Salimos de Lanzarote para Gran
Canaria, que era, de esas islas, la más conocida para mí. Nos recibió Marc, un catalán que rápido se
dio a la tarea de mostrarnos la ciudad, comenzando por la plaza en Las Palmas,
con su característica iglesia, en este caso la Catedral Basílica Santa Ana y el
edificio gubernamental.
El altar de la
iglesia llama la atención por el tamaño reducido de las imágenes de Santa Ana y
la Virgen María, que contrario a la mayoría de las iglesias, eran la figura
principal en lugar del Cristo crucificado. Hay dos capillas que exhiben un
Cristo crucificado y una Virgen de la Dolorosa, obras del Siglo XVIII de un
escultor de nombre Luján Pérez, que resultan muy impresionantes.
Subimos hasta la
azotea, desde donde se divisaba la plaza con sus edificios, un hermoso
campanario y una vista hermosa del mar, en el que se divisaban varios
veleros.
Visitamos la casa en la que
estuvo un tiempo Cristóbal Colón y sus alrededores. Debo confesar que, tras el viaje -que fue
corto- y el traslado, las explicaciones extensas sobre los viajes de Colón me
desesperaron un poco, tal vez porque el hambre comenzaba a arreciar.
Tras una
breve caminata por las callejuelas nos detuvimos en un lugar pequeño, muy
sencillo, como una fonda, junto al guía.
Pedimos pequeños platos: tortilla de bacalao, papas, pimientos asados,
calamares. Yo pedí una copa de vino
blanco. Todo estaba muy bueno.
Visitamos un jardín botánico donde
podían apreciarse muchas de las plantas con características de un ambiente desértico,
entre ellas el Drago; en particular el Drago de Gran Canarias, que está en
peligro de extinción. Creo que es del
Drago común se extrae un pigmento que se utiliza para pintar los violines
Stradivarius.
Llegamos a otra plaza, donde apreciamos una iglesia desde el exterior,
porque estaba cerrada. En las áreas
circundantes había edificaciones y pequeños cafés como los del Viejo San
Juan.
Mientras esperábamos por el resto
del grupo caminé un poco por el área y de repente me topé en una esquina con
una placa que leía: Plaza del Pintor Guillermo Sureda.
Recordé las acuarelas de
Sureda, que vivió varios años en Puerto Rico y pintaba hermosos paisajes de
nuestra isla. Yo ni sabía que Sureda era
canario, nacido precisamente en el área donde nos encontrábamos: Arucas. El guía, presumo que por no ser del área, no
sabía de Sureda. Algunos del grupo lo
recordaban.
Cuando regresé a casa después del
viaje busqué un disco que aún conservo, de la colección de mi papá, que tiene
en la carátula y en el interior fotos de las acuarelas de Sureda. Me dio una alegría inmensa ver las fotos y
haber estado en el lugar donde nació ese pintor que tantos recuerdos me trae de
mi infancia, cuando veía a mi papá escuchando esta música, entornando sus ojos
y fumando un cigarrillo.

Hubiese querido
poner el disco, pero las bocinas del equipo se dañaron y eso no es Bluetooth
ni cosa que se parezca -son dos cajas enormes que se conectan al equipo por
unos cablecitos en la parte de atrás.
Intenté reconectarlos y no pude. He tratado de conseguir otras y en las
tiendas de equipo electrónico me miran como si estuviera pidiendo un
fonógrafo. Busqué las canciones en You Tube
y me emocioné de escuchar lo que tantas veces escuché en mi casa. Escribo esta parte del relato el sábado antes
del Día de los Padres. Mañana escucharé algunas
de las canciones y recordaré, como tantas veces, al hombre que tuve el
privilegio de llamar Papito.
Llegamos al hotel, que está bien
puesto, aunque de primera intención no impresiona. Hacia la parte de atrás, desde el comedor tiene
ventanales desde los cuales se aprecia todo un paseo frente a la playa. La cena
buffet estaba incluida y resultó buena.
Al otro día salimos rumbo a los mercados de San Mateo y Teror. El paisaje se asemeja mucho al nuestro, incluyendo
los hombres ya mayorcitos en tertulia bajo la sombra de un árbol.
Dentro del mercado se ofrecen vegetales
frescos y diversas clases de panes, pero lo que captó mi atención fue el
escaparate donde se mostraban distintas clases de embutidos, entre los cuales
se destacaba la morcilla dulce.
¿Morcilla dulce? Jamás había oído
de semejante cosa. Sé que en España se
produce morcilla, al igual que aquí, pero eso de que fuera dulce era nuevo para
mí.
Al salir del mercado me detuve en
una pequeña plaza a contemplar una escultura que me llamó poderosamente la
atención. Representaba una columna con
unas manos que se alzaban al cielo y una figura serpenteante en el interior de
la columna. Me detuve a leer la
descripción de lo que se titula Héroes, que está dedicada a los
habitantes de San Mateo que dan la mano a aquéllos que necesitan ayuda, que
resulta ser la figura que me pareció serpenteante, pero que es en realidad un
nudo en las entrañas de los que sufren por carencias.


De inmediato pensé en la situación de tantos
inmigrantes que sufren una persecución despiadada y en todas las manos
solidarias que les ofrecen asistencia.
Estaba distante de mi país, pero ya había iniciado esta persecución
feroz y al volver, he visto más voces dispuestas a denunciar los atropellos y organizaciones
como la de una pastora amiga en Barrio Obrero, que ofrece alimentos a los que no
se atreven salir a buscar su sustento.
Una vez más, se muestran los dos lados de la condición humana: uno que atropella
sin compasión y otro que se compadece del dolor ajeno y ofrece ayuda.
Visitamos el poblado de Tejeda, un
lugar muy simpático, pero lo que fue espectacular fue el Parador Cruz de
Tejeda, desde donde podía apreciarse una hermosa vista. La jefa de la agencia nos invitó a un vinito
que disfrutamos contemplando la vista y una de las compañeras de viaje nos
obsequió con quesos que había comprado en el mercado. Lamentablemente no los pude probar, por mi
problema de intolerancia a la lactosa, pero se veían ricos. El parador nos obsequió unas patatas fritas y
entre copas y paisajes compartimos un buen rato.



