempo adaptarme a los cambios y a algunos no me adapto, porque hacerlo es una elección.  Tardé en tener una cámara digital, un teléfono celular, hasta que vi la conveniencia de ambos.  Disfruto de la conveniencia de tener tanta información al alcance de un clic, pero hay rituales que no suelto, como leer el periódico impreso, por ejemplo.  Aunque ya me haya enterado de algunas noticias en la versión digital, disfruto sentarme con el periódico impreso a leer las noticias con calma, mientras disfruto de mi desayuno.  También suelo imprimir boletos de avión o de espectáculos, aunque los tenga en el archivo del teléfono.  Es como una especie de back-up, por si se me pierde el teléfono, como le pasó a una amiga.  Parece que tengo grabado en mi psiquis el lema de las Niñas Escuchas: “siempre preparada”, aunque la vida nos demuestra que hay cosas para las que nunca estaremos preparad@s.

Nunca estaremos preparad@s para la magnitud de un desastre como el del huracán María, ni el desastre de un gobierno que no supo manejar la situación, mientras exhibía una falta de sensibilidad insospechada.  Y los subsiguientes han sido variantes de la misma incompetencia, que ahora se combina con un apego férreo a la venta de una imagen.  La imagen es más importante que la realidad.  Lo importante es repetir el mensaje de que todo está bien, aunque la realidad lo desmienta.  Ejemplo de ello son los intentos de explicar la situación de la falta de agua en varios municipios, con una sarta de incoherencias.  Se supone que el viernes se rompió un tubo enorme, pero en mi área sufríamos de baja presión, ausencia total de agua durante 12 horas el día antes de la mega rotura, servicio normal el día de la rotura y ausencia del servicio al día siguiente.  Supuestamente, el asunto está resuelto en esta área, pero no así para otras.  La verdad parece que ya no se usa -el pantalleo es lo que está de moda. Por si acaso, tengo reservas de agua. Siempre preparada.

Cuando Maripily participó de aquel programa de los llamados reality, parecía que medio país se enganchaba en la transmisión y cuando ganó se organizó un recibimiento de proporciones gigantescas para quien a mi juicio, no era merecedora de ese reconocimiento. Eso, sin quitarle méritos a sus dotes de empresaria y habilidad para salir adelante, pero hay miles de mujeres empresarias que luchan día a día para echar adelante sin que se les reconozca.  Muchos han dicho que ella representa dignamente al país, cosa que me hace levantar una ceja.  Por cierto, ese gesto me ha costado rechazo por parte de emplead@s que le aguantan malos tratos a supervisores varones, pero ay de aquella supervisora que levanta una ceja.

El último furor en el país es, por supuesto, Bad Bunny, personaje que me ha causado mucha inquietud, por las letras violentas o constitutivas de desprecio hacia la mujer de sus producciones más antiguas.  Verbalizar esto me ha costado reacciones negativas que van desde la burla hasta una defensa virulenta de los partidarios de este fenómeno.  Según me ha tomado tiempo adaptarme a otras cosas, me he adaptado a reconocer el trabajo de este joven evidenciado en su último disco, DeBí TiRAR MaS FOToS.  Se nota un trabajo cuidadoso, de estudio de nuestra esencia como puertorriqueñ@s, de respeto a nuestra cultura, de lucha ante los intentos de fuerzas poderosas dirigidos a transformarnos en lo que no somos.  Ha logrado unificar un gran sector de nuestra sociedad, así como hacer una contribución al turismo que ya hubiese querido la Compañía de Turismo y su entidad contratada haber hecho. Bravo por él.  Antes de que l@s fanátic@s se lancen a festejar mi conversión a la religión badbunística, les dejo saber que el género de música urbana en general y en particular el trap, no me gusta, sea quien sea el intérprete.

Siguen sin gustarme las letras demasiado explícitas, cargadas de palabras soeces.  Y no es puritanismo; he pronunciado algunas de ellas, particularmente cuando LUMA hace (o no hace) una de las suyas, pero pienso que hay un lugar y momento para cada cosa.  Hay géneros musicales que no son de mi agrado, como la salsa -excepto si se trata de Gilberto Santa Rosa.  Para los que vayan a saltar a acusarme de elitista, me encanta la bomba y la plena.  Disfruto de las baladas, de jazz, de rock, particularmente los Beatles, fado, música clásica y algo de ópera, particularmente la voz sublime de Pavarotti.  Precisamente por verbalizar en la oficina que asistiría a un concierto del Festival Casals fui objeto de burlas.  Si a usted le gusta Bad Bunny, fantástico.  No pretendo que escuche a Pavarotti; no pretenda que yo escuche a Bad Bunny, porque para decirlo en su estilo, yo escucho lo que me da la gana.

El lenguaje soez tiene su espacio y su razón de ser.  En mi caso, suelo utilizarlo en compañía de amistades cuando aludo a personajes de nuestra política o situaciones que causan indignación.  También lo he utilizado en uno que otro escrito para referirme a la terrible y devastadora enfermedad del cáncer, que me arrebató demasiado pronto a mis padres.  En tiempos recientes, el lenguaje soez se encaja donde quiera y por cualquier motivo, hasta para referirse a un amigo.  No sé; para mí como que pierde impacto, como las escenas de desnudos en las películas que son forzadas y no aportan nada a la historia.  Una escena de desnudo bien trabajada puede ser bellísima; cuando aparece sin ton ni son, pierde asombro, o al menos así lo veo.  Consistente con mi personalidad, prefiero las sutilezas, lo que se demuestra sin hacerlo evidente; lo que refleja una emoción sin estridencias.

Presumo que es por esta preferencia que disfruto de los géneros románticos -los pequeños gestos que a algunos puedan parecerle cursis, pasados de moda, como las lágrimas artificiales para un árbol de Navidad que anduve buscando hace unos años, cuando todavía ponía árbol.  Al no encontrar las susodichas, la dependienta me miró con un dejo de desprecio y me soltó: eso ya no se usa.  Como yo sí las usaba -y si pusiera árbol todavía las usaría- logré que un amigo me las consiguiera en la Florida -lágrimas importadas. Y que conste, no estoy enganchada en eso de que todo tiempo pasado fue mejor, sino que no estoy atada a una moda o estilo.  Como dato curioso, ahora resulta que los discos de vinilo han vuelto.  Ya no pongo los que tengo, ni pretendo que deban volver, pero esa es otra historia.

Cuando me decidí a escribir este relato, quise acompañarlo con una imagen de un caballero besando la mano de una dama, por razones que ya revelaré, pero no encontré ni una sola; tan sólo la de una figura de porcelana, bastante cursi, por cierto, pero que ejemplifica claramente algo que ya no se estila y me llevó a pensar en otras actividades que ya no se acostumbran y que para algunos pueden parecer hasta ridículas.  El gesto de un beso en la mano de una dama por parte de un caballero no es algo común en nuestros tiempos.  Cuando se hace de forma genuina, refleja respeto; el reconocimiento por parte del caballero de que esa dama es digna de una demostración de afecto respetuoso.  He recibido poquísimos besos en la mano; es más, ni siquiera tengo un recuerdo de los que precedieron al último.  Lo cierto es que el beso en la mano no se estila, como no se estilan tantas otras conductas que no por antiguas dejan de tener valor y que, aunque las nuevas conductas puedan ser positivas, no tendrían que desplazar las valiosas del pasado.

Hace dos semanas y media acudí a la presentación del más reciente libro de Luis Rafael Sánchez, Piel sospechosa, un compendio de ensayos escritos a través de los años sobre el tema del perjuicio racial, tema que siempre me ha apasionado, como me apasiona todo lo que escribe quien fue mi profesor en mis años universitarios en mi amada Universidad de Puerto Rico.  No abundo, porque lo he hecho antes, en la fascinación que ejerce para mí la persona de Luis Rafael Sánchez.  Me ocupé de marcar mi calendario en la fecha de la presentación y de estar allí una hora antes. Lo vi llegar acompañado de otras personas que lo llevarían a un salón previo a la presentación.  Luego, comenzó la actividad con los preludios de rigor y finalmente podría escuchar a mi profesor, cuya voz sonó tan potente y tan embrujadora como permanece en mi mente y en mi corazón.  Aludió a un libro que no conocía y que me di a la tarea de buscar, The Fire Next Time, de James Baldwin, lectura que nos asignó y que pronto iniciaré, como fiel alumna.

Luego del intercambio con los presentadores, se dio por terminada la actividad y fuimos notificados de que el autor no firmaría libros, por estar cansado, cosa que entendí tras haber presenciado un percance de salud hace unos meses.  Después de todo, yo no necesito que me firme el libro, porque verlo y escucharlo es suficiente premio, pero quise saludarle, como quisieron tant@s otr@s. Los organizadores de la actividad pedían espacio, en un intento por que lo presentes se retiraran, pero como yo no vi tal intención en los demás, yo tampoco cedí en mi empeño de que mi profesor supiera que estuve allí.  Me fui acomodando poco a poco, hasta que él me divisó y me dijo ¿Ana? Y como para confirmar -¿Olivencia?  Sí, afirmé.  “Gracias por venir”.  Siempre, le respondí y acto seguido, tomó mi mano, posó sus labios sobre ella y me brindó un beso sutil, que permanecerá en mi memoria, como permanece él, por siempre.  No, no se estilan los besos en la mano y quienes no los han recibido, no saben lo que se pierden.

29 de julio de 2025

 

 


martes, 15 de julio de 2025

Sorpresas canarias

 



SORPRESAS CANARIAS Y MÁS

Hace mucho tiempo que deseaba viajar a Islas Canarias.  Había escuchado que sus habitantes se parecían mucho a nosotros.  No conocía ningún canario, salvo por la referencia a Carlos Marichal, artista y escenógrafo que vivió varios años en Puerto Rico y se casó con Flavia Lugo.  Su matrimonio ejemplar quedó evidenciado en las hermosas cartas ilustradas que le escribió a su esposa, las que ella conservó con amor.  Tuve la oportunidad de ver muchas de ellas en una exhibición que el Museo de la UPR le dedicó hace unos años.  No cabe duda que era poseedor de una enorme sensibilidad, que probablemente contribuyó a que el Centro de Bellas Artes denominara la sala experimental con su nombre.

