GUACAMAYOS Y LECCIONES
Hoy en la mañana volví a sentir el no
muy agradable graznido de los guacamayos que frecuentan mi vecindario. Poco a poco he ido identificando los lugares
donde suelen posarse. Al inicio, era
sobre un árbol que está a la derecha de mi balcón. Como está distante, se me hacía difícil visualizarlos,
pero si permanecía un buen rato mirando el lugar de donde provenía el sonido,
podía notar un movimiento en las ramas y eventualmente, ver despegar una o más
aves en vuelo. Podía ver su
desplazamiento, pero no distinguir con claridad los colores. Usualmente eran dos o tres, pero un día
percibí un alboroto inusual, un escarceo, así que miré en dirección al árbol
que ya había identificado y noté que había como ocho pájaros cuando despegaron
vuelo. Su desplazamiento era elegante,
fluido, con las plumas de la cola semejando una lanza. No recuerdo haber visto tantos y no sé qué
querían decir con tanto alboroto.
Hace un tiempo noté que se habían
movido a un árbol que queda para el otro lado del apartamento, que me dificulta
aún más divisarlos porque debo verlos a través de la ventana, aunque el árbol
está más cerca. En una ocasión que
permanecí un buen rato mirando en dirección al árbol, los vi despegar vuelo y
pude apreciar su plumaje en tonos de azul y amarillo intensos. Me produjo gran
alegría ver ese espectáculo de color en movimiento -una especie de recompensa a
la paciencia que tuve al quedarme un buen rato mirando al árbol de donde
provenían los graznidos. Confieso que
por momentos me moví a hacer otra cosa -eso de estar mirando por varios minutos,
en espera de que un pájaro alce el vuelo, no es mi fuerte; no soy ornitóloga.
El tiempo transcurre tan rápido que
tengo un recuerdo que pensé que era de hace pocos meses, pero buscando mis
archivos en los que hago referencia a ese episodio, parece ser que hace casi un
año del suceso. Viajaba por la autopista
con una amiga de regreso a casa, cuando de momento se cruzó ante nuestros atónitos
ojos un trío de guacamayos. Pasaron tan
cerca que pudimos apreciar con claridad sus hermosos colores, como banderas de
Ucrania ondeando al viento. Quedé
fascinada y la imagen se quedó grabada en mi memoria. Varias veces he querido tomar fotos de los
guacamayos que puedo divisar desde el balcón, pero no logro captar una que refleje
la elegancia de su vuelo, mucho menos la belleza de sus colores. Termino por descartar las pocas fotos que he
tomado, porque ninguna recoge la belleza de lo que observo.
Algo igual de frustrante me ocurrió en mi
viaje de hace más de 30 años a Grecia, ante el templo en honor a Poseidón en
Cabo Sunión. El templo se yergue sobre un
cerro rodeado por el Mar Egeo y es de una belleza indescriptible, que ninguna
foto que yo hubiese podido tomar le hace honor.
El contraste del templo con el color del mar Egeo es impactante. Ese mar de por sí posee una belleza que emana
de la intensidad de su azul. Suelo decir
que entendí el concepto de azul marino cuando contemplé ese mar. No hay foto que pueda recoger esa experiencia. En momentos así, me doy por vencida y me
limito a apreciar el momento vivido.
Hace unas semanas volví a sentir
los graznidos característicos y salí al balcón.
En un momento algunos emprendieron vuelo y varios pasaron bien cerca de
donde yo estaba, por lo que pude apreciarlos mucho más de cerca. ¡Qué belleza!, exclamé en alta voz, sin poder
contener la emoción. Era como si
hubiesen querido honrar mi deseo de poder apreciarlos en toda su
magnificencia. Hoy tuve una experiencia
similar, tras un buen rato de esperar verlos alzar vuelo y varios intentos
frustrados de tomar alguna foto. De hecho, me percaté de que en mi empeño de posicionar
la cámara sin saber por dónde iniciarían el vuelo, me perdía el disfrute de
simplemente contemplar el espectáculo que se ofrecía ante mis ojos. Dejé la cámara -bueno, el celular- a un lado
y me dediqué a esperar si en algún momento podía tener un espectáculo en palco.
Mi paciencia tuvo recompensa. Un trío de guacamayos decidió atravesar veloz,
pero armoniosamente un espacio cercano al balcón, a una distancia bastante baja,
con la arboleda de fondo. En ese breve y
mágico instante pude ver los tonos de azul y amarillo, con el verde de los
árboles de fondo. Y entendí. Son varias las veces que he querido alcanzar algo
de manera perfecta y en el proceso, no alcanzo nada. También me he perdido disfrutar de experiencias
por no prestar atención. Nunca hubiese
visto estos pájaros mágicos si hubiese oído su graznido como quien oye llover,
sin detenerme a mirar. El graznido no
es, para mi gusto, un sonido agradable, pero me anuncia la posibilidad de ver
algo hermoso. ¿Cuántas veces he
descartado una experiencia porque no se ve como lo que yo espero?
Con respecto a las fotos, ya había
aprendido que hay instantes en que estar pendiente de tomar una foto me priva
de disfrutar el momento. Al fin y al
cabo, muchas veces la foto no refleja ni remotamente la belleza de lo que veo,
que permanecerá por siempre en mi memoria, sin necesidad de contemplar una imagen
impresa. Incluso ni siquiera fotos
profesionales captan lo que experimento o quiero transmitir, como hoy
precisamente, que quise buscar una foto de un guacamayo para este escrito y
poder transmitir la belleza de estos seres; no la encontré como quería, así que
puse la mejor que encontré, que no le hace justicia. No siempre hay que tirar más fotos, como dice
la canción, sino que hay que aprovechar cada momento y apreciar la belleza en
las pequeñas cosas. También hay que mantener la capacidad de asombrarse, como
cuando un trío de pájaros mágicos aparece de la nada en la autopista y nos
regala belleza en el lugar menos esperado.
Los guacamayos me brindaron unas
lecciones hoy. Namasté (lo divino en mí
saluda lo divino en ti).
1 de marzo de 2026