Continuamos la marcha y llegamos a
almorzar a un lugar muy acogedor, esta vez un poco más grande que el que
habíamos visitado a nuestra llegada a Gran Canaria. Al examinar el menú, vi que tenían morcilla
dulce como parte de los ofrecimientos de aperitivo. Al preguntar, me dijeron que
era bastante grande, así que indagué con algunas de las chicas con quienes
compartía mesa si querían probarla.
Algunas se unieron-menos mal, porque ciertamente era una pieza descomunal. Me encantó.
En efecto, es dulce, en una rara combinación de sabores y texturas, que
no incluye arroz. El plato principal era
a base de carne de cerdo, pero no recuerdo los detalles, porque la morcilla se
llevó toda mi atención.
Regresamos al hotel y decidí
caminar por el área del paseo que bordeaba la playa. Era domingo y podía verse a muchas familias
disfrutando del sol, la vista y el clima en general hermoso.
Al siguiente día teníamos una agenda en
contrastes. Primero visitaríamos el área
conocida como Puerto Rico, que no tiene nada que ver con nuestra querida
isla. Originalmente el lugar se llamaba
Puerto Ribo (de río) y es en realidad un área de apartamentos turísticos en
masa, algo así como Isla Verde, nada extraordinario. Llegamos en ferry a Puerto Mogán, al que se
le conoce como la Venecia canaria. El
lugar es encantador, aunque se nota que es muy turístico, pero no por ello deja
de ser hermoso. Las callecitas están
adornadas con trinitarias y el agua es cristalina, pese a que hay muchos botes.
De Puerto Mogán nos movimos a
visitar las dunas de Masapalomas, un paisaje que resulta increíble, alucinante,
como si estuviéramos en pleno desierto con el mar de fondo.
La arena es una combinación de la original
del lugar, la que llegó desde el Sahara y la que se añadió después para evitar
que llegara al área de hoteles. Se
teoriza que la arena original pudo ser producto de un tsunami. El área está protegida y se prohíbe el paso por
ellas, aunque algunos indisciplinados cruzan las sogas que lo delimitan para
tomarse fotos. Prueba de que los
Boricuas no somos los únicos indisciplinados.
Dicho sea de paso, todo nuestro grupo se mantuvo en cumplimiento de las
normas.
Seguimos nuestra aventura hasta el valle
volcánico de Guayadeque, un área que semeja las imágenes que he visto de
lugares como Arizona y que está llena de cuevas en las que todavía viven
personas. Se dice que en las cuevas se
guardaban alimentos y hasta momias.
Arribamos al restaurante Tagoror, que toma su nombre del lugar donde se
toman decisiones. Las mesas son
circulares y el tope es o simula piedra.


Algunos de nosotros ya habíamos tomado
la decisión de disfrutar del plato especialidad de la casa: cabrito.Como aperitivo, había chorizos parrilleros,
gofio escalfado, rodeado de gruesas rodajas de cebolla roja que usábamos para
servir y tomates aliñados, acompañado con abundante vino. Finalmente, llegó el tan esperado cabrito,
que debo decir estaba exquisito. Olvidé
tomarle una foto antes de disfrutarlo, pero los huesitos desnudos son evidencia
de lo rico que estaba. Sin lugar a dudas
que esta experiencia, incluida en la excursión, le añadió otro elemento de
autenticidad y pudimos apreciar los elementos de las tradiciones de la región.