Había intentado hacer una excursión el año pasado, pero lo que me ofrecían era exorbitantemente caro, con pocos días para explorar y lo haría sola, sin tener otr@s compañer@s de viaje.  Descarté la opción por el momento, pero siempre con la idea de hacer el viaje en el futuro.  A fines de año apareció la oportunidad, a través de una agencia que había utilizado hace como 20 años, que se dedica a hacer viajes poco tradicionales.  Tras regresar del viaje, me di cuenta por qué no hay muchas alternativas de viaje a Islas Canarias.  En primer lugar -la distancia.  Es necesario volar a España o Portugal para tomar vuelo hacia alguna de las islas -en este caso Tenerife.  En segundo lugar, para visitar las otras islas es necesario tomar ferry o avión, lo cual aumenta los costos y el tiempo de viaje.  Presumo que por todo esto, en Puerto Rico ni en compañías internacionales de viaje de Estados Unidos -que no sean cruceros-no abundan las ofertas para viajar a Islas Canarias.  Ir en crucero no me interesaba, porque quería permanecer en las islas y conocerlas más a fondo que las visitas relámpago de los cruceros.

Tras unas dificultades iniciales con la búsqueda de vuelos, me decidí a ir a través de Madrid por Iberia -que le tengo repelillo por mis experiencias con el personal que no se caracteriza por su amabilidad; me quedaría esa noche en Madrid para descansar y al otro día abordar el vuelo para Tenerife, donde me encontraría con el grupo de 13 personas que nos embarcaríamos en esta aventura que incluía Madeira y la isla San Miguel, en las Azores, pertenecientes a Portugal y terminaba en Lisboa.  Eran 17 días que se convirtieron en 18 tras mi decisión de permanecer en Madrid el día de mi arribo.  Decidí quedarme en el mismo hotel que me había quedado hace más de 10 años, por estar en las inmediaciones del aeropuerto.  Llegué a eso del mediodía, que sabía no era horario para hacer check in, pero para mi sorpresa, pude acceder a la habitación.  El empleado que me atendió muy amablemente era de apellido Ponce y supuse que era el mismo que me había atendido la vez anterior, porque tanto entonces como ahora, me resultó muy singular el apellido.

Descansé, me comí el sándwich que no me comí en el avión, revisé documentos y me dispuse a cenar a eso de las 7 en el restaurante del hotel, en el cual había tenido magnífica experiencia la vez anterior.  No estuvo mal, pero no fue memorable. Al día siguiente tomé el desayuno buffet, que estuvo tan regio como la vez anterior. Salí hacia el aeropuerto y allí conocí a tres chicas que viajaban juntas en la excursión.  Llegamos a Tenerife, donde estaba el resto del grupo: 4 parejas y yo.  Luego se uniría la dueña de la agencia, a nuestra llegada al hotel.  Soltamos las maletas y nos dirigimos con el guía Jaime a nuestra primera visita, el parque del Teide, que no es una montaña, sino un volcán inactivo. 








Con esta visita se inició mi asombro con un paisaje totalmente árido, casi desértico, pero de una belleza indescriptible.  Se me asemejaba a las fotos que he visto del Gran Cañón de Colorado, al que no me ha interesado visitar, precisamente por ser parajes desérticos, con poca vegetación, tan opuesto a nuestra exuberancia caribeña.

Por supuesto, el hecho de que Tenerife sea una isla permite tener las vistas al mar que tanto me atrae.  Al salir del parque, atravesamos áreas de pinos y se sentía frío.  Experimentamos algo de una belleza sublime: pese a estar en altura, divisábamos más abajo como una alfombra blanca, mullida: el mar de nubes.




Regresamos al hotel y pude apreciar la vista al mar desde mi habitación. 




La cena-buffet estaba incluida y no estuvo mal.  Una chica muy amable, de nombre Luna se encargó de servirnos generosas porciones de vino. Al día siguiente partimos hacia Garachico, que quiere decir pequeña montaña, la cual se divisa desde un punto que da al mar.  El pueblito es encantador, con pequeñas calles.  Para almorzar, fuimos a una bodega en la que primero nos explicaron la confección de dos tipos de mojo: uno verde, a base de perejil o cilantrillo y el otro rojo, con pimiento rojo y pimentón. Ya había visto en el buffet de desayuno del hotel que ponían los dos tipos de mojo para acompañar las papas.  De hecho, nos demostraron en la bodega cómo se preparan las “papas arrugadas”, que aparecían por todos lados, aunque no se veían tan arrugadas.



Luego de la demostración nos movimos al interior del restaurante y vimos que habían colocado los ingredientes para preparar el tipo de mojo que eligiéramos, en morteros que nosotros conocemos como pilones.  Yo escogí el verde.  No puedo asegurarlo, pero pienso que tal vez es de Islas Canarias que nos llega la idea de preparar el mojo con el que solemos aderezar la yuca hervida, algo que también se hace en Cuba y que yo he preparado decenas de veces. 


Vamos, que no es una ciencia, pero nos entretuvimos un ratito en lo que servían los vinos que íbamos a degustar y el almuerzo especialidad de la casa: pata de cerdo al horno, que se cocina por 13 horas.  Lo servían con ensalada, las papas diz que arrugadas y ¡cuerito!  La carne de cerdo no estaba mal, pero honestamente prefiero el pernil del Cuñao en Guavate.  Para mí que lo mejor que quedó fue el cuerito. 



Desde los terrenos aledaños al restaurante podía divisarse el Teide a lo lejos, además de las plantas suculentas y el mar.













Al día siguiente tendríamos la excursión a la isla de La Gomera, a la cual llegaríamos en ferry.







El grupo se dividió en dos vehículos tipo Jeep – unos iban con Franky y otros -me incluyo- con Guasimara, quien dijo podían llamarla Guasi o si no, María, bromeando.  Nunca había escuchado el nombre Guasimara, pero me encantó cuando ella explicó que sus padres, muy apegados a las costumbres autóctonas, le pusieron ese nombre, que significa “Hija del océano”.  Me fascinó, lo cual es una lección: rechazamos lo desconocido -porque vamos, Guasimara no me sonó muy bonito que digamos- cuando no conocemos la historia.  Una vez la sabemos, podemos apreciar lo que vemos o escuchamos.

El paseo en el Jeep resultó muy emocionante -atravesamos calles estrechísimas y bordeamos acantilados.  Yo iba al frente y bromeamos que yo era la copiloto, lo cual es un chiste en sí mismo, porque no tengo sentido de dirección.  


















Guasi nos explicó que llueve solo unos 7 días al año, lo cual resulta sorprendente al ver tantas áreas cubiertas de verde.  En un momento nos detuvimos en el camino para subir al Mirador de San Juan.  Franky nos explicó del minúsculo insecto llamado cochinilla, que se adhiere a los cactus.  Si se desprenden de la superficie y se aplastan, producen un pigmento que resulta muy valioso y se usa, aún hoy día, en cosméticos.  Franky nos demostró cómo se transformaba lo que en principio parecía como ceniza y al presionarlo se transformaba en una gelatina viscosa rojo sangre. Algunas de las chicas lo aplicaron en sus labios.  Yo no me animé a colocarme el producto del insecto en mis labios -todavía no había bebido.




Subimos hasta el Mirador de San Juan, un lugar que el gobierno facilita a los habitantes para celebrar reuniones familiares.  La vista es espectacular y en el entorno reina una paz absoluta. En el área también hay una ermita, que estaba cerrada, pero puedo imaginar cuán conectada al poder superior podría sentirme en su interior. 














Visitamos el Parque Garajonay y Guasi nos habló de una leyenda de una princesa Gara -del sector que se enamora de un joven de la tribu Guanche -Jonay -o al revés; no tengo claro quién era quién, pero no importa.  Sus padres se oponen al casamiento y tras algunos incidentes, se suicidan, en una versión canaria del clásico de Shakespeare.  Exploramos un poco más el parque, adentrándonos en un área boscosa, con troncos cubiertos de musgo que parecían desmentir la realidad de la poca lluvia y el origen volcánico del suelo.  Llegamos al lugar donde tomaríamos el almuerzo, que se asemejaba a una casa en Suiza.





















Nos recibieron con varios aperitivos: almogrote, que es como una pasta con queso y algo más que no recuerdo, con pan; un guiso con gofio, riquísimo -no tenía idea de que se pudiese hacer un guiso con eso que es como comer arena con azúcar que estoy acostumbrada a comer en cucuruchos de papel y unas croquetas que no sé de qué eran, pero estaban muy buenas.  De plato principal, yo escogí pescado y me tomé como tres -bueno, tal vez cuatro copas de vino blanco.  El personal del restaurante fue muy amable.  Al final nos ofrecieron una demostración de algo que ya Franky nos había explicado y que uno de los del grupo experimentó: el silbo gomero.  Es un sistema de comunicación entre los habitantes, que pueden sostener una conversación con solo silbar. Así se despidieron, silbándonos muchas gracias.



Continuamos nuestra marcha admirando el paisaje e incluso en un momento pudimos divisar El Teide a la distancia, porque las dos islas están muy cerca. 



Terminamos la excursión con una mezcla de emociones: alegría por todas las experiencias vividas y tristeza por despedirnos de dos seres tan especiales como Guasi y Franky. 



















Tomamos el ferry de vuelta a Tenerife.  El grupo quiso reunirse en un restaurante y decidí unirme. Caminamos hasta el lugar y poco a poco iba cayendo el sol.  Desde mi lugar en la mesa pude apreciar la hermosa vista.  Nos dividimos en dos mesas y comenzó el tortuoso proceso de procesar las diversas órdenes.  Me decidí por una parrillada de mariscos para dos, a la que se unió otra de las chicas, lo cual simplificaría un poco el proceso de pagar.  Estábamos animad@s por las experiencias vividas, aderezadas con el vino abundante.  Al llegar el momento de pagar se formó el lío usual cuando se trata de muchas personas ordenando cosas distintas.  El tiempo seguía corriendo y yo estaba consciente que al otro día teníamos un vuelo a Lanzarote, que aumentaba mi ansiedad porque no suelo dormir bien cuando tengo un vuelo pendiente.

