Datos personales

Mi foto
Este blog tiene el propósito de compartir mis ideas que estoy segura son las de muchos. Escribo sobre lo que me enternece, lo que me intriga, lo que me indigna o lo que me divierte. No me impongo fechas límite -escribo cuando quiero. El lector también puede elegir -hay relatos mas extensos, otros mas cortos. Entre cuando quiera. Vivo orgullosa de quien soy, de donde vengo y hacia donde voy, aunque no sepa como llegar... La imagen que lo acompaña es El Laberinto, de la serie Mandalas de Procesos, de Thalía Cuadrado, psicóloga clínica y artista, que me honra con su amistad. Me pareció apropiado para acompañar este blog sin dirección, porque son muchas las veces que me he sentido en un laberinto. Afortunadamente, siempre salgo…

lunes, 22 de diciembre de 2025

ROJO PUNZÓ

 






ROJO PUNZÓ

Antier hablaba con una amiga y de momento, usó una palabra que hacía años que no escuchaba, para referirse al color rojo: punzó, que es en realidad una palabra francesa: ponceau.  Sólo le escuchaba ese vocablo a mi mamá y madrina.  Madrinita -que era como yo le llamaba- y su esposo, a quien le decía Padrinito – aunque en realidad no lo era- tenían una tienda en pleno pueblo de Corozal.  Se llamaba Bazar Sulín, en honor a Madrinita y era una mezcla de tienda de artículos de costura, implementos de cocina, juguetes y chucherías variadas.  El lugar era parada obligada para todas las mujeres que cosían su propia ropa y la de su familia.  Allá podían encontrar telas, botones, zippers, hilos de coser o tejer, en fin, todo lo necesario para confeccionar sus vestidos.  Las mujeres de mi familia materna eran excelentes costureras, habilidad que no heredé.

Solía visitar la tienda en compañía de Mami y Papi.  Ella tenía la costumbre de preguntar por hilo punzó tan pronto pisaba la entrada del Bazar.  Yo adopté la costumbre de hacer lo mismo luego que Mami falleció y ya sabía que el color punzó es rojo, aunque no tengo claro cuál rojo es.  Siempre me han gustado los tonos de rojo: rojo sangre, rojo tomate, rojo ladrillo, rojo vino, por lo que estoy segura que me gustaría el rojo ponceau.  Tengo muchos recuerdos de la tienda: Padrinito y Madrinita tras el mostrador ayudando a las clientas que acudían a comprar, siempre atentos a sus solicitudes.  Recuerdo las telas envueltas en una especie de tabla rectangular, que se colocaba sobre el mostrador, se le daba vueltas, lo que producía un ruido sordo, hasta llegar a la medida: una, dos, tres yardas -lo que la clienta pidiera y Padrinito enfilando hábilmente la tijera para realizar el corte. Me gustaba mirar los juguetes, pero estaba advertida que no podía tocarlos y mucho menos pedir alguno.

En la trastienda se calentaban alimentos y colaba café, el que se hervía en una cacerola de porcelana que exhibía las heridas del uso y luego se pasaba por un colador de tela al que le llamamos “de media”, que con el tiempo se teñía, por supuesto, de color café.  De algunos alambres colaban ristras de peladuras de china que no sabía para qué se usaban, pero presumo que eran para preparar algún té.  El lugar retenía un olor mezcla de borra de café, humedad y un olor indefinible, pero no desagradable, que no he vuelto a sentir, pero sé que si lo sintiera, me llevaría a ese lugar que recuerdo con tanto cariño. Hay también un recuerdo que no es agradable.  Fue en la tienda que presencié el ataque de epilepsia que sufrió Papi y las gestiones de Padrinito y otros para procurar que él no se golpeara al caer.  No recuerdo más nada de ese día, pero la imagen de Papi en el piso se me quedó grabada.