El pueblito de Agüimes fue nuestra
siguiente parada. Estaba prácticamente
desierto, lo cual resultaba extraño para un lunes. Parece que la siesta allí es un poco más
prolongada. El hecho de que no hubiese
casi nadie a la vista facilitó el proceso de tomar fotos, que muestran un pueblito
limpio, callado, con estructuras que semejan pedazos de turrón. Yo soy amante de la tranquilidad, pero creo
que podría sufrir una sobredosis de tranquilidad en un lugar así.
Regresamos al hotel en lo que sería nuestra
última noche en territorio canario, ya que al día siguiente partíamos al
mediodía para la isla de Madeira, que pertenece a Portugal. Esa noche no cené y me dediqué a revisar las
fotos y otras cosas en internet. Agradecí
esta porción del viaje, que me permitió cumplir algo que había deseado por
mucho tiempo. Vi paisajes hermosísimos, comí exquisito y tuve la compañía de un
grupo con el que poco a poco me fui sintiendo más cómoda. Todo lo que viniera después, sería ganancia.
Nos despedimos del hotel en Gran
Canaria y tomamos dos vuelos para llegar a Madeira: uno de Las Palmas en Gran
Canaria a Tenerife y otro de allí a Funchal, en Madeira. Arribamos a eso de las 5: 30 pm. El hotel era muy cómodo y yo tenía una buena
vista. Era muy moderno y en la recepción
podía verse una aspiradora automática que se movía por el área y me hizo
recordar al personaje de Robotina de los Supersónicos (Jetsons) que solía
disfrutar cuando niña. Salí a explorar,
pero se me olvidó la cámara, así que seguí mi camino, luego de preguntar en la
recepción dónde podría comer algo. Seguí
las direcciones y llegué bien. El lugar
no era nada del otro mundo y los empleados, que no parecían portugueses tenían
dificultad para hablar español o inglés y yo no sé portugués, pero me hice
entender y pedí unos camarones cocidos, con papas fritas y una copa de vino
blanco. Nada memorable, pero mató el
hambre.
Al otro día bajé a tomar el
desayuno tipo buffet y me ocurrió otro de mis percances con los sistemas
automatizados para que una misma se sirva bebidas. Ya se ha popularizado en Europa que el café en
estos bufets sale de una máquina de la que una misma se sirve, luego de escoger
el tipo de café. Debido a mi problema
con la lactosa, suelo pedir leche sin lactosa y afortunadamente en la mayoría
de los lugares la había, así que solo tenía que servirme el café negro. Solamente había visibles pocillos, no tazas
enteras, así que tomé uno y lo coloqué debajo del lugar por donde salía el café
y apreté el botón. Contemplaba el café
saliendo y veía con horror que se aproximaba rápidamente al borde del pocillo,
hasta que finalmente se desbordó. Por
suerte no siguió saliendo demasiado café, presumo que porque la máquina había
medido una taza completa, pero me pregunté si el universo me estaba enviando un
mensaje con esto de los desbordes. Ojalá
reciba desbordante alegría.
Tras el desayuno que comenzó
accidentado, conocimos la guía en Madeira, Isabel -una mujer madura, con sumo
conocimiento del lugar, pese a ser francesa.
Explicó que no está acostumbrada a grupos hispanoparlantes; que suele atender
grupos en inglés e incluso alemán, pero se desenvolvió muy bien con nosotros. Visitamos
el poblado Cámara de lobos, llamado así por los lobos marinos o focas monje. En
el camino, divisé una esquina que salvo por los montes al fondo y los techos de
tejas, se parece a una pequeña placita en el Viejo San Juan donde me he
detenido a disfrutar las paletas de helado de Señor Paleta.
Isabel
nos relató la historia de la Pequeña Deserta, llamada así porque en un momento
las focas del área fueron cazadas y algunos escaparon a una isla desierta. Una de ellas solía retornar al área y la
llamaron la pequeña Deserta. Hay un
mural tridimensional dedicado a esta criatura que me enterneció.
El área es hermosa, con aguas cristalinas, en
las que pueden divisarse erizos en las rocas.
Nos dijo Isabel que no suelen comer erizo, así que perdí esa
oportunidad. El pueblito pesquero, con
sus yolas de colores me cautivó, como suelen hacer todos los lugares costeros.
En un área frente a un pequeño
hotel contemplamos una escultura de Sir Winston Churchill, quien solía visitar
el área y disfrutaba de pintar. No tenía
idea de que Churchill pintara, lo cual demuestra que cada uno de nosotros posee
talentos que muchos desconocen.
Isabel
nos explicó que los habitantes de Madeira se desplazaron por zonas distantes
del mundo y por ello pueden verse jardines con flores o estatuas de personas de
Sudáfrica, Australia, Hawaii, Venezuela y otros. Llegamos al valle de las Monjas, con el
mirador de los enamorados. El paisaje se
asemeja a los de Suiza -montes verdes, cielo azul, flores de color intenso. Casi sentí que de un momento a otro aparecería
Julie Andrews cantando the hills are alive, with the sound of music…
Y
en el mismo lugar, de momento entraba la neblina. El clima cambiante fue una constante en las
islas, aunque solo un día llovió y las nubes se dispersaban rápidamente. Nos dirigimos por un área con mucha
vegetación rumbo a lo que sería nuestro lugar de almuerzo, en área de viñedos.
Allí degustaríamos los vinos producidos
localmente, con la presentación que nos hizo Gina, una chica encantadora que
dejó evidenciado el entusiasmo que siente por todo lo que hace. De los vinos que degustamos preferí uno
blanco, de nombre Antonio, que le fue muy bien al plato de bacalao que
seleccioné. El personal fue tan amable,
que nos sirvieron un poco de carne que vimos en unos enormes pinchos que
colgaban de un armazón en otra mesa. Yo
estaba feliz con el bacalao, así que solo probé un poco. Tras el almuerzo, salimos a ver los viñedos.
Luego nos dirigimos a un mirador en el que
podíamos caminar por un piso -presumo que de acrílico o vidrio templado y ver
hacia abajo.

Por la noche tuvimos un espectáculo
folclórico con cena. Allí pudimos
apreciar los enormes pinchos en la mesa.
Era algo inquietante intentar bajar los pedazos de carne de los enormes
pinchos, así que nos ayudábamos los unos a los otros para evitar un accidente
en la mesa. Fue interesante ver el grupo
folclórico, algunos de los cuales parecían ser familia y se disfrutaban la
música y el baile. En el vestíbulo del
restaurante había una representación de una vivienda tradicional, incluyendo
las canastas utilizadas para trasladar a las personas desde el alto de la
colina.




Al otro día tuvimos la oportunidad
de montarnos en las canastas, una experiencia que no estaba programada: bajar
por las estrechas calles de un área alta en un poblado, en una especie de
trineo que le llaman canasta. El mismo
está manejado con sogas por dos hombres a los que llaman carreiros, que
se colocan en la parte de atrás del trineo-canasta que no tiene ruedas, sino
madera en la parte que entra en contacto con la pulida superficie de las
calles. Los carreiros tienen que
tener licencias para hacer este trabajo, similar a las que obtienen los
taxistas y pueden venderlas a otros cualificados, a muy buen precio para el
vendedor. Una versión del origen de las
canastas fue que la esposa del dueño de una quinta para quien su esposo
construyó una mansión en lo alto de la colina sufrió una caída. Como resultado, no podía bajar por lo que él
se ideó este sistema para transportarla. Otra versión es que fueron utilizados
por los habitantes para facilitarse sus diligencias. Fue una experiencia
excitante y totalmente inesperada. En el
trayecto había fotógrafos apostados que luego ofrecían las fotos de los
viajeros. Nunca he sido fotogénica, así
que cuando vi el resultado de la foto no me animé a comprarla. Mi compañera de asiento sí que es fotogénica
y quedó de show.