La sobremesa siguió extendiéndose y de no haber sido porque tenía el temor a perderme porque tomaría el camino de regreso sola y ya era de noche, me habría ido.  Alguien del lugar, conocida de la dueña de la agencia, muy amable, se ofreció a llevar a algun@s de nosotr@s, a lo cual accedí.  La sobremesa siguió prolongándose y tod@s menos yo estaban en este animus celebrandi en el que llegué a sentirme como cucaracha en baile de gallinas.  Alguien sugirió tomar una foto del grupo, así que eran más minutos de espera y de momento sentí una ansiedad enorme, que no sé si eran los efectos del jet lag, el cansancio, el vino o todas las anteriores.  Verbalicé que ya me quería ir, tal vez de una forma que pondría a varios a dudar de mi sanidad mental, pero todo es producto de muchos años acostumbrada a funcionar sola, por lo que requiere esfuerzo adaptarme a mucha gente a mi alrededor.  Finalmente, un grupo decidió enfilar la marcha a pie, así que me uní.  Llegamos al hotel y me fui a organizar la maleta en preparación para la salida a Lanzarote y dormir.

El vuelo a Lanzarote era en uno de esos aviones pequeños, de hélice como de 25 filas a lo sumo – de los que Don Cholito llamaba los blaf-blaf.  No se accede a ellos a través de los túneles movibles de los aeropuertos, sino por escalera.  La línea aérea es Binter, de la que jamás había escuchado, así que ver el avioncito me dio algo de miedito, pero rápido lo superé.  

Las asistentes de vuelo eran súper amables.  Pese a ser un vuelo de como 50 minutos, nos ofrecieron una barra de chocolate y agua -que contrario a vuelos más largos, no cobraron.  Llegamos a Lanzarote, más pequeña que Tenerife, con 300 volcanes inactivos y conocimos a nuestra guía Vanessa, una chica entusiasta, que ofrecía información con gozo. Fuimos a almorzar a un restaurante llamado El Diablo.  En el camino, el paisaje era como si estuviésemos en esos parajes que se ven en fotos de la superficie de la luna.  Se veía muy poca vegetación.  Al llegar, nos ofrecieron una demostración de cómo el terreno guarda el calor.  Un hombre escarbó un poco en el terreno que semejaba gravilla y nos colocó un puñado en las manos.  No esperaba que estuviera tan caliente, por lo que se me escapó un leve grito y me sacudí la gravilla más rápido que ligero.

Más adelante, nos mostraron huecos en el suelo en el que echaban agua y en segundos se disparaba un chorro de vapor, a veces con gran ímpetu, que me hizo emitir otro pequeño grito. 



















Nos demostraron cómo colocaban la comida para que se cocinara con el mismo calor que emanaba de la tierra.  No en balde el restaurante se llama El Diablo -con ese terreno tan caliente imagino que se sentiría a gusto.  A gusto nos sentimos nosotros con las atenciones del lugar -vino abundante, de producción local, del cual disfruté en su versión blanca.  Jamás pensé que en un lugar tan árido pudieran producirse vinos.  Me gustó tanto que luego compré una botella, para poder disfrutar en casa y rememorar los buenísimos momentos canarios.   El almuerzo comenzó con aperitivo en platones para que nos sirviéramos y luego, el plato principal servido directamente.  Para finalizar, un postre en forma de volcán, que no pude comer porque contenía lácteos, pero me ofrecieron una compota de calabaza que estaba muy buena.  El almuerzo fue una agradabilísima y totalmente inesperada sorpresa.












Salimos del restaurante felices, porque como decimos aquí: barriga llena, corazón contento. Disfrutamos del resto del singular paisaje con interesantes formaciones, como una que le llaman el manto de la Virgen y pude entender por qué.  



Una vez más, entender lo que vemos nos permite apreciarlo en toda su dimensión.  En el trayecto en la guagua atravesamos un tramo de carretera que se nos dijo algunos comparan con la famosa Ruta 66 en Estados Unidos.  Llegamos al Parque Natural Los Volcanes, un área protegida en la que puede apreciarse por un lado el mar y por otro, la formación de una laguna. 



Pese a estar de día, en una esquina podía apreciarse la luna y quise tener una foto de este singular lugar.  Uno de los compañeros de viaje ofreció tomarme una foto, a lo que accedí, contrario a otras veces, porque no me encanta aparecer en las fotos.

                                            

Llegamos al hotel, que resultó un estudio en contrastes.  En primer lugar, no tenían organizados nuestros datos, por lo que demoramos en hacer el registro.  En mi caso, la habitación estaba localizada en un nivel que requería que tomara un elevador que estaba en un pasillo a la izquierda y no el que estaba justo frente al mostrador.  Para añadir a mi confusión, al intentar regresar por la puerta de acceso, que antes estaba abierta, ahora estaba cerrada y me desubiqué, como esas bromas que le hacían a la gente en aquel programa de la Cámara Cómica.  Y al otro día por la mañana supuestamente el comedor estaba abierto, veía gente adentro, pero no se veía por dónde entrar.  El arquitecto que diseñó este hotel tiene un oscuro sentido del humor o un cierto grado de sadismo.  En el desayuno, no recuerdo si ese mismo día, me ocurrió algo que es como sacado de un libreto de I Love Lucy.  Quise servirme agua de un garrafón enorme, con una llave.  Le daba vueltas a la llave, pero no lograba que saliera agua.  Tras varios intentos de un lado y el otro, logré que saliera agua.  El problema es que luego no sabía cómo cerrarla.

Con horror vi que el vaso se seguía llenando, pero yo no podía cerrar la llave.  Comenzó a derramarse por el mostrador.  Agarré una cubeta con hielo, para coger el agua, mientras seguía intentando cerrar la llave.  Un hombre que estaba al lado, en lugar de ayudarme, cobardemente huyó, dejándome con ese desastre.  ¡Ayúdenme a cerrar esto, por favor!, exclamé al divisar que al otro lado parecía haber una empleada.  ¡Oh, Dios!, dijo y cerró la llave mientras me explicaba, un poco cortante, como se cerraba.  Lo siento, le dije y me fui a la mesa como niña castigada.

Por suerte ese día tuvimos otra experiencia espectacular.  Iríamos en un catamarán a la isla La Graciosa. Tendríamos bebidas incluidas, podíamos meternos al agua en un momento y disfrutaríamos de un almuerzo de paella, aparte de visitar el pequeño pueblito de pescadores en la Caleta del Sebo. Camino al embarcadero apreciamos el paisaje, con plantas que semejaban moñitas verdes. Estas y unas piedras llamadas rofe ayudan a conservar la humedad tan escasa en estas islas.  El paseo en catamarán fue un deleite -estar en contacto con el mar siempre me relaja.  Llegamos al pequeño puerto de Caleta del Sebo, pueblito que me cautivó.  Hay modestas edificaciones blancas y azules que me recuerdan las de las islas griegas, pero a diferencia de éstas, este es un entorno modesto -una villa de pescadores que todavía ejercen su oficio.  Luego del área de llegada, me adentré en las pequeñas callejuelas no sólo sin asfaltar, sino que eran solo arena.  Podía divisar los vehículos de trabajo y las pequeñas yolas que no estaban ahí como entretenimiento para los turistas, sino que eran el medio para que los obreros del mar ganaran su sustento.



















Llegué a una pequeña capilla dedicada a la Virgen del Carmen, que tiene una tarja que lee Parroquia Virgen del Mar.  Un sencillo vitral circular en la entrada muestra a la Virgen posada sobre el mar, con una modesta yola y un pescador a su derecha.  Me sentí compelida a entrar y lo que se ofreció a mi vista era justo lo que mi espíritu marino siempre celebra.  Todo evocaba el mar.  El altar era sostenido por el ancla y en el sagrario, una yola, en la que iba la Virgen.  Dos tallas de peces sostenían cirios y otro era sostenido por dos remos.  Y como si fuera un cortinaje, una red engalanaba el fondo. 

















Estaba en esta contemplación cuando llegó un hombre muy sencillamente vestido, con ropas de trabajo, cargando lo que deduje era una nevera portátil, de las que se usan para conservar bebidas o comidas.  Se detuvo frente al área en que colocan velas para que los fieles hagan alguna plegaria, encendió una vela, se persignó y se marchó.  Este gesto me conmovió.  No recuerdo la hora, pero ya debía ser cerca del mediodía, por lo que supuse que el hombre llegó de pescar y encendió una vela para agradecer la carga que imagino llevaba.

Hice una pequeña oración de agradecimiento por todas las bellezas que hasta el momento había contemplado.  Aunque fui criada en la religión católica, ya no pertenezco a religión alguna, pero conservo mi lado espiritual.  Me dispuse a salir, cuando me fijé en un cuadro/placa que aludía a la cruz de Lampedusa.  No sabía que hubiese una cruz que recorría varios lugares, en memoria de los 360 inmigrantes que fallecieron en la costa de la isla italiana de Lampedusa en el 2013.  Con parte de los maderos de las frágiles embarcaciones, fabricaron una cruz que Papa Francisco bendijo en el 2014.  De hecho, tengo un vago recuerdo de haber visto una visita suya a Lampedusa y las denuncias que hizo en contra del rechazo a los inmigrantes y la necesidad de ser compasivos con aquellos que nada tienen.  En los tiempos que vivimos, este reclamo se hace imperativo.  La falta de caridad de quienes desde el privilegio juzgan la decisión de escapar del hambre o la muerte por persecución es abominable.  Allí, en esa pequeña iglesia de pescadores, quedaron varias de mis lágrimas.

Seguí mi recorrido por el pequeño poblado, contemplando las modestas casas y la gente sencilla que discurría por sus arenosas callejuelas.  Regresé a tiempo para abordar nuevamente el catamarán, el cual se detuvo en un punto, un poco apartado de la playa, porque es área protegida y no se puede acercar el barco.  Estaba indecisa con respecto a entrar al agua; el lío de cambiarme de ropa, el asunto del traje de baño mojado y un grado de temor porque no domino la natación me impidieron darme un chapuzón, pero varios de los miembros del grupo lo disfrutaron a cabalidad. 









Mientras, las bebidas seguían fluyendo.  No había vino, así que me bebí un mojito.  La paella estaba en pleno desarrollo y tenía buena pinta, así como buen olor. 


