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Este blog tiene el propósito de compartir mis ideas que estoy segura son las de muchos. Escribo sobre lo que me enternece, lo que me intriga, lo que me indigna o lo que me divierte. No me impongo fechas límite -escribo cuando quiero. El lector también puede elegir -hay relatos mas extensos, otros mas cortos. Entre cuando quiera. Vivo orgullosa de quien soy, de donde vengo y hacia donde voy, aunque no sepa como llegar... La imagen que lo acompaña es El Laberinto, de la serie Mandalas de Procesos, de Thalía Cuadrado, psicóloga clínica y artista, que me honra con su amistad. Me pareció apropiado para acompañar este blog sin dirección, porque son muchas las veces que me he sentido en un laberinto. Afortunadamente, siempre salgo…

viernes, 24 de julio de 2020

El alma en unas boyitas








EL ALMA EN UNAS BOYITAS

Quien me conoce bien sabe que para mí, un plato de comida es mucho más que simplemente algo que se ingiere para alimentar el cuerpo o saciar el hambre.  Hay quien come casi cualquier cosa, sin apenas saborear los ingredientes o los que se convencen de que algo es muy bueno, aunque sepa a regiones infernales, porque es “saludable”.  Tengo una amiga que intentó convencerme de que unas galletas de esas que venden en lugares de comida “saludable” era como comer Oreos.  Sí, Pepe. También están los que comen por obligación, porque es necesario para vivir, pero no derivan placer de hacerlo.  Lo cierto es que a mí me encanta comer y comer bien.  Además, me fascina ofrecer platos a personas que quiero mucho.  Hay algo muy sabio en denominar ciertos platos como comfort food. Servirle un plato de esos a alguien desanimado es como consolarle, pasarle la mano por la espalda y decirle, ba, ba, no te apures; todo va a estar bien.

Creo que a quienes nos gusta cocinar dejamos algo de nuestra alma en esos platos y los que los ingieren, llevan a su interior algo de nuestra esencia.  Hace unos días fui a Orujo, un restaurante que descubrí en las redes sociales y fui testigo del esmero que el chef ponía en cada plato.  Es una experiencia distinta, que permite saborear una sucesión de pequeñas entregas novedosas – cosas que ni pensé se confeccionaban de ese modo, como pan de remolacha, por ejemplo o una reinterpretación de un sancocho o un filete con calabaza asada.  Por momentos, ví al chef acercarse a las creaciones alineadas para servir y me enterneció ver cómo le colocaba una ramita de alguna yerba o añadía un toque especial.  Este hombre estaba poniendo un pedacito de su alma en esos platos.

Ayer vi una entrada  que publicó el Chef Edgardo Noel en su página, en la que anunciaba que prepararía asopao de gandules y preguntaba a sus seguidores si decían bolitas o bollitas de plátano al equivalente nuestro de unos gnocchis italianos o unos dumplings americanos que se añaden a ese plato.  En mi casa siempre escuché a mi mamá llamarle bollitas, así que me acostumbré a decirles así.  Es interesante leer como alguna gente afirma con insistencia que se dice de una forma u otra, pero hubo una mujer que dijo que su abuela les decía boyitas – es decir boya pequeña y explicó que les llamaba así porque flotan.  Hacía tiempo que algo no me hacía tanto sentido.

Me enganché tanto en esto de las bollitas, bolitas o boyitas de plátano, que hoy acudí al supermercado para comprar los ingredientes y hacer el asopao con boyitas –porque adopté la palabra.  Me prepare el sopón –para mí es asopao si lleva arroz, pero eso es otra investigación que no he iniciado.  Es un proceso que demora unas dos horas, porque hay que poner a ablandar la carne, luego guisar añadiendo los gandules y finalmente, rallar los plátanos para hacer las bolitas que se echan una a una en esa olla burbujeante –plop, plop.  Cuando el sopón estuvo listo, aspiré el aroma y probé una cucharada –estaba perfecto.  Me senté a disfrutarlo, aparté una porción para una vecina y me di a la tarea de buscar en mis libros de cocina para ver si abordaban el misterio bollístico.

No encontré nada en el Cocinero Puertorriqueño de 1859, pero en el libro que pertenecía a mi mamá, publicado en el 1950, de Cabanillas, Ginorio y Mercado, encontré que se les llamaba bollitos a las bolitas que se formaban con el plátano rallado, presumo que para asemejarlas a pequeños bollos de pan.  Ahora tengo cuatro versiones: bollitas, bolitas, boyitas y bollitos.  Lo cierto es que no importa cómo les llame, el caso es que saben riquísimas.  Me inclino por la forma que conozco desde siempre, pero ahora las veré escritas de forma distinta para asociarlas con su cualidad flotante.

Mientras me hallaba en el proceso de preparar el sopón, vi algo en las redes de una artesana a quien le he adquirido unas piezas.  Su taller se llama Mosaicos del Alma y ciertamente puedo ver que ella pone el alma en cada pieza que realiza.  La primera vez que adquirí una pieza lo hice para un regalo.  Luego he comprado otras y la más reciente la compré para mí.  Contiene un fragmento del poema Boricua en la luna de Juan Antonio Corretjer y me hizo mucho sentido tras los procesos vividos después del huracán  María, donde Puerto Rico mostró su lado resiliente y su alma noble, presta a dar la mano a otros.  Al ver el vídeo que colocó en las redes, pensé en el amor con que ella habla de sus piezas y la forma en que las empaca para hacerlas llegar a los puertorriqueños de la diáspora, para quienes esas piezas representan tener consigo un pedacito de la patria distante.

Poner el alma en lo que se crea –sea alimentos, cerámica, mosaicos, música, pintura o cualquier forma de arte, hace la gran diferencia. Hay un intercambio entre la persona que crea y quien lo recibe.  Ambas terminan transformadas luego de esa experiencia. Namasté.

24 de julio de 2020




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