Salimos de esa aventura por área de
vistas hermosas. Nos explicó Isabel que
había habido un accidente aéreo en el aeropuerto, por problemas con la pista de
aterrizaje. Por tal razón decidieron
construir una nueva pista que está precisamente sobre un tramo de la carretera
que se atraviesa como si fuera un túnel, lo cual resulta alucinante. Alucinantes también son las espectaculares
vistas de acantilados con el mar profundamente azul.
Llegamos a un pequeño poblado en el que nos
detuvimos a tomar algo e ir al baño. El
grupo se dispersó y yo, fiel a mi esencia, me fui a contemplar el mar. La playa está cubierta de piedras oscuras,
por lo que no es fácil caminar por ella.
Varios jóvenes se divertían haciendo surfing.
Tras un rato contemplando la escena decidí
retornar al área donde habíamos iniciado la parada a la hora acordada, pero el
grupo no estaba por ningún lado. Al
rato los divisé. Mientras yo contemplaba
la escena marina, ellos recorrieron parte del poblado. Salimos juntos a una destilería de ron que, a
decir verdad, no me impresionó – de ron sabemos. Sí disfruté de unas galletitas hechas con
azúcar de caña, que luego vi en el aeropuerto y traje para regalar.
De allí partimos hacia el pueblito
de Santana, un lugar encantador con pequeñas casitas de paja. Los habitantes originales cultivaban cereales
y tenían suficiente paja para techar sus diminutas casas. En uno de esos giros enrevesados de la
burocracia gubernamental, no se están expidiendo permisos para compra- venta o
alquiler de las casitas, que deben ser mantenidas en el estado original salvo
por el mantenimiento y deben permanecer en manos de los dueños originales o sus
descendientes.
De allí partimos para
tomar el almuerzo en Quinta de Forao, un lugar con una vista espectacular. El almuerzo inició con una sopa de tomate a
la que le añaden huevo. Suena extraño,
pero sabe riquísima. Luego el plato
principal, que en mi caso era pez espada, acompañado de batata. Por supuesto, con vinito blanco.

Tras el
almuerzo, caminamos por los alrededores, con jardines hermosos y un hotel en
medio de viñedos. Caminar por el área
fue una experiencia muy relajante, en la que se podía apreciar la belleza del
entorno variado -en un mismo área, acantilados, viñedos y jardines exuberantes.
De regreso hicimos una breve visita al museo de Cristiano Ronaldo, estrella del
fútbol portugués, quien es originario de Madeira.
Nos despedimos con un dejo de
tristeza de Isabel, quien descubrí se llama Ana Isabel, así que somos medio tocayas.
Al día siguiente salíamos para la isla de San Miguel, que forma parte de las
islas Azores, también perteneciente a Portugal. Lo haríamos por la línea aérea
SATA, lo cual obviamente nos causa gracia.
Teníamos un poco de tiempo antes del vuelo, así que me dediqué a poner
en orden mis cosas, hasta donde me fue posible.
Además, le eché una mirada al periódico digital, el que visitaba de vez
en cuando para saber cómo andaban las cosas en casa. Ya sabía que había muchas lluvias, pero
entonces leí una historia que desafortunadamente se repite y que siempre me
deja el alma estrujada, pero que no puedo dejar de ver, porque creo que es importante
mantener los pies en tierra.
Mientras yo viajo feliz por algún
lugar del mundo, en otros lugares hay gente sufriendo. Poco puedo hacer, pero al menos denunciar que
eso está ocurriendo es hacer algo para que se logre corregir esta
deshumanizante conducta. Relataba el
periódico la historia de una mujer dominicana embarazada, angustiada, con una
niña de dos años. A su esposo, que trabajaba
en un proyecto de construcción en el Hotel La Concha, se lo llevaron arrestado
y estaba en Miami. Su niña se pasaba
preguntando ¿dónde está papá? Hay que
ser de acero inoxidable para no conmoverse ante esto. Me pregunto qué habrá pasado con ese hombre y
con tantos otros hombres y mujeres que son llevados por hombres armados, pero
desalmados, con rostros cubiertos que se niegan a decir sus nombres, como un
secuestro sancionado por una política despiadada y racista. Sus familiares pasan a veces varios
angustiosos días sin saber a dónde fueron a parar y cuándo los podrán volver a
ver. Tristemente, estas escenas se repiten y al momento que escribo esto - un
mes desde que leí esa historia- ha habido varias historias similares.
Pasada la angustia de saber del
caso de esta mujer, me dispuse a continuar la marcha a la isla de San Miguel. Llegamos
en la tarde y nos dirigimos al hotel, que tenía un sabor a ambiente de gran
barco. En los pasillos, había fotos de
buques y la habitación tenía una ambientación como de camarote antiguo, con
detalles en bronce. Tras descansar un
poco, bajé al vestíbulo del hotel para encontrarme con parte del grupo a
escuchar a una de las compañeras que nuevamente interpretaría algunas melodías
en el piano que había en el lugar. Tras un rato, vino un empleado del hotel a
solicitar que cesara la música, porque supuestamente molestaba a los comensales
del restaurante que estaba en el nivel superior y que podía divisarse parcialmente
desde el vestíbulo. Nos estuvo
extrañísimo, porque la música eran melodías tradicionales, pero tal vez la
explicación está en el tipo de huésped que aparentemente suele hospedarse allí,
principalmente norteamericanos o europeos nórdicos. De hecho, a la mañana siguiente tuve esa
sensación que he tenido anteriormente en restaurantes, de ser ignorada cuando
voy sola a comer. Salvo por el que
deduje era el Maitre d’, las meseras en el desayuno me pasaban por el lado, no
miraban hacia mi mesa y tenía que casi enviar señales de humo para lograr
captar su atención, mientras que por el contrario acudían con frecuencia a las
mesas con parejas de aspecto nórdico.
Conocimos a nuestro guía, Miguel,
quien nos explicó que las islas Azores son el lugar ideal para avistar ballenas
y que, de hecho, en esos días se celebraba una cumbre especial de especialistas
en el estudio de estos majestuosos seres y su esposa participaba. Amenazaba con llover y Miguel hizo un cambio
en la ruta para evadir área de nubes que hubiesen impedido apreciar las
hermosas vistas que tendríamos ese día. Tras una subida, llegamos a un área de
un volcán colapsado en la que se formó un lago, que se conoce como Lagoa do
fogo. Estaba frío, pero la vista era
insuperable, aparte de que resultaba difícil de comprender cómo algo que había
sido volcán era ahora este paraje de quietud, belleza ¡y frío! Bajamos del área por sembradíos de caña y
árboles de cedro japonés, que semejan pinos.