Cuando los bañistas regresaron, sirvieron la paella, que estaba muy buena, tomando en cuenta que no estábamos en un restaurante.  Felicité al cocinero, quien se puso muy contento.  Ya en este punto me sentía más integrada al grupo, que, de hecho, la mayoría se conocían entre sí por haber hecho otros viajes juntos, así que yo era la outsider.

Regresamos al hotel; me di un baño y bajé a encontrarme con el resto de los viajeros para un compartir informal motivado por el concierto improvisado que ofrecería una de las integrantes del grupo.  Otro de ellos, quien no había hecho la excursión, nos obsequió una copa. Así, hicimos una especie de bohemia improvisada, en la que disfrutamos de escuchar canciones de nuestro repertorio Boricua y otros, para un final melodioso a un hermoso día.



Al día siguiente visitaríamos área de cuevas, que una vez más me dejó absolutamente maravillada por la belleza inesperada del lugar.  En primer lugar, visitamos la cueva de Los Verdes, llamada así según algunos por una familia que se refugiaba en su interior junto al ganado. La belleza del lugar es fascinante, así como las peripecias que hay que realizar para transitar ciertas áreas.  Tras varios pasadizos, llegamos a un área amplia, en la que se celebran conciertos.  Lo que resulta increíble es cómo lograron introducir el piano en la sala, si ya habíamos atravesado pasadizos estrechos y tortuosos, en algunos de los cuales debíamos agacharnos.  En un área, el juego de luces y sombras proyecta lo que semeja una cruz.


















Visitamos la Cueva Los Jameos, cuyo nombre se refiere a unos pequeños organismos que parecen diminutos cangrejos que pueden apreciarse en las rocas cubiertas por agua.  Muchos espacios interiores fueron diseñados por César Manrique, artista un tanto excéntrico, que tuvo una influencia enorme en Lanzarote, incluyendo impulsar legislación para prohibir vallas publicitarias y exigir que las estructuras estuviesen pintadas de blanco. La cueva es hermosa y tiene un espacio auditorio, mucho más sofisticado que el de la Cueva Los Verdes, pero cada uno tiene su hermosura.  


























Es como tantas otras cosas en las que podemos apreciar belleza en la grandiosidad de la naturaleza o deslumbrarnos con la capacidad del ser humano para transformar un espacio simple en algo grandioso, cuando se hace respetando la esencia del lugar. Tras la visita a la cueva, fuimos al Mirador del Río, con espacios también diseñados por Manrique, desde donde pueden apreciarse vistas espectaculares, incluyendo poder divisar la isla La Graciosa y su Caleta del Sebo, que habíamos visitado el día anterior.















Nos detuvimos en un lugar de venta de productos de sábila (aloe) producidos en Lanzarote.  Por el tipo de suelo, esta planta -como muchas otras suculentas- se da muy bien allí.  Compré varias cremas, jabones y gel para regalar y para mí, un lápiz labial.  Me llamó mucho la atención que la vendedora se refería al lápiz labial como pintalabios, un vocablo que hacía años que no escuchaba, tras la costumbre de llamarle lápiz labial, lipstick -la expresión en inglés, o como decía aquélla genial comediante Norma Candal en su personaje de Petunia, lipistiqui.  Solo me fijé en el color, sin mirar con mucho detalle el tubo negro, que resulta apropiado, dada la prevalencia de ese color en el volcánico terreno.  No es hasta después de mi regreso y tras haberme puesto el pintalabios varias veces, que en un momento me detuve a mirarlo con detenimiento y vi que debajo de Lipstick decía claramente, Pintalabios.  Me tuve que reír.  ¡Tener que ir tan lejos para reencontrarme con una palabra!



Tras las compras y apreciar las maravillas del mirador nos dispusimos a almorzar en un lugar llamado Castillo San José, también diseñado por Manrique.  El lugar es hermoso -vamos, hasta el baño era lindo.  Todo estaba integrado con el entorno.  Nos sirvieron vino de inmediato -yo escogí blanco, porque mi selección para comer era esencialmente a base de pescado y mariscos, según el menú que aparecía en cada plato.  Cuando trajeron el primer platito de aperitivo confirmé que, en efecto, esto era un almuerzo bien jai joyetin: bien presentado, con abundante vino y una exquisita combinación de sabores -la experiencia se repitió hasta el final.  Ciertamente, algo totalmente inesperado para un almuerzo que estaba incluido en la excursión.






























Otra vez con corazón y barriga contentos, nos dirigimos a la Fundación Manrique, establecida en lo que fue la residencia del artista.  Pudimos apreciar la visión de este artista, del que debo confesar no sabía nada y cómo esa visión estaba en los lugares que visitamos.  Es una total integración de los entornos y al mismo tiempo, una reinterpretación, particularmente en los elementos con agua. A través de los espacios de lo que fue su casa podía identificarse plenamente su concepto de la estética. 






















Este fue un día totalmente coherente, que nos permitió apreciar una belleza muy singular y cómo un pueblo puede aprovechar al máximo los recursos que aparentan ser limitados. La lección, que no aparece en la oferta del viaje, está incluida para quien quiera aprenderla.



Salimos de Lanzarote para Gran Canaria, que era, de esas islas, la más conocida para mí.  Nos recibió Marc, un catalán que rápido se dio a la tarea de mostrarnos la ciudad, comenzando por la plaza en Las Palmas, con su característica iglesia, en este caso la Catedral Basílica Santa Ana y el edificio gubernamental.














El altar de la iglesia llama la atención por el tamaño reducido de las imágenes de Santa Ana y la Virgen María, que contrario a la mayoría de las iglesias, eran la figura principal en lugar del Cristo crucificado. Hay dos capillas que exhiben un Cristo crucificado y una Virgen de la Dolorosa, obras del Siglo XVIII de un escultor de nombre Luján Pérez, que resultan muy impresionantes. 
















Subimos hasta la azotea, desde donde se divisaba la plaza con sus edificios, un hermoso campanario y una vista hermosa del mar, en el que se divisaban varios veleros. 





                                                                                                              

Visitamos la casa en la que estuvo un tiempo Cristóbal Colón y sus alrededores.  Debo confesar que, tras el viaje -que fue corto- y el traslado, las explicaciones extensas sobre los viajes de Colón me desesperaron un poco, tal vez porque el hambre comenzaba a arreciar. 
















Tras una breve caminata por las callejuelas nos detuvimos en un lugar pequeño, muy sencillo, como una fonda, junto al guía.  Pedimos pequeños platos: tortilla de bacalao, papas, pimientos asados, calamares.  Yo pedí una copa de vino blanco.  Todo estaba muy bueno.

Visitamos un jardín botánico donde podían apreciarse muchas de las plantas con características de un ambiente desértico, entre ellas el Drago; en particular el Drago de Gran Canarias, que está en peligro de extinción.  Creo que es del Drago común se extrae un pigmento que se utiliza para pintar los violines Stradivarius. 
















Llegamos a otra plaza, donde apreciamos una iglesia desde el exterior, porque estaba cerrada.  En las áreas circundantes había edificaciones y pequeños cafés como los del Viejo San Juan.










Mientras esperábamos por el resto del grupo caminé un poco por el área y de repente me topé en una esquina con una placa que leía: Plaza del Pintor Guillermo Sureda. 


Recordé las acuarelas de Sureda, que vivió varios años en Puerto Rico y pintaba hermosos paisajes de nuestra isla.  Yo ni sabía que Sureda era canario, nacido precisamente en el área donde nos encontrábamos: Arucas.  El guía, presumo que por no ser del área, no sabía de Sureda.  Algunos del grupo lo recordaban. 

Cuando regresé a casa después del viaje busqué un disco que aún conservo, de la colección de mi papá, que tiene en la carátula y en el interior fotos de las acuarelas de Sureda.  Me dio una alegría inmensa ver las fotos y haber estado en el lugar donde nació ese pintor que tantos recuerdos me trae de mi infancia, cuando veía a mi papá escuchando esta música, entornando sus ojos y fumando un cigarrillo.





Hubiese querido poner el disco, pero las bocinas del equipo se dañaron y eso no es Bluetooth ni cosa que se parezca -son dos cajas enormes que se conectan al equipo por unos cablecitos en la parte de atrás.  Intenté reconectarlos y no pude. He tratado de conseguir otras y en las tiendas de equipo electrónico me miran como si estuviera pidiendo un fonógrafo.  Busqué las canciones en You Tube y me emocioné de escuchar lo que tantas veces escuché en mi casa.  Escribo esta parte del relato el sábado antes del Día de los Padres.  Mañana escucharé algunas de las canciones y recordaré, como tantas veces, al hombre que tuve el privilegio de llamar Papito.

Llegamos al hotel, que está bien puesto, aunque de primera intención no impresiona.  Hacia la parte de atrás, desde el comedor tiene ventanales desde los cuales se aprecia todo un paseo frente a la playa. La cena buffet estaba incluida y resultó buena.  Al otro día salimos rumbo a los mercados de San Mateo y Teror.  El paisaje se asemeja mucho al nuestro, incluyendo los hombres ya mayorcitos en tertulia bajo la sombra de un árbol.  


Dentro del mercado se ofrecen vegetales frescos y diversas clases de panes, pero lo que captó mi atención fue el escaparate donde se mostraban distintas clases de embutidos, entre los cuales se destacaba la morcilla dulce.  ¿Morcilla dulce?  Jamás había oído de semejante cosa.  Sé que en España se produce morcilla, al igual que aquí, pero eso de que fuera dulce era nuevo para mí.



Al salir del mercado me detuve en una pequeña plaza a contemplar una escultura que me llamó poderosamente la atención.  Representaba una columna con unas manos que se alzaban al cielo y una figura serpenteante en el interior de la columna.  Me detuve a leer la descripción de lo que se titula Héroes, que está dedicada a los habitantes de San Mateo que dan la mano a aquéllos que necesitan ayuda, que resulta ser la figura que me pareció serpenteante, pero que es en realidad un nudo en las entrañas de los que sufren por carencias. 


