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Este blog tiene el propósito de compartir mis ideas que estoy segura son las de muchos. Escribo sobre lo que me enternece, lo que me intriga, lo que me indigna o lo que me divierte. No me impongo fechas límite -escribo cuando quiero. El lector también puede elegir -hay relatos mas extensos, otros mas cortos. Entre cuando quiera. Vivo orgullosa de quien soy, de donde vengo y hacia donde voy, aunque no sepa como llegar... La imagen que lo acompaña es El Laberinto, de la serie Mandalas de Procesos, de Thalía Cuadrado, psicóloga clínica y artista, que me honra con su amistad. Me pareció apropiado para acompañar este blog sin dirección, porque son muchas las veces que me he sentido en un laberinto. Afortunadamente, siempre salgo…

jueves, 28 de agosto de 2025

CALAMARES Y LECCIONES

 





CALAMARES Y LECCIONES


No es secreto que me fascina la cocina, tal vez desde el momento en que mi mamá, cuando yo tendría unos cuatro años, puso en mis manos un calderito para que mientras ella cocinaba, yo simulara hacer una sopa. Echaba en él las sobras del pimiento, el cuero del jamón y lo que quedara en la lata de salsa de tomate.  Ella no me enseñaba con un método, sino que yo observaba lo que ella hacía mientras la ayudaba ocasionalmente.  Juntas ideamos una salsa para los tostones, que bautizamos como salsa Ana-Ana.  Hace tiempo que no la hago -la pondré en agenda.  No tengo muchos recuerdos de aventuras en la cocina durante mi adolescencia, pero sé que asumí un rol más activo cuando estaba en escuela superior y mi mamá enfermó.  Preparaba platos que compartía con mi papá, particularmente después que ella falleció.  Asumí ese rol con naturalidad, sin que me causara dificultad.

Cuando me casé -faltando un mes para cumplir 20 años- me esmeraba en preparar platos tradicionales y poco a poco fui adquiriendo revistas y libros de cocina que aún hoy día conservo y consulto.  Uno de ellos es el libro que perteneció a mi mamá, que exhibe todas las huellas de haber sido consultado con frecuencia en sus 74 años -los del libro, no los míos- de existencia.



En estos tiempos, el tío Google resuelve casi cualquier duda que pueda tener sobre determinado ingrediente, pero de vez en cuando acudo a mis viejos libros o a las recetas que he guardado del periódico o revistas.  Por fortuna, no perdí el entusiasmo por la cocina cuando me divorcié.  Cocinar es para mí una terapia, bien sea que vaya a compartir un almuerzo o cena con amistades, o para mí solita.  Mientras escribo esto ya tengo alineados los ingredientes para la cena que me prepararé y el anticipo para mañana.

Cuando regreso de un viaje me gusta experimentar con recetas del lugar visitado.  Luego del viaje por Islas Canarias y Azores quise preparar un almuerzo para mi prima Socorrito, que hiciera honor a la botella de vino blanco que compré en Lanzarote.  Aunque el plato se inspiró en uno que disfruté en Madeira, lo cierto es que muchos de los platos de ambas islas se parecen.  Acudí al Tío Google para buscar una receta de calamares estilo canario y la encontré.  El uso del azafrán, el pimentón y el tomate frito reafirman el carácter canario de la receta.  Nunca había preparado calamares que no fueran las anillas de calamar que vienen congeladas y suelen quedar chiclosas, por lo que también tuve que buscar instrucciones para manejar los tubos de calamar, que después de todo eran la inspiración.

Encontré unos calamares congelados que venían enteros y los compré.  Cuando abrí la caja me resultaron intimidantes y hasta consideré cambiar el menú.  Vamos, que mi prima no es exigente y se hubiera conformado con una paella de cajita -que modifico y me queda de show, pero me armé de valor y me dispuse a preparar los calamares.  Según el vídeo que accedí, se separa la cabeza del cuerpo, se extraen las mondingas de adentro, se separan los tentáculos y luego se quita la piel.  Respiré hondo.  Esto parecía más complicado de lo que imaginé.  Pero no me di por vencida.  Comencé a sacar los calamares uno a uno y sentí un olor a mar, pero dulce, delicado. Mmmm.

Separar la cabeza del cuerpo halándola, hace que parte de las mondingas salgan con la cabeza.   Afortunadamente no lucen mal, ni se ven desagradables.  Hay que revisar el interior y sacar cualquier resto que quede, incluyendo algo que parece como plástico y hace las veces de espina dorsal, porque los calamares no tienen huesos.  Si no lo hubiera sacado yo misma del interior, jamás hubiese pensado que eso formaba parte de este animal.