Arribamos a la ciudad de Ribeira
Grande, que pese a su encanto parece más pueblo que ciudad. Allí vimos la iglesia de la Virgen de la
Estrella, que estaba cerrada y desde las escalinatas, una pequeña plaza. Era sábado y resultaba extraño ver sus calles
desiertas. Las aceras eran empedradas,
con los diseños tipo mosaico que había apreciado el año pasado en Lisboa.
De allí, nos dirigimos a Caldeiras, en la que
se estableció desde 1811 un lugar para tratamientos de aguas termales. El área
ofrecía un paisaje inquietante por las aguas burbujeantes que estaban
dispersadas por varios puntos. A simple
vista, en áreas por la que transitan autos, podían apreciarse charcas en
ebullición que despedían un olor que me hizo pensar en eso que se dice que el
diablo llega envuelto en olor a azufre.
El infierno no estaba allí; de hecho,
está en los lugares en guerra o en los que la gente es injustamente perseguida,
pero esos son otros 20 pesos. Resultaba
extraño por demás que aún con el calor y el sulfuroso olor, podían escucharse
pájaros en el área del agua que se veía hervía a borbotones. Y es en esa agua precisamente que se cocina
la comida, en enormes calderos que las personas individuales o los empleados del
restaurante se encargaban de remover de los huecos de cemento tapados e
identificados según su(s) dueño(s), que habríamos de degustar luego.


El almuerzo se llevó a cabo en un
lugar sencillo, pero bien puesto, en el que nos atendieron con mucha amabilidad. De aperitivo, morcilla dulce en hojaldre; una
sopa de vegetales exquisita y de plato principal para mí, atún en salsa roja,
acompañado generosamente con vino blanco.
De postre, flan de huevo, sin leche, que resultó perfecto para mí. De allí, partimos hacia Lagoa de Sete
Cidades, un parque nacional muy hermoso, con un mirador al que se le conoce
como Vista Do Rei, que ciertamente tiene una vista digna de un rey.



Al otro lado del mirador está el edificio
abandonado de lo que fue un hotel cinco estrellas. Es fácil imaginar la hermosura de vista de
este hotel, pero también puede entenderse por qué no tuvo éxito. Está en el medio de la nada, por lo que salvo
que estuviesen de luna de miel, los huéspedes no tendrían otra cosa que hacer salvo
comer, descansar y apreciar la hermosa vista.
Como dice una canción, hasta la belleza cansa. Así que no somos los únicos que tenemos
hoteles de lujo que ahora se convierten en adefesios cubiertos de grafiti, con
solo la memoria de un pasado glorioso.
Llegamos a un pueblito encantador,
con una iglesia que me atrajo por su sencillez y el camino bordeado por pinos y
cedros que conducía a su entrada. Llegué
sola a contemplarla, atraída por el silencio.
Todo alrededor emanaba paz. Entré
y admiré la sencillez que tanto me seduce de estos espacios en los que se
supone entremos en contacto con un Ser superior, llámese como se llame. Algo en estos espacios tranquilos, con poca
ornamentación y nada de lujo me hace sentir que, en efecto, estoy en presencia
de algo esencial -tal vez dentro de mí misma- que pierdo con el bullicio, las
conversaciones de mi propia mente y las distracciones de todo lo que no es esencial.
En las afueras unas sencillas esculturas relativas a la Virgen de Fátima y el
paisaje sereno, limpio.




El mirador de Escalvado fue nuestra
próxima parada -un lugar desde donde pueden apreciarse imponentes acantilados y
el azul tan hermoso del mar. Desde una
pequeña caseta que estaba cerrada, se supone se monitorean avistamientos de
ballenas y delfines. No vimos ninguno,
pero me animé a que me tomaran una foto con ese mar hermoso de fondo -el mar
siempre me hace feliz
Camino a los invernaderos en los que se producen piñas divisamos vacas pastando, que por alguna razón me recuerdan la canción El arriero, de Atahualpa Yupanqui, que alude a la labor del peón: “las penas y las vaquitas se van por la misma senda. Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas…” .
San Miguel es la única isla de
las Azores que produce piñas, luego de que una plaga destruyó lo que en el
siglo XIX era la producción principal: naranjas, así que solo quedaron las
piñas. Se exportaba principalmente a
Inglaterra, donde era considerada un lujo. Viniendo yo de otra isla en la que
se producen piñas espectaculares -aunque ya no tanto- debo decir que ver las piñas
en invernaderos me resultó triste, como si estuvieran presas, mientras las
nuestras levantan sus cabezas al sol y aire tropical.


Regresamos al hotel y luego de un
leve descanso me propuse caminar a un área frente a la bahía que algunas de las
chicas habían visitado, para comer algo.
No tenía tanta hambre, pero me apetecía comer algo. Esa noche el equipo local de fútbol había
resultado victorioso en un partido clave, por lo que pude observar varios
carros exhibiendo banderas, tocando bocina y con gritos de júbilo, tal y como
pasa aquí con juegos de baloncesto.
Llegué al lugar y estaba atestado de jóvenes y no tan jóvenes viendo lo que
imagino era una grabación del partido, entremezclados con turistas. Por suerte me ubicaron en una mesa y puede
apreciar un hermoso buque de vela anclado justo al frente.