De inmediato pensé en la situación de tantos inmigrantes que sufren una persecución despiadada y en todas las manos solidarias que les ofrecen asistencia.  Estaba distante de mi país, pero ya había iniciado esta persecución feroz y al volver, he visto más voces dispuestas a denunciar los atropellos y organizaciones como la de una pastora amiga en Barrio Obrero, que ofrece alimentos a los que no se atreven salir a buscar su sustento.  Una vez más, se muestran los dos lados de la condición humana: uno que atropella sin compasión y otro que se compadece del dolor ajeno y ofrece ayuda.

 Visitamos el poblado de Tejeda, un lugar muy simpático, pero lo que fue espectacular fue el Parador Cruz de Tejeda, desde donde podía apreciarse una hermosa vista.  La jefa de la agencia nos invitó a un vinito que disfrutamos contemplando la vista y una de las compañeras de viaje nos obsequió con quesos que había comprado en el mercado.  Lamentablemente no los pude probar, por mi problema de intolerancia a la lactosa, pero se veían ricos.  El parador nos obsequió unas patatas fritas y entre copas y paisajes compartimos un buen rato.
















Continuamos la marcha y llegamos a almorzar a un lugar muy acogedor, esta vez un poco más grande que el que habíamos visitado a nuestra llegada a Gran Canaria.  Al examinar el menú, vi que tenían morcilla dulce como parte de los ofrecimientos de aperitivo. Al preguntar, me dijeron que era bastante grande, así que indagué con algunas de las chicas con quienes compartía mesa si querían probarla.  Algunas se unieron-menos mal, porque ciertamente era una pieza descomunal.  Me encantó.  En efecto, es dulce, en una rara combinación de sabores y texturas, que no incluye arroz.  El plato principal era a base de carne de cerdo, pero no recuerdo los detalles, porque la morcilla se llevó toda mi atención.

Regresamos al hotel y decidí caminar por el área del paseo que bordeaba la playa.  Era domingo y podía verse a muchas familias disfrutando del sol, la vista y el clima en general hermoso.  

Al siguiente día teníamos una agenda en contrastes.  Primero visitaríamos el área conocida como Puerto Rico, que no tiene nada que ver con nuestra querida isla.  Originalmente el lugar se llamaba Puerto Ribo (de río) y es en realidad un área de apartamentos turísticos en masa, algo así como Isla Verde, nada extraordinario.  Llegamos en ferry a Puerto Mogán, al que se le conoce como la Venecia canaria.  El lugar es encantador, aunque se nota que es muy turístico, pero no por ello deja de ser hermoso.  Las callecitas están adornadas con trinitarias y el agua es cristalina, pese a que hay muchos botes.

















De Puerto Mogán nos movimos a visitar las dunas de Masapalomas, un paisaje que resulta increíble, alucinante, como si estuviéramos en pleno desierto con el mar de fondo. 


La arena es una combinación de la original del lugar, la que llegó desde el Sahara y la que se añadió después para evitar que llegara al área de hoteles.  Se teoriza que la arena original pudo ser producto de un tsunami.  El área está protegida y se prohíbe el paso por ellas, aunque algunos indisciplinados cruzan las sogas que lo delimitan para tomarse fotos.  Prueba de que los Boricuas no somos los únicos indisciplinados.  Dicho sea de paso, todo nuestro grupo se mantuvo en cumplimiento de las normas.

Seguimos nuestra aventura hasta el valle volcánico de Guayadeque, un área que semeja las imágenes que he visto de lugares como Arizona y que está llena de cuevas en las que todavía viven personas.  Se dice que en las cuevas se guardaban alimentos y hasta momias.  Arribamos al restaurante Tagoror, que toma su nombre del lugar donde se toman decisiones.  Las mesas son circulares y el tope es o simula piedra.









Algunos de nosotros ya habíamos tomado la decisión de disfrutar del plato especialidad de la casa: cabrito.Como aperitivo, había chorizos parrilleros, gofio escalfado, rodeado de gruesas rodajas de cebolla roja que usábamos para servir y tomates aliñados, acompañado con abundante vino.  Finalmente, llegó el tan esperado cabrito, que debo decir estaba exquisito.  Olvidé tomarle una foto antes de disfrutarlo, pero los huesitos desnudos son evidencia de lo rico que estaba.  Sin lugar a dudas que esta experiencia, incluida en la excursión, le añadió otro elemento de autenticidad y pudimos apreciar los elementos de las tradiciones de la región.


El pueblito de Agüimes fue nuestra siguiente parada.  Estaba prácticamente desierto, lo cual resultaba extraño para un lunes.  Parece que la siesta allí es un poco más prolongada.  El hecho de que no hubiese casi nadie a la vista facilitó el proceso de tomar fotos, que muestran un pueblito limpio, callado, con estructuras que semejan pedazos de turrón.  Yo soy amante de la tranquilidad, pero creo que podría sufrir una sobredosis de tranquilidad en un lugar así. 


















Regresamos al hotel en lo que sería nuestra última noche en territorio canario, ya que al día siguiente partíamos al mediodía para la isla de Madeira, que pertenece a Portugal.  Esa noche no cené y me dediqué a revisar las fotos y otras cosas en internet.  Agradecí esta porción del viaje, que me permitió cumplir algo que había deseado por mucho tiempo. Vi paisajes hermosísimos, comí exquisito y tuve la compañía de un grupo con el que poco a poco me fui sintiendo más cómoda.  Todo lo que viniera después, sería ganancia.

Nos despedimos del hotel en Gran Canaria y tomamos dos vuelos para llegar a Madeira: uno de Las Palmas en Gran Canaria a Tenerife y otro de allí a Funchal, en Madeira.  Arribamos a eso de las 5: 30 pm.  El hotel era muy cómodo y yo tenía una buena vista.  Era muy moderno y en la recepción podía verse una aspiradora automática que se movía por el área y me hizo recordar al personaje de Robotina de los Supersónicos (Jetsons) que solía disfrutar cuando niña.  Salí a explorar, pero se me olvidó la cámara, así que seguí mi camino, luego de preguntar en la recepción dónde podría comer algo.  Seguí las direcciones y llegué bien.  El lugar no era nada del otro mundo y los empleados, que no parecían portugueses tenían dificultad para hablar español o inglés y yo no sé portugués, pero me hice entender y pedí unos camarones cocidos, con papas fritas y una copa de vino blanco.  Nada memorable, pero mató el hambre. 

Al otro día bajé a tomar el desayuno tipo buffet y me ocurrió otro de mis percances con los sistemas automatizados para que una misma se sirva bebidas.  Ya se ha popularizado en Europa que el café en estos bufets sale de una máquina de la que una misma se sirve, luego de escoger el tipo de café.  Debido a mi problema con la lactosa, suelo pedir leche sin lactosa y afortunadamente en la mayoría de los lugares la había, así que solo tenía que servirme el café negro.  Solamente había visibles pocillos, no tazas enteras, así que tomé uno y lo coloqué debajo del lugar por donde salía el café y apreté el botón.  Contemplaba el café saliendo y veía con horror que se aproximaba rápidamente al borde del pocillo, hasta que finalmente se desbordó.  Por suerte no siguió saliendo demasiado café, presumo que porque la máquina había medido una taza completa, pero me pregunté si el universo me estaba enviando un mensaje con esto de los desbordes.  Ojalá reciba desbordante alegría.

Tras el desayuno que comenzó accidentado, conocimos la guía en Madeira, Isabel -una mujer madura, con sumo conocimiento del lugar, pese a ser francesa.  Explicó que no está acostumbrada a grupos hispanoparlantes; que suele atender grupos en inglés e incluso alemán, pero se desenvolvió muy bien con nosotros. Visitamos el poblado Cámara de lobos, llamado así por los lobos marinos o focas monje. En el camino, divisé una esquina que salvo por los montes al fondo y los techos de tejas, se parece a una pequeña placita en el Viejo San Juan donde me he detenido a disfrutar las paletas de helado de Señor Paleta.


Isabel nos relató la historia de la Pequeña Deserta, llamada así porque en un momento las focas del área fueron cazadas y algunos escaparon a una isla desierta.  Una de ellas solía retornar al área y la llamaron la pequeña Deserta.  Hay un mural tridimensional dedicado a esta criatura que me enterneció. 


El área es hermosa, con aguas cristalinas, en las que pueden divisarse erizos en las rocas.  Nos dijo Isabel que no suelen comer erizo, así que perdí esa oportunidad.  El pueblito pesquero, con sus yolas de colores me cautivó, como suelen hacer todos los lugares costeros.
















En un área frente a un pequeño hotel contemplamos una escultura de Sir Winston Churchill, quien solía visitar el área y disfrutaba de pintar.  No tenía idea de que Churchill pintara, lo cual demuestra que cada uno de nosotros posee talentos que muchos desconocen.  


Isabel nos explicó que los habitantes de Madeira se desplazaron por zonas distantes del mundo y por ello pueden verse jardines con flores o estatuas de personas de Sudáfrica, Australia, Hawaii, Venezuela y otros.  Llegamos al valle de las Monjas, con el mirador de los enamorados.  El paisaje se asemeja a los de Suiza -montes verdes, cielo azul, flores de color intenso.  Casi sentí que de un momento a otro aparecería Julie Andrews cantando the hills are alive, with the sound of music…



Y en el mismo lugar, de momento entraba la neblina.  El clima cambiante fue una constante en las islas, aunque solo un día llovió y las nubes se dispersaban rápidamente. Nos dirigimos por un área con mucha vegetación rumbo a lo que sería nuestro lugar de almuerzo, en área de viñedos.  


Allí degustaríamos los vinos producidos localmente, con la presentación que nos hizo Gina, una chica encantadora que dejó evidenciado el entusiasmo que siente por todo lo que hace.  De los vinos que degustamos preferí uno blanco, de nombre Antonio, que le fue muy bien al plato de bacalao que seleccioné.  El personal fue tan amable, que nos sirvieron un poco de carne que vimos en unos enormes pinchos que colgaban de un armazón en otra mesa.  Yo estaba feliz con el bacalao, así que solo probé un poco.  Tras el almuerzo, salimos a ver los viñedos. 
























Luego nos dirigimos a un mirador en el que podíamos caminar por un piso -presumo que de acrílico o vidrio templado y ver hacia abajo.




