Padrinito y Madrinita eran dos de los seres más amorosos que he conocido.  Recuerdo la primera casa que visité, de madera con el balcón en cemento y el piso con losas de colores.  Era una casa modesta, pero llena de amor.  De la cocina salían exquisiteces, entre ellas el majarete que preparaba Madrinita y que aunque  me queda excelente, nunca he podido igualar.  Tanto en esa casa, como en la construida en cemento luego, siempre fuimos recibidos con cariño y alegría.  En años más recientes nos sentábamos en el mostrador de la cocina, primero con mis padres y luego yo sola.  Padrinito salía a comprar pan y queso de papa mantecosito que venía envuelto en papel – evidencia que venía de un trozo enorme cortado en la panadería.  Madrinita preparaba el café que colaba en la media y lo disfrutábamos como un tentempié en lo que estaba el plato fuerte, dependiendo de lo que se cocinara.

Siempre he sido buen diente, así que no tenía reparos en devorar cualquier exquisitez que me presentaran, hasta que casi iba a reventar.  Terminado el almuerzo, Padrinito me preguntaba si quería más, a lo cual yo respondía que no podía comer más y él me decía “pero si no has comido nada”.  Quienes me conocen saben que comer poquito nunca ha sido una característica mía.  Disfruto comer, bien sea en restaurantes -finos o modestos, cafeterías, o preparar yo misma diversos platos que pueden ser tradicionales o de nuevas recetas.  Me encanta brindar comidas a mis amistades o familia y suelo servir porciones generosas, incluyendo ofrecer algo para llevar. Tal vez heredé esa costumbre de la familia materna de asegurar que haya comida en abundancia.  Me parte el alma saber que tanto aquí, como en otros lugares del mundo haya gente que no tiene suficiente para comer y procuro hacer mi parte para aliviar esa carencia.

Todas estas memorias vinieron a mi mente con la sola mención de la palabra punzó.  Soy bendecida de haber tenido una familia tan especial, para la que era esencial confeccionar buenos platos de comida para alimentar el cuerpo. En el proceso, me alimentaron el alma y contribuyeron a que en mi corazón habite un recuerdo color rojo ponceau.

22 de diciembre de 2025


6 comentarios:

  1. Bellas memorias amiga, admiro tu forma de decir las cosas que has vivido.

    ResponderEliminar
  2. Gracias Ana a mi mamá le gustaba el Rojo Punzo y a mi abuela también la que me enseñó a coser, ambas decían que era un color feliz. Desconocía que era una palabra francesa.🌺

    ResponderEliminar
  3. Hola, nunca habia escuchado esa palabra. Me encantó la descripción y me transporté a ese lugar y tiempo. Bendiciones!

    ResponderEliminar
  4. Saludos Anita , mi mamá era costurera y ama de casa , recuerdo que la acompañaba a una tienda donde ella compraba las telas y recordé el Sr poniéndolas en un mostrador igual y sacando dos o tres yardas como mencionas en el escrito, yo me entretenía mirando carritos de plástico que vendían a 5 centavos y que casi nunca me compraron porque el dinero no alcanzaba, fíjate como tu escrito también a mi me ha transportado a aquellos años ( 1955a 1960 ) faltaban muchas cosas , pero sobraba voluntad para seguir adelante, Gracias por tu escrito y por transportarnos a momentos felices de nuestra infancia, un abrazo y feliz Navidad, muchas bendiciones y mucha salud para ti también

    ResponderEliminar
  5. Saludos Ana. No conocía el rojo punzó. Gracias. Tampoco conocía la palabra tentempié, busqué y decía aperitivo. Me transportaste a la cocina de mi casa, el café, la hamaca. Deliciosos recuerdos. Nereida Serrano

    ResponderEliminar
  6. Saludos Ana, me traes recuerdos que me dan tristeza por lo pasado y alegría por lo bonito de haber vivido esas experiencias , rojo punzón es el color de la navidad, felicidades, feliz año nuevo

    ResponderEliminar