Ordené el pescado del día, que no tenía ni
idea de cual era, con papas fritas. El
plato tardaba en llegar y veía a la mesera que pasaba frente a mí con platos
que iban a parar a otras mesas. En un
momento ella se disculpó por la tardanza y eventualmente trajo mi pescado, que
todavía no sé lo que era, pero estaba muy bueno, aunque tenía muchas
espinas. Terminada la cena, regresé al
hotel. Al igual que la noche anterior, vi que habían retirado la cubierta de la
cama, colocado sobre ella un chocolatito y unas pantuflas al pie de la
cama. Me encantan estos detalles que ya
casi no se ven.

A la mañana siguiente tuve otra
dosis de ser ignorada en la mesa de desayuno, lo que me recordó un paso de
comedia de la comediante Carol Burnett en un restaurante en el que es
totalmente ignorada. Al menos puedo
tomar las cosas con humor y no dejo que estos pocos incidentes arruinen mi día,
que sería el último en San Miguel.
Imagino que para hacer tiempo hasta nuestro principal destino ese día,
nos detuvimos en una finca de cultivo de té, con unas vistas hermosas de los
sembradíos.



Originalmente la planta de
té tenía solo fines decorativos, pero tras la plaga que azotó los naranjos, el
té se convirtió en una industria importante.
Tal vez por ser domingo la fábrica que visitamos estaba cerrada en su
fase de producción, así que fue el propio Miguel quien nos explicó el proceso
de producción del té. En esa planta se
produce té blanco, verde y negro, todo de la misma planta. Lo que produce las distintas variedades de té
es el método de tratar las hojas, un poco similar a lo que ocurre con los vinos
blancos, rosados o tintos que se pueden producir de uvas rojas.
Terminada la explicación, podíamos
probar dos tipos de té, que honestamente debo decir que no me impresionaron,
tal vez porque ya estaban en unos envases de metal como esos que usan para café
en cafeterías o caterings. El área de tienda estaba atestada de gente,
la mayoría de habla inglesa. Tras hacer
la parada técnica de rigor en el baño, me dediqué a contemplar los hermosos
sembradíos de té. El paisaje, una vez
más, emanaba paz, tranquilidad.
Proseguimos nuestro viaje hasta el Mirador Pico Do Ferro, donde
nuevamente vimos otro de esos volcanes colapsados que se convirtieron en lagos
rodeados de montes.
De allí, nos
trasladamos a Furnas, donde nuevamente pudimos apreciar esta costumbre
generalizada en algunas de las islas Canarias y de las Azores, de cocinar en
enormes calderos bajo tierra de forma tal que los guisos se convierten en
comidas compartidas, en algo que no sólo disfrutan los turistas, sino también
las familias. Eso me trae recuerdos de
hace muchos años, cuando las familias -la mía incluida- se trasladaban a la
playa con calderos de arroz con pollo, ensalada de coditos y refrescos. Nos acomodábamos a la sombra de las palmas y
no había el escándalo que hay ahora, de equipos de sonido a todo volumen. Puedo imaginar a los pobres peces aterrados
con sonidos que no conocen, o tal vez, ya reconocen y los sufren resignados.
Vimos la dinámica de los calderos y
hasta seguimos con la vista a dos hombres que buscaron sus calderos. De allí, nos trasladamos al restaurante Tony's,
que se sentía como un lugar familiar, caminando por el pequeño pueblo. Nos topamos con una procesión. Hacía tiempo que no veía una procesión con
música. En el restaurante, algunos de
los compañeros pidieron el guiso de carnes, que era producto del cocido bajo
tierra. Yo había pedido de antemano
calamares, que no eran preparados de la misma forma, pero estaban
exquisitos. Pude probar algo del guiso
de carnes, que estaba buenísimo. El
lugar era pequeño, acogedor y tenía un ambiente casero.




Tras el opíparo almuerzo, salimos a caminar
por el pueblito. Divisé la iglesia y
entré. Allí me di cuenta que se conoce
como Nuestra Señora de la Alegría, lo cual me trajo recuerdos de mi amiga Flor,
quien muchas veces se refiere a la santa alegría. De nuevo, es una iglesia modesta, que invita
a la reflexión, independientemente de las creencias de cada cual, o al menos
así lo siento.






La visita al ParqueTerra Nostra
fue algo así como cerrar con broche de oro nuestra visita a San Miguel. Es un lugar mágico, que combina un enorme
jardín botánico con la experiencia de entrar a las aguas termales. Ya estábamos preparados para la experiencia,
por lo que llevábamos toalla y la ropa para cambiarnos en unos espacios muy
bien habilitados para ello. Las aguas
del estanque natural no se ven bonitas, porque tienen un color cobrizo -no es
que estén sucias; es el contenido mineral del agua. Nos sumergimos en las aguas, lo que se sentía
como una tibia caricia. Tras un rato,
salí a cambiarme. Hubiese querido tener
más tiempo para disfrutar con más calma de todo el entorno del parque, con sus
veredas y estanques con los hermosos peces Koi.