Por la noche tuvimos un espectáculo folclórico con cena.  Allí pudimos apreciar los enormes pinchos en la mesa.  Era algo inquietante intentar bajar los pedazos de carne de los enormes pinchos, así que nos ayudábamos los unos a los otros para evitar un accidente en la mesa.  Fue interesante ver el grupo folclórico, algunos de los cuales parecían ser familia y se disfrutaban la música y el baile.  En el vestíbulo del restaurante había una representación de una vivienda tradicional, incluyendo las canastas utilizadas para trasladar a las personas desde el alto de la colina.





















Al otro día tuvimos la oportunidad de montarnos en las canastas, una experiencia que no estaba programada: bajar por las estrechas calles de un área alta en un poblado, en una especie de trineo que le llaman canasta.  El mismo está manejado con sogas por dos hombres a los que llaman carreiros, que se colocan en la parte de atrás del trineo-canasta que no tiene ruedas, sino madera en la parte que entra en contacto con la pulida superficie de las calles.  Los carreiros tienen que tener licencias para hacer este trabajo, similar a las que obtienen los taxistas y pueden venderlas a otros cualificados, a muy buen precio para el vendedor.  Una versión del origen de las canastas fue que la esposa del dueño de una quinta para quien su esposo construyó una mansión en lo alto de la colina sufrió una caída.  Como resultado, no podía bajar por lo que él se ideó este sistema para transportarla. Otra versión es que fueron utilizados por los habitantes para facilitarse sus diligencias. Fue una experiencia excitante y totalmente inesperada.  En el trayecto había fotógrafos apostados que luego ofrecían las fotos de los viajeros.  Nunca he sido fotogénica, así que cuando vi el resultado de la foto no me animé a comprarla.  Mi compañera de asiento sí que es fotogénica y quedó de show.






Salimos de esa aventura por área de vistas hermosas.  Nos explicó Isabel que había habido un accidente aéreo en el aeropuerto, por problemas con la pista de aterrizaje.  Por tal razón decidieron construir una nueva pista que está precisamente sobre un tramo de la carretera que se atraviesa como si fuera un túnel, lo cual resulta alucinante.  Alucinantes también son las espectaculares vistas de acantilados con el mar profundamente azul. 













Llegamos a un pequeño poblado en el que nos detuvimos a tomar algo e ir al baño.  El grupo se dispersó y yo, fiel a mi esencia, me fui a contemplar el mar.  La playa está cubierta de piedras oscuras, por lo que no es fácil caminar por ella.  Varios jóvenes se divertían haciendo surfing. 


Tras un rato contemplando la escena decidí retornar al área donde habíamos iniciado la parada a la hora acordada, pero el grupo no estaba por ningún lado.   Al rato los divisé.  Mientras yo contemplaba la escena marina, ellos recorrieron parte del poblado.  Salimos juntos a una destilería de ron que, a decir verdad, no me impresionó – de ron sabemos.  Sí disfruté de unas galletitas hechas con azúcar de caña, que luego vi en el aeropuerto y traje para regalar.

De allí partimos hacia el pueblito de Santana, un lugar encantador con pequeñas casitas de paja.  Los habitantes originales cultivaban cereales y tenían suficiente paja para techar sus diminutas casas.  En uno de esos giros enrevesados de la burocracia gubernamental, no se están expidiendo permisos para compra- venta o alquiler de las casitas, que deben ser mantenidas en el estado original salvo por el mantenimiento y deben permanecer en manos de los dueños originales o sus descendientes. 


















De allí partimos para tomar el almuerzo en Quinta de Forao, un lugar con una vista espectacular.  El almuerzo inició con una sopa de tomate a la que le añaden huevo.  Suena extraño, pero sabe riquísima.  Luego el plato principal, que en mi caso era pez espada, acompañado de batata.  Por supuesto, con vinito blanco.






















Tras el almuerzo, caminamos por los alrededores, con jardines hermosos y un hotel en medio de viñedos.  Caminar por el área fue una experiencia muy relajante, en la que se podía apreciar la belleza del entorno variado -en un mismo área, acantilados, viñedos y jardines exuberantes. 



















De regreso hicimos una breve visita al museo de Cristiano Ronaldo, estrella del fútbol portugués, quien es originario de Madeira.

Nos despedimos con un dejo de tristeza de Isabel, quien descubrí se llama Ana Isabel, así que somos medio tocayas. Al día siguiente salíamos para la isla de San Miguel, que forma parte de las islas Azores, también perteneciente a Portugal. Lo haríamos por la línea aérea SATA, lo cual obviamente nos causa gracia.  Teníamos un poco de tiempo antes del vuelo, así que me dediqué a poner en orden mis cosas, hasta donde me fue posible.  Además, le eché una mirada al periódico digital, el que visitaba de vez en cuando para saber cómo andaban las cosas en casa.  Ya sabía que había muchas lluvias, pero entonces leí una historia que desafortunadamente se repite y que siempre me deja el alma estrujada, pero que no puedo dejar de ver, porque creo que es importante mantener los pies en tierra.

Mientras yo viajo feliz por algún lugar del mundo, en otros lugares hay gente sufriendo.  Poco puedo hacer, pero al menos denunciar que eso está ocurriendo es hacer algo para que se logre corregir esta deshumanizante conducta.  Relataba el periódico la historia de una mujer dominicana embarazada, angustiada, con una niña de dos años.  A su esposo, que trabajaba en un proyecto de construcción en el Hotel La Concha, se lo llevaron arrestado y estaba en Miami.  Su niña se pasaba preguntando ¿dónde está papá?  Hay que ser de acero inoxidable para no conmoverse ante esto.  Me pregunto qué habrá pasado con ese hombre y con tantos otros hombres y mujeres que son llevados por hombres armados, pero desalmados, con rostros cubiertos que se niegan a decir sus nombres, como un secuestro sancionado por una política despiadada y racista.   Sus familiares pasan a veces varios angustiosos días sin saber a dónde fueron a parar y cuándo los podrán volver a ver. Tristemente, estas escenas se repiten y al momento que escribo esto - un mes desde que leí esa historia- ha habido varias historias similares.

Pasada la angustia de saber del caso de esta mujer, me dispuse a continuar la marcha a la isla de San Miguel. Llegamos en la tarde y nos dirigimos al hotel, que tenía un sabor a ambiente de gran barco.  En los pasillos, había fotos de buques y la habitación tenía una ambientación como de camarote antiguo, con detalles en bronce. Tras descansar un poco, bajé al vestíbulo del hotel para encontrarme con parte del grupo a escuchar a una de las compañeras que nuevamente interpretaría algunas melodías en el piano que había en el lugar. Tras un rato, vino un empleado del hotel a solicitar que cesara la música, porque supuestamente molestaba a los comensales del restaurante que estaba en el nivel superior y que podía divisarse parcialmente desde el vestíbulo.  Nos estuvo extrañísimo, porque la música eran melodías tradicionales, pero tal vez la explicación está en el tipo de huésped que aparentemente suele hospedarse allí, principalmente norteamericanos o europeos nórdicos.  De hecho, a la mañana siguiente tuve esa sensación que he tenido anteriormente en restaurantes, de ser ignorada cuando voy sola a comer.  Salvo por el que deduje era el Maitre d’, las meseras en el desayuno me pasaban por el lado, no miraban hacia mi mesa y tenía que casi enviar señales de humo para lograr captar su atención, mientras que por el contrario acudían con frecuencia a las mesas con parejas de aspecto nórdico.

Conocimos a nuestro guía, Miguel, quien nos explicó que las islas Azores son el lugar ideal para avistar ballenas y que, de hecho, en esos días se celebraba una cumbre especial de especialistas en el estudio de estos majestuosos seres y su esposa participaba.  Amenazaba con llover y Miguel hizo un cambio en la ruta para evadir área de nubes que hubiesen impedido apreciar las hermosas vistas que tendríamos ese día. Tras una subida, llegamos a un área de un volcán colapsado en la que se formó un lago, que se conoce como Lagoa do fogo.  Estaba frío, pero la vista era insuperable, aparte de que resultaba difícil de comprender cómo algo que había sido volcán era ahora este paraje de quietud, belleza ¡y frío!  Bajamos del área por sembradíos de caña y árboles de cedro japonés, que semejan pinos.  




















Arribamos a la ciudad de Ribeira Grande, que pese a su encanto parece más pueblo que ciudad.  Allí vimos la iglesia de la Virgen de la Estrella, que estaba cerrada y desde las escalinatas, una pequeña plaza.  Era sábado y resultaba extraño ver sus calles desiertas.  Las aceras eran empedradas, con los diseños tipo mosaico que había apreciado el año pasado en Lisboa. 






















De allí, nos dirigimos a Caldeiras, en la que se estableció desde 1811 un lugar para tratamientos de aguas termales. El área ofrecía un paisaje inquietante por las aguas burbujeantes que estaban dispersadas por varios puntos.  A simple vista, en áreas por la que transitan autos, podían apreciarse charcas en ebullición que despedían un olor que me hizo pensar en eso que se dice que el diablo llega envuelto en olor a azufre. 





















El infierno no estaba allí; de hecho, está en los lugares en guerra o en los que la gente es injustamente perseguida, pero esos son otros 20 pesos.  Resultaba extraño por demás que aún con el calor y el sulfuroso olor, podían escucharse pájaros en el área del agua que se veía hervía a borbotones.  Y es en esa agua precisamente que se cocina la comida, en enormes calderos que las personas individuales o los empleados del restaurante se encargaban de remover de los huecos de cemento tapados e identificados según su(s) dueño(s), que habríamos de degustar luego.










El almuerzo se llevó a cabo en un lugar sencillo, pero bien puesto, en el que nos atendieron con mucha amabilidad.  De aperitivo, morcilla dulce en hojaldre; una sopa de vegetales exquisita y de plato principal para mí, atún en salsa roja, acompañado generosamente con vino blanco.  De postre, flan de huevo, sin leche, que resultó perfecto para mí.  De allí, partimos hacia Lagoa de Sete Cidades, un parque nacional muy hermoso, con un mirador al que se le conoce como Vista Do Rei, que ciertamente tiene una vista digna de un rey.



