Separar los tentáculos requiere que se haga un corte detrás de los ojos y ahí me dio un poco de penita.
  Ver ojos le confiere a eso que yacía en mi mostrador algo de un ser que en un momento tuvo vida y se movía con libertad en mares que en este caso eran de costas de Estados Unidos, según decía el empaque.  Pero bueno, ya habían sido pescados.  Si no me los comía yo, se los comería otr@, así que continué la labor.  No creo que a estas alturas me vaya a convertir en vegetariana.

Ahora procedía quitarle la piel.  Hmmm, pensé; esto debe ser complicado.  Pues no.  Resulta que basta con raspar un poquito en el borde y la piel sale como pelar un guineo.  Yes!!! También, según el vídeo, se raspa por el borde de las “alitas”.  Cuando escuché esto, de inmediato vino a mi mente la imagen de un calamar nadando y moviendo sus “alitas”.  El movimiento es fluido, elegante, como el de una bailarina de bomba agitando su falda con gracia. Tras quitar la piel, me sentí bien satisfecha por haber logrado algo que parecía intimidante y que me produciría frustración, pero que logré vencer.  Finalizado todo el proceso, ahora solo restaba esperar hasta más tarde para preparar la receta, que quedó riquísima.  Quise honrar el recuerdo de los platos que comí en el viaje, que en su versión tradicional eran sencillos.  En algunos casos se acompañaban con batata asada, así que eso hice y un pancito para aprovechar la salsa.  Mi prima y yo nos envolvimos en el disfrute del almuerzo y se me olvidó tomar fotos de los platos terminados, así que sólo le tomé una foto a lo que sobró y disfruté al otro día.



Enfrentarme a preparar algo que resulta -al menos para mí- intimidante, me mostró que vale la pena enfrentar retos, hacer cosas distintas a aquello a lo cual estoy acostumbrada.  A fin de cuentas, si no salía bien podía hacer otra cosa -no pasaba nada.  Mi prima no me juzgaría y tan sólo terminaría con mi ego algo lastimado.  Por supuesto, no siempre las cosas salen como quisiera.  Hace dos años quise tomar clases de natación y sí, aprendí a nadar, pero sentir que no tocaba fondo me causaba tanta ansiedad que hiperventilaba.  Quise seguir con las clases, para vencer esto, pero se convirtió en algo que no disfrutaba.  Mi mamá solía decirme, cuando desistía de alguna actividad: “tú nunca terminas lo que empiezas”, que no era del todo cierto.  Hubo muchas cosas que sí terminé: bachillerato y luego carrera de leyes; un curso de repostería, publicar un libro… Son muchas las veces que su frase viene a mi mente cuando considero no seguir con determinada actividad, como terminar de leer un libro que no disfruto.  La vida es demasiado corta como para persistir en una actividad innecesaria que no nos causa placer.  ¡Pa’ fuera el libro aburrido!

Derivo mucho placer al cocinar y por eso me embarco en proyectos que otr@s no intentarían.  Creo firmemente que venimos a este mundo con ciertos talentos que podemos aprovechar al máximo.  En mi caso, no quiero sonar pretensiosa, pero creo que nací con cierto talento para la cocina, para el análisis de situaciones, así como para escribir, por lo que los aprovecho al máximo.  No tengo talento para bailar, para cantar, para los números, pero hago lo necesario -no me esfuerzo en algo que no tenga utilidad ni me dé placer.  No pasa nada si a usted no le gusta cocinar -busque comidas congeladas o fáciles de preparar y no se sienta en la obligación de llevar algo que usted cocine a las reuniones con amistades.  Siempre recuerdo una amiga de mi adolescencia (a quien no he vuelto a ver), que relataba con mucha emoción una comida de cajita que no sé si todavía existe: Rice-a- Roni, que le preparaba su mamá.  Más que la comida, ella recordaba el amor.  Mi comida puede ser sencilla, así como tener ingredientes o procesos complicados, pero siempre, siempre, contiene amor.

Mientras preparaba los calamares pensaba en esas criaturas marinas que el Universo provee para que podamos alimentarnos, así como todas las otras que habitan esta Tierra.  Sentí un gran respeto por los calamares que preparaba, así como una conciencia de que hay una belleza en su paso por los océanos que debemos respetar para que haya un balance.  En la medida que respetamos ese balance permitimos que haya abundancia que nos permita alimentarnos a tod@s, tanto humanos como animales.  Y el respeto hacia la vida animal debe incluirnos a nosotr@s mism@s, procurando honrar nuestra esencia.  Tod@s venimos a este mundo con talentos que a veces ignoramos y nos empeñamos en hacer algo que es contrario a nuestra naturaleza.  El mundo sería mucho mejor si cada un@ ofrece lo mejor de sí, aunque sea un simple plato de comida.  Gracias, calamares, por la lección.

28 de agosto de 2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


1 comentario:

  1. Puedo dar Fe de lo bueno y excelente que cocinas , ese escrito te quedó muy bien, …. Por cierto si sobra algo de esos calamares…… tal vez pudiera dar mi opinión sobre los mismos.,…

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