Repasando mis notas y las fotos que tomé, me doy cuenta que la estadía
en San Miguel fue hermosa y amerita repetirse con más tiempo para disfrutar
cada espacio con calma. Al día siguiente
ya dejábamos atrás las islas para adentrarnos en tierra firme.
Viene a mi mente la canción de
Pablo Milanés que dice: Amo esta isla, soy del Caribe, jamás podría pisar
tierra firme, porque me inhibe; no me hablen de continentes, que ya se han
abarrotado, usted mira a todos lados y lo ve lleno de gente… La canción es una sencilla, pero profunda
reflexión de lo que significa ser isleño – en su caso y el nuestro, caribeño,
que le añade un elemento adicional, pero en esencia, ser de una isla nos hace
sentir de manera distinta por nuestro entorno más reducido. Tal vez por eso me
siento más cómoda en los espacios más íntimos.
La canción profundiza mucho más en lo que implica para muchos cambiar su
entorno hasta transformarse en algo que no se es. En ese sentido, los Boricuas que se trasladan
al continente-en la mayoría de los casos, realizan pequeñas transformaciones
-una bandera visible en algún lugar de las casas o hasta la vestimenta; una
imagen de nuestro coquí; la música sabrosa que nos hace gozar o la nostálgica
de la Navidad que nos hace llorar de emoción recordando las Navidades más
largas del mundo.
En mi caso, nunca he vivido en un
continente, aunque he visitado más de uno.
Amo viajar, conocer nuevos lugares, tener nuevas experiencias, pero
siempre me regocijo de volver a casa.
Con esta mezcla de emociones nos despedimos de Miguel y de San Miguel de
Azores para ir a Lisboa, que sería nuestra última parada oficial, aunque
algunos permanecerían allí o tomarían otros vuelos antes de regresar. Para mí, era suficiente. Volamos a Lisboa y al llegar, hubo una
confusión con el hotel, que había sido cambiado a última hora. La guagua nos dejó enfrente de un edificio y
un empleado del lugar comenzó a acomodar las maletas en el vestíbulo del hotel,
que no era nuestro hotel -era el del lado.
El pobre chico había entrado las maletas que no correspondían al hotel. Tras
la confusión, llegamos al mini vestíbulo del hotel que nos correspondía, el
cual tiene motivos de estrellas de cine y así se designan las
habitaciones. La mía era Marilyn Monroe
y tenía varias fotos de la super sensual y controversial actriz. No tengo mucho en común con ella, aunque
ciertamente hay un aspecto de sensualidad que pocas veces revelo y ahora que lo
pienso, con el que debería ponerme más en contacto.

Mi habitación no estaba mal, pero
resultaba decepcionante tras los otros hoteles que habíamos visitado. Otros
compañeros tuvieron contratiempos con ruidos o cuartos incómodos. Tras acomodarme y soltar las maletas me di a
la tarea de buscar un lugar para almorzar en el área, que estaba muy cerca del
hotel en que me había quedado el año pasado. A la distancia divisé un lugar con
sombrillas y mesas en la acera que deduje era un restaurante. En efecto, era un lugar mezcla de dulcería y
cafetería, algo así como la antigua Bombonera del Viejo San Juan, que tanto
echo de menos. Del interior salió un
camarero muy simpático, que no hubiera estado fuera de lugar en La Bombonera
-tenía esa pinta de mozo que lleva décadas en el lugar y conoce a sus
clientes. Pedí, entre español e inglés
el plato especial, que era un filete de bacalao, pero al ratito el hombre salió
para dejarme saber que se había terminado.
Reevalué mis opciones y me decidí por un plato que era como una mezcla
de bacalao desmenuzado con papas y aceitunas negras.