 Al otro lado del mirador está el edificio abandonado de lo que fue un hotel cinco estrellas.  Es fácil imaginar la hermosura de vista de este hotel, pero también puede entenderse por qué no tuvo éxito.  Está en el medio de la nada, por lo que salvo que estuviesen de luna de miel, los huéspedes no tendrían otra cosa que hacer salvo comer, descansar y apreciar la hermosa vista.  Como dice una canción, hasta la belleza cansa.  Así que no somos los únicos que tenemos hoteles de lujo que ahora se convierten en adefesios cubiertos de grafiti, con solo la memoria de un pasado glorioso.

Llegamos a un pueblito encantador, con una iglesia que me atrajo por su sencillez y el camino bordeado por pinos y cedros que conducía a su entrada.  Llegué sola a contemplarla, atraída por el silencio.  Todo alrededor emanaba paz.  Entré y admiré la sencillez que tanto me seduce de estos espacios en los que se supone entremos en contacto con un Ser superior, llámese como se llame.  Algo en estos espacios tranquilos, con poca ornamentación y nada de lujo me hace sentir que, en efecto, estoy en presencia de algo esencial -tal vez dentro de mí misma- que pierdo con el bullicio, las conversaciones de mi propia mente y las distracciones de todo lo que no es esencial. En las afueras unas sencillas esculturas relativas a la Virgen de Fátima y el paisaje sereno, limpio. 



















El mirador de Escalvado fue nuestra próxima parada -un lugar desde donde pueden apreciarse imponentes acantilados y el azul tan hermoso del mar.  Desde una pequeña caseta que estaba cerrada, se supone se monitorean avistamientos de ballenas y delfines.  No vimos ninguno, pero me animé a que me tomaran una foto con ese mar hermoso de fondo -el mar siempre me hace feliz












Camino a los invernaderos en los que se producen piñas divisamos vacas pastando, que por alguna razón me recuerdan la canción El arriero, de Atahualpa Yupanqui, que alude a la labor del peón: “las penas y las vaquitas se van por la misma senda.  Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas…” .  


San Miguel es la única isla de las Azores que produce piñas, luego de que una plaga destruyó lo que en el siglo XIX era la producción principal: naranjas, así que solo quedaron las piñas.  Se exportaba principalmente a Inglaterra, donde era considerada un lujo. Viniendo yo de otra isla en la que se producen piñas espectaculares -aunque ya no tanto- debo decir que ver las piñas en invernaderos me resultó triste, como si estuvieran presas, mientras las nuestras levantan sus cabezas al sol y aire tropical.




Regresamos al hotel y luego de un leve descanso me propuse caminar a un área frente a la bahía que algunas de las chicas habían visitado, para comer algo.  No tenía tanta hambre, pero me apetecía comer algo.  Esa noche el equipo local de fútbol había resultado victorioso en un partido clave, por lo que pude observar varios carros exhibiendo banderas, tocando bocina y con gritos de júbilo, tal y como pasa aquí con juegos de baloncesto.  Llegué al lugar y estaba atestado de jóvenes y no tan jóvenes viendo lo que imagino era una grabación del partido, entremezclados con turistas.  Por suerte me ubicaron en una mesa y puede apreciar un hermoso buque de vela anclado justo al frente.


Ordené el pescado del día, que no tenía ni idea de cual era, con papas fritas.  El plato tardaba en llegar y veía a la mesera que pasaba frente a mí con platos que iban a parar a otras mesas.  En un momento ella se disculpó por la tardanza y eventualmente trajo mi pescado, que todavía no sé lo que era, pero estaba muy bueno, aunque tenía muchas espinas.  Terminada la cena, regresé al hotel. Al igual que la noche anterior, vi que habían retirado la cubierta de la cama, colocado sobre ella un chocolatito y unas pantuflas al pie de la cama.  Me encantan estos detalles que ya casi no se ven.


A la mañana siguiente tuve otra dosis de ser ignorada en la mesa de desayuno, lo que me recordó un paso de comedia de la comediante Carol Burnett en un restaurante en el que es totalmente ignorada.   Al menos puedo tomar las cosas con humor y no dejo que estos pocos incidentes arruinen mi día, que sería el último en San Miguel.  Imagino que para hacer tiempo hasta nuestro principal destino ese día, nos detuvimos en una finca de cultivo de té, con unas vistas hermosas de los sembradíos.




















Originalmente la planta de té tenía solo fines decorativos, pero tras la plaga que azotó los naranjos, el té se convirtió en una industria importante.  Tal vez por ser domingo la fábrica que visitamos estaba cerrada en su fase de producción, así que fue el propio Miguel quien nos explicó el proceso de producción del té.  En esa planta se produce té blanco, verde y negro, todo de la misma planta.  Lo que produce las distintas variedades de té es el método de tratar las hojas, un poco similar a lo que ocurre con los vinos blancos, rosados o tintos que se pueden producir de uvas rojas.

Terminada la explicación, podíamos probar dos tipos de té, que honestamente debo decir que no me impresionaron, tal vez porque ya estaban en unos envases de metal como esos que usan para café en cafeterías o caterings. El área de tienda estaba atestada de gente, la mayoría de habla inglesa.  Tras hacer la parada técnica de rigor en el baño, me dediqué a contemplar los hermosos sembradíos de té.  El paisaje, una vez más, emanaba paz, tranquilidad. 


Proseguimos nuestro viaje hasta el Mirador Pico Do Ferro, donde nuevamente vimos otro de esos volcanes colapsados que se convirtieron en lagos rodeados de montes. 




















 


De allí, nos trasladamos a Furnas, donde nuevamente pudimos apreciar esta costumbre generalizada en algunas de las islas Canarias y de las Azores, de cocinar en enormes calderos bajo tierra de forma tal que los guisos se convierten en comidas compartidas, en algo que no sólo disfrutan los turistas, sino también las familias.  Eso me trae recuerdos de hace muchos años, cuando las familias -la mía incluida- se trasladaban a la playa con calderos de arroz con pollo, ensalada de coditos y refrescos.  Nos acomodábamos a la sombra de las palmas y no había el escándalo que hay ahora, de equipos de sonido a todo volumen.  Puedo imaginar a los pobres peces aterrados con sonidos que no conocen, o tal vez, ya reconocen y los sufren resignados.

Vimos la dinámica de los calderos y hasta seguimos con la vista a dos hombres que buscaron sus calderos.  De allí, nos trasladamos al restaurante Tony's, que se sentía como un lugar familiar, caminando por el pequeño pueblo.  Nos topamos con una procesión.  Hacía tiempo que no veía una procesión con música.   En el restaurante, algunos de los compañeros pidieron el guiso de carnes, que era producto del cocido bajo tierra.  Yo había pedido de antemano calamares, que no eran preparados de la misma forma, pero estaban exquisitos.  Pude probar algo del guiso de carnes, que estaba buenísimo.  El lugar era pequeño, acogedor y tenía un ambiente casero. 
























Tras el opíparo almuerzo, salimos a caminar por el pueblito.  Divisé la iglesia y entré.  Allí me di cuenta que se conoce como Nuestra Señora de la Alegría, lo cual me trajo recuerdos de mi amiga Flor, quien muchas veces se refiere a la santa alegría.  De nuevo, es una iglesia modesta, que invita a la reflexión, independientemente de las creencias de cada cual, o al menos así lo siento.






































La visita al ParqueTerra Nostra fue algo así como cerrar con broche de oro nuestra visita a San Miguel.  Es un lugar mágico, que combina un enorme jardín botánico con la experiencia de entrar a las aguas termales.  Ya estábamos preparados para la experiencia, por lo que llevábamos toalla y la ropa para cambiarnos en unos espacios muy bien habilitados para ello.  Las aguas del estanque natural no se ven bonitas, porque tienen un color cobrizo -no es que estén sucias; es el contenido mineral del agua.  Nos sumergimos en las aguas, lo que se sentía como una tibia caricia.  Tras un rato, salí a cambiarme.  Hubiese querido tener más tiempo para disfrutar con más calma de todo el entorno del parque, con sus veredas y estanques con los hermosos peces Koi.









































Repasando mis notas y las fotos que tomé, me doy cuenta que la estadía en San Miguel fue hermosa y amerita repetirse con más tiempo para disfrutar cada espacio con calma.  Al día siguiente ya dejábamos atrás las islas para adentrarnos en tierra firme.

Viene a mi mente la canción de Pablo Milanés que dice: Amo esta isla, soy del Caribe, jamás podría pisar tierra firme, porque me inhibe; no me hablen de continentes, que ya se han abarrotado, usted mira a todos lados y lo ve lleno de gente…  La canción es una sencilla, pero profunda reflexión de lo que significa ser isleño – en su caso y el nuestro, caribeño, que le añade un elemento adicional, pero en esencia, ser de una isla nos hace sentir de manera distinta por nuestro entorno más reducido. Tal vez por eso me siento más cómoda en los espacios más íntimos.  La canción profundiza mucho más en lo que implica para muchos cambiar su entorno hasta transformarse en algo que no se es.  En ese sentido, los Boricuas que se trasladan al continente-en la mayoría de los casos, realizan pequeñas transformaciones -una bandera visible en algún lugar de las casas o hasta la vestimenta; una imagen de nuestro coquí; la música sabrosa que nos hace gozar o la nostálgica de la Navidad que nos hace llorar de emoción recordando las Navidades más largas del mundo.

En mi caso, nunca he vivido en un continente, aunque he visitado más de uno.  Amo viajar, conocer nuevos lugares, tener nuevas experiencias, pero siempre me regocijo de volver a casa.  Con esta mezcla de emociones nos despedimos de Miguel y de San Miguel de Azores para ir a Lisboa, que sería nuestra última parada oficial, aunque algunos permanecerían allí o tomarían otros vuelos antes de regresar.  Para mí, era suficiente.  Volamos a Lisboa y al llegar, hubo una confusión con el hotel, que había sido cambiado a última hora.  La guagua nos dejó enfrente de un edificio y un empleado del lugar comenzó a acomodar las maletas en el vestíbulo del hotel, que no era nuestro hotel -era el del lado.  El pobre chico había entrado las maletas que no correspondían al hotel. Tras la confusión, llegamos al mini vestíbulo del hotel que nos correspondía, el cual tiene motivos de estrellas de cine y así se designan las habitaciones.  La mía era Marilyn Monroe y tenía varias fotos de la super sensual y controversial actriz.  No tengo mucho en común con ella, aunque ciertamente hay un aspecto de sensualidad que pocas veces revelo y ahora que lo pienso, con el que debería ponerme más en contacto.