Disfrutaba de un vinito blanco
mientras veía la gente pasar y a algunos que se sentaban -una mezcla de
turistas y locales. Al rato llegó mi
plato, que estaba muy bueno y era como comer comida casera. De hecho, una vez regresé, en un momento dado
preparé mi versión, que resultó muy parecida a la que comí ese día. Mientras disfrutaba del almuerzo y veía la
gente pasar, me fijé en un hombre mayor con bastón que caminaba con algo de
dificultad, acompañado por otro que le ayudaba.
Se sentó en la mesa del lado, que era como sentarse a la misma mesa, de
tan pegadas que estaban. Me ofreció una
dulce sonrisa y ordenó un café. Por
alguna razón me habló en francés -no me tenía cara de francés, pero tal vez no
sabía español, dedujo -correctamente- que yo no sabía portugués y optó por esa
alternativa. Por suerte todavía recuerdo
algo de las clases de francés en la IUPI, por las que siempre estaré agradecida
a la extraordinaria profesora que tuve, Ruth Hernández, q.e.p.d.
No sé si él me preguntó o si yo lo
dije de primera intención que era de Puerto Rico. Él asintió y dijo sí, Puerto Rico, que era
colonia de España. Y ahora de
Estados Unidos, le comenté, a lo cual asintió, por lo que inferí que era un
hombre con educación, porque en mis viajes me he topado con gente que no tienen
ni idea de dónde queda Puerto Rico y ni se diga todos los que nos confunden con
Costa Rica. Conversamos ligeramente hasta que llego el taxi o Uber que esperaba
y se despidió muy amablemente, deseándome una feliz estadía en Lisboa. Me sentí
muy cómoda en ese ratito que estuve allí, como si pudiera adaptarme al entorno
de Lisboa con relativa facilidad. Pedí
la cuenta y me despedí del amable mesero.
Caminé un poco por el área y encontré el hotel en el que había estado,
así como una interesante librería cercana.
Regresé al hotel para organizar un poco la maleta en preparación para el
viaje al día siguiente y el encuentro con el grupo para un trago de despedida.
Me dispuse a bañarme en una de esas
bañeras que eran muy comunes en Europa y que afortunadamente ya no se ven
tanto, que tienen unos bordes que para alguien de mi estatura casi requieren
que use un banquito para poder entrar a ella.
Abrí la ducha y salió un chorro hacia las toallas y el traje de baño que
todavía no se terminaba de secar del día anterior en San Miguel. @#$%! mascullé. Es el tercer incidente que tengo con excesos
de líquido. Nada, trataré de secar el
traje de baño con un secador de pelo, me dije y seguí en mis preparativos para
encontrarme con el grupo por última vez, ya que yo debía salir a eso de las
10:45 de la mañana para el aeropuerto.
La reunión se hizo en la barra-salón del hotel del lado, porque el
nuestro no tenía barra, lo cual resultó gracioso, porque fue a ese hotel que el
empleado había llevado nuestras maletas.
La dueña de la agencia invitó a la primera ronda de tragos. Yo pedí un oporto blanco, por aquello de
rendir tributo a Portugal. Por cierto,
el oporto estuvo delicioso.
Conversamos sobre nuestras
experiencias en este viaje tan singular y uno de los compañeros preguntó a cada
uno cuál había sido la isla favorita. No
puedo decidir, le dije; todas tienen su encanto. Tienes que decidir, insistió. Bueno, pues Lanzarote, porque me impresionó
el paisaje árido con suelo negro y cómo los habitantes aprovecharon al máximo
sus escasos recursos e incorporaron la naturaleza a su arquitectura y
costumbres. Al redactar estas líneas,
pienso que San Miguel compite ferozmente con Lanzarote por mi predilección, así
que podría decir que de las islas Canarias prefiero a Lanzarote y de las
portuguesas a San Miguel, sin que esto implique desdén hacia las otras
islas. Hubiese querido tener más tiempo
en algunos de los lugares visitados, como las cuevas de Lanzarote y el Parque
Terra Nostra en San Miguel, para saborear con más calma los espacios.
Tras un rato en agradable charla,
me marché a descansar, porque al día siguiente me esperaban dos vuelos: uno de
siete horas y media de Lisboa a Filadelfia, tras lo que debía esperar como 5
horas para el vuelo de tres horas y media a casa. Dormí fatal, cosa que me ocurre cuando tengo
un vuelo pendiente. Puse el despertador para las 5:30 de la mañana, porque
debía estar en el aeropuerto a eso de las 8.
Ya a eso de las 4:30 estaba despierta, por lo que me levanté. Parece que a esa hora no prenden el calentador
en ese hotel, porque el agua estaba helada, así que me di un lavado de gato,
teniendo el mayor cuidado al entrar y salir de la bañera. No hubiese sido agradable terminar el viaje
con un brazo roto. Bajé unos minutos
antes de que abrieran el salón comedor que estaba en el piso 2, creo y me
perdí, pero finalmente llegué. Contrario
a mis expectativas dadas las experiencias no tan agradables de los compañeros
con este hotel, el desayuno estuvo muy bien, no ocasioné otros desastres con
agua o café y ¡hasta tenían leche sin lactosa! Bajé unos diez minutos antes a
esperar el auto que me habían dispuesto para el traslado al aeropuerto y
afortunadamente el chofer ya había llegado.
Resultó providencial, porque había mucho tráfico.
Llegamos a tiempo al aeropuerto y
el chofer me dejó en un área de estacionamiento bajo techo y me dijo que tomara
el elevador lo cual hice. Oh-oh, me dije
cuando las puertas se abrieron.
Recordaba que el año pasado, en este mismo aeropuerto tuve una
experiencia desesperante con pisos que había que bajar para volver a subir -en
fin, me volví a perder. No sé no cómo
llegué al mostrador de American Airlines, pero llegué y a tiempo. Gracias a mi compulsión con salir con más
tiempo del necesario por si hay contratiempos en el camino, estaba ya en el
aeropuerto. Claro, una cosa es estar en
el aeropuerto y otra es llegar a las puertas de embarque. Bendiiiito-había unas mujeres sudamericanas
más perdidas que yo, que me preguntaban a mí cómo llegar a otras puertas de
embarque y no las puede ayudar, porque soy el poster child de la
desorientación. Anduve por el aeropuerto
mirando tiendas y menos mal que decidí ponerme en fila para acceder a las
puertas de embarque, porque el trayecto era interminable.
El vuelo fluyó sin contratiempos y
llegué a Filadelfia con hambre. El
proceso para recoger la maleta para volverla a soltar fue desesperante. Estaba cansada, con hambre y el mal humor
arreciaba. No divisaba ningún lugar que
me llamara la atención para comer y terminé en uno que pedí unos fish &
chips insípidos y grasosos que comí con toda la calma del mundo, pues tenía
tiempo de más y me bebí dos copas de vino -hay que anestesiar la ansiedad. Llegué a la puerta de abordaje y tras una
espera como de una hora, abordé el avión que me traería a casita. Viajar es de las actividades que más
disfruto, pero llegar a casa, como dice el anuncio de Mastercard, no tiene
precio. Pese a los líos del gobierno,
los apagones de LUMA, los cráteres en las carreteras, no hay nada como llegar a
casa, darme un buen baño y acostarme en mi camita, con el arrullo de mis
adorados coquíes.
Me tomó como 10 días recuperarme
del viaje. Estaba agotada. Quería iniciar la redacción de este recuento,
pero no me animaba. Cuando decidí
hacerlo, LUMA hizo una de las suyas y luego la computadora empezó a actuar
extraña, pero finalmente lo logré. Ha
sido un viaje hermoso, que dio cumplimiento a un deseo que tenía por años de
conocer Islas Canarias. La experiencia fue hermosa en muchos sentidos -vi
paisajes deslumbrantes, tuve experiencias que jamás imaginé, como sentir el
calor de la tierra en mis manos, beber vino producido en terrenos que parecen
no ser capaces de producir nada, comer alimentos cocinados con el calor de la
tierra, comí alimentos que no sólo estaban exquisitos, sino que también eran un
deleite a la vista. Recibí más de lo que
esperaba en un viaje sin contratiempos mayores, con momentos emotivos, en
ocasiones de una belleza indescriptible.
Conocí gente que me mostraban su país con gozo, como Guasi, como Gina y
otros que, aunque no eran directamente isleños, aprendieron a amar las islas
como propias, como Isabel y Miguel.
Tuve la oportunidad de viajar con
un grupo que demostró que velaban los unos por los otros y que nos entregamos
al gozo de descubrir nuevos destinos, cada quien a su ritmo. El viaje me ofreció, una vez más, la oportunidad
de valorar cuan afortunada he sido en esta vida y a no olvidar que mientras yo
viajo y disfruto, hay miles que no pueden ni siquiera disfrutar de una noche
tranquila en casa. No olvido esto, para
mantenerme con los pies en la tierra, con el compromiso de poner mi granito de
arena para que este sea un mundo mejor para todos y todas.
6
de julio de 2025