Mi habitación no estaba mal, pero resultaba decepcionante tras los otros hoteles que habíamos visitado. Otros compañeros tuvieron contratiempos con ruidos o cuartos incómodos.  Tras acomodarme y soltar las maletas me di a la tarea de buscar un lugar para almorzar en el área, que estaba muy cerca del hotel en que me había quedado el año pasado. A la distancia divisé un lugar con sombrillas y mesas en la acera que deduje era un restaurante.  En efecto, era un lugar mezcla de dulcería y cafetería, algo así como la antigua Bombonera del Viejo San Juan, que tanto echo de menos.  Del interior salió un camarero muy simpático, que no hubiera estado fuera de lugar en La Bombonera -tenía esa pinta de mozo que lleva décadas en el lugar y conoce a sus clientes.  Pedí, entre español e inglés el plato especial, que era un filete de bacalao, pero al ratito el hombre salió para dejarme saber que se había terminado.  Reevalué mis opciones y me decidí por un plato que era como una mezcla de bacalao desmenuzado con papas y aceitunas negras. 


Disfrutaba de un vinito blanco mientras veía la gente pasar y a algunos que se sentaban -una mezcla de turistas y locales.  Al rato llegó mi plato, que estaba muy bueno y era como comer comida casera.  De hecho, una vez regresé, en un momento dado preparé mi versión, que resultó muy parecida a la que comí ese día.  Mientras disfrutaba del almuerzo y veía la gente pasar, me fijé en un hombre mayor con bastón que caminaba con algo de dificultad, acompañado por otro que le ayudaba.  Se sentó en la mesa del lado, que era como sentarse a la misma mesa, de tan pegadas que estaban.  Me ofreció una dulce sonrisa y ordenó un café.  Por alguna razón me habló en francés -no me tenía cara de francés, pero tal vez no sabía español, dedujo -correctamente- que yo no sabía portugués y optó por esa alternativa.  Por suerte todavía recuerdo algo de las clases de francés en la IUPI, por las que siempre estaré agradecida a la extraordinaria profesora que tuve, Ruth Hernández, q.e.p.d.

No sé si él me preguntó o si yo lo dije de primera intención que era de Puerto Rico.  Él asintió y dijo sí, Puerto Rico, que era colonia de España.  Y ahora de Estados Unidos, le comenté, a lo cual asintió, por lo que inferí que era un hombre con educación, porque en mis viajes me he topado con gente que no tienen ni idea de dónde queda Puerto Rico y ni se diga todos los que nos confunden con Costa Rica. Conversamos ligeramente hasta que llego el taxi o Uber que esperaba y se despidió muy amablemente, deseándome una feliz estadía en Lisboa. Me sentí muy cómoda en ese ratito que estuve allí, como si pudiera adaptarme al entorno de Lisboa con relativa facilidad.  Pedí la cuenta y me despedí del amable mesero.  Caminé un poco por el área y encontré el hotel en el que había estado, así como una interesante librería cercana.  Regresé al hotel para organizar un poco la maleta en preparación para el viaje al día siguiente y el encuentro con el grupo para un trago de despedida.

Me dispuse a bañarme en una de esas bañeras que eran muy comunes en Europa y que afortunadamente ya no se ven tanto, que tienen unos bordes que para alguien de mi estatura casi requieren que use un banquito para poder entrar a ella.  Abrí la ducha y salió un chorro hacia las toallas y el traje de baño que todavía no se terminaba de secar del día anterior en San Miguel.  @#$%! mascullé.  Es el tercer incidente que tengo con excesos de líquido.  Nada, trataré de secar el traje de baño con un secador de pelo, me dije y seguí en mis preparativos para encontrarme con el grupo por última vez, ya que yo debía salir a eso de las 10:45 de la mañana para el aeropuerto.  La reunión se hizo en la barra-salón del hotel del lado, porque el nuestro no tenía barra, lo cual resultó gracioso, porque fue a ese hotel que el empleado había llevado nuestras maletas.  La dueña de la agencia invitó a la primera ronda de tragos.  Yo pedí un oporto blanco, por aquello de rendir tributo a Portugal.  Por cierto, el oporto estuvo delicioso.

Conversamos sobre nuestras experiencias en este viaje tan singular y uno de los compañeros preguntó a cada uno cuál había sido la isla favorita.  No puedo decidir, le dije; todas tienen su encanto.  Tienes que decidir, insistió.  Bueno, pues Lanzarote, porque me impresionó el paisaje árido con suelo negro y cómo los habitantes aprovecharon al máximo sus escasos recursos e incorporaron la naturaleza a su arquitectura y costumbres.  Al redactar estas líneas, pienso que San Miguel compite ferozmente con Lanzarote por mi predilección, así que podría decir que de las islas Canarias prefiero a Lanzarote y de las portuguesas a San Miguel, sin que esto implique desdén hacia las otras islas.  Hubiese querido tener más tiempo en algunos de los lugares visitados, como las cuevas de Lanzarote y el Parque Terra Nostra en San Miguel, para saborear con más calma los espacios.

Tras un rato en agradable charla, me marché a descansar, porque al día siguiente me esperaban dos vuelos: uno de siete horas y media de Lisboa a Filadelfia, tras lo que debía esperar como 5 horas para el vuelo de tres horas y media a casa.  Dormí fatal, cosa que me ocurre cuando tengo un vuelo pendiente. Puse el despertador para las 5:30 de la mañana, porque debía estar en el aeropuerto a eso de las 8.  Ya a eso de las 4:30 estaba despierta, por lo que me levanté.  Parece que a esa hora no prenden el calentador en ese hotel, porque el agua estaba helada, así que me di un lavado de gato, teniendo el mayor cuidado al entrar y salir de la bañera.  No hubiese sido agradable terminar el viaje con un brazo roto.  Bajé unos minutos antes de que abrieran el salón comedor que estaba en el piso 2, creo y me perdí, pero finalmente llegué.  Contrario a mis expectativas dadas las experiencias no tan agradables de los compañeros con este hotel, el desayuno estuvo muy bien, no ocasioné otros desastres con agua o café y ¡hasta tenían leche sin lactosa! Bajé unos diez minutos antes a esperar el auto que me habían dispuesto para el traslado al aeropuerto y afortunadamente el chofer ya había llegado.  Resultó providencial, porque había mucho tráfico.

Llegamos a tiempo al aeropuerto y el chofer me dejó en un área de estacionamiento bajo techo y me dijo que tomara el elevador lo cual hice.  Oh-oh, me dije cuando las puertas se abrieron.  Recordaba que el año pasado, en este mismo aeropuerto tuve una experiencia desesperante con pisos que había que bajar para volver a subir -en fin, me volví a perder.  No sé no cómo llegué al mostrador de American Airlines, pero llegué y a tiempo.  Gracias a mi compulsión con salir con más tiempo del necesario por si hay contratiempos en el camino, estaba ya en el aeropuerto.  Claro, una cosa es estar en el aeropuerto y otra es llegar a las puertas de embarque.  Bendiiiito-había unas mujeres sudamericanas más perdidas que yo, que me preguntaban a mí cómo llegar a otras puertas de embarque y no las puede ayudar, porque soy el poster child de la desorientación.  Anduve por el aeropuerto mirando tiendas y menos mal que decidí ponerme en fila para acceder a las puertas de embarque, porque el trayecto era interminable.

El vuelo fluyó sin contratiempos y llegué a Filadelfia con hambre.  El proceso para recoger la maleta para volverla a soltar fue desesperante.  Estaba cansada, con hambre y el mal humor arreciaba.  No divisaba ningún lugar que me llamara la atención para comer y terminé en uno que pedí unos fish & chips insípidos y grasosos que comí con toda la calma del mundo, pues tenía tiempo de más y me bebí dos copas de vino -hay que anestesiar la ansiedad.  Llegué a la puerta de abordaje y tras una espera como de una hora, abordé el avión que me traería a casita.  Viajar es de las actividades que más disfruto, pero llegar a casa, como dice el anuncio de Mastercard, no tiene precio.  Pese a los líos del gobierno, los apagones de LUMA, los cráteres en las carreteras, no hay nada como llegar a casa, darme un buen baño y acostarme en mi camita, con el arrullo de mis adorados coquíes.

Me tomó como 10 días recuperarme del viaje.  Estaba agotada.  Quería iniciar la redacción de este recuento, pero no me animaba.  Cuando decidí hacerlo, LUMA hizo una de las suyas y luego la computadora empezó a actuar extraña, pero finalmente lo logré.  Ha sido un viaje hermoso, que dio cumplimiento a un deseo que tenía por años de conocer Islas Canarias. La experiencia fue hermosa en muchos sentidos -vi paisajes deslumbrantes, tuve experiencias que jamás imaginé, como sentir el calor de la tierra en mis manos, beber vino producido en terrenos que parecen no ser capaces de producir nada, comer alimentos cocinados con el calor de la tierra, comí alimentos que no sólo estaban exquisitos, sino que también eran un deleite a la vista.  Recibí más de lo que esperaba en un viaje sin contratiempos mayores, con momentos emotivos, en ocasiones de una belleza indescriptible.  Conocí gente que me mostraban su país con gozo, como Guasi, como Gina y otros que, aunque no eran directamente isleños, aprendieron a amar las islas como propias, como Isabel y Miguel.

Tuve la oportunidad de viajar con un grupo que demostró que velaban los unos por los otros y que nos entregamos al gozo de descubrir nuevos destinos, cada quien a su ritmo.  El viaje me ofreció, una vez más, la oportunidad de valorar cuan afortunada he sido en esta vida y a no olvidar que mientras yo viajo y disfruto, hay miles que no pueden ni siquiera disfrutar de una noche tranquila en casa.  No olvido esto, para mantenerme con los pies en la tierra, con el compromiso de poner mi granito de arena para que este sea un mundo mejor para todos y todas.

6 de julio de 2025